5


Eran las cinco de la mañana y se encontraba escondida entre las sombras de la cocina, sentada en aquel taburete desde hacía varias horas, mirando como amanecía de forma tímida. Solo había hecho que darle vueltas a su cabeza... No conseguía comprender que es lo que había querido decirle Thom. Y también había pensado en su padre... Que había subido cerca de la una y media de la madrugada a su dormitorio, para ver como estaba. Pero no se había dignado a responderle ni abrirle la puerta para calmarlo un poco... No tenía ánimos para ver a nadie. Lo único que quería era ver a Thom y abrazarse con fuerza a él, para no dejarle escapar. Tenía que hacer algo... Él dijo que a lo mejor se volvía a Londres, pues bien suponía que tendría que empezar a buscarle por allí.

Decidida subió a su dormitorio y empezó a preparar las maletas, pero cuando ya había sacado toda su ropa del armario y empezaba a doblarla, se paró a pensar en que no estaba bien lo que hacía. No podía desaparecer de aquella manera, consiguiendo con ello preocupar todavía más a su padre de lo que ya estaba. Así que respirando profundamente siguió preparando su maleta, pero decidió que esperaría a que su padre se levantara y entonces le anunciaría su decisión de partir antes de lo previsto...

-¿Pero por qué? -preguntó su padre sentado en su sillón.

-Yo... Todavía no me atrevo a explicártelo, antes tengo que averiguar una cosa papá -confesó con la cabeza baja. No quería ver la expresión que tenía su padre en aquel momento, y ablandarse contándole todo...

-Muy bien como quieras -aceptó con mirada escrutadora-. Pero sé que todo esto tiene que ver con tu hermano

Helen levantó la mirada preocupada y clavó los ojos en los de su padre. ¿Acaso se había dado cuenta de lo que le ocurría? Si era así, parecía que no quería inmiscuirse en sus problemas, sabiendo que eso es lo que ella querría. Sonriendo agradecida se acercó a su padre y lo abrazó tiernamente, para luego dirigirse al aeropuerto.

Estaba muy nervioso. Eran cerca de las once de la noche e iba en dirección a casa de su padre. Allí estaría Helen. Estaba hecho un lío, desde que desapareció de la fiesta que había estado conduciendo sin rumbo alguno. Eran muchas las veces que había decidido volver y confesarle sus sentimientos, pero en el último momento se echaba atrás. De seguro que su hermana se horrorizaba con aquella confesión y a su padre le daba un infarto y le obligaba alejarse de sus vidas. Odiaba su vida. La gente decía que era un hombre muy afortunado porque lo tenía todo, dinero, prestigio, mujeres... Pero no era cierto, sin amor era un hombre desgraciado. Desde que reconoció aquellos sentimientos que hizo todo cuanto estuvo a su alcance para poder evitarlo, pero era una batalla perdida contra su corazón...

Fue aparcar en la parte trasera de la casa y ya le extrañó el que no estuviera el coche de Helen. En su lugar había un coche todo terreno nuevo. Decidió entrar por la puerta trasera de la casa que daba a la cocina, y una vez que estuvo dentro se sorprendió de que todo estuviera a oscuras. Solo conseguía escuchar un murmullo de voces que provenían del despacho de su padre, pero las voces eran masculinas, ninguna pertenecía a ella. Se acercó allí con paso tranquilo y cuando iba a llamar a la puerta para anunciar su presencia, se detuvo de repente al escuchar a su padre mencionarlo.

-Thom... -pronunció el hombre su nombre con gran desdén-. ¿Quién sabe en donde se encuentra en estos momentos mi hijo?

-Seguramente que en dirección a Londres...

Aquella segunda voz masculina pertenecía a Jack, reconoció con sorpresa Thom. ¿Pero de que estaban hablando los dos hombres?

-Jack, lo único que quiero saber es que ocurre entre mis hijos...

-Jared, yo... -empezó a decir incomodo.

-No te inventes excusas, se perfectamente que mi hijo está enamorado de Helen... -Thom abrió los ojos por la sorpresa. No podía creerse que su padre hubiese averiguado todo, y por lo que podía observar no había sido Jack quien se lo había contado-. ¡Dios qué horror! Te puedes imaginar...

