Capítulo 3

Es igual a todos los demás. Oscuro y lejano. Un punto perdido y encerrado en el techo de esta habitación. Mientras observo hacia arriba, determinada a no perder de vista aquella porción de cemento, Adam se sigue moviendo dentro y sobre mi. Descarga un cúmulo de energía que encierra algo más oscuro que amor o pasión aunque admito que ya estoy acostumbrada.

Nuestros encuentros sexuales suelen ser así. Directos, cortos y algo aburridos. Ya ni conversamos al respecto, solo cuando yo quiero que continúe para hacerme acabar. A veces imagino que me molesta pero, a decir verdad, el sexo es lo menos importante en nuestra relación y es algo así como el punto de este techo; oscuro, lejano y aburrido. No merece atención alguna.

Lo siento acabar dentro. Exhala y me besa la frente. Finjo una pequeña sonrisa.

—Buenas noches.— Comenta al quitarse el preservativo.

Me inclino para presionar el interruptor. Oscuridad total. Por fin.

—Buenas noches.— Le respondo abrazando mi almohada y girándome hacia la ventana.

A través de las persianas entreabiertas recibo y observo la calidez de las luces nocturnas iluminando las calles de Quebec. Ese color cálido e icónico de las postales que tenía mi abuela, es real. La ciudad parece una pintura al caer el sol. ¿Y cuándo nieva? Debe ser algo digno de fotografiar. Ya casi me puedo imaginar a los personajes que la surcan.

Suspiro. Me acomodo a la realidad de hoy, la de mañana. Estoy nerviosa.

Este domingo lo dediqué exclusivamente a asentarme en mi nuevo hogar; limpiar, doblar, guardar. Cuando Adam pasaba música y hasta se quedaba dormido, llegué a preparar una tarta de verduras de lata que me durará al menos tres mediodías.

Me asenté, solo me resta acostumbrarme. Puedo ya decir que la habitación ya está ordenada, ¿Pero yo? Soy un desorden inminente.

La alarma suena después de que mi mente se desvele, despertándome por completo. Desayunamos y lo pillo armando su pequeño bolso, listo para partir a Shediac. Esta vez seré yo la que se quede.

Desde el asiento copiloto llego a hacerle frente a la misma pintura insistente. Un escenario que cada vez luce más cautivador. Salgo del coche, hipnotizada.

Alumnos fumando, en patinetes, coches lujosos y ropas caras. Chicas con dos coletas o rodetes pequeños y ojos bien delineados; cabellos de colores eléctricos, gafas excéntricas, afros. Todos ellos ingresan al mismo edificio, al mismo que yo debo ingresar en los minutos próximos. Trago saliva.

—¿Nerviosa?— Me pregunta Adam leyéndome por completo.

No hace falta conocerme para saber que soy una bola de nervios. Cualquiera lo notaría.

Me doy vuelta para encontrarlo con los brazos sobre el techo del automóvil. ¿Hace cuánto que está así, observándome? Sonríe sin mostrar los dientes y yo inicio carrera lenta hacia él, con la cámara colgándome del cuello y balanceándose de un lado hacia el otro.

—Bueno...—comienzo a decir.

Adam corre a mi encuentro y me sostiene las caderas.

—Ey, ey...¿Qué sucede?— Me pregunta preocupado.

¿Todo?

—¿Cuándo dijiste que vendrías a visitarme?

—Skyler...

—¿Qué si papá tenía razón, todo este tiempo? ¿Qué si después de todo esta vida de artista mantenida no es compatible conmigo y...?

—¿Qué pasó con la chica que dijo 'voy a estudiar fotografía sin importar que'?

Freno por un segundo. Estoy lejos de encontrar mi autoestima en este momento, es más...ni estoy segura de que me quede algo.

—Quizá no soy lo suficientemente buena.

—Te reto a que observes tus trabajos y repitas lo mismo mirándome a los ojos.— Pronuncia con esa franqueza y sensibilidad tan Adam. Sonrío.—Viajamos siete horas y treinta y ocho minutos para llegar hasta aquí ¿y lo hicimos porque...?

