Capítulo XIV
—¡Lucía! ¡Lucía!
Me desperté por las sacudidas de mi amiga entusiasmada.
—¿Me escuchás? ¡Estoy enamorada!
—Sí, claro...¿Cómo?...¿Cuándo?... ¿Estás segura?
—Sí estoy enamorada.
Miré a Laura, en verdad irradiaba felicidad.
—Contame ¿Cómo es? ¿Qué te gustó?
—TODO... es RE-DULCE y tranquilo. Yo hablo y él escucha. Él habla y yo —increíblemente me cayo.
—¡No! Imposible. Es un mago —dije riendo.
—Hoy vamos al cine. Después a comer pizza. Es de familia italiana así que le va a encantar mi comida.
—¡Me alegro tanto Laura! Estoy muy feliz amiga.
Las lágrimas asomaban a sus ojos y la emoción se le colaba sin freno. Su hermano le contó que Manuel siempre había estado interesado en ella; pero no se animaba a encararla. Ahora que había ascendido en su empleo, pensaba que podía ofrecerle un mejor futuro, pero aún así Javier el hermano de Laura le dió un ultimatum.
—Si no te apurás la vas a perder. Ella es independiente, en cualquier momento se va del país y no la ves más. Eso fué lo que lo decidió. El miedo a perderla hizo que al fín pudiera ganarla.
—Bueno—-pensé— Al menos ella va a ser feliz. ¡Yo no estoy hecha para el amor! Ignacio seguramente creyó que podía intercalar trabajo y sexo en una sola maniobra; pero yo no pensaba ser su entretenimiento. Mi autoestima estaba bastante baja, pero no para ceder a los intentos de seducción de mi socio. Ya sufrí todo lo que podía soportar con Gonzalo ¡Otra vez no!
La turba de mi amiga partió con la velocidad de un Demonio de Tasmania y me quedé vistiéndome para salir. Ignacio me esperaba en la vereda.
—Hola ¿Descansaste?
-—Sí, gracias—-contesté secamente— Tengo que entregar estas carpetas a Gonzalo ¿Me acompañás?
—Sí, vamos.
Me miraba firmemente, como interrogándome.
—Quería pedirte disculpas. No debí haberte besado, al menos hasta que terminemos con nuestro trabajo. Cuando ya no seamos compañeros...
—No pasó nada, ya me olvidé.
—Bueno —rió— no es para tanto. No me gusta dar besos "Olvidables".
Mi seriedad lo incomodó y se quedó callado hasta que llegamos a la oficina de Gonzalo. La situación era tensa entre los tres. Como Gonzalo no tenía idea de lo que yo le había dicho a Ignacio, estaba reticente y esquivo. Le entregué las carpetas con las observaciones y correcciones y me retiré, dejando a los dos que amagaron seguirme; sin poder mover un músculo.
Pasé por la verdulería y fui de Laura. Una buena ensalada era necesaria, ya que mi amiga con la ansiedad comía de más y terminaba con dolor de estómago.
—Tranquila amiga, sentate allá —le indiqué— señalando el sillón de mimbre y con toda la serenidad a la que podía apelar fui preparando el almuerzo. Comimos en silencio. Mi amiga tenía la clásica expresión de boba feliz que yo recordaba haber tenido en otro tiempo. No iba a ser quien le arruinara su mundo ideal.
—¿Te gusta este moño? —me preguntó— mientras sacaba un enorme moño naranja propicio para misiones de rescate.
—Bueeeeno -—comencé— alargando las palabras para darme tiempo a pensar. Sabés que no es mi estilo...pero está lindo. Cierto es que en medio de esa enmarañada cabellera los moños se le perdían a menudo; pero a ella le gustaban y a su Manuel también...¿Qué tenía yo que opinar? Me fui a trabajar, dejándola absorta en los preparativos de su cita. Era el principio de su historia.
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