Capítulo 9


Ricardo me abre la puerta de la entrada del bar, paso primero y le agradezco con cortesía. Nos acercamos a una mesa que da a la terraza y corre la silla para que me siente, el se sienta a mi lado y trato de no mostrarme incomoda.

Es horrible tener que hacer cosas casi a la fuerza.

– ¿Qué desean tomar?

La camarera me saca de mi nube y soy la primera en contestar.

– Solo un batido de frutilla y banana.

– Una cerveza. – Pide Ricardo.

La chica se aleja de nosotros y el se inclina hacia la mesa para acercarse más hacia mí.

– ¿Te gusta el lugar?

– Si. – Sonrió un poco. – Solo que no lo conocía...

– No te gusta salir mucho.

– No y justo a mi me tuvieron que invitar a la fiesta de cuarto año.

– ¿Iras?

– Ni loca.

– Pensé que seria una buena ocasión para ir juntos.

Suspiro y no puedo ocultar mi seriedad.

– No me gustan mucho las fiestas y no soy buena compañía.

La camarera se acerca con nuestras bebidas y le agradecemos, empiezo a beber mi licuado y me siento incomoda al darme cuenta como me mira.

– Eso es lo que piensas. – Retoma el tema. – Nos divertiremos mucho.

– Mmm... te darías cuenta que no.

Hubo un silencio incomodo y por suerte cambio de tema, solo hablo del trabajo y lo poco que queda para que termine el clima de exámenes.

Solo falta las semanas de finales de diciembre y el receso hasta febrero. No tengo idea de que hacer en el verano.

– No lo sabes pero me gusta estar con vos, pasar un tiempo a solas y conocerte un poco más.

– Gracias.

De verdad no sé más que decir, solo quiero irme de este lugar y encerrarme en mi casa como todos los días.

No se cuanto tiempo paso pero apenas termine mi licuado, mire la hora y me pongo de pie.

– Me tengo que ir.

– ¿Ya tan pronto?

– Si. – Saco mi billetera y pongo el dinero en la mesa. – Nos vemos mañana.

Me voy de allí sin dejar que se despida y de un momento para otro, siento que alguien me toma del brazo y es Ricardo.

– Pense que nos íbamos a quedar un poco más.

– Lo siento pero tengo cosas que hacer.

– Te entiendo... – Suspira. – Solo quiero que sepas que tienes un hombre que te va a estar esperando.

Hago una mueca y cuando se inclina para besarme, apoyo las manos en sus hombros y lo separo.

– Creo que confundiste las cosas... – Disgustada. – Creo que es mejor que me vaya, adiós Ricardo.

Me alejo para ir a mi auto y entro, me pongo el cinturón de seguridad y enciendo el motor. Acelero y conduzco hacia mi casa.

En el camino, freno el auto en un semáforo en rojo y se me apaga el motor del vehículo, arrugo el rostro y trato de volver a encenderlo. A la primera no reacciona y cuando lo intento unas veces más, me doy cuenta que algo le pasa y me saco el cinturón.

– Lo que me faltaba. – Me quejo.

Que mala suerte por Dios. ¿Qué más me falta?

Abro el capo del auto y no entiendo que le pasa, está bien de aceite y de agua. Suspiro y bajo el capo, saco mi celular para llamar a la grúa y la que me atiende me dice que hay una demora de 40 minutos.

La puta que los pario, odio la mala suerte que tengo. Estoy harta.

Me quede esperando esos minutos y nada, el cielo está empezando a oscurecer y tengo miedo. Ya paso más de una hora y no hay señales de vida de la grúa.

Solo veo a un motociclista acercándose rápidamente y cuando este se saca el casco, me doy cuenta que es Leandro.

– Profesora... ¿Qué le paso?

– Se me rompió el auto, estoy esperando la grúa y no vienen.

– Pero no puede quedarse acá, es peligroso. – Preocupado. – La llevo a su casa.

– No. – Me niego, me aterra subirme a una moto.

– ¿Por qué? – Confundido.

– Me dan un poco de miedo. – Señalando a la motocicleta.

