Cap. 8: Una pequeña esperanza
REENCUENTRO
Capítulo 8: Una pequeña esperanza
Sesshomaru la miró fijamente. Sus cabellos castaños ondeaban con el viento, su mirada permanecía cabizbaja y sus brazos envolvían su propio cuerpo, como si con aquel gesto pudiera protegerse del frío o del mundo entero.
La miró y, quizás, por primera vez en todo este tiempo, la vio a ella. No como lo que deseaba que fuera. No como lo que se negaba a aceptar que podría ser. Tampoco como la niña que había rescatado todos esos años atrás. Ni siquiera como humana... Sólo la vio a ella: triste, fuerte y curtida; lo bastante lista para conocer sus propios límites y lo bastante insensata para desafiarlos; inadaptada, genuina y... diferente. Demasiado buena para su propio bien. Y, quizás, a todo eso se debía aquel curioso afán de proteger al resto, a los marginados y desvalidos. ¿Alguna parte de ella se vería reflejada en ellos? Pero ella no necesitaba protección. Ella no era frágil. No. Quizás su piel lo era, sus huesos, pero no ella.
—Señor Sesshomaru... —susurró.
Sus ojos cafés, grandes y brillantes se abrieron más cuando lo encontraron. Se apresuró hacia él, acortando la poca distancia que todavía los separaba, e intentó frenarse torpemente, deteniéndose antes de poder abalanzarse.
¿Había tenido la intención de abrazarlo? De no ser por la discusión del día anterior, ¿lo hubiese hecho?
Rápidamente otra pregunta llegó a su cabeza: ¿acaso él quería que lo hiciera?
Llevó una mano a su rostro. Esa mano asesina, que sólo momentos atrás había estado manchada de sangre, ahora acunaba su suave mejilla... Y con su dedo pulgar limpió una lágrima que había escapado de sus ojos.
—¿Estás bien?
Rin pestañeó un par de veces, tan desconcertada por su tacto como por su voz.
Es que había sonado tan suave, tan diferente... Él jamás le había hablado así, de esa forma. Nadie nunca lo había hecho. Y se sintió tan descolocada que le tomó un par de segundos reparar en lo que había preguntado...
—S-sí, sí, sólo... fue un día difícil... —susurró, pero un nudo cerró su garganta. Otra lágrima cayó de su ojo y rodó por su pómulo; él no tardó en secarla. Temía decir otra palabra porque sabía que su voz se quebraría. Sabía que ella se quebraría...
¿Qué le estaba pasando? No podía recordar la última vez que había llorado frente a alguien —si es que alguna vez lo había hecho—. Y por supuesto que lloraba, sí, pero... siempre sola, siempre a oscuras. Jamás con alguien mirándola y menos de la manera en que él lo hacía... Como si pudiera traspasarla con esos serios ojos dorados.
Inclinó su cara levemente hacia su mano, como si descansara su peso en ella. Y es que no había notado el frío que tenía hasta que esa mano la tocó. Su calor se sentía tan agradable, tan reconfortante, que se encontró deseando poder quedarse así para siempre. Sin importarle el dolor de sus pies o que él la viera así; destruída. Sólo quería quedarse con él...
—Señor Sesshomaru, yo... l-lo siento... —sollozó.
Él frunció su ceño ligeramente, extrañado.
—¿Por qué?
—Por... por anoche, por la manera en que quedaron las cosas... por haberlo presionado, no debí, yo... lo entiendo, no...
Sesshomaru levantó su rostro levemente, encontrándose con sus ojos castaños.
—No pienses en eso ahora —dijo bajo, callándola. Su voz suave acarició hasta su piel bajo su ropa—. Y no eres tú quien debe disculparse.
Rin pestañeó de nuevo, sin saber qué decir, mirándolo por debajo de sus largas pestañas con sus ojos empañados.
Si eso había sido también una disculpa, al parecer era todo lo que iba a conseguir y, de todas formas, era mucho más de lo que esperaba.
