Capítulo 8

Una vez escuché a alguien decir que las cosas pasan rápido cuando son verdaderas. De alguna forma añoro, deseo, imagino cosas pero la mayoría de las veces son solo bosquejos en mi mente que se devuelven en un cajón polvoriento al salir el sol. Esta vez era distinto. Es distinto.

Ya estaba amaneciendo cuando salimos del edificio. Quentin frenó el primer taxi que pasó y nos subimos, apurados y entre risas atolondradas.

Las tomas en video comenzaron desde ese entonces. Quizá lo de la tarea para cinematografía era solo una excusa pero al final, resultó ser la mejor excusa de todas. Una que vivirá para siempre en este video arañado y viejo, al igual que mi memoria.

Cuando cruzamos el puente de Quebec que marcha sobre el río St. Lawrence supe como me sentía. Por primera vez en mucho tiempo, pude ponerle un nombre al sentimiento y permitirme sentirlo por más de dos segundos.

Me quedé dormida bajo el sol cálido de la madrugada mientras al parecer, Quentin se filmaba a si mismo. Estaba sentado adelante y hasta el conductor saludaba. Jesse hacía muecas y luego sostenía ella misma la cámara. En estos planos se puede apreciar mejor la extraña manera en la que me quedo dormida. Hace zoom en mi cara demacrada por el sueño, el alcohol, y ahora que lo sé y después de contarlo y que los chicos se rieran por horas, marihuana.

Frenamos en un supermercado a comprar comida y agua...mucha agua. Creo que me tomé un litro y medio. Jesse y yo nos metemos en un carrito de compras arrastrado por Quentin mientras él frena en las gafas oscuras. Coge unos rojos con forma de corazones y se los guarda en el bolsillo. Un clásico.

Recuerdo que leí un poco cuando salimos, una revista de fotografía que compré en el mercado. No teníamos nada planeado. Solo un eterno presente que sabía a libertad. Quentin fumaba y posaba para el video con las gafas puestas.

Esa noche dormimos en un motel en medio de la ruta. Después de dormir por varias horas, montamos una especie de set con todas las luces que encontramos. Jugamos con las sábanas, cubrecamas y alfombras. Aproveché para preparar mi segunda entrega, después de todo, nunca iba a encontrar otros modelos tan atractivos como ellos dos.

Comimos pizza y les tomé más fotografías. Recuerdo que Jesse sostenía la cámara de video cuando abrí la puerta del baño para fotografiar a Quentin. Claro que estaba todo montado, pero nadie tenía por qué saberlo. Al fin y al cabo nuestro arte era todo sobre la mentira.

Quentin estaba sentado sobre el inodoro, desnudo y de piernas cruzadas con las gafas puestas fingiendo leer el periódico. Su figura tan alta y simétrica era perfecta para disfrazar en un sinfín de colores y personajes y a él le encantaba hacerlo. Le encantaba ser el centro de atención. Es toda una diva.

Jesse por su parte llamaba la atención pero de otra forma...era su simple presencia la que me obligaba a girar la cabeza y quedarme observando tanto y como pudiese. Ella era una obra de arte, de esas que al principio no entiendes pero te hacen creer que, de alguna forma, hay algo que hace tiempo dejó de ser solo tuyo.

Las gafas de corazón ya posaban sobre mi cabeza. Era como una especie de analogía a nuestra relación porque desde ese momento lo supe.

Solo quería estar con ellos todo el tiempo.

El silencio se aguanta hasta las últimas diapositivas. Agradezco haber traído un sweater con bolsillos, no sé donde escondería los nervios.

Wallace observa en silencio. Parece concentrado.

Después de la fotografía de Quentin sentado en el inodoro, viene un primer plano de Jesse mojada de pies a cabeza con los ojos rojos después de haber fumado en la ducha.

Un murmullo en el público me obliga a echarles un vistazo. A pesar de la oscuridad, noto que están mas concentrados que en la consigna anterior.

La última diapositiva es la de Quentin robando las gafas de corazón. Me siento fuerte, segura de mis fotografías pero los nervios no se van ni con un nóbel encima.

—¡Luces por favor!— pide Wallace.

Las luces se encienden y acostumbro mi mirada a la luz tungsteno para encontrar al profesor apuntándome con su lapicera.

—'Realmente admiro a quienes se recrean a sí mismos y manifiestan sus fantasías públicamente.'— Dice sin quitarme ni medio ojo de encima.

Tiendo a sonreír pero algo me dice que es una trampa.

—Nan Golding dijo eso...¿la conoces?

Si...era una trampa. Mi intento de sonrisa se borra en cuestión de segundos. Sacudo la cabeza.

—No, lo siento...— admito.

No parece agradarle mucho mi respuesta...¿qué prefiere? ¿qué le mienta? ¿realmente le importa?

—Tus fotografías me recuerdan a las suyas.— comenta antes de fregarse las sienes.—Escucha...Skyler, ¿verdad? ¿Qué fue lo que te dije que hagas esta vez? Recuérdame.

Trago saliva.

—Dijiste que yo debía experimentar...

—¿Qué cosa?— continúa.

