Cap. 14: Principio y final

REENCUENTRO

Capítulo 14: Principio y final



Volando. Estaban volando.

Dioses.

Desde esa noche, la noche en que se habían besado, la noche en que él se había mostrado tal como era, no podía dejar de pensar en ello. Jamás podría olvidarlo. Jamás podría olvidarse de quién era él en realidad, pero... en ocasiones sí olvidaba todo lo que eso significaba. Olvidaba la magnitud de su poder, de su inmortalidad o el hecho de que quizás, para él, despegar los pies del suelo y alzarse en el aire era algo tan innato como respirar.

Ella, por su parte, todavía no conseguía abrir los ojos.

Pero no necesitaba mirar para darse cuenta. Lo sabía. Lo sabía en sus huesos. Estaban volando. Podía sentirlo en la sensación de vértigo en su estómago y en el viento helado chocando contra su rostro. Y aún así... extrañamente, no sentía frío. No con ese cuerpo grande junto al suyo y esos brazos firmes envolviéndola, protegiéndola.

Un refugio.

Se atrevió a mirar, por fin. No hacia abajo... Hacia él.

Su rostro bello, etéreo y perfecto besado por la noche y las estrellas...

Un demonio.

Rin rodeó su cuello con sus brazos y entrelazó sus dedos detrás de él.

Dejó que su aroma y su calidez la envolvieran.

—Señor Sesshomaru... no me suelte, por favor.

Su voz salió apenas en un susurro que se perdió en el viento, pero Rin sabía que él la había oído, de la misma forma en que siempre oía todo, por imposible que fuera. Y también supo... apenas las palabras salieron de su boca, lo ridículas que eran.

Él jamás la soltaría.

Lo sabía... y pudo leerlo en esos preciosos ojos dorados en el segundo en que se encontraron con los suyos.

Jamás.

Finalmente se permitió ver a su alrededor, hacia abajo, hacia las luces brillantes, pequeñas y tintineantes de la ciudad. Se veía tan grande desde ahí arriba y a la vez tan inofensiva, que por primera vez, desde que llegó a ese lugar, le pareció incluso... hermosa.

No pudo evitar preguntarse si sería la primera humana en admirarla de esa manera.

Podía verlo todo.

Dejó que el viento le chocara directamente en la cara, que desordenara sus cabellos castaños, cerró sus ojos y sonrió, hasta que su sonrisa se convirtió en una pequeña risita.

Estaban volando... Y por primera vez en muchos días, se sentía viva.

Y quizás fue por eso, por ir tan sumida en sus propios pensamientos, que no notó como, por segunda vez en esa noche, Sesshomaru apoyaba su nariz en su cabeza y respiraba profundamente.



Algún tiempo después comenzaron a descender. Reconoció la montaña que se alzaba frente a ellos, magnífica y antigua. Admiró los bosques que la rodeaban, tan ajenos a la ciudad y a su gente, y poco a poco comenzó a distinguir los caminos, los senderos, la casa, la terraza.

Pero, para su sorpresa, no se detuvieron ahí, sino un poco más allá, aún más cerca de la montaña, en un pequeño claro.

Sesshomaru le permitió bajar hasta apoyar los pies en el suelo y, sin soltarlo o separarse por completo de él, Rin contempló todo a su alrededor. Aún pese a la oscuridad de la noche podía ver los grandes árboles de más allá, el agua cristalina que bajaba de la montaña en la forma de un pequeño arroyo donde se reflejaba la luz de la luna y las estrellas, la hierba verde y espesa bajo sus pies y el manto de pequeñas florecillas azules.

Sin pensarlo mucho, Rin se quitó sus zapatos. Se permitió sentir la frescura de la hierba en sus pies, en sus cicatrices. Se alejó de Sesshomaru un par de pasos, movió los dedos de sus pies, soltó una risa, dio un pequeño brinco y giró sobre sus talones. Su vestido negro ondeó con el movimiento, pero no le importó.

Se agachó a recoger una flor y volvió hacia él, con una sonrisa en su cara.

—Gracias por traerme hasta aquí —susurró bajito y pegó la flor en su chaqueta.

Él siguió todo el movimiento de sus manos, en silencio, hasta que Rin levantó su mirada hacia él.

—Creí que te agradaría.

—Me encanta. —Le sonrió—. Dígame, señor Sesshomaru... ¿Cómo va a reclamar mi deuda?

Él frunció su ceño ligeramente. Los músculos de su espalda se tensaron. Las palabras de ese hombre, del cantinero, llegaron a su cabeza.