—Estás helada —susurró él y quitó su mano. Enseguida su mejilla resintió el frío y la sensación de vacío—. No deberías andar tan desabrigada.
Ella esbozó una débil sonrisa, bajó su mirada y, rápidamente, terminó de secar los rastros de lágrimas. Recién entonces cayó en cuenta de lo cerca que estaban. Su olor la hacía sentir embobada...
Dio un paso atrás, intentando despejarse.
—Es que... creo que... perdí mi abrigo —murmuró, sin verlo, y se encogió de hombros.
El peliblanco sólo la miró de reojo.
Rin negó y dejó salir el aire en un suspiro.
—Me alegra... haberlo encontrado —sonrió débilmente—. ¿Qué hacía por aquí, señor Sesshomaru? —habló, un poco más recompuesta, levantando su mirada hacia él.
—Ahora nada. ¿Tú?
—Lo mismo —murmuró—, pero... ya pensaba en regresar... ¿Quiere...? —la pregunta quedó en el aire y aclaró su garganta, nerviosa—. Si... no tiene nada más que hacer, ¿le gustaría... caminar de regreso conmigo?
—Esperaba que así fuera.
Rin sonrió y sus hombros cayeron, con alivio.
Sin decir nada, bajó su mirada nuevamente, con sus mejillas sonrojadas.
Echaron a andar y el silencio que los invadió a ambos mientras caminaban uno al lado del otro se sintió tan cómodo, pensó Rin, que extrañamente aún después de todo lo que había ocurrido entre ellos la noche anterior, aún después de ese día; poco a poco, dejó de sentir esa agobiante necesidad de desaparecer, poco a poco dejó de sentirse sola.
Gracias a él.
Levantó su rostro para verlo cuando sintió el peso de una tela caer sobre sus hombros; él mantenía su mirada al frente, como si no quisiera admitir lo que acababa de hacer.
Rin tocó la chaqueta que ahora la cubría.
—Señor Sesshomaru... no es necesario —susurró, apenada. Él sólo llevaba una camisa debajo, al menos ella estaba un poco más abrigada que eso—. Estoy bien, no tenía que preocuparse...
—Estabas temblando —la interrumpió—. Y yo no siento frío.
Rin soltó una risita. Eso ni siquiera había sonado arrogante, si no más bien como una simple verdad.
—¿Cómo no va a sentir frío? ¿Ni un poquito?
Él la miró de reojo como toda respuesta, alzando una ceja; alta, elegante, imponente.
Y sólo eso bastó para hacerla sonrojar de nuevo.
Es que el hombre no podía ni andar sin ser terriblemente atractivo. A veces pensaba que podía ser parte de la nobleza, de alguna corte en algún país lejano. Eso explicaría tantas cosas... Fácilmente podría ser un rey, y andaba ahí, caminando por las calles de esa maldita ciudad, junto a una ladrona cualquiera.
Y aun así, él jamás la había tratado como tal.
—Gracias —susurró y se puso bien la chaqueta, con los brazos donde correspondía.
Se veía ridícula.
La chaqueta era gigante y se sentía como una verdadera enana nadando adentro. Pero estaba tan calentita y, además... olía como él.
Caminaron otro par de silenciosas cuadras y, quizás fue el haber satisfecho aquella primera necesidad con abrigo, que su cuerpo recordó la próxima: una mucho más feroz y urgente, una que había dejado de lado por completo durante todo el día. Su estómago rugió como un león enjaulado y ella apretó sus puños como reacción para no tapar su cara por la vergüenza. Era imposible que él no la hubiese escuchado, sobre todo con ese oído sobrenatural que parecía tener. ¡Y es que siempre lo escuchaba todo!
Quería enterrarse.
Mordió su labio para no decir una palabrota.
—Lo siento —murmuró—. Es que, creo que... olvidé comer.
—¿Lo olvidaste? —preguntó él, con una pizca de ironía.
