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Me había besado.

Tenía su rostro a centímetros del mío sonriéndome sólo a mí. Mi cerebro se desconectó de mi cuerpo un momento al caer en cuenta de ello.

Tuve que cerrar mis ojos.

Antes de ser capaz de actuar, Izuku comenzó a acercarse a mí con una suavidad alarmante, plantando más y más besos aterciopelados en mi cuello.

Uno de sus dedos incluso se enredó en mi cabello, juguetón.

— Izuku — solté apenas en un susurro, luchando con todas mis fuerzas para no corresponderle.

Era un idiota bastante impulsivo, eso no era ningún secreto, pero jamás haría nada con alguien que no estuviera  en sus cinco sentidos.

Tenía mis valores.

Para mi suerte, tan rápido como sucedió, se detuvo.

De pronto dejé de escuchar sus suspiros y de sentir sus labios.

De un momento a otro simplemente se terminó.

El único ruido que había presente era el de la lejana música fuera de la habitación.

Al querer comprobar lo que sucedía, abrí mis ojos para encontrarme con un Izuku totalmente dormido.

Tan lindo.

Mirándolo ahí, descansado entre mis brazos, sólo pude pensar en una cosa.

Quería tenerlo así para siempre, quería que sólo conmigo se pudiera sentir tan seguro como para poder dormirse.

Era la primera vez que lo tenía tan cerca de mí. Deseaba con todas mis fuerzas aprovechar el momento y observarlo a detalle unos segundos más, aspirar su aroma a esa distancia que prácticamente me era imposible en el instituto, no obstante, debía hacer lo correcto.

Tuve que centrarme en la realidad.

Mierda.

¿Cómo diablos iba a llevarlo a su casa?

No sabía en dónde vivía y no podía buscar a Uraraka para preguntarle porque seguramente se encontraba igual o peor que él.

Lo medité bastante.

Bien, pues mis padres no iban a estar todo el fin de semana así que no había problema con que pasara la noche conmigo. Tenía la certeza que al menos a mi lado estaría mucho más seguro que con cualquier otra persona.

Tomé mi teléfono y pedí un taxi. Después les avisaría a mis amigos que me había ido antes.

Unos cuarenta minutos más tarde ya me encontraba en mi habitación acomodando a Izuku sobre mi cama.

Como pude me aseguré de quitarle las orejeras, los zapatos y los tirantes, dejándole solamente el pantalón.

Ni yo supe cómo es que habíamos llegado hasta ese punto.

Saqué sábanas nuevas para cubrirlo a él y para extender sobre el suelo en donde yo dormiría.

Podía dormir en una de las habitaciones de invitados, en la cama de mis padres o incluso en cualquier sofá de nuestra sala, pero lo cierto era que me tranquilizaba mucho inhalar su aroma, no podía dejar pasar la ocasión de dormir aspirándolo tan de cerca.

Además, no quería que por la mañana despertara y entrara en pánico por hallarse en una casa extraña y no ver cerca de él a nadie conocido. Era preferible que al abrir los ojos viera de primera mano que se trataba de mí y que había estricta distancia entre ambos para que no se asustara.

Una vez sobre el suelo inspiré el aroma en mi habitación con fuerza. Los recuerdos de hacía una hora atrás me llegaron como flashes uno tras otro.

Mi lobo interior quería aullar de gusto.

Antes de dormir, sólo pude pensar en lo mucho que deseaba volver a besarlo.

Sentía la luz golpeándome el rostro. Aún no abría mis ojos, pero sentía claramente un rayo de sol dándome de lleno entrando por mi ventana.

Que molesto. Con lo mucho que deseaba seguir durmiendo.

Aquel aroma en mi habitación me hacía sentir tan tranquilo, tan en paz.

Izuku.

De pronto lo recordé.

No me encontraba solo. De inmediato me pasé una mano por el rostro, intentado despabilarme para abrir los ojos.

