Capítulo 13 | Un beso capaz de reparar un corazón roto.

        Desperté al escuchar el melodioso cantar de los pájaros en la mañana. La habitación ya se encontraba bastante iluminada por los rayos del sol, por lo que calculé eran un poco más de las seis.

Traté de removerme entre las sábanas, pero me quedé estático cuando sentí un cuerpo enredado con el mío.

Vi ondas oscuros y piel blanca como el papel descansando a mi lado. Sentí el calor de su cuerpo arroparme y su respiración cálida chocando contra la piel de mi cuello. Un escalofrío recorrió mi cuerpo, desde mi cabeza hasta la punta de mis pies, cuando empezó a moverse un poco y su brazo rodeó mi estómago. La estreché fuertemente en mis brazos, tan a gusto con tenerla a mi lado.

La vista que tenía en estos momentos de ella jamás había sido tan deslumbrante. Tanto que te robaba el aliento.

Se había retirado todo rastro de maquillaje la noche anterior con una pequeña toallita húmeda antes de recostarse a mi lado, dejando a la vista su suave y rosada piel.

¿Cómo una persona puede causar tantas emociones, una completa montaña rusa, en alguien más?

Con delicadeza aparté algunos mechones de cabello de su rostro, tan suaves que sentía que podían deshacerse entre mis dedos. Dejé de respirar cuando su frente se frunció un poco, lo que menos quería era despertarla. Ultimamente pocas eran las veces en que ella se encontraba de una manera tan pacífica y relajada, y quería aprovecharlo en lo más posible, ya que su tranquilidad era la mía también.

No podía pensar con claridad si sabía que esos ojos, pozos de agua azul clara escondían algún tipo de preocupación tras ellos.

Me incliné y besé su frente antes de levantarme y dirigirme al baño del pasillo, asegurándome de cerrar la puerta con sumo cuidado.

Eché un breve vistazo a la cocina para verificar si mi padre ya estaba despierto, pero no había rastros de él por ninguna parte.

Cepillé mis dientes y lavé mi rostro rápidamente, vi mi reflejo en el cristal del espejo, haciendo una mueca cuando me di cuenta de que mi cabello estaba creciendo rápidamente de una manera sobrenatural, teniendo en cuenta que fue apenas hace poco más de un mes que la chica que durmió a mi lado toda la noche lo había cortado.

Regresé a la habitación pocos minutos después encontrándome sólo con el tumulto de sábanas revueltas sobre el colchón. Me sentí increíblemente decepcionado en esos momentos.

No entendía aún la razón de por qué huía en la mañana luego de pasar toda la noche jun-

—¡Bo!

Saltó sobre mi espalda, sujetándose a mi cuello y riendo a carcajadas. Me aseguré de sujetar sus piernas para que no cayera y reí junto a ella. Mi corazón iba a explotar en cualquier momento.

—¡Maldición! Casi me matas del susto, mujer.

—Esa era la idea —bromeó y con sus manos revolvió mi cabello.

La tumbé de espaldas sobre el colchón y me coloqué sobre ella, aprisionando sus manos entre las mías. Ella no opuso resistencia, sólo sonrió tranquilamente, claramente aún un poco adormilada.

La observé desde arriba, mi mirada se suavizó al verla tan tímida. Me gustaba esa faceta de ella; sus ojos brillaban, sus mejillas y labios se tornaban más rosados de lo normal, y su sonrisa ¡Dios! Esa sonrisa podría salvar la vida de cualquier persona.

Lentamente incliné mi cabeza sobre la suya, mi nariz acariciando la piel de sus mejillas, dirigiéndose a su cuello, asegurándome de guardar su aroma en mi memoria. Mis labios besaron la suave línea de su mandíbula y fue allí cuando la sentí temblar bajó mis dedos. Supe que ella quería esto tanto como yo.

Alineé mi boca con la suya, tan cerca que podía sentir los pequeños suspiros que brotaban de sus labios, tan cerca que nuestras narices se tocaban. Sus párpados se cerraron y su respiración se encontraba temblorosa. Tan cerca que la anticipación me estaba comiendo por dentro, tanto como a ella.

Había esperado tanto tiempo por el momento en que mis labios hicieran contacto con los suyos, poder saborearla por completo, demostrarle lo mucho que me importaba, hacerla sentir querida.