Rin soltó una risa apenada y asintió. Al menos ya estaban llegando a las partes más decentes y transitadas de la ciudad; andaba más gente por las calles, aún pese a que ya era de noche, así que había más opciones para conseguir algo. Lo que fuera.
—Compraré algo ahí —señaló el primer carrito de comida que apareció frente a su vista—. ¿Me espera?
Ignorando su pregunta, el peliblanco puso una mano sobre su codo y la guió cruzando la calle. Rin tuvo que apresurar su paso para alcanzar su ritmo, mirándolo fijamente hacia arriba, extrañada.
—Señor Sesshomaru —lo llamó, sin entender hacia dónde la llevaba—. ¿Ocurre algo? —Tengo hambre, quería decirle, pero él seguía caminando muy decidido y parecía no prestarle ni un poco de atención mientras la llevaba casi corriendo intentando alcanzar sus grandes zancadas—. ¿Puede decirme a dónde vamos?
Pero no dijo nada, hasta que se detuvo.
—¿Señor Sesshomaru...?
—Vamos —dijo señalando el restaurante frente a ellos con la mirada.
Refinado. Caro. No uno que ella pudiera pagar.
Pero Rin se quedó ahí, con sus pies clavados al suelo, y meneó su cabeza en negativa.
—Nop. No. Lo siento, no puedo. —Él alzó una ceja ligeramente, interrogándola—. Señor Sesshomaru —susurró entre dientes, llamándole la atención—. No puedo costearlo. —Sin mencionar que definitivamente no estaba vestida para un lugar así, aunque eso era lo que menos le importaba.
—No te preocupes por eso.
Rin dejó salir un resoplido. Si Joanna la hubiese estado escuchando, seguramente la hubiese regañado... y bastante.
—Claro que me preocupo por eso —masculló entre dientes.
Sesshomaru dejó salir el aire por su nariz, suavemente, mucho más elegante que ella con su resoplido de caballo viejo.
—Vamos —insistió, abriendo la puerta para ella; los músculos de su espalda grande se movieron contra su camisa. Su mirada era firme y seria, sin espacio para cavilaciones.
No iba a dar su brazo a torcer.
Rin lo miró de reojo, suspiró y, con las piernas temblorosas, finalmente accedió.
—Buenas noches, caballero, bienvenidos —saludó el anfitrión y le dirigió una rápida y disimulada mirada de pies a cabeza que la hizo sentir aún más fuera de lugar—. Señorit...
—Una mesa —lo interrumpió Sesshomaru, dejando un gran billete sobre el atril.
El hombre esbozó una amplia sonrisa y, luego de una reverencia, los guió diligente y en silencio hacia una mesa junto a un gran ventanal. Dejó las cartas con ellos y, obedeciendo a la fría mirada del peliblanco, se retiró, dándoles tiempo para elegir.
—Si tenía intenciones de invitarme a comer, pudo haberme avisado con un poco de anticipación —le dijo, intentando dejar sus preocupaciones atrás y esbozando una pequeña sonrisita pícara—. Al menos así hubiese tenido tiempo de vestirme adecuadamente.
El dirigió su vista hacia ella y la recorrió entera con una lenta y arrolladora mirada y sin ni una pizca de pudor.
—Estás bien como estás —dijo, volviendo a verla directamente a sus ojos, con tanta calma como siempre, y fue tan abrumador que sólo eso bastara para que su cuerpo entero cosquilleara al escucharlo...
Su sonrojo bajó hasta su cuello y quizás un poco más. Juntó sus piernas sólo como una instintiva y primitiva reacción a sus ojos y a su voz, y no fue capaz de hacer nada más que esconderse tras la carta, apabullada, sin fuerza alguna para miraditas coquetas o más sonrisitas traviesas.
Completamente desarmada.
