Capítulo 22 | El juego de las decisiones.
Los siguientes días pasaron con extrema velocidad, entre largos ensayos de literatura y extensas horas donde ya prácticamente lo que sudaba era el mismísimo aceite de auto, hasta finalmente llegar al viernes, el día del juego. Habían sido unos días agotadores, puesto que Brandon estuvo ausente la mayor parte del tiempo en el taller debido a las prácticas de fútbol. Él se encontraba muy emocionado, y lo demostraba cada vez que podía, levantando a su rubia novia en brazos y dándole vueltas en los aires, o agarrando cualquier cosa que se encontrase en su camino y lanzarlo como si fuese el balón y gritar "¡Touchdown!" o simplemente correr de aquí para allá con mi mochila en brazos. Era algo bastante divertido de ver la mayor parte del tiempo, sobretodo cuando ya era hora de volver a casa y me tocaba perseguirlo por toda la calle para obtener mi mochila de regreso. No es fácil creer que tiene dieciocho años (y medio), pero así es.
La tarde había caído finalmente, el taller se encontraba cerrado hoy por lo que mi cuerpo se extendía vagamente sobre el sofá. Mi padre tomaba una larga siesta por lo cual el silencio reinaba en toda la casa,mientras yo contaba las pequeñas grietas en el techo sobre mi cabeza.
Tres, cuatro, cinco y seis grietas, y luego dos limpios golpes sobre la madera de la puerta de entrada. Suspiré pesadamente, rodando mis ojos, tomándome más tiempo del necesario para levantarme del sofá. Con pasos lentos, arrastrando mis pies por el piso, los pantalones de pijama rozando la superficie también, me dirigí hasta la puerta. No esperaba encontrarme con lo que me encontré.
—Brandy.
Su cabello se encontraba trenzado, cayendo a un lado de su cuello, a Callie le estaba gustando bastante hacer de peluquera, pero se relacionaba bastante con su verdadera pasión, la moda. Bryana dejó de usar sus shorts cortos y faldas de vuelos cuando los días de invierno se acercaban más y más, reemplazándolos por jeans oscuros ceñidos a sus piernas y un suéter de lana color vinotinto, acompañado de un lindo gorrito del mismo tono, mejillas rosadas y labios rojos, y por supuesto, sus converse negras, me había comentado una vez que a su abuela le encantaba vestirla cuando empezaba a hacer frío, a ella parecía no gustarle mucho la idea pero en realidad se veía increíblemente adorable. Su mirada tierna me buscó y sonrió lentamente, pero sin separar sus labios.
—Hola, Samson.
—Hola —balbuceé—. ¿Por qué... tu...? Faltan... —miré el reloj en mi muñeca— una hora y diez minutos para el partido.
—Lo sé. —Cruzó sus brazos sobre su pecho y se abrazó a si misma, sus labios temblaron y me sentí idiota por no haberla invitado a entrar. Me dolía bastante este punto al que habíamos llegado, anteriormente ella sólo entraba a la casa como si fuera la de ella misma, y ahora solo espera a ver si es bienvenida.
Me hice a un lado y señalé el interior de la casa. —Pasa adelante, está haciendo un frío de mierda afuera.
Ella asintió y se adentró en el lugar, la seguí de cerca viendo como se sentaba en el sofá que yo antes ocupaba, quise sentarme a su lado pero preferí quedarme de pie. Ella dio una rápida mirada a mi cuerpo y negó con la cabeza.
—No importa cuantas veces tu padre y yo te hayamos dicho que no duermas sin camiseta en esta época del año, tu siempre harás lo que quieras. —Me sonrió ampliamente pero aún con una pizca de tristeza.
Crucé mis brazos sobre mi pecho desnudo sintiéndome bastante avergonzado. —Lo siento, pero no es necesario, aquí adentro no hace tanto frío —murmuré.
—No te disculpes, es una característica propia de ti nunca escuchar a los demás, no intentes cambiar.
—No quiero sonar rudo ni nada por el estilo, pero ¿que estás haciendo aquí?
