CAPITULO 4

MEL

- Y tras esta puerta... - Dice a juego con su llave en el cerrojo y dando vuelta la de su departamento en su piso.

La abre totalmente, pero no entra.

Solo una parte de su cuerpo para con un brazo encender una luz lateral de la pared.

Pero vuelve a la par mía y con sus brazos totalmente extendidos a modo presentación y muy teatral.

- ...tu nuevo hogar! - Me exclama feliz e invitando con sus manos, aún en el aire a que ingrese junto a él.

Y lo hago.

Con cautela y cierto recelo, abrazando más contra mi pecho mis pocos harapos en una bolsita.

Entre ellas.

La sola zapatilla vieja y que me quedó sin su par.

Llevando puesto unas pantuflas de Hospital y que una gentil enfermera dio a Rodo para que no me maneje en calcetines en mi alta.

A medida que camina y lo sigo, va juntando ciertas cosas.

- Lo siento. - Murmura con cierta vergüenza. - Tu alta se adelantó y pensaba limpiar todo antes... - Me justifica.

Algo de ropa que dejó en su sofá.

Latas de gaseosas en una baja mesa y al lado de una caja totalmente abierta, donde noto tres porciones de pizzas.

Cual la cierta sequedad de su queso, me hace preguntar de que año es.

Seguido de correr las cortinas de par en par de su ventana, para que el sol llene la estancia e ilumine todo.

Iluminación que da con todo su esplendor y noto.

Rayos.

Y aprieto más por eso, mi bolsita que abrazo.

A dos revistas de dudosa procedencia, que en cada portada y por más que está una sobre la otra tiradas en la pequeña alfombra.

Hay mujeres a medio vestir y posiciones raras.

Que mi salvador que le tiene miedo a la sangre y al notarlo, las acapara con velocidad y las oculta tras su espalda.

- Perdón... - Me dice, para luego esconderlas bajo su abrigo y que cuelga de un brazo, mientras rasca su nuca avergonzado.

Me regala su primer sonrisa.

La que es a toda potencia mientras busca las palabras correctas.

- ...yo... - Murmura.

Niego.

Aunque no tengo un conocimiento expreso del sexo.

Fuchi, que asco eso.

Sé, lo que es la sexualidad.

Sobre todo en los hombres y el cuidado que hay que tener con sus hormonas.

Y aunque empiezo a comprender como captar.

Ya que, las señales tipo en neón me lo advierten por lo que me rodea.

Un departamento.

Donde vive un hombre joven y solo.

¿Dije, apuesto?

Revistas pornográficas.

Y lugar, algo desordenado por cosas.

No algo así, que se diga un basurero.

Levanto una de las latas de gaseosa vacía y la miro.

Pero sí, que es un lindo y sonriente muchacho soltero, disfrutando de su vida y estado civil.

Y por ende, lo miro fijo.

Alto.

Rostro de rasgos muy viriles y simpáticos a juego con su pelo de un castaño, que no se define si oscuro o claro como corte y peinado revuelto y lo mencioné antes, estilo recién me levanto.

Y su marca registrada nata, que empiezo a comprender que todo él despide, bajo esa mirada chocolate y sonrisa que jamás la abandona.

Que le debe abundar fans femeninas.

- ¿Eres hombre, no? - Solo digo, volviendo a dejar la lata en la mesa baja.

- Si... - Murmura sin entender.

- ¿Y te gustan las mujeres?

Me mira como a dónde quiero llegar.

- Si... – Pero, responde sincero.

- ¿Eres pervertido? – Prosigo, observando ese brazo con el abrigo y que oculta dichas revistas.

Y sus ojos se abren.

- ¿Qué? - Se abochorna. - ¡No! - Me contesta y negando con una mano frente a mí.

Camina a un mueble y las guarda en uno de sus cajones sin dudar y de forma rápida.

- No son mías... - Las justifica. - ...mi mejor amigo, las dejó olvidada... - Capto una mentira piadosa por frotar su mandíbula nerviosamente, mientras cierra dicho cajón.