Ya está. Había escuchado todo cuanto tenía que escuchar de su padre. Con las esperanzas completamente pisoteadas, salió fuera de la casa y volvió a montar en su coche para alejarse de allí lo más rápido posible. Si mal no recordaba era la primera vez que lloraba desde la muerte de su madre. Con aquellas palabras, su padre acababa de destruir su vida... Y ya sabía que es lo que tenía que hacer, alejarse lo máximo posible de sus vidas. Estaba seguro que si su padre veía que no lo llamaba, sería un hombre listo y adivinaría cual sería el motivo de aquello. Miró por una última vez a la casa por el retrovisor, despidiéndose de aquel hermoso paisaje, de su padre y de su amada, que seguro que se encontraba encerrada en su dormitorio, triste por su culpa.

-¿.Ocurre algo Jack? preguntó Jared preocupado, al ver como el joven lo acallaba con un gesto y salía fuera del estudio para buscar algo.

-Un momento... -dijo saliendo en dirección a la entrada de la casa, justo para ver a tiempo como un coche se alejaba de allí a una velocidad increíble. Conocía aquel coche, y el dueño era Thom.

-¿Y bien? -volvió a preguntar el hombre mayor en cuanto el joven hubo vuelto al estudio sumido en sus pensamientos.

-Era Thom.

-¡Thom! -dijo ahogadamente-. ¿Pero por que se ha marchado? No lo comprendo...

-Me parece que nos ha escuchado hablar...

-Pero...

-Lo que no ha escuchado ha sido a ti acabar tu frase -pronunció con tranquilidad-. Thom, se piensa que tu estas horrorizado ante la idea de que esté enamorado de Helen.

-¡Qué! -exclamó horrorizado-. Pero... ¿Y ahora qué?

-Lo mejor, es que no entrometernos en sus vidas.

-¿Estás seguro?

-Sí, ellos ya son lo bastante mayores como para solucionar sus problemas.

-¿.Quieres decir? -siguió insistiendo nada convencido.

-Jared, estate tranquilo. Si vemos que la cosa no se soluciona, entonces si tomaremos cartas en el asunto.

-De acuerdo -aceptó soltando un profundo suspiro.

Bien por fin había llegado a Londres. Había sido un viaje largo en el coche, pero lo importante es que había llegado. Ahora se buscaría un hotel cerca de las oficinas de Thom. Lo malo, es que no sabía la dirección de su hermano y no se había atrevido a pedírsela a su padre. Así que tendría que buscarla en la guía, o tener que esperarse dos días que la gente volviese a trabajar.

El tiempo allí estaba igual de triste que ella. Hacía mucho frío y caía una pequeña cortina de agua. Así que aunque pareciese mentira, no había mucha gente por las calles. Todo el mundo estaba en sus casas, junto a sus seres queridos. ¡Dios! Se sentía fatal, era el primer año que dejaba su padre solo en el día de navidad. Pero es que ella no podía más, quería a Thom e iba a decírselo... Le era igual, lo que este le tuviera que decir ante aquella confesión. Pero habían sido muchos los años, que se lo había tenido guardado para ella y ya no podía más, necesitaba quitarse aquel doloroso peso de encima.

Encerrada entre aquellas cuatro paredes del hotel se sentía completamente agobiada, sabiendo que Thom se encontraba en la ciudad y ella estaba allí quieta, mirando por la ventana con las manos en los bolsillos sin hacer nada por localizarlo. Así que cogió su abrigo y salió con paso decidido por la puerta en un intento vago lleno de fantasía por encontrar a Thom.

A las diez de la noche sin saber qué hacer y con el corazón destrozado. Thom pasaba por delante de sus oficinas. En su casa no quería quedarse porque solo hacía que mirar el teléfono, con la gran tentación de llamarla y hablar con ella. Así que pensó que si iba un rato a la oficina y se ponía a trabajar, tal vez consiguiese despejarse un poco la cabeza.

