Luces y humo

El color y el sonido estaban de alguna forma mezclados. Era la concentración, claro. Ese estado o momento en que de tan abstraído en lo que hacía él llegaba olvidarse de su alrededor y entonces el sonido del afuera se convertía en parte del adentro cuando su pincel ascendía y bajaba intentando que la pintura fuera la más exacta copia de lo que se había formado en su mente. De repente el ruido, una frenada, una bocina en la noche, un grito repentino, hacía que la pincelada reaccionara con la misma fuerza inesperada y un borrón desagradable de pintura aparecia sobre la pared. Gastón chasqueo la lengua molesto y se alejó dando cuatro pasos.
Miró inmóvil aquella pared que había estado pintando desde hacía horas, tantas que ni podía estar seguro. Lanzó un suspiro, tendría que cambiar el diseño un poco para ajustarlo a la parte que sin querer había pintado de más cuando el sonido de la calle lo sorprendió.
Agachándose dejó el pincel dentro del tarro de pintura roja, al lado del cual había otros cuatro más de diversos colores, marrón, azul, negro y verde. Sobre ellos descansaban brochas y pinceles de varios tamaños, algunos usados, otros no.
Tomó su paquete de cigarros de la única mesa que había en la habitacion y salió, dejando la puerta cerrada tras de sí.
La casa en que trabajaba pertenencia a una vieja conocida pero le había dejado estrictamente prohibido fumar en el interior, recordandole que odiaba el olor a cigarrillo y sugiriendo de forma un tanto indirecta que si llegaba a sentirlo, el trabajo se acabaría ahí mismo.
Para fumar contaba con un pequeño patio al que accedía cruzando el gran living. Era un espacio alargado hacia arriba de unos cuatro o cinco metros de largo y ancho, donde también había un tarro para la basura, algunos baldes negros con agua y una pequeña cuerda para la ropa de la cual colgaban un par de viejas medias que el viento agitaba con violencia.
—Se vino bravo —comentó en voz alta cuando el viento de la noche le pegó de lleno en la cara, más con cierta violencia que como una caricia. Salió al reducido patio y cerró la puerta tras de sí. Por un lado aquello favorecería que el humo del cigarrillo no quedara impregnado en el lugar pero por otra parte significaba que debía fumar rápido pues el frío en verdad le calaba los huesos y el viento soplaba con mayor fuerza en ese espacio reducido.
Mientras daba la primera pitada tomó su teléfono celular y comprobó que tenía varias llamadas perdidas. Era Marla. Pensó en guardarselo otra ves en el bolsillo, pero finalmente lo desbloqueo con los dedos helados por el frío, y marcó su número.
El teléfono sonó unas tres veces antes de que una voz dijera del otro lado un sencillo:
—Hola —era Mikel, lo supo de inmediato.
—¿Qué tal pequeño? ¿Está tu mami? —Gastón se llevó el celular lo más que pudo al rostro, para poder escuchar y hablar lo mejor posible.
—Sí —dijo el pequeño, y Gastón lanzó una risita cuando comprendió que el niño no iba a ir a llamarla ni nada por el estilo. Él solo había respondido la pregunta, claro. Entonces se escuchó una voz de fondo, un "¿qué haces Mik?" y luego el teléfono cambió visiblemente de mano pues una voz mucho más seria dijo un rápido:
—Hola, ¿quien habla? —
—Soy yo —dijo Gastón mientras expulsaba el humo que se alejaba impulsado por la fuerte corriente de aire. Hacia arriba, siempre hacia arriba.
—¿Por qué no me respondias? —El auto control del tono le indicaba que el pequeño Mikel aún permanecía cerca, escuchando. Tenía que intentar tranquilizarla ahora. Sus ojos fueron siguiendo el humo hasta que esté simplemente desapareció y Gastón continuó ascendiendo con la mirada, para encontrarse con una cuadrado de cielo estrellado frente a su cabeza.
—Ya te dije que estoy trabajando —el "ya te dije" no era buen inicio pensó tras soltarlo. —Salí a fumar y vi las llamadas. ¿Pasó algo? —acabó preguntando, aunque en el fondo sabía que no había sucedido nada. Era lo mismo que las otras veces. El control llamada, y tenía que reportarse.
