Capítulo 25 | El camino de regreso a casa.

        Sentí las puntas de mis dedos empezar a casi congelarse mientras miraba embelesado al ataúd frente a mi, aún sin poder creer en su totalidad que alguien a quien yo amaba se encontraba sin vida dentro de él. La cantidad de flores que yacían en la parte superior era abrumadora, aún sentado en la última fila de asientos podía sentir el potente aroma de las margaritas —sus favoritas— entrar por mis fosas nasales y expandirse en mis pulmones. No había mucha gente, en realidad, mi madre, Ryan, Brandy, sus padres, algunos vecinos con los cuales nunca hablé y ahora me tratan como si yo fuese su mejor amigo o algo por el estilo, Brandon y Callie por supuesto, y estos amigos de mi padre de alcohólicos anónimos. Todos vestían de trajes y largos vestidos negros, incluyéndome, sólo que el mío parecía ser el más pesado y oscuro de todos. O al menos así lo sentía.

Una de las pequeñas margaritas que antes yacía tirada en el suelo ahora se retorcía entre mi dedo índice y pulgar. En mi mente, el lugar se encontraba en un profundo silencio y las nubes grisáceas adornaban el amplio cielo. Pero no era así.

—Samuel.

Alcé la vista, todas las cabezas se habían volteado a mirarme con atención. Mi madre me llamaba desde la primera fila, Ryan a su lado sosteniendo su mano, y Brandy del otro con un pañuelo limpiando sus mejillas, junto a ella Brandon y Callie luciendo más tristes que nunca. Dos filas de asientos me separaban de ellos, y en estos momentos sentía que era lo mejor. No lograba fiarme de mi mismo en estas circunstancias. Volví a mirar a mi madre con confusión, estaba seguro de que en mi frente se había formado una larga arruga.

—Samuel —volvió a repetir.

Alcé mis cejas. —¿Hmm?

Su labio tembló. —¿Quieres decir algunas palabras?

Me quedé estático en mi asiento, volví a mirar la flor entre mis dedos y esta simplemente cayó al suelo escondiéndose entre el largo césped. Tragué con dificultad y me puse de pie un minuto después, zigzagueando entre los asientos hasta llegar a colocarme a un lado del ataúd. Estábamos a los pies de un gran árbol que nos brindaba su sombra, mi mirada escaneó el alrededor. Cientos y cientos de lápidas se levantaban a mis costados y sentí mis dedos temblar. Era la segunda vez en mi vida que me encontraba en un funeral, la primera, no fui lo suficientemente valiente como para quedarme hasta el final, y ahora hasta tenía que dar un discurso.

No había planeado algunas palabras en específico, en realidad, no había planeado nada en lo absoluto. Sólo quería quedarme sentado en mi asiento hasta que toda esta tortura culminase. Maldije en silencio y le di un vistazo a las pocas personas que allí se encontraban, enfocando mi atención en Brandy quien con sus labios formaba palabras de aliento. Sabía con seguridad que no iba a poder pronunciar ni una sola palabra en frente de ellos, por lo que formé una imagen en mi cabeza, en donde tanto mi padre como yo nos encontrábamos tumbados bajo la sombra del gran árbol, sólo nosotros dos. La palma de mi mano se extendió sobre la madera fría, suave y brillante. Habían abierto una parte del ataúd al principio de la ceremonia para que los que quisieran vieran por última vez su rostro, me negué a hacerlo, me parecía una completa falta de respeto para la persona que se encontrase dentro sin vida, sumándole el hecho de que si veía a mi padre una vez más iba a derrumbarme.

—Hola, viejo —murmuré sonriendo con tristeza—. ¿Recuerdas aquella última vez en que te dije que te amaba? No lo haces, porque no lo hice, y no sabes lo mucho que me arrepiento de eso. La oscuridad  se había convertido en mi amiga más cercana, pero al llegar aquí vi un pequeño rayo de luz, y no lo hubiese logrado sin ti. Soy un desconsiderado, un malagradecido, un insolente y estúpido niño, pero yo sólo quería que te quedaras conmigo. Te prometí que iba a mejorar, que estarías orgulloso de la persona en que me habría convertido, y lo estoy intentando, pero ya no estás aquí a mi lado para regañarme o felicitarme, sólo me queda dar lo mejor de mi. Te sentirás orgulloso de mi, lo prometo.

Una lágrima solitaria resbaló por mi mejilla, levantando la mirada al cielo, cerrando los ojos y suspirando largamente, susurré sólo para mi: —A ti también te lo prometo, Finn.