—Ya te he dicho que no me debes nada —respondió con sequedad.

Y aún así, Rin volvió a sonreírle con dulzura.

—Le debo mi vida. —Y más, le pareció que sus ojos castaños le decían.

El demonio la miró fijamente por largos segundos.

¿Entendería ella, la humana, lo peligroso que era ofrecerle su vida de esa manera a alguien como él?

A un ser vil, despiadado, egoísta y sanguinario, que podría tomarla sin reparos.

Que quería tomarla.

Llevó una mano a su cuello y acarició la delicada piel, joven y tersa. Inhaló su olor... ese olor que se había difuminado en la ciudad, el rastro que había perdido y que ahí estaba nuevamente. Lirios, miel, frutos dulces y calor. Una promesa de primavera.

Sintió bajo sus dedos como su pulso comenzaba a acelerarse...

—No tienes que hacer nada por mí —insistió, con voz más suave, y bajó su brazo.

Rin tragó pesado.

—Entonces, ¿puedo pedir algo yo?

Sesshomaru arqueó una ceja ligeramente, cuestionándola. Ella tenía sus mejillas rojas y ya no solamente por el viento frío del vuelo. Su aroma lo tenía embriagado. Sus ojos cafés brillaban y a él —que jamás solía fijarse en ese tipo de cosas— le pareció la criatura más hermosa que había visto alguna vez, en toda su larga existencia.

Más que cualquier ninfa, más que cualquier ser inmortal, más que cualquier humano.

—Sí.

—¿Puedo... verlo? —le preguntó Rin con timidez y luego aclaró—: A usted. De verdad a usted, quiero decir.

Él se mostró, sin reparos. Las bellas marcas en su cara, la luna en su frente, las orejas puntiagudas, las garras y colmillos tan peligrosos como espadas.

Rin llevó una mano a su rostro. Recorrió las marcas de su mejilla con la suavidad de una pluma. Se acercó más a él, se empinó en la punta de sus pies y dibujó la luna de su frente con su dedo índice.

—¿Puedo besarlo? —susurró.

La pregunta lo tomó por sorpresa. Pero, sin detenerse a pensarlo, Sesshomaru apoyó una mano en su espalda y salvó la corta distancia que aún los separaba. Todo fue muy lento. La manera en que sus ojos dorados se deslizaron desde los suyos hasta su boca. El momento en que sus labios se encontraron...

Rin disfrutó cada segundo. Su proximidad, su olor, su suavidad, su calidez...

El demonio subió ambas manos por sus costados, por su cintura, y la apegó aún más a él. Rin jadeó cuando lo sintió; cuando sus curvas se aplastaron contra ese cuerpo grande y duro, y él se abrió paso con su lengua por su boca, con ansias, como si también lo deseara, como si también llevara un tiempo pensando en eso, en ellos, esperándolo, conteniéndose... Y ahora, esa idea, ese deseo que había encerrado en alguna parte de él, amenazaba con salir a raudales y destrozarlos a ambos.

Besó el contorno del rostro de Rin, su quijada y el comienzo de su frágil cuello. Raspó la piel sensible con sus dientes afilados hasta la curvatura de su hombro; inhaló profundamente su olor, ese olor que lo estaba volviendo loco, y la mordió, sin ser capaz de controlar el instinto. Sólo se cuidó de no lastimarla, de no atravesar la blanca piel con sus dientes; pero la apretó con fuerza, hasta que ella gimió. Su respiración se volvió pesada y desordenada. Y él la lamió, en el mismo lugar donde se habían posado sus colmillos, acallando su dolor, disfrutando los latidos de su pulso alborotado bajo su lengua.

Y Rin sintió que volaban de nuevo, aunque esta vez, sus pies estaban fijos en el suelo. Suspiró cuando sintió cosquillas y un calor líquido arremolinarse en lo más bajo de su vientre.

Sesshomaru arrastró sus manos hasta su trasero y lo apretó con fuerza contra él. Le gruñó en la boca, con los dientes apretados, cuando sus cuerpos se encontraron. Tómala. Tómala. Rugía en su cabeza esa parte de él. Hazla tuya.

Sus ojos dorados la miraban salvajes y a ella le temblaron las rodillas con el deseo que vio en él, un deseo ardiente e implacable todo concentrado en ella. Intentó arrastrar su chaqueta por sus hombros y él terminó el trabajo, la dejó caer al suelo y alzó a la castaña en sus brazos.