—¿Cuando vas a volver? —preguntó la voz. Marla. Ahora el tono era de claro enfado, ya no más disimulado. Era increíble, pensó Gastón, deleitándose con las titilantes estrellas que podía observar a lo lejos. Era increíble cómo se las arreglaba para ser agradable y simpática, para ser una mujer de la que llegarias a decir "la amo", y al mismo tiempo, cuando la conocías bien, llegar a pensar "jodida loca".
—Espero terminar todo esta noche. Ya me falta poco. —
—No Mikel, deja eso —gritó repentinamente la voz del otro lado. —¿Y porqué no volves ahora? Podes terminarlo después, mañana o pasado. Si ya llevas un dia de atraso, dos o tres más no va a cambiar mucho —. Ahí estaba, pensó Gastón, deslizado por lo bajo, el suave reproche "ya llevas días de atraso. Ya está, ya te atrasaste. Nada más importa. Dos, tres, un año, siempre vas a estar atrasado". De repente se le ocurrió que Marla podía ser como esas estrellas que veía a lo lejos. Una hermosa luz titilante que atraía las miradas, pero que si te le acercaras, quemaría tu piel y tus huesos, hasta tu alma, antes de que siquiera pudieras tocarla.
—Voy a terminar esta noche. —fue su respuesta. Una luz repentina cruzó el cielo, como un destello. ¿Relámpagos? No recuerdo que anunciaran tormenta.
—Seguro. Siempre lo mismo. Siempre haciendo lo que queres. Vos ahí, haciendo quien sabe que, y yo acá sola cuidando a nuestro hijo. Porque te recuerdo eso, es nuestro hijo. —Gastón se preguntó como tantas otras veces si acaso alguien, alguna vez, le había causado tanto daño a Marla como para que ahora se comportara con todo ese... veneno, que soltaba cada poco tiempo.
—Claro, voy a volver. Dejó el trabajo a medio hacer. Si total, la plata nos va a caer del cielo —dijo Gastón con tono sarcástico. El cigarrillo se había consumido en sus dedos, lo arrojó al piso y lo apagó con la suela de sus zapatos.
—¿Quién te mandó a ofrecerte de pintor? —ladró de inmediato la madre de su hijo —Papá te ofreció trabajo y no quisiste aceptarlo. —"Ya tengo bastante con la hija, como para además tener que aguantar al padre" pensó Gastón pero no lo dijo. Otro destello de luz sobre su cabeza captó su atención y levantó la mirada.
—Siempre vos y ese orgullo que tenes —estaba diciendo la voz al otro lado del teléfono. Gastón se quedó observando el cielo, donde destellos lumínicos iban y venian en todas direcciones. Al principio había creído que eran rayos, pero la ausencia de sonido y el hecho de que se produjeran como delgadas líneas que cambiaban de grosor y dirección para desaparecer y volver a surgir, hizo que desechara esa idea.
—Tengo... Tengo que volver a trabajar —dijo. Las luces eran tantas que ahora ya no podía contarlas. Inconscientemente estaba retrocediendo hacia la puerta, de espaldas a ella, sintiendo una mezcla de fascinación y miedo por aquel evento desconocido que contemplaba.
—Aaaahhh —rugió Marla —Lo que faltaba, como siempre, escapando como todas las otras putas veces. —Gastón no pudo decir más nada. Un destello único de luz de repente cegó su vista y le obligó a cubrirse los ojos con las manos mientras se doblaba sobre sí mismo, herido repentinamente por la tremenda luminosidad. Era como si la noche hubiera pasado al día en un solo segundo. Con los ojos entreabiertos pudo percatarse de que todo el pequeño patio estaba cubierto de luz por todas partes. Retrocediendo asustado logró aferrar la puerta y abrirla para dejarse caer dentro del living de la casa. Frente a él veía bolitas de luz negruzcas que se movían y le costaba todavía abrir los ojos.
A gatas logró alejarse del patio al tiempo que su vista se recuperaba un poco. La luz del lugar donde antes había estado fumando seguía allí, como una columna que surgía del mismísimo cielo, pero ahora su brillo era menor. Gastón seguía con el celular en una mano, incrédulo, observó como pudo al haz de luz sintiendo el latido creciente de su corazón y la presión en su estómago. ¿Qué es esto? Era lo unico que podia pensar.