Lo último que escuché fue una inmensa cantidad de sollozos antes de que saliera corriendo y me escabullera entre el bosque como conejo asustado, lágrimas corriendo por mi rostro, aquella frase repitiéndose una y otra vez en mi mente. Lo prometo. Lo prometo. Lo prometo.

Porque de nuevo, no había sido lo suficientemente valiente para quedarme.

Te lo prometo, papá.

Con dedos temblorosos apartaba las ramas que se clavaban en la tela de mi traje mientras mis pies seguían adelante a toda velocidad. Tropecé más de una vez con mis propias extremidades inferiores pero no me detuve. Esquivé un sinfín de lápidas y rocas de todo tipo de tamaños, no me detuve hasta que mi cuerpo se vio sumergido en su totalidad en la pequeña laguna que había a mitad del cementerio, rodeada por el espeso bosque. Dejé que el agua me cubriera y poco a poco limpiara mi mente y me librara de todo el dolor que sentía.

Las horas pasaban pero a mi me parecían ser sólo minutos que iban y venían. Cuando me digné a volver a casa el cielo ya se encontraba cubierto de nubes oscuras, pero no serían más de las tres de la tarde. Caminaba con las manos dentro de mis bolsillos y las gotas de agua helada resbalando desde mi cabello hasta mis pies. Al acercarme vi a Ryan subiendo varias cajas de cartón a una camioneta, ya no tenía puesto su traje, ahora sólo vestía de una camiseta de color pálido y unos shorts bermuda beige. Cuando mi madre me vio empezó a correr de aquí para allá hasta encontrar una toalla con la que me cubrió todo el cuerpo.

—¡Dios mio! ¿Tu donde te has metido? Me tenías preocupada, Samuel —me riñó—. Te desapareciste entre esos árboles y nadie pudo encontrarte, Ryan te buscó durante horas.

—Estaba en la laguna, mamá.

—¿Y te metiste así como así? ¡Quien sabe que cantidad de cosas puede haber allí!

—Está aquí sano y salvo, mujer, ya relajate —intervino Ryan con una sonrisa cargando otra pila de cajas.

—Me preocupaba que no aparecieras a tiempo para llegar al aeropuerto —me acarició el rostro y secó mi cabello con otra toalla más pequeña—. El vuelo sale dentro de un poco más de tres horas, ya estamos casi listos para ir hasta allá.

Mi corazón se detuvo. —¿Qué? ¿Tan pronto? —miré a Ryan con los ojos bien abiertos y mi voz cubierta de pánico, él sólo asintió y siguió con su tarea—. No puede ser... ¿Donde está Brandy?

—Ha vuelto a su casa, dijo que nos vería en el aeropuerto —respondió mi madre.

—Tengo que ir a verla —exclamé quitándome de encima todos esos trapos con exasperación.

—No. Será mejor que te quedes a terminar de empacar.

—Mamá, tengo que ir a verla...

—Ella me pidió que no te dejara ir a buscarla. Dijo que sería lo mejor.

Gruñí y mis dientes rechinaron, lanzando las toallas al suelo entré a la casa dando largas zancadas. —Esa mujer y su manía de querer decidir que será lo mejor o no para mi. ¡Es que me va a escuchar!

Azoté la puerta y empecé a meter la ropa a golpes dentro de una de las cajas que se encontraba sobre mi cama. Desquité toda mi rabia con los objetos de mi habitación, llegando incluso a romper un bote de perfume cuando este se resbaló de mis manos cuando volvía a gritar obscenidades sin importarme nada. Sentí la increíble necesidad de dejar mi corazón a un lado, y volverlo a introducir en mi pecho una vez hubiese terminado con todo esto. Terminé de empacar en tiempo récord, porque no había mucho que trasladar de vuelta a Yorkshire, aproveché los minutos restantes para darme una ducha rápida y vestirme con exactamente la misma ropa que había usado el día en que nos conocimos. Camiseta de color oscuro, jeans rasgados, botas negras y la chaqueta negra de cuero.

Cuando entré en la cocina Ryan lucía más desaliñado de lo que lo había visto jamás, casi como si se hubiese metido en una pelea con un animal salvaje. Iba saliendo con una rebanada de pan colgando de su boca, casi se atragantó al verme y yo reí por lo bajo porque sabía que iba a poder fastidiarlo una buena temporada con eso, escaneó mi atuendo y la sombra de una sonrisa se asomó en su rostro cuando finalmente logró tragarse todo el alimento. Negué rápidamente. —Que sepas que esta chaqueta es el único regalo tuyo al que le he agarrado cariño. No te ilusiones, Ricky Ricón —me excusé.