Rin jadeó, tomó su rostro entre sus manos, besó las marcas de sus mejillas, su luna, las comisuras de sus labios, y le pareció por un segundo que su mirada se suavizaba.

Sesshomaru se agachó y la apoyó en el suelo, sobre su chaqueta, con una delicadeza que le detuvo el corazón...

Podría haber escrito canciones sobre eso. Sobre él.

En otro momento, tal vez, porque en ese instante no era capaz de encontrar palabras ni significados.

Gimió cuando él se abrió paso entre sus piernas y empujó contra ella. Cuando lo sintió, aún a través de la ropa. Cuando él besó su cuello. Cuando habló en su oído...

—Pídeme que me detenga, Rin. —Su voz sonó baja, ardiente y salvaje. Nada de este mundo. Y ella no logró descifrar si aquello era una orden o una súplica.

Sonaba a ambas... y aún así, ella empujó sus caderas contra él.

Rin.

Una advertencia.

—No quiero... que se detenga.

Y entre toda la incertidumbre que la invadía, eso era lo único de lo que estaba completamente segura...

No importaba lo que ocurriera mañana. Quería entregarse a él. Quería compartir eso con él, con nadie más que él.

Escuchó otro gruñido más fuerte. Sesshomaru bajó los besos por su cuello, por su clavícula, corrió el tirante de su vestido y atrapó su pecho desnudo en su boca. Entero. Ella jadeó. Pudo haberla devorado entera, por lo que a ella le importaba.

Y se descubrió deseando que lo hiciera.

—Ah. —Rin mordió su labio para no gemir más fuerte, para no gritar cuando él chupó, succionó y lamió. Cuando jugó con su lengua y con sus dientes en ese lugar tan sensible—. Señor Sesshomaru... Por favor.

No sabía... No sabía qué era lo que pedía. A él, supuso. Lo quería a él.

Hizo el torpe intento de desabotonar su camisa con sus manos temblorosas, deseosa de sentir la tibieza de su piel. Él la ayudó, terminó de quitársela y la hizo incorporarse sólo lo suficiente para poder quitarle a ella el vestido por la cabeza.

Sintió el débil instinto de cubrirse cuando sus ojos dorados la analizaron tan detenidamente como un depredador, con ese oro inmortal ardiendo en ellos. No por miedo, sino porque... simplemente, nunca se había mostrado así frente a nadie, no con todas sus inseguridades, marcas y cicatrices a la vista.

Él besó cada una de ellas, con algo más que sólo deseo. Sus manos grandes y ávidas recorrieron cada curva y su cuerpo grande sobre el suyo la mantuvo cálida, protegida del viento y de la noche.

Lo oyó susurrar algo inentendible con voz ronca mientras abría más sus piernas y se deslizaba hacia abajo, cada vez más hacia abajo. Sus labios y su lengua recorrieron su abdomen y la parte interna de sus muslos y ella respingó y jadeó cuando sus garras rasgaron por completo sus bragas.

—¿Qué está...?

Él la lamió, ahí. La lamió y no se detuvo cuando sus muslos se tensaron contra sus manos abiertas ni cuando ella se removió intentando alejarse. Él sólo gruñó, bajo, grave y salvaje e inhaló profundo. Y la lamió de nuevo.

—Sessh... Sesshomaru... No, no —pidió, débilmente, mientras su lengua aún la recorría.

Entonces él levantó su cabeza, con esos ojos dorados oscurecidos y nublados, de pronto consciente de ella.

—¿Quieres que pare, Rin?

—Yo... Ah. —Esa lengua, esa condenada lengua—. No... Sí. Sí. No es necesario... No tiene que... hacer esto.

—Si no me pides que me detenga, no lo haré. —Su voz, su aliento cálido ahí abajo la estaba volviendo loca—. Quiero hacerlo, Rin. Quiero mi lengua entre tus piernas.

—No... me mienta. —Realmente no le creía, no creía que eso pudiera resultar placentero para él—. No tiene que... Podemos...

Un grito escapó de su boca cuando él mordió el interior de su muslo en protesta y luego pasó la lengua por él mismo lugar en su pierna y de nuevo entre ella, pero esta vez un poco más arriba, un poco más... ahí, justo ahí en el centro de su cuerpo, en un lugar que la hizo gemir, gemir y retorcerse.