Cuando frente a sus ojos llorosos comenzó a ver que de la luz surgian diminutas sombras que iban dando forma a siluetas irreconocibles, no lo pensó dos veces y se incorporó para correr contra la puerta que tenía más cerca. Tropezó, pero logró evitar caer y sin detenerse abrió la puerta y la cerró con fuerzas una vez estuvo del otro lado. Había vuelto a entrar en la habitacion de la que antes se fuera a fumar, la sala donde llevaba algunos días pintando el mural que la dueña de casa le había encargado. Desesperado, busco una llave o alguna forma de trancar la puerta, pero la misma no contaba con otra cosa que no fuera un picaporte. Lanzando miradas a su alrededor en busca de cualquier cosa que pudiera serle útil, acabó optando por empujar la gran mesa del centro contra ella y así al menos evitar que pudieran abrirla. Con esfuerzo, sudando y sintiendo su corazón acelerador, logró llevarla empujada hasta que la colocó contra la puerta.
Su mirada fue hacia el borde de la puerta entonces y retrocediendo pudo ver un destello de luminiscencia que entraba por allí. Cuando vio que al mismo lo cortaban ciertas sombras repentinas, entendió que se trataba de pasos y una brisa fría le recorrió la nuca haciendo que se le erizara la piel. Se percató entonces de que aun tenia el celular en mano y no dudo en marcar el número de la policía. Presionó entonces todos los botones que podía, pero el aparato no dio ninguna muestra de estar encendido. Era como si repentinamente se hubiera apagado o se hubiera quedado sin batería. Gastón, desesperado, decidió ir al último lugar que le quedaba. El pequeño baño de aquella habitacion, que se encontraba justo a la izquierda.
Prendió la luz al entrar y luego la apagó pensando que si alguien venía vería la luz de inmediato. Se acurrucó como pudo contra la puerta y allí aguardó, con el inútil celular en la mano, en espera de que algo sucediera. Susurraba por lo bajo murmullos de ayuda fruto de sus nervios, y a pesar de nunca haber creído en dios, le pedía ayuda.
El baño estaba oscuro, salvo por la mínima luz que venía por debajo de la puerta. Aquello y los nervios del momento, hizo que viejos recuerdos de su infancia regresaran a su mente de forma repentina. Visualizó la casa de sus abuelos, aquella de techo aguja con dos pisos, ubicada en pleno centro de la ciudad. No tendría más de cinco o seis años y había pasado todo el dia jugando fuera mientras la abuela terminaba con la limpieza. Su abuelo estaba fuera e iba a regresar en a la noche. Tras unas cuantas horas de juego había sentido hambre y entonces entró en la casa buscando algo para comer. Antes de hacerlo, recordó lo que siempre decía su abuelo. "Antes de llevarse cualquier cosa la boca hay que lavarse las manos", murmuró en el baño a oscuras. Fuera creyó escuchar que la mesa, de alguna forma, se movía. Pero su recuerdo no se interrumpió, sino que por el contrario, fue más fuerte, más vivido, como si de repente ya no estuviera allí, sino de camino a ese baño donde había... subió las escaleras corriendo. Su abuela solía retarlo si lo veía haciendo tal cosa, pero ella no se encontraba en el piso de abajo. Llegó entonces al pasillo y desde allí, la tercer puerta, seria la del baño. Aun corria cuando entró, hambriento como estaba. Se detuvo en el umbral pero sus delgados pies llegaron a pisar un poco, apenas un poquito, del charco de sangre que cubría el piso por demás blanco de aquel baño. Sus ojos pequeños y rápidos examinaron que la sangre venia de la cabeza de su abuela, quien se encontraba en el suelo inmóvil y despatarrada, con esa gran abertura que había partido en dos su cabello y parte del cuero cabelludo. Ahora el recuerdo era extraño, por momento se veía a él hablándole a su abuela, intentando moverla o levantarla, sin poder lograr mas nas que ensuciarse con su sangre. De repente ya no estaba en el baño, sino afuera, jugando con un montón de tierra y sentado en el pasto, de cara a la casa.
De repente llegaba una vecina, la señora Jermes, y le preguntaba si se había lastimado. Que de donde era esa sangre. Él repetía la historia. "De la abue" decía. Y entonces agregaba a la señora Jermes que no necesitaba preocuparse porque el acababa de ver a su abuela pasar por el pasillo. La había visto por las ventanas. Había estado de hecho, jugando durante una hora mas o asi, bajo la atenta mirada de su abuela que lo observaba fijamente desde la ventana del segundo piso.