—¿Te molesta que haya venido? Porque si es así perfectamente puedo irme —habló suavemente levantándose del sofá.
Quédate. Quédate. Quédate.
—No, nada de eso. Sólo... me sorprendí. —Tomé su mano y me senté en el sofá llevándomela a ella conmigo, quedando uno al lado del otro.
—Vine a hablar contigo —dijo, sus dedos corrieron a través de los mechones sueltos de cabello sobre su rostro y los apartó a un lado con delicadeza.
—¿Sobre qué? Disculpa —sonreí—, no quiero sonar rudo, de nuevo, pero nos íbamos a ver dentro de... —volví a mirar el reloj en mi muñeca izquierda— una hora y tres minutos.
Asintió pensativa. —Lo que tengo que decirte no puede esperar. Nunca pudo esperar, pero lo retrasé lo más que pude.
—No te sigo...
—Vengo a hablarte de nosotros, Samuel.
—Creí que ya no había un nosotros —solté ácidamente.
—Yo también, pero me di cuenta de que perderte fue el error más grande que he cometido en mi vida, y en verdad lamento tanto todo el daño que te causé. Y aquí estoy, casi de rodillas a tus pies a pedirte que me aceptes de nuevo en tu vida —sus ojos brillaron, su labio tembló, y sus manos tomaron las mías, las suyas se encontraban bastante frías y las mías extremadamente tibias.
—Brandy... —con cuidado separé nuestras manos, apoyándolas en mi regazo, y con todo el dolor de mi alma le dije—: lamento decirte que así no es como funciona, no puedes romperme en dos y luego decirme que me quieres de regreso. No puedes romper mi corazón en mil pedazos y luego decirme que me extrañas, lo lamento, pero así no es como funcionan las cosas.
—Lo sé, sé que te hice muchísimo daño, y eso está matándome un poco más cada día. No tenerte a mi lado, saber que te lastimé cuando no tenías la culpa de nada... eso es lo que más me duele.
—No puedes simplemente decir todas esas cosas y luego venir hasta mi puerta y fingir que te arrepientes —le dije y volví a cruzarme a brazos.
—No estoy fingiendo nada, Samuel. —Su voz se quebró, cubrió su rostro con sus manos y empezó a sollozar.
Oh, como me estaba costando parecer indiferente ante todo esto.
Me moví hacia ella, nuestros hombros rozándose, mis manos buscando las suyas. —Brandy... —le hablé con suavidad.
—Lo siento tanto, Samson, lo siento —lloriqueó acurrucándose a mi lado. La rodeé con mis brazos y la atraje hacia mi pecho donde la dejé llorar todo lo que necesitara.
Cuando la vi parada en la puerta me imaginé que era porque quería hablar sobre lo que había sucedido con ese nosotros, nos vi a ambos de nuevo a mitad de la calle gritándonos el uno al otro las cosas más hirientes que se nos pudiesen ocurrir, pero nunca nos observé en el sofá de esta manera.
Brandy no lloraba muy a menudo, o simplemente no dejaba que la viesen hacerlo, porque no quería que su fachada de la niña dura se cayera a pedazos. Pero desde que yo entré a su vida, ese acto se ha convertido en algo usual. Tanto por su parte, como por la mía.Reparamos nuestros corazones poco a poco, les colocamos parches en los lugares rotos, pero estos siempre volvían a romperse, y por nuestra misma causa. Y fue entonces cuando pensé que era mucho más el daño que nos causábamos, tanto consciente como inconscientemente, que el beneficio. Resultó ser peor el remedio que la enfermedad.
La dejé llorar, porque ella necesitaba liberar todo el dolor que sentía de alguna manera. Cuando sus sollozos se acallaron, acaricié su rostro, eliminando cualquier rastro de lágrimas sobre él.
—Está bien llorar, las lágrimas te recuerdan que estás vivo —murmuró.
Mis cejas se alzaron, incliné mi cabeza hacia abajo para buscar su rostro. —¿Te acuerdas de eso?