Fue al otro lado de la habitación donde lo vi.

Su mirada alertada estaba ahí, sobre la cama, en la esquina más alejada, observándome fijamente.

¿Izuku? — pregunté por inercia, agarrando el impulso necesario para sentarme en el suelo.

— Buenos días, Katsuki — respondió tenso, con todas las alarmas de su cuerpo encendidas, sin dejar de observarme en ningún momento.

¿Como te sientes? — quise saber, esta vez listo para acercarme a tocar su frente y asegurarme de que no tuviese fiebre por la resaca, sin embargo, me detuve en cuanto pude percibir el temor que liberaban sus feromonas.

Lo asustas. Sé más cuidadoso.

— Lo lamento — intenté disculparme. — Sólo quería..

— ¿Qué hacemos aquí? — me interrumpió con brusquedad, lanzando una pregunta tras otra. — ¿De quién es esta habitación?

— Para empezar, estamos aquí porque tu increíble amiga te abandonó semidesnudo en una fiesta llena de idiotas hormonales, y bueno, ya que desconozco tu dirección, sólo pude traerte al único lugar que considero seguro. Bienvenido a mi casa, tonto.

Al final esbocé una de mis mejores sonrisas para intentar tranquilizarlo.

El cuerpo de Izuku se relajó ligeramente con mi explicación, sin embargo, la tensión no se había ido por completo.

El joven carraspeo antes de responder.

— Y sabes si anoche yo.. — titubeó un poco. — ¿Sabes si anoche pasó algo?, ¿sabes si anoche yo estuve con alguien?

Su pregunta me tomó desprevenido.

— ¿A qué te refieres?

— Sé que es una pregunta extraña — se apresuró a aclarar. — Después de todo no sé en qué punto de la fiesta tú y yo nos encontramos. Sólo que ese es el problema, no recuerdo mucho.

¿No lo recuerda?

Tenía sentido. El bobo había bebido como si fuese su última noche en este mundo y yo había sido lo último con lo que se había cruzado. Era una posibilidad enorme el que no recordara nada entre nosotros, aunque muy en el fondo me molestara ese hecho.

Me quedé en mi sitio con el corazón roto.

¡Haz que nos recuerde!

— Katsuki, ¿te encuentras bien? — preguntó al verme divagar.

— Sí — fue lo único que pude responder antes de darme cuenta de lo raro que estaba actuando. Cuando volví a la realidad, me aclaré la garganta asegurándome de cambiar de actitud. — ¿Cómo sientes tu cuerpo?

— ¿Ah? — me puso cara de quien no entiende.

— ¿Cómo sientes tu cuerpo? — repetí mi pregunta. —Si no sientes dolor o notas un aroma extraño en él, puedes tranquilizarte, no hiciste nada con nadie.

La tensión en sus músculos comenzó a desvanecerse cada vez más.

— Tan rápido como llegaste te pusiste ebrio. No tardamos en encontrarnos ayer. Estuve la mayoría de la noche cerca tuyo y no hiciste nada con nadie. Sólo bebiste y bailaste.

Al final tuve que distorsionar un poco la historia. Técnicamente no había sido mentira, yo sí había pasado la mayoría de la noche cerca suyo.

— ¿En serio?

— En cuanto Ochaco se fue, me pediste que te llevara a descansar a una habitación, pero yo también debía irme y no podía dejarte ahí a tu suerte. Esa casa estaba infestada de personas que no hubiesen dudado ni un segundo en intentar algo contigo aún en tu estado.

A medida que avanzaba con las explicaciones, a Izuku cada vez le cambia la expresión más y más, pasando de alarmado a confundido y de confundido a sorprendido.

Ahora yo me sentía fatal.

Había pasado la noche más hermosa de mi vida con quien estaba seguro que era mi destinado y la otra parte de la historia ni siquiera me recordaba.

— No sabía a dónde más llevarte, así que te traje a mi casa. Al menos aquí estarías seguro.