De repente el recuerdo se esfumó. Estaba otra ves allí. Abrió los ojos que había tenido cerrados con firmeza y escuchó. El baño continuaba a oscuras, pero del otro lado no se oia mas nada. De repente no le gustó estar allí a oscuras. Recordó que cuando niño, tras enterarse de la muerte de su abuela, había corrido por toda la casa atravesando puertas y más puertas hasta que ya no lo persiguió su madre y el pudo quedarse allí, solo, en esa habitacion que no recordaba haber visto antes pero en la que permaneció todo el tiempo que quiso hasta que se sintió a salvo.
Necesitaba ahora esa habitación, y se percató con sorpresa que justo delante de él, en la esquina exacta del baño, había una puerta. Un pestañeo y la imagen desapareció. Era obvio. ¿Quien iba a poner una puerta en medio de la ducha? Como fuera, el baño a oscuras no era un lugar agradable, en verdad hubiera dado mucho por tener allí otra puerta, nadie lo pensaba pero si en tu casa había invasores repentinos, ¿como escapar de una habitacion que tenia solo una entrada y salida? ¿Como?, cuando la única salida daba de lleno a esos extraños.
Gastón pegó su oído a la puerta. Nada. Del otro lado, no llegaba ningún sonido.
Esperó durante un tiempo que le pareció eterno, espero hasta que una voz en su cabeza le dijo que no podía pasarse todo el tiempo allí encerrado, toda la vida, tarde o temprano iba a tener que salir.
Gateando y aferrado al picaporte por si tenía que encerrarse de nuevo, fue abriendo poco a poco la puerta para poder mirar hacia el otro lado. Al principio la pequeña línea recta de luz le mostró la habitacion vacía. La mesa podía verse allí todavía, apoyada contra la puerta. O eso parecia pues él estaba seguro de haber escuchado moverse. Abrió aún más las puerta mientras estiraba la cabeza para ver lo mejor que podía. Aunque sentia miedo, la habitacion que se encontraba frente a el seguia apareciendo vacia y cuando por fin hubo abierto la puerta de par en par, no le quedó más remedio que afrontar la realidad. Allí no había nada ni nadie. La gran mesa de roble que con esfuerzo había empujado hasta cubrir la puerta seguía en ese sitio y si alguien o algo la había movido para entrar tambien se habia tomado la molestia de colocarla otra ves ahí al salir. Gastón lanzó una mirada hacia el techo, hacia cada rincon de la gran habitacion iluminada, pero no habia ni rastro de nadie. Frente a la pared se veía todavía el mural que le habian pagado para pintar y en el suelo de madera descansaban los tarros de pintura con sus respectivos pinceles. Algún trapo sucio repleto de manchas verde azuladas y grises descansaba a su lado. Frente a la mesa estaban las altas estanterías repletas de libros viejos y nuevos que pertenecen a la dueña de la casa. Del techo continuaba colgando el ventilador que poseia además cuatro potentes luces de las cuales una se había quemado.
Gastón se levantó, todavía azorado por los eventos recientes. ¿Qué había sido todo eso? ¿Producto de su imaginación? Al recordar, como lo hacía, la luz y aquellos seres que de repente habian salido tras ella, no pudo menos que asumir la realidad de lo que había visto. Podía pensar que no tenía pruebas, pero las había tenido cuando verlos le hizo salir corriendo a esconderse en ese baño.
Se percató del celular en su mano. Decidió cerrar la puerta del baño e intentar encender otra ves aquel aparato. Tras presionar el botón de encendido, la pantalla del celular cobró vida repentinamente, enseñándole que aún quedaba más de la mitad de la batería. Gastón se dió cuenta entonces de que por la forma en que lo tenía sujeto, con sus dedos agarrandolo justo por encima del botón de encendido/apagado, podía haberlo presionado sin darse cuenta cuando cayó al suelo y tal vez allí lo había apagado. De inmediato al aparato apagado le cayeron dos llamadas. Cinco. Diez. Gastón observó el nombre de todas ellas. "Marla amor" y luego el número de la mujer. Desbloqueó el aparato y pensó en llamara a la policía, pero desechó la idea de inmediato. Eso sí que era una locura, por supuesto.