Ella asintió, levantó su cabeza sólo un poco de mi pecho y sus labios besaron con suavidad mi mandíbula, sus dedos tocaron mi mejilla dejando suaves caricias. —Me acuerdo de cada palabra que me has dicho. Sobretodo de esas, quise besarte desde el primer momento en que te vi pero me contuve, y cuando dijiste eso quise desesperadamente hacerlo.
—Digamos que me hubiese gustado bastante que lo hicieras en aquel momento —le sonreí, mi nariz rozando la suya, piel cosquilleante.
Ella sonrió también pero esa sonrisa empezó a borrarse poco a poco, al igual que la mía. —¿Estamos bien, Samuel? ¿Esto está bien? ¿Un nosotros estaría bien?
—No podemos estar bien si sigues haciéndote esa pregunta, el simple hecho de que lo dudes, ese es el problema.
—¿Entonces es mi culpa? —me miró desde abajo con grandes ojos de cachorro cristalizados y algo rojizos luego de llorar un buen rato. Mis manos delinearon cada curva de su rostro, mis pulgares acariciando sus labios.
Negué con la cabeza. —Llevo tanto tiempo tratando de descifrar que pasa por tu mente, pero no he obtenido ningún resultado. No sabes lo frustrante que es dar un paso adelante contigo y retroceder dos.
—¿Soy yo el problema?
—Tu nunca serás el problema.
—Entonces por qué...
La callé cubriendo su boca con mis manos. —Necesitas dejar de pensar siempre lo peor de ti, tu me lo dijiste, ahora te lo digo yo a ti. No seas necia y terca como yo y hazme caso.
—Somos un desastre, Samson.
—Somos un muy imperfecto, desastroso e inevitable desastre. Pero somos nosotros.
—Si, nosotros.
Dejó caer su cabeza sobre mi pecho, su respiración cosquilleando en mi piel desnuda, al igual que lo hacían algunos de sus cabellos rebeldes en mi mandíbula. Nos quedamos así por varios minutos, simplemente escuchando la respiración del otro y el ruido de la intranquila ciudad detrás de la puerta, aprovechando cada segundo de esta pacífica y silenciosa tranquilidad, sin gritos ni insultos, para guardarlo en nuestra memoria.
—¿Que te hizo arrepentirte de tu decisión? —mis dedos corrieron por su sien, bajando hasta su mejilla y luego su tibio cuello, las yemas dibujando figuras al azar sobre la pálida piel.
—Me tomó prácticamente cinco segundos saber que lo que había hecho estaba mal, no se sintió para nada bien —habló pausadamente, el pequeño masaje de mis dedos terminando de relajarla por completo.
—¿Que se sintió?
—Como antes. Antes de que llegaras sentía que ya nada tenía sentido, yo era un desastre andante, lo veía todo en blanco y negro, sobretodo negro. No volví a sentirme así hasta que los hechos me golpearon y me di cuenta de que te había perdido. Esta vez fue mucho peor que antes. Pude escuchar cada pieza de mi corazón romperse, y no sólo del mio, si no también del tuyo, eso fue lo que dolió más. Creía que estaba haciendo lo correcto.
—Esto es lo correcto. Tu y yo, estaba destinado a ser, no trates de cambiarlo —le dije.
—No sé si te has dado cuenta, pero nos la pasamos la mitad del tiempo discutiendo, hasta casi llegar incluso al punto de la violencia, y la otra mitad uno encima del otro.
Arqueé una ceja divertido, recordando cada uno de esos momentos de calor, tanto de rabia como de pasión. —¿Y te parece eso algo fuera de lo común?
—No lo sé, no soy una experta en relaciones, ¿es así como funciona? —preguntó.
—Por lo que he oído y visto, sí.
Sus ojos se entrecerraron y luego dejó escapar un adorable bostezo, parecía un pequeño cachorrito. Se escondió en mi cuello y me abrazó fuerte.
—Descansa cariño. —Besé su sien, masajeé su cabello y dejé que se relajara.
Asintió adormilada bostezando de nuevo. —No te olvides del juego de Brandon.