En el portal del edificio le saludó el guarda de seguridad, pero Thom le prestó poca atención por que por lo visto aquel joven era nuevo. Seguramente se encontraba sustituyendo a Josh, el hombre mayor que llevaba allí desde que él formó aquella empresa. Seguramente Josh estaba acompañado perfectamente con su mujer, sus hijos y nietos, pasando una típica noche de navidad. Una noche que él hacía tiempo que no celebraba de aquella manera con su familia. Pero había que decirlo, él era quien tenía la culpa de que aquello fuese así. Él había sido el hombre testarudo, que se había prohibido ver a su hermana en su compañía, durante más de diez o quince minutos. Bien que igualmente a pesar de su actitud con la chica, ella había ido insistiendo cada año en intentar entablar con él una conversación y demostrar a su padre que no ocurría nada, pero no lo conseguía por que la ignoraba nada más entrar en la casa. Sin embargo aquellas navidades habían sido diferentes, él se había soltado un poco a su testarudez y había podido pasar un par de días magníficos con ella. Cierto, que igualmente entre ellos había existido una sensación rara tal vez conducida por culpa de su carácter, no creía que fuera por otra cosa. Pero como siempre lo había vuelto a estropear. Sus celos habían conseguido dominarlo y no había podido resistir la tentación de soltarle algunas cosas, que bien sabía él que no eran ciertas. Helen ya no era ninguna jovencita, se había convertido en una hermosa mujer que sabía defenderse bastante bien en la vida sin tener que pedir ayuda a nadie.

Salió del ascensor en su planta para adentrarse en una gran calma y oscuridad. Qué gran diferencia, en aquel momento no se escuchaba sonar constantemente el teléfono, el ruido de las impresoras, la gente ir de un lado para otro, los faxes... Pero ya estaba acostumbrado, por que como dueño de todo aquello no era la primera vez que se quedaba hasta las tantas de la noche para acabar algunos trabajos.

Soltando un profundo suspiro entró en su despacho y con movimientos mecánicos, empezó a despojarse del abrigo, la bufanda y la corbata. Luego se acercó al pequeño mueble bar y se sirvió de un buen whisky, para bebérselo sentado en su cómodo sillón y relajarse un poco después del agotador viaje. ¿Qué es lo que estaría haciendo en aquel momento Helen? Seguramente pensando en que es lo que le había querido decir él en el baile...

Todavía no lo asumía el haber escuchado aquellas palabras de su padre, pero era bien cierto que él ya sabía de antemano que su padre no consentiría aquello. Que fue por él, por el que se marchó a Londres alejándose de su hermana y no volver a verla en tanto tiempo. Fue por él, por el que empezó hacerse daño a sí mismo engañándose durante tantos años que solo era un capricho y no-amor lo que sentía. Fue por él, por el que cambió su carácter alegre al de hombre duro de los negocios... Esa era la verdad, fue por no hacer daño a su padre que cambió todos sus sueños de tener su propio rancho al lado del de su padre, y quedarse a vivir allí en Texas.

Se refregó con las manos los cansados ojos, intentando despejarse un poco de la amargura que invadía su cabeza. ¿Qué iba hacer ahora?...

Susan salía del restaurante chino con su hermana y el marido de esta. Se dirigía a su casa para sentarse ante la chimenea con un buen libro y relajarse por completo, antes de tener que volver a la ajetreada vida de la revista. No tenía muchas ganas de ir con ellos a una discoteca y pasarse la noche bailando...

Se detuvieron delante del coche de su cuñado para despedirse. Todo fue muy rápido ya que hacía mucho frío y estaba lloviznando. Envidiaba a su hermana tres años mayor que ella, felizmente casada desde cuatro años con un magnífico hombre. ¿Por qué no tenía esa misma suerte?

Empezó a dirigirse a su coche que lo tenía aparcado dos calles más arriba con paso ligero, no quería mojarse mucho y coger un resfriado. De seguro que Thom la mataba si se ponía enferma. Cruzó la calle y cuando pasaba por delante de un pequeño café bar, le pareció ver sentada en una de las mesas que tocaban al cristal a Helen, la hermana de Thom. Aquello era imposible, ella estaba en Texas en donde también estaba él... Pero algo le hizo retroceder sus pasos y acercarse nuevamente al bar. Sorprendida comprobó que tenía razón, aquella mujer era Helen. Lo que no llegaba a comprender era que es lo que estaba haciendo en Londres, en una fecha como aquella.