Pero si había esperado tanto tiempo, aguantándome las ganas de expresarle todo lo que siento en mi pecho, apretando mis puños para no tomarla del cuello y comérmela entera, entonces podía esperar un poco más. Porque quería que ella sintiera lo mismo que yo, quería que sintiera la misma necesidad de estar a mi lado como yo estaba tan necesitado de ella, quería que ella deseara estar a mi lado. Y podría esperar una eternidad hasta que ese día llegara, y cuando lo hiciese quizás mi sufrimiento por fin habría acabado.

Así que me alejé de sus labios, recorriendo la piel de su rostro y dejando suaves caricias. Besé su sien y olí su cabello.

—¿Brandy? —murmuré despacio, mis labios rozando su oído.

Su respiración se aceleró notablemente, apretó sus párpados. —¿Si? —la palabra salió temblorosa de sus labios.

—Babeas y roncas cuando duermes.

Abrió sus ojos de golpe y me miró furiosa. —¡Maldito mentiroso! Voy a cortarte la lengua, picarla en trocitos y hacertela tragar.

Apartó mis manos de ella de un sólo tirón, empujándome por el pecho. Quedé acostado boca arriba, apoyando mi cabeza sobre mis brazos y riendo roncamente.

Ella murmuraba cosas inentendibles mientras se ponía de pie, cruzando sus brazos sobre su pecho. —Te odio —espetó.

Volví a reír, negué con la cabeza. —Eso ni tú te lo crees, tonta.

Me sacó la lengua justo como una pequeña niña de cinco años lo haría. Observó la habitación con atención, posando su mirada en cada pequeño rincón, hasta centrarse en mi vieja guitarra apoyada en una esquina. Vi la intención en sus ojos mucho antes de que se moviera hasta ella y la tomará en sus manos.

Se sentó a mi lado y me la tendió. —¿Podrías tocar algo para mi? Ya que tu como el gran hijo de puta que eres no quieres aceptar la guitarra que te obsequié, lo menos que puedes hacer es tocar para mi.

Sonreí de lado y ella sólo giró sus ojos, estaba claramente molesta. Me senté también, justo a su lado, mi piel rozando la suya.

Amor —ronroneé pasando mi brazo por sobre su hombro—. En verdad aprecio tu detalle en darme una guitarra, pero simplemente... es demasiado.

Presioné un beso rápido en su mejilla para luego pasar mis dedos por las tensas y finas cuerdas. Ella se encontraba encantada, su estado de ánimo subiendo notablemente cuando empecé a tararear la letra de la canción hasta llegar a mi parte favorita, el coro.

Let me hold you... But if I kiss you, will your mouth read this truth? Darling how I miss you, strawberrys taste how lips do.

Cubrió su rostro con sus manos y ahogó un grito cuando reconoció la canción. Gracias a Callie pude saber que Ed Sheeran hacia suspirar a mi chica, incluso a mi me hacía suspirar. Y ni hablar de Finn, me obligaba a tocarle todas las noches una canción distinta del pelirrojo, sólo para terminar llorando como bebé.

Brandy daba pequeños saltitos sobre el colchón cada vez que aumentaba el ritmo y ella empezaba a tararear junto a mi, haciéndosele casi imposible pronunciar bien las palabras ya que no podía dejar de sonreír ampliamente.

Eran las seis de la mañana y nosotros cantábamos en la comodidad de mi habitación.

And I owe it all to you... oh my little bird. You my little bird.

Terminé la canción con una sonrisa adornando mi rostro, claramente complacido con lo que había sucedido. Ella chilló y se lanzó de espaldas sobre las sábanas, rodando por toda la superficie.

—¡Eso ha sido increíble, oh Dios mio!—respiraba agitadamente y sus mejillas se habían tornado rojas.

Su pecho subía y bajaba cuando por fin había dejado de dar vueltas como loca. Me encantaba verla en un estado de tanta felicidad, y mucho más si era yo el causante de eso.

Mi pecho se levantó, mi corazón llenándose de amor, tanto que casi no cabía todo en él.

Coloqué la guitarra a un lado, y aparté el cabello del rostro de mi chica. Oh señor, como quería besarla. Luego recordé la charla pendiente que tenía con ella.

No quería hacerla sentir mal, mucho menos herirla, pero en verdad necesitaba que hablara conmigo. Estaba matándome no saber que sucedía con ella.