Le costaba entender que alguien la hiciera sentir así con sólo mirarla, a ella, que en toda su vida no había hecho más que acostumbrarse a las miradas de los hombres y, hasta ahora, no había logrado distinguir más de tres tipos diferentes: miradas tan grasientas que le provocaban ganas de bañarse inmediatamente después, rancias y perversas, como Utagawa había hecho cuando la conoció; también las había más agradables, miradas suaves que le ayudaban a saber que era hermosa, como Daniel; y por último, estaban las más frecuentes, como la del anfitrión y todos esos hombres que la miraban, pero no la veían, no como una persona al menos, sino más como un pequeño inconveniente. El señor Williams podía llegar a ser las tres al mismo tiempo. Sesshomaru... Sesshomaru no era ninguna.
Cuando él la miraba le cortaba la respiración. Podía ver algo ocurrir detrás de esos maravillosos ojos dorados, tan serios y salvajes como no había visto antes; casi como los ojos de un lobo: sabías que no sólo te estaba mirando, sino que tenía toda su atención puesta en ti, todos sus sentidos, tenía el control de todo y sería capaz de descubrir hasta tus más oscuros secretos.
Ni siquiera supo cuánto tiempo pasó intentando recomponerse o por lo menos dejar de sentirse tan acalorada, pero de pronto él habló de nuevo:
—¿No hay nada de tu agrado?
Rin levantó su rostro sólo para verlo por sobre la carta, como una cobarde. Él miraba casi distraídamente por la ventana, con su codo apoyado relajadamente sobre la mesa y descansando su barbilla sobre su puño. Los fuertes músculos de su brazo se marcaban bajo la camisa. Parecía una pintura, con su perfil perfecto y tranquilo. Una jodida obra de arte.
—Todo es de mi agrado —murmuró en voz muy baja.
—Entonces pide todo.
La castaña soltó una risita y sólo negó, divertida. Realmente no se refería sólo a eso, pero era mejor que él no lo hubiera notado.
El mesero llegó poco después a tomar su pedido y, en menos de lo que hubiese creído, comenzó a relajarse.
Todo estaba realmente exquisito y, aunque él prácticamente no tocó su plato y se limitó sólo a beber un vaso de whisky, fue una cena agradable. Pero no lo fue sólo por la comida —que tanto ansiaba—, sino porque, por un breve momento, logró despejarse. Por algunos minutos, por escasos que fueran, logró olvidarse del resto del mundo, de su pasado, de su presente y de lo jodida que era la vida para la gente como ella. Logró olvidarse de todo... excepto de él.
Sesshomaru sólo la escuchó tan atentamente como siempre mientras ella hablaba de todo y de nada, como cada vez en sus largas caminatas. Jamás le preguntó por lo que había ocurrido ese día, no preguntó por qué lloraba cuando la encontró y, en el fondo, Rin lo agradeció.
Y cuando todo terminó, aún sabiendo que era hora de regresar a la realidad, no pudo hacer más que sonreír, sin nada que pudiera decir que lo hiciera comprender cuánto significaba para ella su compañía en ese momento... y que, aunque todo terminara ahí; aunque luego él se fuera y no volviera a pensar en ella, atesoraría esos minutos de breve y absurda felicidad para siempre.
Cuando el mesero regresó, Sesshomaru pagó la cuenta y finalmente salieron.
Rin levantó su mirada hacia él mientras cruzaban aquella pequeña plaza mal iluminada.
Sus cabellos blancos con destellos de plata se mecían con la suave brisa como una fina seda a la luz de la luna mientras su perfil imponente apuntaba recto y afilado hacia el frente, serio. Parecía un ser etéreo, tan lejos de ella, tan lejos de ese mundo gris.
¿En qué pensaría? ¿Qué ocurriría mañana, cuando todo terminara? Tantas preguntas invadían su cabeza en ese momento... ¿Volvería a verlo alguna vez? ¿Volverían a encontrarse? ¿Qué era eso que a él también lo aquejaba? Podía notarlo, podía sentirlo aunque sus fríos ojos no lo demostraran. ¿Tendría que ver con aquel hombre? ¿Con el baile? ¿Con su nombre?