Me hace sonreír.

- ...malo Herónimo. – Dice, desaprobatoriamente. - ...malo... - Lo sentencia y dando entender, que ingenuamente le crea.

Y niego sonriente sobre mi caminata por la estancia y la observo en detalle, sin abandonar mi bolsita.

No es grande el departamento.

Tampoco, algo diminuto.

Pero cada mobiliario como las escasas, pero lindas decoraciones que la habitan.

Sigo caminando y mirando todo curiosa, mientras Rodo deja todas las cosas que juntó sobre una encimera y solo me contempla callado.

No sé, si es de buen gusto.

Pero, sí.

Sofisticado y que me dice a gritos que es un muchacho con un buen pasar.

Me detengo en las dos únicas puertas que hay y están cerradas.

- El baño... – Dice, viniendo hasta donde estoy y abrirla, para que vea su interior ante la pregunta de mi mirada.

Señalo la otra, también curiosa por saber.

Me mira fijo.

Y no hay sonrisa para nada.

- ...mi cuarto de juegos, Mel... - Murmura entre sexi y enigmático, pero divertido con su mano en ella para abrirla.

Y le elevo una ceja, mirando la puerta que permanece cerrada.

Para luego a él.

¿Eh?

Pero ante mi cara de no entender, ríe con ganas mientras la abre y con un gesto de la otra, me dice.

- Olvídalo, mal chiste... - Se carcajea, mostrándome su interior.

Oh.

Ok.

Me encojo de hombros.

Porque, no tengo idea ni entendí su broma mientras la observo.

Y mierda.

- ¿Una sola habitación? - Me alerto.

Ya que, es así.

Esta única puerta, lleva a una sola alcoba.

Y por tal.

Una jodida y única cama de dos plazas, maldición.

Y sus manos se sacuden otra vez, negando y ríe.

- Tranquila Bob.

¿Bob?

¿Y eso?

Y su risa se transforma otra vez en una carcajada.

Enciende también la luz de su habitación e imita lo de una vez dentro, de correr las cortinas para que la luz diurna, aclare esta y vea mejor.

- Será tu habitación desde ahora... - Me dice y señala tras mí. - ...y yo, usaré el sofá... - Como todo dicho.

Sacudo mi cabeza.

- No es correcto...

- Si lo es. - Me interrumpe feliz ¿por qué? - Mi mamá me enseñó a ser un caballero... - Infla su pecho. - ...y todo caballero, sede sus aposentos... - Desde su lugar, su mano me recalca con cortesía. - ...a una dama. - Finaliza con orgullo.

Y no sé, que decir.

Aunque todo él, me dice que es una persona buena.

Incapaz de hacerme daño alguno.

El recuerdo latente y el temor a mi pasado que siento, aún a la vuelta de la esquina.

Esa remota vida triste e incierta, desde que nací y el lo único que conozco.

Rige en mí.

Y por eso, acaricio mi brazo lastimado y que me lo recuerda.

Pero, que en este par de días de internación ya está casi sano.

Al igual que mi herida en la cabeza por ese ladrón y las contusiones pasadas por mis guardianes transitorios que eligió el estado para mí, como último hogar de acogida.

Miro todo nuevamente y mi cerebro comienza con los recuerdos tristes jugando dentro mío.

Porque, mi pánico está.

Siempre.

A que vuelva y regresen por mí.

Palmea mi hombro como si fuera un muchacho más y mirando la hora de su reloj.

- Necesito volver a Holding... - ¿Y eso, qué es? - ...pero, regresaré en breve... - Dice caminando a la sala.

A decir verdad, lo intenta.

Y me mira asombrado.

Como yo.

En realidad, ambos miramos.

Ya que, una de mis manos y no sé, en que momento se adueñó de una parte de la camiseta que lleva y yo, retengo entre mis dedos impidiendo que se vaya.