Lo que eligió hacer fue, en primer lugar dirigirse a la puerta todavía trancada por la pesada mesa y desde allí escuchar. Del otro lado no le llegaba ningún sonido que indicara nada raro. Tras un segundo se retiró y dejando el celular en la mesa lo silenció.
Se acercó al mural. Los colores aún brillaban y Gastón pensó que su obra era de verdad lo mejor que había pintado en mucho tiempo. En la casa, si es que había sucedido algo, ya no lo hacía, y él no tenía otro lugar donde estar. Si del otro lado de la puerta había alguien, o algo, lo escucharía tarde o temprano y decidiría que hacer, mientras tanto, había un mural por terminar.
Tomó la brocha y la hundió en el tarro de pintura roja. Lanzó un última mirada hacia atrás, hacia la puerta y la mesa, y comprobó que la pantalla de su celular se iluminaba con el sonido de una nueva llamada.
Negando con la cabeza, centró toda su atención en la tarea que tenía por delante. Si se lo proponía podría terminarla esa noche.

Sin saber bien cómo, había vuelto a entrar en ese estado donde la concentración lo era todo. En su mente solo la imagen de la pintura sobre la pared clamaba por un lugar. El mural iba desde el techo al suelo y representaba "un paisaje floreado, salvaje. Algo que invite a la imaginación a disfrutar de lo que se ve y recordar los momentos en que se ha estado frente a estas obras de la naturaleza". Así era como la dueña de la casa se lo había descrito al contratarlo para el trabajo y explicarle que quería aquella pintura dado que no había podido construir su querida biblioteca en otro sitio más que en aquella pieza sin ventanas. "Y dado que no voy a poder mirar afuera cuando me ponga a leer, y pintar una ventana seria muy aburrido, ¿por qué no un paisaje?" había dicho.
Gastón tenía ya terminado el cielo celeste que salpicado por alguna nubes, se encontraba en la parte superior del mural. Le había dado un toque de profundidad que hacía pensar en un cielo que se alargaba así, interminable. Bajo este se encontraban algunos árboles a la lejanía. Unos sauces cuyas ramas ondeaba un invisible viento, con hojas de un realismo magnífico y troncos que cubría la hierba alta y las flores. El paisaje en sí mismo había surgido a medio camino entre una pradera y un jardín, era una combinación que Gastón no había pensado tanto sino que más bien la había hecho a medida que lo iba sintiendo.
Eso era en esencia pintar, no se trataba de pensar en lo bien o mal que pudieran estar las cosas. No importaban tales detalles. Era sentir, era dejar libre esa parte de nosotros que solo puede salir a mirar afuera cuando el resplandor de los colores se combina con el realismo de los dibujos que pintan. Gastón dio un último pincelazo y por fin se alejó de la pared un poco para observar la obra casi terminada. "Magnífico" pensó, a pesar de que ni siquiera solía usar esa palabra. El rosal que acababa de terminar, con ese rojo fuerte que había podido comprar aquel mismo dia, se veia casi vivo. Daban ganas de acercarse incluso a tocarlo, aunque allí no hubiera más que una pared. Una rosa... si. Un recuerdo repentino afloró en su mente.
Había sucedido quizá un mes antes. Cuando todavía no tenía el trabajo. Cuando alimentar a Mikel era una prioridad. Cuando su novia le recordaba todas las noches, todas y cada una de esas noches, el error que había cometido al dedicarse a la pintura. O "Pretender vivir de eso", como ella decía. La pelea estalló de repente. Se dijeron cosas, cosas hirientes. Él se fue, cuando ella le lanzó con un jarrón de vidrio, no tuvo más opción, pues sabía que si se quedaba no podría resistir, iba a partirle la cara a golpes. Pasó horas vagando en la ciudad, en la noche. Cruzó por puertas de todo tipo, bares, sitios de los que apenas recordaba algo y en los que no podía estar seguro de lo que había ido a hacer. Entonces ahí estaba Gastón, de regreso a casa tambaleándose por las calles apenas iluminada de la ciudad. Con la luz del amanecer surgiendo como temerosa. En su mano llevaba un racimo de rosas que había sacado de algún sitio.