—¿Quien es Brett para ti? —susurré, no quería que me evadiera más.

Me miró alarmada, sus ojos abriéndose considerablemente escaneando mi rostro, y luego las paredes a nuestro alrededor. Los minutos pasaban a nuestro alrededor y ella no pronunciaba palabra alguna, empecé a preocuparme cuando cerró sus ojos.

—¿No voy a poder escaparme de esta verdad?

Negué. Mis dedos se movieron a sus mejillas, donde las yemas se encargaban de repartir suaves caricias.

Suspiró y me dejó ver sus hermoso ojos. —Él fue mi primer novio. Mi único novio, en realidad.

Algo dentro de mi se removió con fuerza, me esperaba esa respuesta, pero la manera en que lo pronunció era dolorosa como si se arrepintiera de cada segundo que pasó a su lado.

Tragó y se tomó su tiempo para hablar. —Yo... —tartamudeó un poco, su cuerpo empezando a temblar—. Yo lo amaba. Él fue mi universo durante un poco más de un año y medio, y él me decía que yo era toda su galaxia.

Maldición, como dolía.

—¿Aún te sientes de la misma manera con respecto a él? ¿Siente él lo mismo? —Quise odiarme por preguntar eso, pero en verdad necesitaba saberlo, mi corazón me lo exigía aún sabiendo que iba a romperse luego.

Ella negó, sacudiendo su cabeza rápidamente. —Era un cuento de hadas; la chica más popular del instituto y el capitán del equipo de fútbol. Todos nos amaban. Pero un día simplemente todo se acabó, ya no sentía lo mismo estando a su lado. Me sentía acosada, obligada, asfixiada, él no lo entendía y quiso obligarme a que lo quisiera de nuevo, pero lo único que lograba era alejarme aún más. Fue allí cuando empecé a ser la burla de todos.

Parpadeó repetidas veces, alejando las lágrimas de sus ojos. Besé la punta de su nariz y ella sonrió levemente.

—Estaba a la mitad de mis quince años cuando me enamoré de él, y para cuando terminamos oficialmente a mis diecisiete no quedaba ni sombra del hombre que él solía ser. Quizás sólo me enamoré de quien él pretendía ser. Me dejó en paz unos meses, pero luego empezó a perseguirme de nuevo, me enviaba notas y se escondía en mi habitación, me besaba sin mi consentimiento, y me tocaba incluso cuando yo le decía que parara.

—¿Llegó a abusar de ti alguna vez? —mis manos se quedaron estáticas a cada lado de su rostro, la miraba fijamente, rezando para que la respuesta fuera un gran No.

—No. Como te había dicho, sólo lo hacía en mayor parte para asustarme y que volviera con él. Lo consideré en varias ocasiones.

—¿En serio? —pregunté algo confuso.

Ella asintió. —Luego llegué a la conclusión de que lo único que estaba buscando era a alguien que me hiciera sentir amada, que hiciera que la sangre hirviera en mis venas, que mi corazón se acelerara y me sintiera viva de nuevo

—¿Quien te hizo cambiar de opinión sobre lo que querías?

—Un niño muy dulce, pero con pinta de chico malo con su chaqueta de cuero. —Sonrió coquetamente, guiñándome un ojo.

Mi corazón se hinchó de alegría y sonreí también.

Me incliné sobre su rostro, completamente seguro de lo que iba a hacer. Lamió sus labios cuando me vio tan cerca, tan suaves y tan rosados. No podía esperar un segundo más.

Sólo pocos centímetros me separaban de ella, me sentía hipnotizado y lo único que podía hacer era verla.

Tan cerca, sólo un poco más.

Su mano se estampó contra mis labios y me apartó a un lado. —¿Escuchas eso?

Maldita sea.

Me empujó y se levantó de golpe de la cama dirigiéndose a la ventana cerrada. Suspiré frustrado, pasando las manos por mi rostro.

La vida me odia.

Forcejeó para abrir la ventana, al final gruñendo cuando ésta por fin se levantó. —¡Samson! —chilló.

Arqueé una ceja y poniéndome de pie, caminé hacia ella. En sus pequeñas manos sostenía un muy diminuto pajarito.

Esto tiene que ser una jodida coincidencia.