Acomodo mis manos en su cuello y contengo una sonrisa pícara.

—Porque eres un conductor lento.

—Okay, si.—Ríe.— y...porque hay otras personas que también creen en ti, tanto como para permitirte ser parte de esto.

Me distensiono un poco. Supongo que tiene razón.

—Podemos hacer esto, ¿verdad?— Le digo tomando sus manos en las mías.

No hace falta aclarar que con 'esto' me refiero a nuestra relación. Él ya lo sabe.

Toma mis manos entre las suyas, conteniéndolas.

—Te llamaré todos los días por los próximos seis meses y luego me dices si podemos hacer esto.

Lo envuelvo en un abrazo. Pienso en el resto de mi familia.

—Cuídalos.

—Lo haré.

Lo beso por unos segundos y luego me alejo de él, esta vez sin mirar hacia atrás. Me cuelgo de las tiras de mi mochila tratando de convencerme que es inútil volver. Llego al marco de la puerta y me doy vuelta para saludarlo. Me saluda.

Suficiente, Skyler. Inhalo en el borde de la puerta y avanzo.

Lo primero que encuentro es el departamento de alumnos a mi derecha. Abro la puerta de vidrio y me dirijo hacia una señora de rizos rubios, la única que no está ocupada. Solo me bastó presentarme para que me pregunte si era nueva.

—Aquí va...—me dice al entregarme un pilón nuevo de fotocopias. Su placa dice 'Rosie'. Otro nombre bien sentado.— Ahora te dirigirás a la 109, allí es donde te tomarán la fotografía para tu tarjeta estudiantil y donde recibirás una copia de tu manual completo. Luego tendrás un recreo de diez minutos y pronto deberás dirigirte a la 204, segundo piso a tu derecha. Allí es donde te reunirás con tus demás compañeros para tu primer clase introductoria. Orientación Internacional será en la 101 en menos de diez minutos pero como eres Canadiense...sería una pérdida de tiempo.

Tomo los papeles y procuro respirar.

—Muchas gracias.

Salgo por la misma puerta, esta vez adentrándome por el basto pasillo plagado de estudiantes. Cruzan y hasta llegan a rozarme en sus intentos desesperados de encontrarse con otros. No parece incomodarles. Es como si tuviesen derecho de piso. Bajo la mirada para concentrarme en los atuendos, al menos un poco.

Todos lucen cool. Todo tipo de colores, estilos y peinados.

La reciente conversación con Adam y la seguridad que logró transmitirme se desmorona a cada paso que doy. Como si ellos renacieran y yo me estuviese extinguiendo.

Llega la fila de mi primera parada: la fotografía para la tarjeta estudiantil. Apenas ubicada, me autosofoco en mi propia miseria mental, destacando entre tantos conjuntos bien pensados y looks que pretenden ser alabados. ¿Qué pensarán al respecto? Me tironeo de las mangas de mi sweater rosa pálido y hago bollos con mi pollera floreada. Por mucho que haya amado este conjunto en el pasado, en este mismo presente, lo detesto. Parezco una broma de mal gusto.

Me obligo a mantener la mirada gacha pero no puedo quedarme quieta. La fila avanza mientras algunos conversan por primera vez, pero lo hacen de manera tan espontánea y prolija que hasta parece una puesta en escena. Otros sostienen en alto su escudo de más grande poder, teléfonos móviles con brillo agudo que les empapan el rostro. Ahora puedo ver la silla donde cada estudiante se toma la foto. Es como un centro de interrogación. ¿Cuántos somos? ¿Veinte? Respiro rápido mientras quedo tercera. Mi semblante pálido, mi cabello aburrido, mis ropas viejas: todo eso congelado en una fotografía para siempre, retándome de manera perpetua. No puedo hacerlo.