Entró a su casa, la puerta sin llave, como ella solía dejarla cada vez que él se marchaba tras una discusión. Marla dormía. Dejó las rosas sobre la única mesa del living/cocina y se recostó a su lado. Ella lo abrazó. Al otro día las cosas estaban calmadas. Ella hablaba, sonreía, lo besaba. Miraba directo a su rostro con esa mirada de amor que en otras ocasiones solía darle. Les cocinó a los tres, mientras que él jugaba con el pequeño Mikel y parecia que todo estaba bien.
El almuerzo fue como el de una verdadera familia. Una pareja enamorada. Un hijo en crecimiento. Entonces ella habia ido a tirar al tarro para la basura los restos de comida y al levantar la tapa un montón de pétalos aplastados, de rosas que a la fuerza, habian sido metidas allí, le llamó la atención. En un segundo recordó el regalo que le había hecho y que había olvidado. Gastón no dijo nada, claro. ¿Para qué? Pero ahora que volvia a verlas, lo recordaba con claridad. Lo que pensó decirle en ese instante. Lo que quiso haber explicado pero no se atrevió. Que su relación con Marla era como ese regalo que le habia traido, y que ella destrozó y arrojó a la basura para después sonreírle y decirle lo mucho que lo amaba con facilidad.
Y allí estaba otra ves, el mural más perfecto que hasta el momento hubiera hecho. Y eso, aún sin terminar.
—Si —dijo sin poder evitar aquella palabra de confirmación.
—S...i...—respondió una voz detrás de él, haciendo una pausa minúscula pero clara entre las letras. Gastón se quedó inmóvil, sintiendo un terrible dolor en el pecho y por un segundo temió en la posibilidad del infarto. Dudando no atinó a darse la vuelta. Sentia una presion en su nunca que antes jamas habia experimentado como si alguien de repente lo hubiera tomado de allí con ambas manos y apretara. En su miedo, no pudo evitar formular un temeroso "Ah..." a medio camino entre un grito y un gemido.
—Ah... Ah... —respondió la misma voz. Se escuchaba como un susurro, como el viento debajo de la puerta en una fría noche de invierno. De hecho, a pesar de que estaba en aquella habitacion sin ventanas y con la puerta perfectamente cerrada, Gastón comenzó a sentir como su piel se congelaba y los vellos de su cuerpo se le erizaban mientras unas gotas de sudor frío recorrió su espalda. Sus propias piernas se le antojaron como dos pedazos de carne pegados a su cuerpo, si no se sentaba rápido, caería al piso sin poder evitarlo por efecto de su temblor.
—Quie... quien —preguntó Gaston aterrorizado sin saber que mas decir.
—Quie... quien —fue todo lo llegó a escuchar del susurro. Parecia que se lo hubieran dicho en ambos oídos al mismo tiempo y el efecto que provocó en él fue que diera un paso más, hacia el cuadro. Su mente parecia funcionar a toda velocidad, al igual que los rápidos latidos de su corazón, y las imágenes iban de aquí para allá acompañando a los pensamientos.
La puerta estaba cerrada, ¿como habian entrado?... ¿Quienes o... que?
La dueña de la casa vivía allí sola, no podía ser ninguno de sus hijos y tampoco ella regresaría hasta pasados dos días. ¿Había escuchado que la mesa que trancaba la puerta se moviera en algún momento? No, pero ¿Podía estar seguro? ¿Por qué de repente en la habitacion hacia tanto frio? Cómo era posible que sintiera unos ojos clavados en su nuca, una presencia inexplicable que estaba allí paseándose por el piso de madera justo detrás de él, moviéndose de forma tal que ahora Gastón escuchaba el leve rose de unos pies contra el suelo.
Se acercaban, se alejaban.
Se acercaban, se alejaban.