—¿Puedo hacerle una pregunta, señor Sesshomaru? —habló de pronto, acurrucándose en su chaqueta para protegerse del frío viento y apretando sus manos en puños dentro de los bolsillos—. No tiene que responder si no quiere.
—Puedes.
La castaña esbozó una débil sonrisa, con su mirada baja, y rápidamente levantó su rostro para verlo a los ojos.
—¿Quién es Kirinmaru? Y... ¿por qué... se toma tantas molestias para encontrarlo? —preguntó, con latente curiosidad en sus ojos grandes, como si ya llevara un tiempo aguantándose.
—Una pregunta, dijiste.
Ella soltó una pequeña risita.
—Bien, puede contestar la primera pregunta primero. —Si supiera todas las que me estoy guardando, pensó. Al menos, esto si la involucraba de cierta manera. Al fin y al cabo, era ella quien tendría que identificarlo; merecía saber de quien estaban hablando, ¿no?
Sesshomaru volvió su vista al frente y pareció meditarlo por cortos segundos.
—Alguien contra quien luché —respondió.
—Luchó como... ¿en la guerra? —preguntó ella, sorprendida.
Él entrecerró sus ojos.
—No la guerra que tú conoces.
—Oh, ya veo... Sí fue usted quien le hizo la cicatriz, entonces.
—Sí.
—¿Y puede contarme por qué lo está buscando?
Él desvió su mirada.
¿Por qué lo buscaba? Sus motivos parecían haberse difuminado con el tiempo...
¿Poder? ¿Supremacía? ¿Terminar lo que habían comenzado? ¿Castigarlo por haber huido de él todos esos años atrás? ¿O por limitarse a liderar humanos?
Negó. No tenía por qué tener un motivo para querer asesinarlo. Eran demonios, eso era lo que hacían...
—Mató a mi subordinado —dijo de pronto. Las palabras parecían haber escapado de su boca.
Rin abrió más sus ojos.
—Lo siento mucho... —susurró—. Y puedo preguntar... ¿Cuál era su nombre?
—Jaken.
Ese nombre provocó un familiar eco en su cabeza, como si no fuera la primera vez que lo escuchara, como si no fuera la primera vez que él lo decía.
Frunció su ceño ligeramente, confundida.
—¿Eran cercanos? Usted y... Jaken.
Sesshomaru la miró de reojo, como si pudiera notar que pronunciar aquel nombre le causaba cierto conflicto. O quizás sólo le era difícil escucharlo.
—Sí.
Ella asintió, con entendimiento. Una fresca brisa desordenó sus cabellos castaños y se envolvió aún más en la chaqueta.
—¿Y... qué ocurrirá mañana?, cuando lo encuentre...
—Ya has hablado varias veces sobre eso con Goro.
—No, me refiero a... qué hará usted cuando lo encuentre.
El peliblanco negó, con su mirada endurecida. Enseguida Rin comprendió que estaba llegando a los límites de su comodidad, que no quería seguir hablando de aquello, que era mejor no insistir si no quería que las cosas se derrumbaran, de nuevo.
—No...
—Asesinarlo —respondió él con frialdad, interrumpiéndola, y, en el silencio que quedó tras la palabra, se permitió analizarla detenidamente.
Sus músculos no se habían tensado al escucharlo y, aunque sus ojos se habían abierto ligeramente más que lo habitual, su respiración y sus latidos seguían el mismo ritmo acompasado y calmado, al menos mucho más calmado que en ese callejón, más que cuando la encontró, mucho más que cuando le ofreció su mano para bailar con ella o que cuando lo presentó a aquel hombre.
La humana no estaba nerviosa, ni mucho menos alterada. Tampoco olía miedo en ella.
Esa tarde, ¿ella habría deseado hacerlo también? ¿O antes?
