Capítulo 19-Blas
Rocío no deja de llamarme para saber cómo estoy, pero, sinceramente, no tengo ganas de oírla en estos momentos. Desde que se fue de Sweet California hablamos poco, pero la última vez le conté que Rebeca estaba por la zona y ahora no deja de darme la vara.
A lo mejor, todo habría sido distinto si no hubiera llegado tarde a esa fiesta... Nada más llegué, la vi roja por no sé qué de un tobillo torcido. Estuvimos juntos un buen rato de la noche, eso lo sé. Luego desapareció.
Pregunté a su tío, que dijo que no la había visto desde hacía un buen rato. Miré por todas las habitaciones, e incluso en el baño, por si estaba vomitando. Había bebido muchísimo cuando estaba conmigo. Pero no estaba en ninguna parte. Me preocupé muchísimo, pero no podía imaginar la realidad.
La fiesta se estaba acabando, así que salí de allí, llamándola por teléfono. Tampoco lo cogía. Pasé por un parque que se encontraba frente al edificio de Magí. Los vi.
Al principio no quise creerlo, estaba lejos y me autoconvencí de que estaba borracho. Pero eso no era cierto. No había bebido una gota de alcohol para poder llevar a Rebeca a casa sana y salva. Estaba muy sobrio.
Me acerqué un poco más para confirmarlo. Ese chico, que ahora sé que se llama Dani, estaba comiéndose la boca de mi novia. Y, lo peor, ella parecía disfrutar bastante con el intercambio de saliva.
—¿Pero qué haces, gilipollas? —No sé ni cómo me salió la voz, estaba temblando.
Se separaron. Becky parecía confusa pero cuando me vio, sonrió. Estaba muy borracha. Lo más probable era que al día siguiente lo habría olvidado todo.
—No me puedo creer que me hayas hecho esto. —Resoplé con furia.
—Tranquilo, amigo. —Dani no estaba borracho, eso acabó por enfurecerme más.
—¿De verdad quieres que me tranquilice? ¡Te estás enrollando con mi novia! ¿Y quieres que me tranquilice? —estallé.
Me arrepiento muchísimo de aquello. Fue un completo desastre...
—Relájate, en serio. Ella está borracha.
—¡Ya me he dado cuenta, capullo! ¡No te metas entre nosotros!
—¡Eh, tranquilo! —Rebeca se levantó—. No tienes por qué ponerte así con él. Es un error, pero ni siquiera sé lo que estoy haciendo. Vamos a casa.
—¡Tú cállate, zorra!
También opino que todo hubiera sido distinto si me hubiera quedado en aquel insulto. Habría parecido algo dicho por el calentón de la noche, y ya estaba. Pero no me quedé ahí.
Antes de poder pensarlo dos veces, pasó. Mi mano se estampó en su mejilla. Me quedé quieto mientras sus ojos se llenaban de lágrimas y se acariciaba la mejilla.
Sabía que la había perdido, que no habría manera de solucionar lo que nos había pasado. Fuimos unos idiotas, tanto Dani como yo.
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