Parte 1

La brisa de la madrugaba levantaba hasta los corazones cuya alma dolida yacía en el interior de sus cuerpos, gran parte de ellos se encontraban de la estación de Moscú, entre ellos, un pequeño pelirojo de ojos azules, complexión delgada y con otro chico frente a este.

Aquel pelinegro ojos ámbar le veía desbordarse en lágrimas, golpeando con sus pequeños puños su pecho para minutos después abrazarle y rogarle que no se fuera.

¡Por favor, no lo hagas! ¡No vayas! ¡No me dejes solo!

Suplicaba y suplicaba pero el más alto no le devolvía una respuesta, solo sujetaba al chico con un rostro de extrema tristeza y preocupación, notando así las pocas ganas de irse de aquel lugar, de su lado.

Al menos prometeme, júrame que volverás, por favor...

Escuchó de los labios del pecoso, se agachó a su altura y le acarició el rostro como a un suave cristal que al más mínimo toque lo romperías.

Juro por mi vida, que volveré a tu lado...

Fue lo primero y último que escuchó aquel chico antes del llamado del tren, un llamado infernal que volcó su corazón y devolvió su llanto, no quería que se fuera de su lado, más la decisión estaba tomada, el mayor ya había confirmado, había sido capacitado y entrenado, ya no había marcha atrás.

Con un beso lograron firmar su pacto, lo hicieron hasta que el oxígeno pedía volver a su cuerpo, colocaron una frente contra otra y el ojiazul le susurró unas cuantas palabras, inaudibles para el mundo, excepto para su prometido.

Unos cuantos minutos después, el mayor había abordado aquel tren que solo iba de ida, pero que jamás lo llevó de vuelta, pero el pelirojo no iba a poder saberlo en aquel momento, y solo veía con una pequeña esperanza y un frío atroz, como su vida y su anhelo partían en aquel tren.

————

Los meses pasaron y el tiempo se fue volando para los demás, excepto para él,  los zafiros ojos del muchacho recorrían cada rincón de aquella desolada calle, como buscando inspiración.

Tiempo después, comenzó a escribir, haciendo sonar la máquina a la luz de la luna:

Mour amour, liebe:

Extraño los suspiros de la mañana que al despertar chocaban contra mi cuello cual corriente de aire fresca en el invierno, tus caricias en mis mejillas que solo sabían hacerme sentir en mi hogar, tus besos que me recordaban a los pétalos de una flor apenas recién florecidas en las tardes de primavera.

El llamado de mi nombre por ellos que me recordaba a la suave melodía de un pájaro, cantando las más bellas canciones hacía la naturaleza.

Extraño aquellos ojos ámbar, que solo lograban hacerme sonrojar con tan solo verles un poco.

Te amo, te extraño, te necesito a mi lado, la soledad me mata poco a poco en este mar de pesadillas quien todos llaman mundo, tu eres siempre y serás la medicina que calma mi ansiedad, ¿que mejor suero que el me dabas tu con tus besos?

Porfavor, vuelve a casa, pues tu amado espera en la puerta, en busca de tus brazos.

Siempre tuyo, Canadá.

———

Aquella carta enviada hacía tiempo, nunca llegó a su destino, se perdió entre otras tantas que buscaban dar sentimientos a alguien que ya no existía.

Aun así, el pelirojo con esperanza, cada mañana escribía una nueva, esperando una respuesta.

Aun espero que vuelvas...

Dijo mientras se recargaba en el marco de aquella vieja ventana antigua, en la que mucho tiempo había hecho lo mismo.

«Por favor, cumple tu promesa»

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