Su estado era tan contagioso que yo también bostecé, me acurruqué con ella entre mis brazos y cerré poco a poco los ojos. Desperté sobresaltado veinticinco minutos después, revisando la hora velozmente en el reloj con miedo de habernos perdido el partido, pero sentí un gran alivio al darme cuenta de que aún faltaba más de media hora, pero aún así, deberíamos ponernos en marcha si queremos obtener un buen sitio.
—Hey, Brandy —murmuré, moviendo su brazo con cuidado.
Se removió sobre mi cuerpo, sus piernas sobre mi regazo, sus brazos alrededor de mi cintura, respiró en mi cuello y me hizo temblar.
—Cariño, tenemos que ir al juego —le dije.
Abrió sus ojos lentamente, sus pestañas cosquilleando la piel de mi cuello. —Claro —susurró aún adormilada.
Sonreí cuando luego de decir eso no movió ni un músculo. —Para eso tengo que ir a vestirme.
Gruñó y se aferró más a mi cuerpo. —No pienso dejarte ir, ya te lo dije.
Mi sonrisa se ensanchó. Cualquiera que nos viese diría que estamos cometiendo una completa locura, pero se sentía bien, tan bien estar el uno con el otro.
—Tu te lo has buscado. —Y dicho eso me coloqué de pie llevándomela conmigo, chilló y se aferró a mi cuello como si su vida dependiera de ello, la sujeté con fuerza por las piernas y espalda a estilo nupcial y riendo roncamente me dirigí a la habitación.
—Estás loco, estás loco, estás loco —repetía una otra vez contra mi cuello, hasta que la dejé con cuidado sobre mi cama—. ¡Estás loco!
Me crucé de brazos frente a ella, bastante entretenido con todo esto. —Eras tu la que no quería colaborar, yo sólo tomé las medidas necesarias.
Se lanzó hacia atrás sobre las mantas, su cabello esparciéndose alrededor, sus manos cubriendo su rostro. —Dios santo.
De un momento a otro me encontraba sobre las sábanas también, gateando sobre ella. Descubrió su rostro y sonrió al ver mi rostro tan cerca del suyo, narices rozándose, respiraciones mezclándose, corazones latiendo juntos. Inclinándome, besé su frente bajando por el lado de su rostro hasta sus mejillas, asegurándome de besar toda la piel que dejaba atrás. Cuando llegué a sus labios sonreí sin poder evitarlo, sus manos volaron hasta mi cuello y trató de inclinarme más hacia abajo para conseguir que nuestros labios hicieran contacto pero me mantuve estático sobre ella.
—No puedo creer que esté tan enamorada de ti —pronunció.
Mi corazón dio un vuelco. —Yo tampoco. —Luego fundí mis labios con los suyos.
Quince minutos después salimos de la casa con los dedos entrelazados y la nariz roja del frío, caminábamos por las calles como si fueran de nuestra propiedad, el tiempo pasaba y a nosotros parecía no importarnos. Entre sonrisas tímidas, besos fugaces y miradas coquetas entramos a la cancha donde se llevaría a cabo el juego. Nos deslizamos entre la asfixiante y ruidosa multitud azul y amarilla, teniendo que apartar del camino algunos cuerpos y disculparnos con otros, subiendo los infinitos escalones hasta llegar al final de las gradas.
Cuando divisamos a Callie nos dirigimos hacia ella. Nos recibió con una amplia sonrisa, sobretodo cuando noto que veníamos tomados de las manos, las palomitas de maíz que se encontraban en su regazo salieron volando cuando corrió a abrazarnos y besarnos todo el rostro. Chillaba de felicidad, pero aún así no era muy fácil entenderle debido al gran alboroto que había a nuestro alrededor. Faltaban tan sólo pocos minutos para que el juego empezara y ya todos sentíamos correr la adrenalina por nuestras venas.
Tomamos asiento en un lugar ubicado estratégicamente donde podríamos tener una vista perfecta de todo el campo, Brandy a mi lado y Callie junto a ella.
—¡Estoy tan emocionada! —gritó la rubia sacudiendo el brazo de mi chica.