Las lágrimas nublan mi visión y los sollozos amenazan en hacer erupción en mi garganta.

Mi personalidad, es ser ignorada.

Nada nuevo.

Es así, desde que nací.

No soy muy tímida, pero si tranquila y raramente alguien se fija en mí.

Y aunque, estoy pronta a cumplir mis dieciocho años.

Con mi pelo algo intenso y poco arreglado por mis rulos naturales y mi muy delgado cuerpo, lejos de las curvas de cualquier chica de mi edad, acusan sobre mis casi pechos planos, que estoy lejos de parecer una una mujer despampanante.

Y que por ello, alguien se fije en mi persona.

No solamente en lo sensual.

Sino.

En lo personal.

Cosa, que nunca me importó, porque me gustaba la soledad y tal a su vez, era mi escudo ante la vida que me tocó.

Una marginal y triste.

Pero, ahora y desde que conocí a Rodrigo.

Todo cambió.

Porque es la primer persona que se interesa de mi existencia y me brinda su cariño como apoyo, sin pedir nada a cambio.

No entiendo, todavía el por qué.

Pero tibieza para mi corazón...

Y tengo miedo de quedarme sola otra vez.

- No me dejes, Rodo... - Imploro y con mi cabeza gacha.

Porque no lo miro ahora yo, avergonzada y sin dejar de retener esa porción de su ropa en mi mano.

RODO

Soy alérgico a los escalofríos.

Juro que esa alergia existe y yo la tengo.

No me gustan nada.

Ya que son sinónimos de lo terrorífico o a algo predestinado y no grato a suceder.

Y cosa que si ocurre, me obliga a dormir con la luz encendida de mi habitación por un mes más o menos.

Pero las palabras de Bob.

Más bien, su susurro y pidiendo que no me vaya.

Mis ojos bajan a su manito, que no abandona la presión de mi camiseta, impidiendo que camine.

Y diciéndome, que no la deje.

Provoca un descubrimiento en mí.

Y me asombro ante la apretada en mi corazón que siento por eso.

Y es...

Que los dulces o tal vez, los tiernos escalofríos.

¿Existen?

Ya que esa dulce sensación que empieza en mi corazón como dije.

Sigue su curso hasta recorrer toda mi columna vertebral al escucharla y me hace sonreír mucho y sin poder evitarlo.

La abrazo contra mí, emocionado.

Y ante el contacto de toda ella por primera vez con el mío por un abrazo.

Donde su delgado cuerpito no muy desarrollado por culpa de esa desnutrición severa que tiene por los infortunios de su precaria vida.

Aparentando menos de la edad que tiene y recordándome a mi hermanita menor fallecida.

Ruego por eso, que Bob no me golpeé ni pateé mis pelotas.

La traigo mucho contra mí y reclamando más abrazo.

- No pienso dejarte, Bob... - Le murmuro emocionado. - ...solo iba a ir hasta mi trabajo y traer algo de este, para hacer en casa... - Sonrío sobre su pelo esponjoso. - ...para justamente, no hacerlo...

Me separo algo de ella pero sin soltarla y sonriendo más, ante la idea que viene a mi mente.

- ¿Te gustaría venir conmigo y conocer, donde trabajo? 

MEL

Mi sistema nervioso me decía.

Patéalo.

Dale un rodillazo.

Muerde su brazo hasta que sangre y escapa.

Huye de sus brazos.

Porque, personas si acercaban a mí, era antónimo de cariño y que demuestren amor.

Todo lo contrario.

Solo para recibir algún golpe, seguido de la eterna frase que hice algo mal por mis tutores de hogar transitorio.

Sea algo doméstico o simplemente por existir.

Pero mi lucha interna ante el contacto de los brazos de Rodo, envolviéndome sin previo aviso.

Se disipan.

Como la misma neblina, seguido de una mañana radiante y despejada.

Cuando siento su cariño.

Uno que, lo emociona y no sé, el por qué.

Pero, es sincera y pura.