—No sé de que hablas —respondió haciéndose el inocente.

—Sé que fuiste tu quien compró la chaqueta y la dejó bajo el árbol de navidad con mi nombre escrito hace un par de años.

Amplió sus ojos y supo que ya no valía de nada tratar de ocultarlo. —Bien. Descubriste mi secreto.

—Siempre lo supe, pero había algo en esta chaqueta o quizás porque era la época de navidad, que no pude regresártela.

Él se cruzó de brazos y apoyó su peso en el umbral de la puerta. —¿Cual es tu afán en devolverme todas las cosas que te regalo?

—No quería nada que viniera de ti, Ryan. Creía que me habías arrebatado a mi madre y que sólo te pavoneabas y restregabas tu dinero frente a mi.

—¿Eso fue en tiempo pasado?

—Si —exhalé largamente—, no eres tan malo como creí que eras. Pero ni así dejaré que me compres con tu gran y exagerada cantidad de dinero, aunque no me vendría mal un nuevo par de botas...

Se echó a reír con ganas, y luego de darle una palmada a mi hombro salió de allí. Cuando ya todas las cajas, cinco en total, estuvieron empacadas y los muebles cubiertos con sábanas, tuve que despedirme de lo que fue mi hogar durante cuatro largos meses. Las yemas de mis dedos se pasaron por cada superficie plana, desde paredes hasta cerámicas, no estaba listo para decir adiós. Cuando subí a la camioneta, mi corazón no me acompañó. Lo vi quedarse en la puerta de entrada saludándome con una mano, sabía que su lugar era allí.

El camino hacia el aeropuerto fue tortuosamente silencioso. Ryan y mi madre hablaban en susurros, él no despegaba su vista de la carretera mientras la radio sonaba de fondo a un ritmo tranquilizador. Mientras tanto, yo sólo me dedicaba a observar por la ventanilla el paisaje que se extendía a mi alrededor. Cuando llegamos al destino, vagamente podía pensar con claridad, me encontraba aturdido y sintiéndome fuera de lugar. Caminaba casi por inercia, cientos y cientos de personas chocando a mi alrededor, grandes pares de manos oscuras toqueteándome en el área de seguridad, preguntas cualquiera dirigidas a mi por los grandes oficiales, pero yo no lograba concentrarme en nada en lo absoluto, principalmente por el bullicio de la gente que hacía eco en mis oídos.

—Deberían estar llamándonos para abordar en alrededor de una hora y media, ¿no quieres comer algo? —mi madre habló, tomando asiento a mi lado en las frías sillas metálicas—. Ryan se encuentra devolviendo el auto rentado, estará aquí en un segundo.

—Estoy bien, má —murmuré sin ánimos.

Ella tomó mi barbilla, levantado mi cabeza y analizando con ojos curiosos mi rostro en todos sus ángulos, dándose cuenta de mis oscuras ojeras y lo pálida que mi piel se encontraba. —No has comido bien en días, es normal que me preocupe por ti.

—No quiero estar aquí —confesé encogiéndome de hombros—. En verdad, no.

Me miró con ojos tristes, llevando su mano hasta mi cabello, el cual peinó y acomodó a su gusto. —Lo sé. Pero una vez estemos en Yorkshire, todo mejorará, ya lo verás.

Asentí, poniendo mis manos en mis rodillas me impulsé hacia arriba hasta colocarme de pie. —Ahora que lo pienso, si me apetece comer algo.

...

        El cadáver de los minutos que pasaban con lentitud se extendían a mi alrededor, sentía que el reloj en la parte superior de la pared frente a mi no avanza, si no que al contrario, retrocedía apenas me descuidaba. Infinita había sido la cantidad de personas que vi entrar y salir por las puertas giratorias cargando con sus grandes maletas, chequeando sus boletos y subiendo y bajando las escaleras eléctricas, y mucho más grande fue la cantidad de abrazos de despedida que tuve que observar.

Estuve a punto de empezar a chocar mi cabeza con cualquier superficie dura, cuando escuché un par de voces conocidas llamándome a gritos que hicieron que mi corazón de hinchara se emoción. Me di la vuelta con una gran sonrisa plasmada en mi rostro y los brazos bien abiertos. Y allí se encontraban Brandon y Callie subiendo las escaleras con una cantidad inmensa de globos en sus manos.