Suspiró, de puro terror, cuando los sintió más cerca y pudo jurar que algo, una tela, cualquier cosa, le rozaba justo por encima de los guantes que usaba para pintar, arañando su codo. El suspiro fue respondido por otro, proveniente de aquella voz que provocó un eco morbido en toda la habitacion. Por instinto sus ojos fueron hacia la puerta del baño, que se encontraba un poco más atrás, a la derecha. El leve alivio que sintió al recordar ese lugar seguro desapareció cuando comprobó que la puerta estaba abierta de par en par y el interior oscuro del baño era todo lo que podía ver por el rabillo del ojo. Él, estaba seguro, la había dejado cerrada. Y... de repente sintió que caía y en un segundo de inexplicable emoción fue como si cabeceara y se quedara dormido. Sus ojos se abrieron y dio un traspié antes de caerse. Había estado a punto de desmayarse al pensar, solo por un segundo, en que el ser del que provenía la voz hubiera salido del baño donde apenas un poco antes el se había estado escondiendo. Pero ¿Qué otra posibilidad quedaba? Correr hacia el baño ya no era opción. Gastón aspiraba y soltaba el aire con lentitud, sin atreverse a darse la vuelta, con la mirada clavada en los rosales y en los sauces verdes que había pintado bajo ese cielo celeste. En el camino de piedras que se adentraba en su jardín, en su propia obra. El desmayo que casi había sufrido provocó que su mente se sacudiera de repente por recuerdos que hasta el momento nunca había podido obtener. Era un hermoso jardin tambien el de su casa en San Jacinto. Un lugar de tranquilidad, de paz. Un sitio al que tanto le gustaba regresar cuando las obligaciones de la vida lo hacían sentirse superado. Y vaya que eso sucedia casi todos los dias. "No es fácil" decía su madre, quitando las malas hierbas del jardín. "No es fácil mantenerlas a raya. ¿Cuántas veces al mes tenemos que arrancar estos pastizales?" preguntaba, dejando por un momento su tarea y mirando al cielo que sobre sus cabeza se extendía ahora mucho más nublado que el de su mural. Gastón tendría quizá ocho o nueve años, como mucho. El disfrutaba de la tarea en el jardín, que también era suyo y al morir su madre un año después, terminó en manos de un tío y ahora pertenecía quien sabe a qué familia. "Voy a necesitar la azada" dijo su madre pasándose la mano por la frente perlada de sudor y ensuciandose un poco con tierra. Señaló con la cabeza el cobertizo y luego retomó su tarea. Gastón pensó en negarse, hasta movió la cabeza de lado a lado haciendo el gesto pero sin decir "No" como su mente le ordenaba. Ir al cobertizo no era algo que el deseara. En esa pequeña casucha con techo de chapa y paredes de ladrillo, había mucho más que herramientas, como él bien sabía. Pero entonces, mientras pensaba todo eso, sus delgadas piernas ya se movían en dirección al jardín y su sombrero, que mama le habia puesto por el sol, se le salió volando por el viento que de repente soplaba con mayor intensidad. El cielo gris seguía oscureciendose, a lo lejos ya se escuchaban los primeros truenos de lo que seria aquella tormenta que no recordaba. Si recordaba, sin embargo, llegar a la puerta del cobertizo donde se guardaban las herramientas de jardinería, las bolsas con tierra, los productos químicos, y algún que otra cosa que no pudiera dejarse en la casa. La puerta era vieja, de chapa gruesa y oxidada. Tenía un desagradable color rosado y Gastón la abrió lentamente con esfuerzo. Era pesada aquella puerta y el siempre necesitaba las dos manos para hacerlo. Se estiró hasta encender la luz, pero la bombilla dio dos rápidos fogonazos luminosos y se apagó. Por mucho que el encendía y apagaba el interruptor, nada sucedia. Resignado, empujó la puerta para abrirla lo más que podía y dejar entrar así la luz de afuera. Está era poca en aquella tarde tormentosa y apenas llegaba a alumbrar unos pasos por delante de él. Gastón no podía ni quería levantar la mirada. Sus ojos estaban clavados fijos en el suelo donde la luz le permitia ver solo el polvo y la tierra de aquel piso sucio. Algunas herramientas por aquí y por allí desperdigadas sin ningún orden. Y el viento que ahora, con mayor fuerza, soplaba desde el exterior y parecia silbar desde el fondo oscuro de aquel galpón vacío. Gaston daba unos pasos, girando rápidamente hacia la puerta para comprobar que seguía abierta de par en par. La azada tenía que estar sobre la mesa de metal, justo al lado de las macetas viejas. Dos pasos