—¿Cree que eso lo hará sentir mejor? —le preguntó luego de algunos segundos, pero no oyó prejuicio en su voz, tampoco reproche, sólo... genuina curiosidad.
—No me interesa si así ocurre, es lo que debo hacer. Es lo que haré.
Y ella asintió, como si lo comprendiera... Y, después de todo lo que había visto ese día, quizás así era.
—Lamento lo que ocurrió con Jaken... —le oyó susurrar—. Él debe haber sido un gran hombre... y debe haberlo admirado tanto como lo hace el señor Goro —sonrió, como si su reciente confesión no le afectara, como si no cambiara su percepción de él. Ella sólo continuaba mirándolo con esos grandes y sinceros ojos cafés, como si nada hubiese cambiado—. Estoy segura de que ambos se han sentido orgullosos de servirle.
Sesshomaru sólo la miró fijamente, sin ser capaz de decir nada.
—¿Por qué viniste aquí? —le preguntó de pronto, luego de un largo silencio. Y su mirada, aún más intensa que lo habitual, le hizo comprender a la castaña que no se refería sólo a su recorrido de ese día.
Rin lo miró hacia arriba, extrañada de que él le hiciera preguntas de ese tipo —tan personales, quería decir—, pero quizás lo que más le extrañó no fue la pregunta en sí, sino que se encontró pensando en que, tal vez, en ese momento le hubiese respondido lo que fuera. Lo que él deseara saber, sin ningún rodeo.
Él había sido sincero con ella. Le había confiado algo, un secreto, uno que pesaba casi tanto en él como el que envolvía a su nombre... Podía notarlo, y ella lo valoraba. Lo valoraba más que alguna disculpa vacía. Lo valoraba tanto, tanto más que un ramo de rosas rojas y perfectas.
—Porque conocí a un viajero —le contó—. Era un anciano al que ayudé con algunos... trabajos, perfectos para mis "manos rápidas de ladronzuela", solía decir. Él también me dijo que, de todos los lugares que había recorrido, creía que occidente era el mejor para ser quién quisieras. Para reinventarse o para ser uno mismo. Yo ya estaba cansada de ser un niño, cansada de todo en ese lugar... supongo que me sentía atrapada en una vida que no era mía, así que no lo pensé mucho cuando me ofreció viajar con él. Un beneficio mutuo. —Se encogió de hombros con ligereza—. Quizás... al viajero se le olvidó mencionar que no es tan fácil ser uno mismo cuando no eres un hombre.
—¿Te sigues sintiendo así? —le preguntó. Su voz sonaba suave, calmada, comprensiva.
—¿Atrapada? Sí. La mayor parte del tiempo siento que no pertenezco aquí o a ningún sitio. —Excepto cuando estoy contigo, estuvo a punto de decir. Se obligó a cerrar la boca y se limitó a regalarle una dulce y resignada sonrisa—. Pero intento no pensar mucho en eso. Intento centrarme en otras cosas, cosas mejores, más lindas.
—¿Cómo qué?
Rin sonrió.
—Lo que sea, siempre hay algo bueno por ahí. —Se encogió de hombros—. Escuchar la lluvia cuando tengo un lugar para refugiarme, beber una cerveza con Jeffrey y Daniel en el bar, escuchar a alguien cantar una canción que escribí o cenar con un amigo —sus mejillas se sonrojaron, pero esta vez no bajó la mirada. Esbozó una pequeña sonrisita y aleteó sus largas pestañas—. Incluso una larga caminata con buena compañía...
Pudo jurar que esta vez los finos labios masculinos dibujaron una media sonrisa. Fugaz y peligrosa.
—¿Eso es lo que soy para ti? ¿Un amigo?
Su sonrojo bajó mucho más que la línea del cuello esta vez.
Su voz había sonado arrogante. Sabía que ahora sólo quería intimidarla, molestarla. ¿Disfrutaría verla así de nerviosa? ¿Saber que tenía tal poder sobre ella?