—...no estar en control del mundo que observaba.

Wallace asiente y comienza a abrir los ojos otra vez.

—Me parece a mi que estas tratando demasiado en hacerme creer que esta es tu vida normal y la verdad es, bueno, puedo afirmar que no lo es...¡Vamos! La última vez me trajiste una serie de hojas en blanco y negro ¿y ahora me quieres hacer creer que habitas este mundo de travestis, drogas y espontaneidad?

—Pero tu dijiste 'piérdete'— interrumpo ya con ganas de salir de allí.

—Si, bueno...no tanto. Aún necesito ver una constante, un estilo...ese algo que te hace a ti especial, diferente de otros fotógrafos. Quiero ver algo genuino, necesito crème pero también huevos. Necesito ver tu trabajo y decir...—espía su lista para encontrar mi nombre. Revoleo los ojos.—...Skyler West y no Carolee Schneumann, Sophie Call o Nan Golding. Además parece muy forzado, puedo darme cuenta que no perteneces a este mundo. Encuentra y sigue una línea para la próxima.

Me salgo antes de la clase para hacer copias en el laboratorio. Puede ser que sea solo una excusa para alejarme del profesor Wallace pero nunca lo sabré. Algo me dice que los chicos les gustaría tener sus fotos impresas. Al menos Quentin, estoy segura.

—Entonces espera...él dijo 'piérdete' pero luego ¡¿'no tanto'...?!— me pregunta Quentin mientras mastico pasta de la última pasta en caja que me quedaba, gracias al cielo. Quentin recoje con palitos chinos, un poco de su comida oriental recién comprada.

Asiento revoleando los ojos, como si no pudiese formular otro gesto en torno a este tema.

—Por lo que veo linda, necesitas crear un escudo de orgullo y respeto a tu alrededor.

Q saca de una bolsa de plástico, uno de los varios pines con la bandera LGTB. Son todos iguales y tienen la misma fecha inscripta. Él también lleva uno de esos puestos, esta vez, reemplazando sus pines de insectos excéntricos. Los debe haber recibido hoy de la gráfica.

Se acerca hacia mi por encima de la mesa y me acerco un poco más para que llegue a mis solapas.

—...porque eres una mujer hermosa, segura y fuerte y a nadie le agradan las mujeres seguras y fuertes. Expone sus propias debilidades y nadie quiere admitir sus debilidades en un mundo gobernado por el poder.— Dice ya a menos de diez centímetros. El pin encastra en mi sweater.—Así que mejor sé ese poder...eres la rebelde después de todo.

Sonrío. No sé como lo hace y ni siquiera sé si estoy de acuerdo con sus halagos pero me tranquiliza. Mejor aún, me empodera.

—¿¡Estas son tus fotografías!?— Interrumpe Jesse ya pasando entre sus manos las mismas que hasta hace un rato, Quentin observaba.

Quentin me sonríe ya acomodándose en su lugar. Jesse se sienta en nuestra mesa dedicando su completa atención a las impresiones que se deslizan atropelladamente entre sus dedos.

—Si...pueden quedarse con las que quieran, puedo hacer más copias y son gratis.— admito levantando los hombros.

—¡Tío! ¡esto se va al carajo!— dice levantando una de las suyas, en la que acaba de salir de la ducha toda mojada.

—No voy a decir que te lo dije pero te lo dije.— Comenta Quentin mirándose las uñas.

¡Que exagerados! Algo me toca el hombro. Me doy vuelta. Es Nick.

—¡Ey!— me dice con una expresión ya confundida en su rostro.

—Nick, ¡hola!— simulo.

—Hola chicos.—dice Nick saludando a los otros dos quienes le devuelven el saludo con la mano sin moverse.

Con Nick, no conversamos desde la fiesta. Digamos que las únicas personas con las que paso el tiempo de ahora en más es con Quentin y Jesse y porque no cursamos las mismas clases, es solo en algunos recreos y mediodías que puedo verlos. Parece que fueron mi único foco y prioridad. No siento ningún tipo de culpa al respecto.

—¿Qué hay?— le pregunto tratando de ser más directa.

Nick apoya una rodilla en el suelo para quedar a mi altura y mira hacia todos lados, nervioso.

—¡Nada! Nada...¿cómo has estado?

—Bien...supongo.— respondo ya sin entender a qué va esto.

Les echo un vistazo a Quentin y Jesse que hacen como si no estuviesen escuchando pero son demasiado obvios. Quentin le está colocando uno de sus pines a Jesse.

—¿Qué sucede?— le pregunto a Nick.

—Yo...—dice bajando el volumen de su voz.—...no recuerdo nada sobre el la noche del sábado pasado.

—¡Oh! Entiendo...

—¿Que? ¿Pasó algo entre nosotros? Yo...

—¡Oh, no!— digo ya entre risas.— no, no, no. No pasó absolutamente nada.

Nick suspira, relajado. Ríe y asiente.

—¡Genial! Genial...imagina si—

—Oh, ni siquiera puedo hacerlo— respondo rápidamente.

—¡Nick!— Le llama otro alumno de lejos.