más, ya casi estaba sobre la mesa. La puerta se movió, agitada por el repentino viento y Gastón la observó sintiendo un calor en su vejiga. Un paso más, su mano tanteó la mesa en semi oscuridad y entonces sintió calma cuando sus dedos delgados y pequeños se aferraron en el mango de lo que sin dudas debía se la azada. Entonces la puerta se cerró y el golpe de la chapa contra las paredes del galpón hicieron que soltara la azada y retrocediera asustado. Pero ahora ya no había luz que lo guiara y el silbido del viento ya no se escuchaba afuera, sino que ahora estaba dentro y era una melodia que mas bien parecia proceder de un lugar mucho mas cercano. Tenía cierto ritmo, cierto movimiento la acompañaba y Gastón con sus ojos cerrados no lograba ver mucho más que si los abría para comprobar que una larga sombra danzaba a pocos metros acercándose cada vez más. Una sombra alta, grotesca, que era acompañada por el sonido mucho más terrible que el de las uñas contra el pizarrón de tiza, el sonido de un silbido que calaba los huesos hasta lo más profundo. Gastón retrocedía asustado, lloraba, y de repente su mano aferraba un picaporte y el cruzaba. Una puerta que cerraba de inmediato. Las sombras habian desaparecido y ahora él se encontraba en una habitacion de absoluto blanco que no recordaba haber visto nunca antes. En el suelo había una alfombra roja, donde estaban sus juguetes. El recuerdo se desvanecia de repente. Su madre estaba ahora allí, diciendole con la cara contraída por la furia (pero también la angustia, pensó el Gastón de mayor edad) "te busque por todos lados. ¿Se puede saber porque te fuiste y donde estabas?" pero él, claro, no había podido responder. Porque el miedo que sentía del hombre silbador era demasiado grande, sí, pero también porque esas puertas que se le abrían cuando sus terrores estaban frente a él, eran su secreto y aun con la edad tierna de un pequeño niño, Gastón sospechaba que ciertos secretos debian ser guardados. Si hubiera hablando, su madre lo habria enviado de nuevo allí. Otra vez con su mensaje, con su idea, "Enfrentar tus miedos. Debes crecer. Ya no sos un nene chico". Y entonces otra ves el mural. La habitacion sin ventanas, como el galpon de su infancia. ¿Acaso el silbador había vuelto a buscarlo? ¿Eran los seres de antes, los que la luz transportaba? ¿Se estaba volviendo loco de verdad? O... ¿Había algo en esa casa, algo terrible y desconocido que ahora se divertía jugando con el? Gastón sentía como dos pesadas lágrimas descendían por sus mejillas, casi quemandole. Tras él los pasos suaves de algo muerto seguían escuchandose y cada tanto una respiración o un suspiro terrible se oía al acercarse y luego retroceder. El baño ya no era su posibilidad. La puerta detrás de él mucho menos. Pero... "Siempre que lo necesité" pensó, "Siempre hubo puertas". Y entonces su atención se vió centrada por el hermoso mural que había pintado. Allí, frente a sus ojos atónitos y asustados, las hojas de los sauces movidas por el vientos de verdad se estaban moviendo. Las nubes celestes del cielo ahora avanzaban en su lenta marcha y detrás de ellas otras surgian. A lo lejos, hacia el horizonte, podía verse en ilimitado número mientras que las hierbas se agitaban hacia la izquierda con un murmullo apenas audible. El camino de tierra que él mismo había pintado estaba allí, pero más profundo que antes y sus colores parecian simplemente demasiado reales. Todo en el mural parecia demasiado real y entonces Gastón lo entendió. Allí, frente a él, allí estaba su puerta.
—Adiós —dijo sin saber exactamente de quien o que se despedía y tras él escuchó el esperado:
—A...dios —susurrado por una voz que quizá no fuera la de una terrible amenaza pero le provocaba el mayor de los pavores. Una voz desconocida, en susurro, que se escuchó más cerca y pareció estar dispuesta a acercarse hasta tocarlo. Pero ya era tarde para ella y a Gastón no le importaba. Este avanzó a paso firme y seguro, hasta llegar a la pared donde descansaba aquel mural que atravesó repentinamente como si cruzara por una puerta muy decorada, adentrándose en su camino de tierra y bajo su celeste cielo, pues allí ningún mal podia alcanzarlo, ningún recuerdo podía herirlo. Quizá algun dia regresara o quizá eligiera perderse para siempre entre sus verdes sauces y el bello olor de las rosas. Sucediera lo que sucediera, èl ya no tendría nada que temer.   

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