Se acercó sin hacer ruido y observando a la joven. Ésta estaba con la mirada fija en un punto, sin prestar atención al café humeante que tenía delante. Susan vio tristeza en sus ojos, y soltando un profundo suspiro supo que la culpa de que aquella joven estuviera así y tan lejos de su casa, era por culpa de su egocéntrico jefe Thom. ¿Qué es lo que habría hecho aquel hombre?

-Hola, ¿puedo sentarme? -preguntó casi en un susurró, haciendo que Helen levantara la mirada y se sorprendiera de que ella estuviera allí.

-¡Susan! -exclamó con voz ronca y sonriendo tímidamente-, claro siéntate...

-¿Te encuentras bien? -preguntó al escuchar aquel tono tan ronco.

-Sí, solo me duele un poco la cabeza. ¿Pero qué haces tu por aquí? respondió despreocupada ante la pregunta de la mujer.

-Acabo de cenar con mi hermana y cuñado, en el chino que hay más abajo...- respondió todavía preocupada-. ¿Seguro que estas bien?

-Sí, estate tranquila...

-Tienes la cara muy colorada y tu voz es muy ronca -dijo después de haberla observado detenidamente-. Además, tu cabello... Es como si te lo hubieras lavado y no lo hubieras secado adecuadamente, se ve como muy... -No pudo más, se inclinó hacía ella y le posó su fría mano en la frente comprobando que la mujer estaba ardiendo-. ¡Dios, tu estas enferma! Has estado deambulando por las calles con este mal tiempo... Eres estúpida...

-¡Eh! -se defendió Helen apartándole la mano de un gesto firme-. No te preocupes estoy bien, es solo un pequeño resfriado.

-¡Ha! -protestó con cierto desdén-.Intenta otra cosa bonita, pero a mi no me engañas... Algo te ha ocurrido y de seguro que tu querido hermano tiene la culpa de todo. Si no, dime porque demonios estas aquí en vez de en tu casa con tu familia.

Helen bajó la mirada a la taza de café y cogiendo profundamente aire para no llorar, empezó a contarle todo a la mujer.

-Entiendo, tu hermano es un hombre estúpido -dijo enfadada, mientras se levantaba de la mesa-. A saberse en donde se encuentra este... Mira lo mejor es que te vengas a mi casa, allí te prepararé una buena sopa de pollo y te acuestas...

-OH, no... -empezó a protestar la chica.

-No quiero ninguna queja —la riñó-. No ves que no puedes quedarte sola.

-Pero si es solo un simple resfriado.

-Eso lo dirá el doctor -confirmó mientras ayudaba a que se pusiera el abrigo-. Pero creo que vas a pasarte las siguientes dos semanas en la cama, por culpa de tu tonto paseo.

-No puedo, tengo que encontrar a Thom -protestó con voz débil y temblorosa.

-Lo que tienes que hacer ahora es preocuparte por ti, no puedes buscarle en este estado. Entiéndelo, cuando te recuperes podrás seguir buscándole y te prometo que yo te ayudaré.

-De acuerdo -aceptó con voz cansina, mientras salían del café bar y se dirigían al coche de Susan.

Susan se encontraba en el dormitorio de invitados vigilando a Helen. La pobre chica había pasado una noche muy mala con mucha fiebre y lo que todavía le quedaba, según le había informado el doctor. Al parecer tuvo que pasar otro resfriado no hacía mucho y sin curarse bien de él, así que este otro le estaba dando bastante en cara.

Estaba un poco cansada, se había pasado toda la noche a su lado poniéndole paños húmedos para ayudar a bajarle la fiebre, con la ayuda también de los antibióticos. Y llevaba toda la mañana intentando localizar a Thom al número de su móvil, pero no obtenía ninguna respuesta. Y tampoco sabía el número de la casa de su padre en Texas, así que no sabía qué hacer... Al día siguiente todo el mundo volvía al trabajo y de seguro que Thom también. Así que este tenía que encontrarse en la ciudad, lo que no entendía era porque no respondía a sus llamadas.