Como esa misma sonrisa que siempre dibujan su labios y que ahora me regala mientras me mira feliz y espera mi respuesta ante su pregunta, si quiero acompañarlo a su trabajo.

Una, que me contagia por más que la mía es algo tímida.

Y afirmo, porque no me salen las palabras y es suficiente para Rodo, que tomando una de mis manos me lleva hasta su armario y obligando a que deje mi bolsita junto a su cama.

Abre ambas puertas e inclinado y hurgando docenas de prendas que saca indeciso.

Camisetas deportivas.

Pantalones cortos.

Más prendas que observa en detalle, para luego a mí, de cuerpo entero.

Negar.

Y volver a buscar más ropa, seguido de lanzarlo también sobre la cama.

Sonríe al elevar una percha en sus manos y después de varios minutos de búsqueda, me mira extendiéndola a mi dirección que a metro de él, solo miré silenciosa.

- Sabía que tenía algo de mi madre, cuando... - Rueda sus ojos divertido. - ...está en plan de visita y limpieza profunda de mi departamento...

Me hace sonreír, mientras me la mido colgada de su percha y sobre mi ropa.

Una blusa algo grande para mi diminuto y muy delgado cuerpo.

Pero simple y bonita en su color rosa.

Y femenino.

Me alcanza una zapatillitas blanca.

- De ella, también... - Mira mis pies, continuo a el calzado de su madre y otra vez a mí. - ...creo que calzan igual! - Exclama feliz.

Y es así.

Una vez que me deja sola en su habitación para darme la privacidad que necesito de cambiarme y ponerme las zapatillas, mirando mis pies con ellas y que me calzan perfectamente.

Sonrío feliz, mientras me miro al único espejo de vestir y que hay junto a un mueble cercano a la cama.

Pese a que Rodo no me pudo conseguir algo para reemplazar mis viejos y rotoso pantalones.

Me ofreció unos deportivos y cortos, que y aunque me van muy holgados y tapando casi mis rodillas y dejando al descubiertos mi precarias y menudas piernas.

Con dichas zapatillitas y esa blusa simple como rosada que también juega sobre mí, por ser algo así como tres tallas más.

Me observo en el espejo por detrás, de lado y otra vez de cuerpo entero, mientras arreglo mi esponjoso y por demás voluminoso como descarriado pelo tras mis orejas.

Y aunque sé, que no me veo bonita o vestida como las chicas de mi edad lo harían.

Sonrío más.

Me siento feliz.

Porque y sobre ese perfume a ropa limpia y con aroma a jabón como enjuague.

Cierro mis ojos por solo unos segundos.

Yo siento, también.

Olor a algodón y a hogar...

RODO

Pelo mi banana aburrido, pero con hambre y apoyado en la encimera que divide la sala de mi cocina, ante la espera de Bob y con la seria posibilidad mirando mi fruta y ante mi primer mordida.

Si echarle salsa de soja, incrementará su sabor.

Debe ser raro.

Sin embargo, imaginar esa extraña combinación, mi boca babea.

Pero mi experimento culinario queda a mitad de mi proyecto investigativo, por el sonido de la puerta de mi habitación abriéndose por Mel.

Que cohibida.

Carajo.

Y con pasitos algo tímidos hacia mí, intentando acomodar como alisar lo mejor posible la ropa que lleva puesta con sus manitos.

Blusa y zapatillas de mi madre y uno de mis pantalones deportivos cortos míos, que le quedan holgados y extremadamente grandes, cubriendo parte de sus delgadas piernitas.

Y con su pelo esponjoso y tan Bob Esponja.

Mi banana, cae al piso por soltarla mi mano, ya que no puedo dejar de mirarla.

Pero me obligo a elevar mis ojos el techo suspirando y pidiendo misericordia, por lo que voy decir.

Ya que.

Ay carajo, otra vez...

Y jodidamente, no entiendo el por qué.

Yo.

Muero.

De amor...


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