—Quiero probarte desde el día en que bailamos, desde el segundo en que te sentí, en que sentí el cambio en tu aroma —confesó, con su voz ronca y baja—. Puedo olerte, Rin. Puedo oler cuando me deseas. Y tu olor me llama.

—Yo... —Creyó que podía morir de vergüenza. Quería decir algo, lo que fuera... Pero cuando su lengua entró en ella, Rin olvidó hasta su nombre—. Por Dios, sí.

Sí.

No sabía... No creía que algo pudiera sentirse así de bien.

La manera en que su lengua entraba y salía. Como lamia y succionaba... La sensación de su nariz contra su piel, los gruñidos guturales y ahogados. Sentía... Sentía... No sabía muy bien qué era lo que sentía. Qué era ese cosquilleo infinito. Pero ahí estaba ese calor líquido y ardiente de nuevo, esta vez derramándose por todo su cuerpo. Su espalda se arqueó y se derritió por completo, sintió que ardía.

Sesshomaru...

Él estiró la palma de su mano por su abdomen, manteniéndola quieta, y levantó sus ojos hacia ella, extasiado con su sabor, con su aroma, con sus formas, con su voz... Y volvió a hundir su lengua en ella.

Rin se afirmó de la hierba con sus puños para anclarse y no caer por el borde del mundo, pero no creía posible poder contenerse, controlarse...

—Yo... no puedo más... creo que voy... voy a...

Hazlo, Rin.

Fue su voz, grave y aterciopelada, el dominio en ella, la manera en que pronunció su nombre, lo que terminó por desarmarla. El placer la golpeó y lo arrasó todo como una ola. Dejó de ser ella, dejó de escucharse y su cuerpo dejó de pertenecerle durante esos segundos. Era de él, completamente de él para hacer con ella lo que quisiera.

Y entonces él metió un dedo en ella. Se deslizó tan fácilmente entre sus fluidos que ella gimió. Mordió la palma de su propia mano para ahogar sus sonidos y el calor volvió a invadirla mientras él bombeaba su dedo en ella, y luego otro.

Rin gritó y gritó y jadeó, sin poder detenerse. Miró hacia el cielo y no vio más que manchas de luces. Su cuerpo se contrajo. Se tensó y se aflojó y se volvió a tensar, los dedos de sus pies se doblaron y él gruñó su aprobación contra su centro.

Cuando ya no pudo más, su cuerpo cayó, completamente flojo y rendido, y Rin estiró su mano hacia él, hacia su rostro.

—Por favor... —pidió. Lo quería a él, todavía a él.

Y él supo entenderlo.

Subió hasta quedar a su altura y besó su cuello y sus labios, sin importarle dónde habían estado los suyos segundos antes... Pero a ella tampoco le importó.

El demonio rozó sus dedos y sus garras sobre su piel demasiado sensible, disfrutando al verla estremecerse a su lado con los ojos cerrados mientras él acariciaba sus costados, los bordes de sus senos, de su pecho enrojecido, de su cuello, como si no pudiera saciarse de ella.

Rin suspiró, todavía en una bruma, en una nube de calor.

Inconscientemente llevó una mano hacia él, recorrió con suavidad sus firmes pectorales, los músculos ondulantes de su abdomen que se tensaron bajo sus caricias, las marcas en sus caderas... Siguió el peligroso camino que dibujaban y su boca se secó cuando sus ojos se desviaron hacia el bulto en sus pantalones.

Su mente todavía estaba demasiado ida como para poder pensar con claridad, para poder sentirse apenada por lo expuesta que estaba, por lo que estaba haciendo o para poder decir algo, lo que fuera...

Y quizás por eso se atrevió a ir más allá.

Abrió sus pantalones y liberó su erección. Tragó saliva. La respiración de Sesshomaru se volvió pesada y agitada y soltó un gruñido cuando ella lo tomó en su mano, tan pequeña en comparación.

—Enséñeme, por favor... —le pidió, con la voz rota. Su respiración todavía agitada—. Yo también quiero... hacerlo sentir bien.

La erección palpitó en su mano.

Él la rodeó con la suya y la apretó sólo un poco. Su pecho ancho y fuerte subía y bajaba. Y de un ágil movimiento la tomó de la cintura y la dejó abajo. Abajo de él.

—En otro momento —le gruñó, con los dientes apretados.

Rin jadeó cuando él rozó su entrada.

—Si no me pides que me detenga ahora, voy a tomarte, Rin.

—Hágalo —susurró ella. Un pedido. Sus ojos brillantes y vidriosos anclados a los suyos.