El ruido de un pitido insistente que se le metía en la cabeza como si le estuvieran dando con un palo, hizo que se despertase con un gruñido de dolor. ¡Dios! Era la última vez que tomaría tanto whisky. Si no recordaba mal, la última vez que se hubo emborrachado fue en una fiesta de la universidad, y había olvidado lo mal que se pasaba al día siguiente. Con ojos nublados por el sueño miró a su alrededor comprobando que se hallaba en la oficina, entonces empezó a recordar el motivo del por qué se hallaba allí, y el siguiente gruñido que profirió fue de desconsolación por su asquerosa vida.

Se refregó los ojos con gran fuerza para ver si despertaba de aquella pesadilla. Pero no, después de volver abrirlos vio que seguía en su oficina de Londres. Aquello no podía estar sucediéndole, se auto compadeció a sí mismo. Fue entonces cuando vio que la luz de su teléfono móvil parpadeaba, por lo visto alguien había intentado comunicarse con él. A lo mejor había sido Helen, pensó con desesperación mientras alargaba el brazo y comprobaba el número. No, no había sido Helen si no Susan. ¿Qué es lo que querría? Conociendo bien aquella mujer, sabía que no se tomaría la molestia de llamarlo en un día de fiesta si no era por algo importante, así que marcó su número y se acercó el aparato al oído con gran tristeza.

-¿Sí? -se escuchó la voz de la mujer al otro lado de la línea.

-Soy yo, Thom -confirmó simulando un tono firme, ya que no quería delatarse ante su compañera y preocuparla.

-¡Thom! —Exclamó sorprendida la mujer-. ¿En dónde demonios te habías metido? -preguntó en tono enfadado.

-Es una larga historia, ya te la contaré en otro momento pero ahora dime para que me has llamado. ¿Ocurre algo?

-Sí. Helen se encuentra en mi casa, metida en la cama con mucha fiebre...

En cuanto Thom escuchó aquellas palabras, su cuerpo reaccionó más rápido que su mente. Colgó la llamada y salió corriendo al ascensor, para bajar al parking, coger su coche y correr a casa de Susan. Media hora después, detenía el coche enfrente de su casa. Allí fue cuando se detuvo un momento a pensar. ¿Qué hacia Helen en Londres? Estaba claro, había ido allí en busca de una respuesta ante su marcha inesperada. Él estaba preparado para informarle del motivo, pero estaría ella preparada para recibir la respuesta... De eso es de lo que tenía miedo. No quería causarle todavía más daño del que ya había hecho.

Cogiendo aire en sus pulmones, bajó del coche y se acercó a la casa llamando al timbre. Unos segundos después Susan le abría la puerta, con cara de pocos amigos. Le pidió el abrigo y luego lo condujo al salón. Por lo que pudo comprobar. Susan sabía algo de lo ocurrido en su casa y antes de conducirlo a Helen, quería reprenderle.

-¿Y bien? -inquirió con los brazos en jarra-. ¿Qué demonios le has hecho esta vez? Es que no tienes corazón...

-Susan... —intentó defenderse.

-Y no me digas ninguna tontería, quiero la verdad. Si no, no dejaré que subas a verla -lo amenazó con enfado.

Thom la miró un momento en silencio y después de pasarse las manos por el cabello, en gesto nervioso empezó hablar.

-En la fiesta, iba a pedirle disculpas por todo lo que ha ocurrido en estos años y confesarle mis sentimientos... -se calló unos segundos, en los que se acercó a la chimenea encendida para observar las flameantes llamas-. Así que cuando estábamos bailando, empecé a pedirle disculpas por mi comportamiento y cuando ella me pidió el motivo, no pude decírselo... Me di cuenta que si le confesaba mis sentimientos, podía hacerle daño a ella y a mi padre —se dio la vuelta y miró con pesar a la mujer-. Date cuenta Susan, de seguro que si le digo que estoy enamorado de ella se asustaría y se alejaría de mí. Además, escuché como mi padre hablaba con Jack, por lo visto él se dio cuenta de todo y escuché como le decía que no lo permitiría por nada del mundo, así que no me quedaba más remedio que alejarme de sus vidas.