Lo miraba con adoración, acariciando sus pequeñas alas con sus dedos. Lo detalló con cuidado hasta que encontró cual era el problema con el pequeño amiguito.

—Su patita está lastimada —besó la cabecita del ave y lo llenó de palabras dulces.

Mi chica era todo un ángel.

Era extraño como hace tan sólo minutos atrás habíamos cantado una canción sobre un pequeño pájaro con su pata rota. La vida resultó ser todo un misterio.

—Ven, hay que darle calor —le dije.

La tomé por la cintura y la guié al escritorio donde encendí la pequeña lámpara y la acerqué más a la superficie. Tomé una toalla de uno de los cajones y la coloqué sobre la madera a modo de nido, asegurándome de que el calor que el bombillo emanaba fuera suficiente para mantener caliente al animal. Se lo enseñé a Brandy sonriendo ampliamente, orgulloso de lo que había hecho.

Ella besó mi mejilla fugazmente y se inclinó para dejar al pobre animalito en su nueva cama. Lo acarició un poco más y luego se alejó.

—¿Puedes cuidarlo mientras regreso? —habló volviendo a la ventana.

Me alarmé. —¿A dónde vas? Creí que desayunaríamos juntos —la seguí.

—Tengo que conseguirle algo de semillas al pequeño bebé, y también vitaminas para aves. ¡Oh! Hay que curar su patita también —habló apurada. Lanzó una de sus piernas sobre la ventana y luego la otra, cayendo del otro lado en un elegante salto.

Me incliné en el borde de la ventana dedicándome únicamente a observarla. Sus rizos se habían alborotado y temblaba de frío, la miré con las cejas levantadas y le ofrecí su chaqueta de cuero.

Ella sonrió y se inclinó para tomarla, para luego colocarla sobre su cuerpo. Desafiaría a cualquier individuo que dijera que había una vista más espectacular que la de Bryana Williams colocándose su chaqueta de cuero.

Puso sus manos en el borde de la ventana, inclinándose hacia arriba. Su rostro alineado con el mío perfectamente.

—Para ser un chico de barrio eres muy lento en esto —murmuró coqueta.

Dudé un segundo. —¿En qu...?

Sus labios tocaron los míos en una suave caricia mucho antes de que terminara de hablar.

Tan suaves como los imaginé, mucho más deliciosos de lo que creí. Se sentía tan... correcto, como si nuestras vidas hubiesen estado destinadas a entrelazarse desde un principio. Sólo nosotros.

No podía pensar con claridad. Ni respirar. Ni nada. Sólo ella. Siempre ella en mi mente, todo lo que siempre quise por fin lo tenía en mis manos. Mía.

Quería que este momento durara para siempre, y que fuera este recuerdo el que aparezca en mi mente el día de mi muerte, todos los días si fuera posible.

La sujeté del cuello tratando de acercarla más a mi, de absorberla por completo. Mordió suavemente mi labio inferior y creí morir en ese instante.

Sus labios se movían delicadamente sobre los míos, una caricia tan suave como una pluma. Justo como era su tacto y como era ella. Sentí todo el amor que guardaba en su interior, pero sobretodo la sentí segura, vivaz, llena de emoción.

Cuando se separó de mi definitivamente estaba muerto. Mi boca estaba abierta, al igual que mis ojos sin creer en lo que había sucedido. Mi corazón corría un maratón en mi pecho, jamás tan decidido a llegar a la meta.

Volvió al suelo sonriendo. —Volveré pronto. No puedo abandonar a mi hijo mucho tiempo, somos padres ahora, Samson.

Dio la vuelta y corrió hacia su casa, pero deteniéndose apenas unos pasos luego.

—¡Sigue en pie eso del desayuno juntos! —gritó y agitó su mano en mi dirección, para luego desaparecer al final de la calle.

Suspiré atontado viendo como la sombra de su silueta se alejaba de mi, mi cuerpo tembloroso como gelatina.

Volví al escritorio luego de cerrar la ventana, pero no en su totalidad, quería que ella pudiese entrar cuando lo deseara. Me agaché frente al pequeño bebé detallando cada una de sus plumas suaves, su pecho subía y bajaba lentamente.

—Estoy tan enamorado de tu mamá, pequeñín, realmente enamorado —le susurré.

Sonreí cuando movió sus alitas, a él también le gustaba ella. Cómo no.


Se despide; Marie.

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