Brandy sonrió y se dejó sacudir por su amiga, brindándome una cálida mirada cargada de amor. Miré nuestros dedos entrelazados por un segundo, y luego los llevé a mis labios, besando el dorso de su palma.
La banda hizo su aparición, seguidos de las porristas que movían sus pompones azules de aquí para allá, y finalmente el equipo de fútbol liderado por Brett y Brandon a su lado, ambos saludando a la multitud. El juego empezó cinco minutos después, divisé a Brandon al instante en que pisó el césped, me sentí orgulloso sólo de verlo. Al principio todo fluyó de manera muy lenta, pero se le fue agregando mucha más acción en cuanto el reloj avanzaba. Brandon se deslizaba con mucha agilidad sobre el césped artificial, pareciendo todo un profesional, desde donde me encontraba podía escuchar a Callie suspirar y morderse las uñas con nerviosismo.
Vi el balón volar de aquí para allá, chicos pesados caer encima de otros, miles de malas palabras ser expulsadas por sus labios, incluso a nuestro castaño amigo rodar por los suelos, pero levantándose de inmediato. Cuando el reloj marcaba que sólo restaban tres minutos, todos observamos como el castaño se apoderó del balón y corrió con todas sus fuerzas a través de toda la extensión de la cancha, era como un pequeño saltamontes blanco, azul y amarillo. Corría y corría esquivando cuerpos, mientras los otros miembros del equipo de la escuela se encargaban de distraer y mantener alejados a los del equipo contrario. Un grandulón de piel morena se acercó peligrosamente a Brandon, con la única intención de destruir sus huesos. Lo vi todo en cámara lenta, casi pude escuchar la ambulancia acercándose, pero no sucedió, ya que Brett apareció de un lado y tacleó al grandulón lanzándolo al suelo, dejándole todo el camino libre a Brandon, quien corrió hasta llegar a la zona de anotación, asegurándonos la victoria.
El estadio casi explotó por la rebosante emoción, todos nos encontrábamos en ese estado de éxtasis inimaginable. Callie y Brandy se colocaron de pie gritando y abrazándose. Fuegos artificiales volaron sobre nuestras cabezas armando todo un espectáculo de luces. Todos los miembros del equipo se despojaron de sus cascos y llenos de emoción se lanzaban unos sobre otros, impinándose las botellas de cerveza.
Un segundo después la multitud estalló en gritos de nuevo, nos tomó un tiempo descubrir el porqué, hasta que vimos a Brandon subir las gradas de dos en dos escalones, con su ya no tan impecable uniforme blanco, amarillo y azul cubierto de lodo y todo sudoroso, el casco firmemente sujeto en una mano y una hermosa rosa roja en la otra. Llegó hasta nosotros con una sonrisa plantada en su rostro, se colocó frente a Callie besando sus labios tiernamente, le entregó la rosa y luego se inclinó para susurrar algo en su oído. Ella rió, con sus mejilla enrojecidas y asintió enérgicamente, sus brazos delgados se enroscaron en el cuello del castaño repartiendo besos en todo su rostro. Un coro de "awww" resonó en el lugar.
Brandon levantó a Callie, haciéndola girar en el aire, y luego volviéndola a dejar en su sitio. Ambos lucían tan felices, metidos en su propia burbuja.
—Mierda, he ensuciado tu blusa con mi asqueroso y lodoso sudor. —Brandon le dijo a Callie.
Ella sólo rió y negó con la cabeza. —No importa, bebé.
—Claro que si, quiero que vayamos los cuatro a cenar esta noche. —El castaño nos miró a Brandy y a mi sonriendo.
—Llevo otra blusa debajo de mi suéter, Call, puedo prestártela —intervino la pelinegra.
—Pero...
—Corrijo, voy a prestártela.
Ambas chicas sonrieron y se abrazaron.
—Está decidido, iremos tras bastidores, yo también necesito cambiarme. Apesto.
Los cuatro juntos nos dirigimos hacia allá. Brandon se detuvo varios minutos a firmar algunos autógrafos, sacarse fotografías, chocar los cinco y aceptar los cumplidos. Una vez en la entrada, el castaño le asintió al guardia de seguridad y le dijo: —Ellos vienen conmigo.