Me voy procurando mantener la mirada pegada al piso. Camino a paso apresurado, rogando ya salir para terminar corriendo por el pasillo.

Sanitario de mujeres, bien. Es terreno seguro.

Ingreso y me desplomo frente al amplio espejo. El reflejo no tarda en recordarme la apariencia, como si estuviese descubriéndome a mi misma por vez primera. Ojos grandes y marrones, más oscuros que mi cabello fino, lacio y castaño, de esos aburridos que no puedes peinar de ninguna forma porque será en vano. Mis cejas casi invisibles, mis labios gruesos y rosa pálido. Parezco un fantasma.

Pero no. No quiero ser un fantasma.

Observo a mi alrededor. El silencio me responde que no hay nadie. Abro mi mochila y saco de mi cartuchera de metal, un par de tijeras con mango rojo. Las que usé toda la vida para cortar tareas mías y de Joy, cartones de leche, paquetes de encomienda y hasta flores silvestres cuando llegaba Navidad.

Encajo mis dedos en los dos respectivos agujeros. Tiemblo y me vuelvo a observar. Tomo mechones frontales de pelo y sostengo las tijeras a la altura de mis cejas. Cierro los ojos y los abro justo cuando los mechones caen.

Aplausos ¿De donde? ¡¿Que no estaba sola?!

—Oh dios mío, ¡¡SI!! ¡Una rebelde de verdad!

Me doy vuelta aún con el corazón en la boca. Hay un chico apoyado en las puertas de uno de los sanitarios. Tiene un poncho rojo vino, pantalones de cuero negros y pintalabios rojo. Es él. El chico excéntrico del supermercado.

—No te preocupes, soy gay.— Explica mientras se acerca hacia mi.—No te voy a violar.

Sin moverme aún, continuo con el mechón de pelo en la mano. Respiro con dificultad, hasta que advierto mi propia ridiculez. No pasa nada, Skyler.

El chico sonríe mientras se acerca intrépida y sigilosamente, sacando de su bolsa un brillo labial. El mismo que le vi robar en el supermercado.

Me corro un poco hacia atrás como acto reflejo pero él logra llegar hasta mis labios pintándolos con el brillo. Mi respiración se relaja a medida que dibuja mis bordes con el roce viscoso. Gira mi cuerpo hacia el espejo obligándome a observar su arte mientras acaricia mi nuevo flequillo.

—Impulsiva y perfecta.

No le quita la vista de encima a mi nuevo y-nunca-tan-rápido-nuevo-look.

—Eh...gracias.— respondo.

El chico excéntrico sonríe y me abre la mano para deslizar dentro, el tubo de maquillaje.

—Aquí tienes. Es tuyo.

—¿Qué? No...

No lo aceptaría no porque es robado, sino porque fue un regalo demasiado atolondrado y hasta quizá condescendiente...ni siquiera sé su nombre.

—Definitivamente deberías venir a tomar algo con nosotras esta noche. Estaremos en Le Fou-bar, dos cuadras al este.

El chico ya esta cerca de la puerta, como si no le importase oír mi respuesta. ¿Nosotras? ¿Se refiere también a la chica de pelo verde?

—Me encantaría pero...no puedo.— Miento sin pensar.

—Novio celoso, ¿eh?

—Tarea.— vuelvo a mentir.

Sonríe como supiese, como si me conociera desde hace mucho tiempo.

—Bueno, siempre se pueden dejar los deberes y divertirse un rato...después de todo, eres una rebelde...¡Embrace!— Predica antes de irse.

Bajo la mirada para encontrarme con mi puño, aún sosteniendo el mechón de pelo. Abro la palma hacia arriba y noto el sudor nervioso cubriendo toda la superficie. Suspiro y me observo en el espejo.

Soy un completo desastre pero estoy bien. Me siento bien.

***

Nuevo sitio, nuevas caras, nuevas sensaciones... ¿Cómo reaccionarían ustedes si estuvieran en el lugar de nuestra protagonista? Lxs leo →

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