—Claro —le sonrió, en su mayor intento por parecer despreocupada, y estuvo casi segura de oír un muy suave bufido.
De pronto él se detuvo y, como usualmente, Rin recién se percató de que ahí estaba su viejo edificio, esperándola.
Hizo el intento de quitarse la chaqueta para devolvérsela, pero él la detuvo.
—Quédatela —dijo y un tenue brillo se insinuó en sus ojos dorados—. Hasta que encuentres tu abrigo.
Rin pestañeó un par de veces, sin comprender el tono de su voz, pero sólo asintió sin decir nada, acurrucándose aún más en ella.
—¿Cree que nos veremos mañana? Antes de... del baile —le preguntó y él pareció dudarlo.
—Quizás.
Quizás era mejor que nada.
Podía con eso. Por tonto, fantasioso e infantil que fuera, podía guardar una muy pequeña esperanza.
—Bueno... entonces, hasta mañana, quizás —le sonrió.
Sesshomaru asintió con su mirada y antes de que pudiera hacer cualquier cosa, ella tomó su mano, deteniéndolo.
—Gracias —dijo, con sus mejillas fuertemente sonrojadas, y por la manera en que sus grandes ojos cafés lo miraban, supo que no se refería sólo a la caminata, a la chaqueta o a la cena...
Él sólo la miró fijamente. Pudo escuchar como su corazón comenzó a acelerarse, sus pequeñas manos apretaron la suya, y entonces la vio empinarse en la punta de sus pies, hasta dejar un beso en su mejilla.
Sesshomaru permaneció quieto. Sus labios se sintieron suaves, cálidos y húmedos contra su piel y, antes de lo que hubiese pensado, Rin volvió sus talones al suelo, soltó su mano y comenzó a caminar hacia el edificio, con su corazón desbocado.
—¡Buenas noches! —le gritó, aún de espaldas.
El demonio la vio entrar y desaparecer tras la puerta, sintiendo un rastro ardiente en su mejilla.
Esa noche no regresó enseguida al hotel, como solía hacer, y tampoco fue hasta la propiedad que mantenía a las afueras de esa ciudad. Se quedó ahí, hasta verla subir a su estrecha habitación, en la que no entraba más que un futón y un pequeño baño. Por la ventana que daba hacía la calle, la vio quitarse su chaqueta, llevarla hasta su rostro y luego sonreír. La vio cerrar las cortinas de su habitación y vio su delicada y oscura silueta moverse por ese pequeño cuarto de la misma manera en que se movía por la ciudad: sin llegar a ser parte de él. Sin llegar a pertenecerle.
Se quedó hasta que dejó de verla. Hasta que la oscuridad le ganó a la habitación, y recién entonces se marchó.
Quizás, la vida la había obligado a regresar. Quizás, la había obligado a hacer todo de nuevo, a revivirlo todo de la misma cruel manera en un tiempo que ni siquiera era el de ella... Pero él no. Él no podía. No lo haría.
Sabía que ella no era frágil. Sabía que no necesitaba que la defendieran... Pero él quería. Él tenía que protegerla. De Kirinmaru. De la estupidez en que la había involucrado. De él.
Rin había muerto por su culpa, se obligó a recordar. No podía permitir que ocurriera de nuevo. No podía volver a dejarlo pasar.
Sabía lo que tenía que hacer...
Nota de autora
Este capítulo y el anterior estaban pensados como uno solo en un principio, pero decidí separarlo en dos para poder expandir algunos detalles. Sé que fueron un poco tristes en su mayoría, pero espero que les haya gustado.
Ahora sólo queda ver qué pasará con ellos, por lo menos ya sabemos porque Jaken no está en este fic 💔
Y sé que dije que la historia no se extendería más de 10 capítulos, pero al parecer se alargará un poquito más. No mucho. Pero bueno. Eso. Gracias a todos por llegar hasta aquí y por todos sus excelentes comentarios, los adoro. ¡Un abrazo gigante y nos leemos pronto!
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