—¡Sammy! —chilló Callie con sus ojos brillantes y cabello rubio revuelto.

La sonrisa de Brandon brillaba con luz propia mientras corrían a toda prisa en mi dirección. El cuerpo de la chica fue el primero en chocar contra el mio, la abracé con fuerzas y la levanté unos cuantos centímetros del suelo. Lo siguiente fue casi como si un camión me hubiese arrollado, ¿que más se hubiese podido esperar de un jugador de fútbol americano? Tanto Callie como yo caímos al suelo con el cuerpo duro de Brandon sobre nosotros. Éramos una bola de abrazos sonrientes en el suelo. Los globos volaban a nuestro alrededor, e incluso un par de guardias de seguridad se acercaron a ver si todo se encontraba bien, Ryan se encargó de ellos y les aseguró que todo se encontraba bien.

—¿Llegamos a tiempo? —preguntó entre risas el castaño mientras se colocaba de pie entre tropiezos y jalones de cabello.

—Casi no lo logramos, había un tráfico horrible —añadió la rubia, sacudiendo su pantalón y acomodando su cabello.

Ambos chicos me tendieron sus manos para ayudarme a poner de pie. —No se preocupen —les sonreí con dulzura.

—Hey, Sammy, ¿comiste algo? Te ves terrible, amigo —habló Brandon queriendo tomar mi rostro de la misma manera en que mi madre lo había hecho. En sus palabras no había ni una sola pizca de burla, sólo preocupación pura.

Apartando sus manos con cuidado, dije casi gruñendo: —¿Por qué ahora todos quieren meter comida a presión en mi garganta?

—¿Quizá porque nos preocupamos por ti, cabrón? —Callie respondió a mi pregunta con una de sus delgadas cejas levantadas.

—Lo sé, pequeña Call, pero ya no puedo comer más o voy a estallar.

Si había algo que Callie odiara más que su nombre completo, era que la llamaran pequeña, ya que ella se consideraba de «altura normal ».

—Pequeño tú —gruñó y se cruzó de brazos sobre su pecho.

Rápidamente envolví mis brazos alrededor de sus hombros y la atraje a mi, besé su frente repetidas veces. —Te quiero, Callie.

Me miró desde abajo con ojos risueños, batiendo sus largas pestañas. —Y yo a ti, Sammy.

Una vez besó mi mejilla, miró alrededor en busca de alguien que no se encontraba allí. —¿Donde está Brandy? —preguntó, al ver mi expresión la sonrisa se fue borrando lentamente de su rosteo—. ¿No está aquí? —susurró.

Negué con la vista fija al suelo, dando un paso atrás y las manos en mis bolsillos.

—Ella aparecerá —aseguró Brandon, poniendo su mano en mi hombro.

—Mejor vamos a sentarnos —les dije a ambos ignorando el fuerte door en mi pecho, asintieron y nos dirigimos de nuevo a las melancólicas sillas frías y metálicas.

Los minutos volvieron a pasar, esta vez no tan lentos. Tomaron vuelo y avanzaron sin parar, sin importarles los momentos ni las personas que dejaban atrás. Tenía la compañía de dos grandes amigos, pero me sentía solo de nuevo. No dejaba de observar el reloj con números rojos que se levantaba frente a mi con la esperanza de que no avanzara tan rápido.

—¿Que sucedió con tu boda? —le pregunté a Brandon, luego de que Callie acompañara a mi madre al baño—. No recibí ninguna invitación.

—No hubo tal boda —fue lo único que respondió.

—¿Qué?

—Callie y yo estamos comprometidos el uno con el otro en nuestros corazones y no necesitamos un papel que lo confirme. Además, después del papeleo del matrimonio vienen los problemas, y ella y yo queremos evitarnos ese paso —explicó.

—Eso me parece muy bien —sonreí, cuando mi mirada de posó en su mano mis ojos se ampliaron—. ¡Hey! Llevas una sortija.

—Por supuesto, ambos lo hacemos. Estamos comprometidos, ya te lo dije —dijo como si fuera la cosa más obvia del mundo.

Nuestras palabras murieron en el aire cuando Callie volvió, y a pesar de haber una hilera de asientos vacíos, ella prefirió sentarse sobre las piernas de su novio, él gustoso la envolvió entre sus brazos.