– No se preocupe. – Sonríe. – No le pasara nada, se lo prometo.

Alza el brazo y ofrece su casco, me quedo estática por un tiempo y agarro el casco.

– Ve lento.

– Como quiera.

Me da otra sonrisa que me da mucha calma y me ayuda a subirme a la moto, el se sienta adelante y me pongo el casco antes de abrazarlo con fuerza. Abrazarlo me calma los nervios y cierro los ojos en el momento que pone en marcha el vehículo.

– ¿Dónde es tu casa?

– Avenida Callao 450. – Levanto la voz para que me escuche.

Siento como el viento toca mi cuerpo y mi ropa se mueve con este, sigo con los ojos cerrados hasta que me atrevo a abrirlos y el miedo se me va yendo de a poco, hasta comiendo a disfrutarlo.

Llegamos enseguida y me ayuda a bajar, me saco el casco y me mira con una sonrisa.

– Estás un poco despeinada.

Se atreve a acomodarme el cabello con sus manos y sonrió. Nos quedamos mirando por un tiempo, me gusta como es su mirada.

– Gracias Leandro, sin tu ayuda todavía estaría allí esperando. – Suspiro. – Al menos tuve un poco de suerte.

– ¿Por qué lo dice?

– Creo que no te interesaría.

– Inténtelo. – Sonríe aún más. – La escucho.

Me muerdo los labios y respiro hondo.

– Ricardo me invitó a tomar algo. – Bajo la cabeza. – Yo no quería pero se ofreció tantas veces que tuve que aceptar por cortesía. – Levantó la cabeza. – Pero me sentí tan incómoda... peor cuando quiso besarme, lo saqué.

– ¿Le dijo algo?

Veo un poco de molestia en sus ojos, como si estuviese enojado con él.

– ¿La obligo?

– No, me fui de allí cuando le dije que no quería. Es extraño. – Ladeo la cabeza. – Con vos si me siento cómoda cuando hablamos, no entiendo porque será pero es lindo sentirse a gusto con alguien.

Su mirada cambia, es mucho más brillosa, es como si la emoción cubrió sus ojos.

No habla, solo sus manos se apoyan en mi cabello de nuevo. Leandro se va acercando de a poco y sus manos sujetan suavemente mi cabeza. Mi boca queda entreabierta al saber lo que está a punto de pasar. Siento una comezón en mis manos y una extraña sensación en mi estómago.

Mi corazón deja de latir y mis ojos se van cerrando cuando está cerca de mis labios.


Narra Leandro:


Aprieto los puños al escuchar que Ricardo quiso hacerle algo así.

¿Cómo pueden existir hombres así que quieran obligarlas a hacer cosas a la fuerza?

– ¿La obligo?

Mueve la cabeza para negar y me siento muchísimo más tranquilo, no puedo soportar la idea que quieran lastimarla.

– No, me fui de allí cuando le dije que no quería. Es extraño. – Se pone a pensar. – Con vos si me siento cómoda cuando hablamos, no entiendo porque será pero es lindo sentirse a gusto con alguien.

Siento un hormigueo en el pecho al escuchar eso, no puedo disimular la emoción que hace que mis ojos se nublen y sonrió suavemente. Otra vez esa conexión de miradas, apoyo mis manos en su sedoso cabello, tan rojizo como el fuego, el que la hace más hermosa a mis ojos.

Ella no dice nada, solo deja de respirar y queda con la boca entreabierta cuando me voy acercando de a poco a sus labios.

¿Estaré soñando o lo que más espere en estos 2 años está a punto de suceder?

No, no estoy soñando pero parece un sueño en el que no quiero despertar.

Nuestros labios se juntan y cierro los ojos al dejarme llevar por lo que siento por Mercedes, mis manos se despegan de su cabeza para envolver mis brazos alrededor de su cintura, protegiéndola de cualquier persona que la quiera lastimar.