El gran hombre se hizo a un lado sin chistar, sonriéndonos cuando pasamos a su lado.
El salón era amplio, con muchos casilleros a los lados con números en ellos y largas bancas de metal. Brandon se acercó al número diez, y luego introduciendo la combinación lo abrió, sacó su ropa limpia de allí y admiró la pequeña fotografía de su novia que se encontraba dentro de éste por un minuto. Se dio la vuelta y caminó hasta mi, tomando asiento en uno de los bancos, me senté a su lado mientras él jugueteaba con las costuras de la camiseta echa una bola sobre sus piernas.
Mi mirada siguió a la pelinegra de cuerpo curvilíneo y a su rubia amiga, ambas se fueron a unas esquina a intercambiar ropas. Cuando Brandy estuvo a punto de revelar la pálida piel de su estómago, la mano de Brandon me tomó de la mandíbula e hizo que lo mirara.
—Hey, es a mi mejor amiga a la que estás mirando —dijo divertido dándole un último vistazo a ambas chicas.
—Lo siento —me disculpé avergonzado.
—Descuida, me he enterado de que han vuelto. Las buenas noticias no dejan de venir —pronunció con una gran y brillante sonrisa.
—Te veo muy feliz, bro, ¿que otras buenas noticias te han dado?
—Ay Sammy, si supieras —volvió a mirar a las chicas rápidamente, luego se acercó más a mi, susurrando—: Le he propuesto a Callie que nos escapemos el fin de semana a Las Vegas y nos casemos.
Mis ojos se abrieron y dejé de respirar. —¡¿Que?!
Su sonrisa se torció de lado, se colocó de pie y empezó a despojarse de su uniforme, yo lo miré boquiabierto. —Lo que escuchaste.
—¿Y eso cuando sucedió? —como pude pronuncié. Me encontraba en un shock increíble.
—Justo antes del juego. Pero no me regañes, Sammy, por favor. Yo... nosotros... estamos tan felices, y siento que es lo correcto. Y me importa una mierda lo que piensen los demás, o de si creen que somos muy jóvenes. Si íbamos a terminar casándonos en un futuro de todos modos, ¿porqué postergarlo?
Ah, para eso era la rosa.
—Yo... ¡estoy tan feliz por ti! —me coloqué de pie de un salto y corrí a abrazarlo, palmeando su espalda—. Sólo espero ser el padrino, ¿de acuerdo?
—Por supuesto, y Brandy la madrina, si es que no intenta matarme antes.
Fruncí el ceño y colocando mis brazos en sus hombros me alejé un poco de él. —¿Es que ella no lo sabe?
Él negó. —Ay amigo, te viene una buena. Oye, ¿pero tu de verdad creías que iba a decirte algo malo?
—No lo sé, pero me hubiese destrozado que lo hicieras. Sabes que te considero como un hermano.
—Me harás llorar, Brandon. Por cierto, felicidades, tanto por el juego como por la chica —le tendí mi mano y él la estrechó con fuerza, la sonrisa casi que no le cabía en el rostro.
—Muchas gracias.
—¿Que cuchichean ustedes dos? —preguntó Brandy, acercándose a nosotros seguida de Callie quien ahora usaba su blusa color rosa claro, mientras que mi chica usaba su suéter de lana. Cuando ellas llegaron, el castaño ya había terminado de cambiarse.
—Nada —Brandon me miró con una sonrisa—. ¿Nos vamos?
Brandy rodeó mi cintura, y yo sus hombros con mi brazo y la acerqué más a mi besando la punta de su cabeza.
Tomé un momento para observar este momento. Ver como Brandon observaba a Callie con tanta adoración, y como ella le devolvía la misma mirada. Y luego Brandy y yo aferrándonos a todo aquello que se pudiese llamar esperanza a la espera de un buen futuro. Sonreí porque esto era bueno, lo que los cuatro teníamos era algo bueno. Éramos los nuevos mosqueteros.
—Se despide; Marie.
Bạn đang đọc truyện trên: AzTruyen.Top