Veinte minutos después dieron la primera llamada para abordar el avión que nos llevaría de vuelta a Inglaterra. Estoy de pie, observando como mi madre y Ryan se acercan al área para verificar los boletos del vuelo, los sellan, y luego él me llama. Me giro inmediatamente y Brandon se acerca tembloroso hacia mi, se detiene en seco y me observa con minuciosidad. Sus manos sujetan mis mejillas y su frente se apoya en la mía, sus ojos cerrados dejando escapar pequeñas lágrimas.

—Brandon, amigo, no es como si fuera a morir —reí a la ligera para tratar de calmarlo, pero no funcionó.

Empezó a llorar ruidosamente, su pecho subía y bajaba incontrolablemente, me abrazó con fuerza hasta dejarme sin oxígeno, sus brazos rodeándome por completo, pero no me importó, lo abracé con todas mis fuerzas también.

—Promete que volverás —exigió.

—Sabes que lo haré.

—Prometelo.

—Lo hago, lo prometo, hermano. Voy a volver —le prometí, mis palabras cargadas de sinceridad—. ¿Sabes que? Cuando vuelva, vamos todos a mudarnos a un apartamento, y seremos los protagonistas de una nueva temporada de Friends.

Él sólo asintió, lloró un poco más sobre mi hombro y lo dejé todo el tiempo que necesitara, palmeando su espalda y ambos sumergidos en un profundo silencio. Callie apareció detrás de él, con sus ojos hinchados de tanto llorar, lo tomó por la cintura y lo alejó lentamente, agarrando su cabeza y dejando que la dejara caer en el hueco de su cuello. Los ojos de ella se cristalizaron, mordiendo su labio para contener los sollozos.

—Me tengo que ir —murmuré hacia ellos.

Callie asintió, esta vez no pudo evitar que las lágrimas cayeran. Le di un último beso en la frente, y una última palmada en la espalda al castaño y con pasos lentos, me fui de allí.

Me tomó veintitrés minutos con cuarenta y siete segundos, y unos cuantos regaños por parte de mi madre porque según ella yo «caminaba muy lento», instalarme donde me correspondía. No fue hasta que hube ya abordado el avión y me había acomodado en mi asiento junto a la ventanilla, que me di cuenta de la realidad.

Brandy no estuvo allí para despedirse. Me apartó de la misma manera en que ella me reprochaba que yo la apartaba a ella y al resto del mundo. La diferencia era que yo lo hacía casi inconscientemente, pero esto... ella sabía lo que estaba haciendo.

No fue hasta que el avión despegó, exactamente a las seis de la tarde, que comprendí que ella simplemente decidió no presentarse.

...

        El libro de la señora Williams había logrado hacer menos eternas las trece horas del largo vuelo, y aún así no logré terminarlo. Mi cabeza no me dejaba en paz. Algunos dicen que se ríe para no llorar, pero yo no podía reírme en este momento, por lo cual dormí la mayor parte del vuelo. Cuando desperté luego de una gran cantidad de horas, el suelo británico se extendía bajo nosotros de la manera más esplendorosa posible. No creía que sentiría esta emoción llenando mi cuerpo al volver a casa, pero así era. Me sentía como si nunca me hubiese ido.

—¿Que es esto? —pregunté, bajándome de la camioneta y observando la gran mansión que se extendía frente a mis ojos.

—Aquí es donde viviremos, cariño. Junto a Ryan —mi madre pronunció con cuidado, temerosa de mi reacción—. ¿Te parece bien?

—Si —respondí guardando mis manos en los bolsillos de mis pantalones.

—De acuerdo, pero si en algún momento quieres volver a nuestra antigua casa, tu sólo tienes que decírmelo y lo haremos, ¿okay?

—Te dije que si, mamá. Ahora sólo quiero entrar, está haciendo un frío de mierda aquí afura.

Ryan rió por el comentario y se dirigió a la puerta de entrada, colocando la llave en la cerradura y empujándola luego. El interior era como me lo esperaba, una maldita mansión. Pisos tan brillantes que podía observar mi reflejo en ellos, muebles carísimos, obras de arte colgadas en la pared, mucha decoración en blanco y negro, y ese aroma a nuevo por todas partes.

—¿Te gusta? —preguntó Ricky Ricón pasando su brazo sobre mis hombros.

—¿Gustarme? ¡Me encanta! Este lugar es el paraíso —respondí sonriente, safándome de su agarre y corriendo hasta el gran sofá-cama de cuero blanco, donde me lancé y me hundí lentamente. Suspiré satisfecho y cerré los ojos—. Esto es la gloria.