No podía evitarlo, la voz me salía en un tono más apático de lo normal.

Mi estúpido lobo interno se quería morir.

Al menos el cuerpo de Izuku ya no se encontraba en alerta.

— ¿Tú estás bien? — me preguntó, esta vez con cierta preocupación. Supuse que mi cambio de actitud había llamado su atención.

Suspiré.

— Dentro de lo que cabe. Es sólo que preferiría pasar mi Domingo haciendo cualquier otra cosa que dándole explicaciones a un tonto con resaca.

Aquello lo avergonzó.

— ¡Lo lamento! — se disculpó con el rostro ardiéndole en pena. — Probablemente sólo te he ocasionado molestias desde ayer. Lo mejor será que me vaya.

Izuku se incorporó de mi cama dispuesto a irse rápido de ahí.

— Haz lo que quieras.. — reprimí el final de mi oración cuando la sábana blanca que lo cubría cayó, dejando su torso descubierto a la vista.

Ambos nos quedamos inmóviles.

Entre hombres beta aquello no habría sido para tanto, entre alfas o entre omegas tampoco, pero entre un alfa y un omega las cosas funcionaban distinto.

Su mirada siguió la mía hasta observar su propio cuerpo desnudo.

— ¡No mires! — volvió a cubrirse con ella al tiempo en que la vergüenza en él aumentaba.

Involuntariamente desvié mi rostro hacia la dirección contraria.

— ¡Ayer la mayoría te vimos así! — repliqué. — Los tirantes no hacían mucha diferencia.

— Lo sé, pero ahora estamos solos. Por favor voltéate.

Era como si cuando él me pedía algo, automáticamente yo dejaba de comandar mi propio cuerpo.

Terminé por obedecerlo, girando todo mi rostro hacia la pared.

Un gracias apenas audible se escuchó después.

— ¿Y qué planeas hacer? — intenté cuestionarlo. — ¿Regresarás sólo con un pantalón a tu casa?, ¿piensas salir semidesnudo a las calles?

No necesitaba encararlo para saber que el omega se encontraba a punto de entrar en una crisis de pánico.

Traté de ser más comprensivo.

Aunque no podía verlo, me dolía escucharlo en ese estado, así que por instinto comencé a caminar hacia mi armario.

Al final encontré una de mis sudaderas favoritas, uno de mis pantalones más cómodos y un par de sandalias.

Giré en dirección a Izuku aún sin dirigir mi vista hacia él. Me acerqué a la cama y en una esquina deposité todo.

— Usa esto. Si quieres puedes sólo utilizar la sudadera, pero el pantalón y las sandalias serán más cómodos que los que tú tienes.

No esperé una respuesta, únicamente me di la vuelta y caminé hasta salir de mi habitación.

Me encontraba sobre uno de los sofás en mi salón principal.

No habían pasado ni diez minutos cuando comencé a escuchar pasos acercándose.

— Gracias por la ropa, Katsuki.

Al parecer, había decido usar todo.

— ¿Tienes cómo llegar a casa o necesitas que te lleve? — pregunté, esperando con todas mis fuerzas que me pidiera acompañarlo, pero este se negó.

— No te preocupes. Pedí un taxi, ya no debe tardar en llegar.

— Genial.

Ambos nos quedamos en silencio.

Esto es tan malditamente incómodo.

— Bueno, pues deberías irte ya — le dije sin más.

¡¿Qué haces?!

— Por supuesto — respondió, encaminándose a las puertas principales. Antes de irse, Izuku giró una vez más en mi dirección y esbozó otra de sus inigualables sonrisas. — Muchas gracias, Katsuki. Sé que no te agrado, pero ayudarme así significa bastante. De no ser por ti, no sé cómo habría amanecido hoy.

No fui capaz de responder.

Después de eso, él simplemente se fue, dejándome ahí, enamorado y con el corazón roto.

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