Durante unos minutos, Thom se quedó callado mientras Susan se acercaba a él y le pasaba un brazo por los hombros.

-Y ahora me entero de que se encuentra aquí, y encima enferma en la cama... -bramó en un suspiró-. ¿Qué puedo hacer? Tengo miedo de que si la veo, se lo voy confesar todo y es entonces cuando veré como ella...

-Schh, tranquilo -susurró Susan-. Quién sabe, a lo mejor estas dentro de un error...

-Qué -dijo el hombre después de soltar una falsa carcajada-. De verdad crees, que mi problema se puede solucionar en un cerrar y abrir de ojos. Entonces es que tu estas más majareta que yo, por haberme enamorado de mi hermanastra.

-Thom, yo no puedo explicarte nada -le confirmó con seriedad-. Pero creo que es mejor que en cuanto tu hermana se recupere, hables con ella. Cuéntale todo...

-Eso ya lo veremos, en cuanto llegue el momento -dijo aludiendo la sugerencia de la mujer-. Pero qué te parece si me conduces al dormitorio, me gustaría verla y quedarme un rato con ella.

-Está bien -acabó por aceptar-. Esta noche la ha pasado muy mal, ahora la fiebre a remitido bastante. Solo hay que esperar que la noche la pase tranquila y no como la de ayer.

-Gracias -señaló el hombre cuando iban subiendo las escaleras.

-No tienes por qué dármelas -le indicó-. Solo espero, que no le causes más dolor a la chica volviéndote a marchar sin decirle nada.

Pero Thom se calló ante aquellas palabras, porque sabía que no podía prometer nada en aquel momento. Todo se vería sobre la marcha.

En la penumbra de la habitación, Thom se acercó a la cama y halló a la preciosa mujer de su vida dormida. Estaba muy pálida, pero aún así resaltaba su belleza. Dios, cuanto la amaba. Con timidez se acercó a la silla que había en un lado, se sentó y entonces se atrevió a acogerle la mano con gran delicadeza. No quería despertarla con algún gesto brusco. Luego se quedó observándola detenidamente, sin decir ni una sola palabra. Sin enterarse siquiera de que Susan abandonaba la habitación, para dejarle cierta intimidad.

Una hora después. Susan entraba en el dormitorio llevando consigo una bandeja. Desde el sillón le vino el delicioso olor a comida. La verdad es que tenía hambre. Y el cuerpo le empezaba a doler un poco, después de haberse quedado casi una hora sentado en aquel sillón observando detenidamente a Helen. En todo ese rato, había tenido mucho que pensar. Y después de todo, había llegado a la conclusión de confesarle todo en cuanto esta se recuperara de aquel resfriado.

-Hora de comer -anunció Susan en un susurro, para no despertar a la joven que todavía yacía en el lecho durmiendo.

-Muchas gracias, Susan -susurró agradecido-. Siento mucho que te estemos molestando de esta manera, y eh pensado que lo mejor sería llevarme a Helen a mi casa en cuanto esta se recupere un poco...

-OH, no me seas tonto -le riñó con enfado-. Sabes perfectamente que no molestáis para nada...

-Gracias -sonrió-. Pero aún así, creo que es lo mejor dado la situación.

-¿Seguro? ¿Y si ella no quiere marcharse contigo? -indicó con duda.

-Ya lo veremos en cuanto llegue el momento -aseguró con firmeza.

-Veo que sigues siendo el mismo mandón de siempre -achacó con sonrisa divertida la mujer.

Thom sonrió ante aquella indicación de su amiga, para luego coger la bandeja y comer un poco. Había tomado una buena decisión, en cuanto ella se recuperara un poco se la llevaría a su casa. La iba a tener a su lado y cuidarla con cariño. En ningún momento llamaría a su padre para informarle de lo ocurrido, era un resfriado lo que tenía su hermana. Nada grave para llamar a su padre y que la apartara de su lado, en cuanto este se enterara de que se encontraba en Londres.

Bạn đang đọc truyện trên: AzTruyen.Top