Me quedé holgazaneando en el sofá, mientras Ryan subía a mi habitación todas las cosas y además las acomodaba, era un amor ese chico. Mi madre se encontraba en la cocina, sentada sobre una alta silla de madera con sus piernas cruzadas, una agenda abierta sobre la isleta y ella realizando cientos de llamadas. No la fui a acompañar hasta varios minutos después. Sobre dicha mesa se encontraba un tazón con una variedad increíble de frutas, opté por una manzana y me senté al lado de ella. Al cabo de un rato finalizó las llamadas y me sonrió, anotó algunas cosas en el cuaderno para luego cerrarlo y apartarlo a un lado.

—¿Que te parece la casa?

—Está genial —respondí mientras masticaba aún la manzana.

—Te he dicho que no comas con la boca abierta, niño —me riñó como si en verdad yo aún fuese un niño pequeño, lo único que le faltaba era mandarme al rincón.

Tragué duramente toda la fruta, sintiéndola arder en mi garganta. —Lo siento —me disculpé, para luego darle otro gran mordisco.

Mi madre rodó los ojos. —No tienes remedio.

Sonreí ante ese comentario. —¿Cuando te mudaste acá?

Ella jugueteó con el bolígrafo en sus dedos, dándole vueltas sin parar. —El día en que tu padre llamó para avisarme que no te gustaría que nos hubiésemos divorciado.

—Ah... Lo recuerdo.

—No te gustó, ¿verdad que no?

—No —negué bajando la cabeza—. Hablamos mucho esa noche.

—¿Sobre qué? —Ella se colocó de pie y caminó por la extensión de la cocina, abriendo algunas puertas y revisando el contenido de los estantes.

—Tu, él, yo —arrugué la frente mientras recordaba el momento—, incluso llegamos a hablar de Brandy.

—¿Estás bien? Con respecto a ella, me refiero. —Se dio la vuelta y se apoyó en la encimera, acomodando el dobladillo de su falda.

—Si, aunque mejor preguntamelo mañana cuando mi cerebro termine de asimilarlo.

—En verdad no entiendo que sucedió, se veían tan... unidos, y no fue a despedirse.

—No la conoces, mamá. Ella es quizá el misterio más grande que el mundo jamás podrá descifrar. Ni siquiera yo llegué a entenderla.

—Me hubiese gustado que las cosas hubiesen sido diferentes. —Sabía a que se refería, yo también quería que todo fuera diferente en tantas cosas.

—A mi también, mamá.

—Por cierto, ya es hora de almuerzo, ¿no quieres algo?

Eran alrededor de las tres de la tarde aquí, cuando en San Francisco eran apenas las siete de la mañana. —Siento que en realidad debería estar desayunando, ya sabes, son ocho horas más aquí que en San Francisco, es de locos.

En ese momento Ryan entró a la cocina con sus gafas oscuras puesta, le dio una rápida mirada a mi madre y luego a mi. —Samuel, si necesitas algo, lo que sea, tu sólo tienes que avisarle a Raúl —me llevó junto a la ventana y señaló al hombre que se encontraba en el jardín usando una gorra de chofer y un impecable traje negro. Lo reconocí como el hombre que nos recogió en esa gran camioneta en el aeropuerto.

—¿Le parecerá bien? —me giré a mirarlo y él apoyó amabas manos en mis hombros.

—Amiguito, le pago para que todo le parezca bien.

—Ah... —asentí torpemente—. Creo que iré a dar una vuelta por el barrio.

—Samuel —llamó mi madre con voz clara y firme.

—¿Sí? —di media vuelta para verla.

Sus ojos se suavizaron al verme. —Ve con cuidado —fue lo único que dijo, su tono de voz volviéndose más suave.

—Sí, mamá —me acerqué hasta ella y besé su mejilla.

—Y vuelve antes de la hora de cenar, por favor —palmeó mis mejillas, asentí y me dejó ir.

Cuando me introduje entre las calles del barrio, una paz inexplicable invadió mi alma. Metiendo las manos en los bolsillos de mi chaqueta, caminé con la cabeza gacha, pero fijándome en cada pequeño detalle, como siempre solía hacerlo. Vi tantas caras familiares, tantas sonrisas prohibidas y miradas cómplices que me convencí a mi mismo de que volver había sido la decisión correcta. El barrio era como una película con el casting perfecto, el lugar adecuado para escribir un libro o una novela llena de tragedia. Tenía ese olor a nada que es como oler a muchas cosas, tantas historias extrañas que fueron y vinieron y me convirtieron en la persona que soy hoy en día.

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