Nos movemos en sincronía en el beso, probando sus labios y puedo sentir su gusto a frutilla. Abre su boca e introduzco mi lengua para explorarla como si fuese un tesoro. Mis manos se mueven por su espalda y no puedo dejar de besarla, sintiendo como estoy en el cielo.

De pronto, ella se separa enseguida y lleva una mano hacia sus labios, mirándome con los ojos como platos y en pánico.

– Lo...

Quise disculparme pero las palabras no salen de mis labios y empecé a tartamudear. Cuando quise pedirle disculpas, ella camina rápidamente hasta la puerta de su casa y entra sin darme la oportunidad de expresarme.

Narra Mercedes:

Cierro la puerta con llave y mi respiración es errática.

Esto no está bien, no tendría que haberme besado...

¿Pero por que me siento así? Siento mariposas en mi estomago y como late mi corazón, bombea como si fuera a estallar.

– Estás loca Mercedes. – Me llamo la atención. – No puedes sentirte así.

Me tiemblan las manos y lo peor es que no me siento mal, solo hay felicidad en mi interior... algo que no había sentido en años.

Pero es un chico tan joven, ¿Cuántos años tiene? Ay Mercedes puedes ser su madre... y además eres su profesora.

Cierro los ojos y me derrumbo en el suelo, sentándome en la baldosa fría y llevo las manos a mi rostro.

Tiene que ser un juego de Leandro y eso me lastima, que quiera jugar conmigo cuando solo quise acercarme a él. Me quejo en silencio al sentir sus brazos abrazando mi cintura, Dios... me siento tan estúpida por haber confiado en él.

Por haber confiado en lo que me decía mi corazón y no mi cabeza. Pensé que era un chico bueno, con unos hermosos sentimientos.

No todo lo que brilla es oro y eso me rompe el corazón.

Mi mirada se nubla por las lagrimas que salen de mis ojos y rompo en llanto al sentirme tan desprotegida.


Narra Leandro:


Me quedo solo en mi habitación, acostado en mi cama y mis ojos empiezan a picar. Este día seria el más feliz de mi vida pero al ver su expresión, todo lo maravilloso quedo borrado por el horror de su rostro.

Y yo tengo la culpa... no tendría que haberla besa. Sin embargo, todavía puedo sentir el beso que nos dimos.

Mi mirada permanece en el techo pero siento como estoy flotando al recordar ese momento... sentir sus labios es igual al poder volar sin alas. Como nos convertimos en uno durante el beso y como ella tembló en mis brazos, dejándose amar por mí.

Suspiro al tener en mi mente su expresión... mañana tengo que hablar con ella y disculparme, lo que menos quiero es hacerla sentir mal.

¿Qué habrá pasado por su cabeza?

Como quisiera saber que le pasa para poder entenderla y asegurarle que no me importa sus miedos, sus temores a volver a enamorarse. Solo quiero demostrarle que estoy enamorado de ella y amarla como lo merece.

Como me costo conciliar el sueño, no pude cerrar los ojos durante un largo tiempo hasta que me pude dormir en la madrugada.

Al otro día, entro temprano al conservatorio y la busco con la mirada, trato de acordarme donde podría estar y me lleno de valor para ir a la sala de profesores.

Por suerte la encuentro sola y golpeo la puerta. Ella voltea la cabeza y puedo ver que en sus ojos hay una tristeza que me duele el alma.

– Buenos días profesora... ¿puedo entrar?

– ¿Qué quiere Guzmán?

– Solo quiero hablar con usted. – Nervioso.

– ¿Algo como que?

Entro en silencio y cierro la puerta para poder hablar a solas. Mercedes se pone de pie y se cruza de brazos.

– Como lo que paso ayer.

– Mira...

– Ayer se fue sin darme el momento para pedirle disculpas... se que no tendría que haberlo hecho pero me moría por besarla...

Tengo el corazón en la mano y muerto de miedo por ver como va a reaccionar.

– ¿Qué dice? – Sorprendida.

Respiro hondo y mi cuerpo empieza a temblar, quisiera callarme aun así ya no puedo más, no puedo callar lo que siento.

– Estoy enamorado de vos, Mercedes. 

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