Vio como los músculos poderosos de su espalda se tensaron al escucharla. Sus cicatrices parecían hilos de plata bajo la luz de la luna.

—No creo que entiendas lo que va a ocurrir si lo hago.

Todavía se sentía demasiado ida como para poder darle sentido a sus palabras, pero el calor le latía entre las piernas. Le dolía.

—Quizás... sí lo entiendo.

Sesshomaru soltó un suave bufido, volvió a rozarla y Rin jadeó.

—Demasiado temeraria, humana —ronroneó en su oído—. Cuando me entierre en ti, vas a ser mía.

Ella tomó su rostro entre sus manos y las deslizó hasta perderlas entre sus cabellos plateados.

Besó sus labios con ternura.

—He esperado toda mi vida por usted. No existe nadie más con quién preferiría compartir esto. Jamás existirá nadie más.

Sesshomaru la miró fijamente, casi... sorprendido. Besó sus labios y su cuello y soltó un gruñido. Y muy por debajo de ese sonido salvaje y animal, a Rin le pareció escuchar que él le respondía: yo también.

Entonces empujó contra ella. Rin mordió su labio para no gritar, pero él también lo sintió. Sintió el quiebre y su dolor. Sintió cada músculo abrirse a su paso. Su calidez. Su ardor. Cada latido de su corazón. Lo sintió todo.

Volvió a empujar sólo un poco, más lento y más suave, y las piernas de Rin se tensaron en sus caderas.

—Es demasiado...

—Tú puedes recibirlo —le jadeó en la oreja y Rin gimió en respuesta.

Ella podía con él.

Sesshomaru la rozó ahí, con sus dedos, en ese lugar que le hacía cosquillear y gemir y moverse contra él, y entonces, sin previo aviso, sus piernas se abrieron. Su cuerpo lo dejó entrar hasta que llegó al fondo, hasta que se enterró tan profundo en ella que pudo haberla destrozado, y de alguna manera ella sintió que así la mantenía unida. Entera.

Rin exhaló, exhaló con fuerza cuando no había ni un sólo lugar en su interior que él no estuviera tocando. Ni un sólo lugar del que no se hubiese apropiado.

Mía —le escuchó murmurar contra sus labios.

Suspiró, acostumbrándose a él, y entonces él salió y volvió a entrar, y más que una promesa, sus palabras se convirtieron en una única realidad.

Era suya. Completamente suya.

Sin importar lo que ocurra mañana, se dijo una vez más.

Las embestidas se volvieron cada vez más firmes, más rápidas, más profundas.

—Dime si te hago daño —le susurró él, el demonio despiadado y sanguinario.

Deslizó una mano hacia la parte baja de su espalda, con tanta delicadeza, con tanto amor. La presionó contra él mientras entraba y entraba, mientras se restregaba contra ella.

—N-no... —Dios, no—. Es... —Exquisito. Maravilloso. Hermoso. No podía... describirlo—. M-me encanta...

Él gruñó algo en respuesta y se enterró hasta la empuñadura. Rin gritó. Envolvió las piernas en su espalda cuando sintió que su columna se derretía y empujó sus caderas hacia él.

Sintió cómo él la llenaba por completo y como su interior se contraía a su alrededor.

Y Sesshomaru sintió ese lazo que había entre los dos. Lo sintió tensarse y vibrar. Lo sintió acortarse hasta que fueron uno solo, hasta que fueron principio y final. Luz, sombra y oscuridad.

Y lo supo en ese momento, como siempre lo había sabido...

Pertenecía ahí, a ella. Sólo a ella.

Rin tembló y se estremeció. Le sonrió. Sí, le sonrió con sus ojos cerrados cuando los escalofríos se apoderaron de su pequeño y delicioso cuerpo.

Y él... él se dejó llevar con ella.






Nota de autora

¿Yo les dije que la historia terminaba aquí? Bueno... Parece que les mentí.

¡Lo siento! 😂😂😂 Pero tuve que volver a separarlo, se me estaba alargando mucho la cosa y me pareció un buen momento para cortar el capítulo. Con nuestras preciosuras amándose. ¿Qué mejor? 😮‍💨

Muchas gracias por llegar hasta aquí, y si les ha gustado la historia y me quieren ayudar recomendándola, me harían muy, muy feliz. Nos leemos la próxima semana, quizás antes o quizás después, y ahora sí, sin engaños, en el capítulo final. A descubrir cómo termina todo para estos dos. ¡Un abrazo gigante! ❤️

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