Nick se da vuelta mientras yo aprovecho para echarles un vistazo a los míos. Quentin se está retocando la base y Jesse arma un cigarrillo. Pone los pulgares hacia arriba y yo asiento. Vuelvo a Nick.

—¡Ahí voy!— responde Nick.— Me voy pero, ey...¿ya sabes de que será tu próxima serie? Sé que tenemos dos semanas pero si necesitas una locación puedes usar mi estudio.

Me da una de sus tarjetas personalizadas. Tiene una foto carnet algo artística de él en el costado y un diseño metálico-minimalista. Madre mía, ¿esto de las tarjetas se sigue usando?

—Esto es...muy lindo de tu parte, Nick. Gracias.

—De nada.— responde antes de sonreír e irse.

Jesse no aguanta más de dos segundos para arrancarme la tarjeta de mis manos...y tampoco mucho más para echarse una carcajada.

—¡Ya ni se que es cursi y que no!— comenta.

—¡...y real! O sea, mira todo este photoshop...—Quentin se la quita de las manos.—imbécil, inteligente ¡y algo sexy!

Jesse me observa con una gran sonrisa.

—¿Entonces?— pregunta.

—¿Entonces qué?

—Oh, vamos...¿en serio vas a creerle?

—Estaba borracho, tiene sentido.— respondo.

—Linda, el alcohol te hace hacer lo que verdaderamente quieres hacer.—Explica Quentin.—El 'no recuerdo si traté de cogerte' pasaba con LSD. Cuando no había snapchat. En los sesenta.

—Si... si te hubiese tocado, se acordaría Skyler. Créeme.

Los observo a ambos con atención. Me están enseñando reglas básicas de flirteo, algo a lo que al parecer, mis siete años de relación me han mantenido al margen. Quentin juega con la tarjeta.

—'Si necesitas una locación puedes usar mi estudio' es el nuevo 'si quieres cogerme, aquí tienes mi tarjeta personalizada.'

Quentin muerde la tarjeta y mastica el borde arrancado con erotismo. Me tiento.

Jesse rompe a reír y yo no tardo en unirme.

Termino de atar mi rodete mientras le ruego a mi mente no perder del todo la paciencia. Vamos Skyler...siempre fuiste buena aguantando. Puedes hacerlo un poco más.

Mamá está en el teléfono mientras cocino en cantidad para el resto de la semana.

—¿Cómo podrías 'simplemente olvidarte del teléfono'? Nadie 'simplemente se olvida del-

—¡Estaba demasiado concentrada en la entrega! No me di cuenta.— Interrumpo su histriónica voz alterada.

—Desapareciste por dos días enteros. ¡Estabámos preocupados, Skyler!

—Lo sé, lo siento, ¿okay?

—¡¿Cómo se supone que adivinásemos que estabas 'okay'?!

Vaya...no la escucho así de enojada desde hace años. Daniel fue el único que supo sacarla de sus casillas. Ni siquiera papá, con todos sus defectos y malos hábitos logró hacerla explotar. Me gustaría que lo hiciera con las personas que verdaderamente se lo merecen...

Revuelvo la olla con el cucharón intentando no perder la paciencia.

—Mamá, te prometo que me aseguraré de cargar mi celular para la próxima. ¿¡Que otra cosa quieres que te diga!?

—¡Necesito que seas consiente!

Mierda. El cucharón cae en la olla salpicando agua hirviendo en mi dedo. Cierro los ojos del dolor y mi puño los imita.

Cualquiera podría afirmar que soy un puto huracán de emociones.

—¿Eso es todo?— hago el esfuerzo de decir por teléfono.— ¿Puedo irme ahora?

Mamá suspira por lo bajo.

—Adam está aquí.

Claro. Es por la foto que Quentin subió a Facebook de nuestro viaje.

—Mierda.— digo en mímicas y procurando no decirlo en voz alta. Por la quemadura, por la estupidez y por la poca paciencia que me queda.

Me lamo el dedo ardiente. Quiero desaparecer.

—Ey...

Es Adam.

—Adam, yo—

—No quiero que me pidas perdón...porque sé que no lo sientes y está bien, ¿sabes?

Observo la tijera sobre la mesada de la cocina. La misma que usé hace unos minutos para abrir la bolsa de papas. Pongo el celular en alta voz a sabiendas de lo que me espera y voy directamente al baño.

—No es que hayas hecho algo mal pero tienes que entender Skyler, que nosotros somos los que seguimos aquí. Solo...mantenlo real. Sé que quizá creas que estas personas son tus amigos o que de alguna manera puedes conectarte con ellos pero no te conocen.

Sostengo las tijeras en alto y esta vez sin cerrar los ojos, corto aún más mi flequillo.

—Tu familia y yo, nosotros si estamos aquí y te esperamos...todos los días. Siempre estaremos aquí para ti. Por favor, no te olvides de eso.

Suspiro al observame en el reflejo; un reflejo que me sienta a la perfección. La verdad, es que nunca pensé que podía llegar a sentirme tan bien en un momento tan caótico.

***

¿Qué opinan de lo que le dijo Adam a Skyler? →

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