Capítulo Unico

Hace cuatro años, Kagura había conocido al amor de su vida.

El único amor que tuvo en su vida.

Podría parecer extrovertida y ser de las que coquetean con cualquiera, pero eso en realidad era una distracción, un entretenimiento, por que deseaba a una sola persona.

Al principio, Sesshomaru Taisho se veía aburrido e inalcanzable, pero al pasar los meses de conocerlo, había conquistado su corazón.

Él era perfecto para ella. Kagura no se arrepentía de haber puesto su atención en aquel chico estoico.

Podría abandonar el mundo feliz aunque jamás fue correspondida.

De sus ojos escapaban lagrimas, lagrimas por el dolor en su pecho. No sabía si era físico o emocional. O ambos incluso.

Nunca pudo besar a ese chico. Ni llegar a decirle que lo amaba y por qué lo amaba. Y si lo hubiera echo, Sesshomaru optaría por ignorarla, pues él no estaba interesado en ella y se lo había dejado claro los últimos días.

Aun así, ella lo amaba. Tal y como era. Amaba su cabello plateado, sus ojos, su mirada. Todo.

Luego de haberle hablado por primera vez, el chico no abandonaría sus pensamientos.

Sus compañeros de clase de vez en cuando trataban de llamar su atención, Kagura fingía interés en ser amiga de todos. A pesar de las mascaras hipócritas que se daban entre si. Algunos perdieron el ánimo cuando comenzaron a circular los rumores sobre que JiyuKaze gustaba de Taisho.

Quizás podría ser cierto para ese entonces pero no significaba que le gustara que hablaran sobre su vida así como así, y a sus espaldas. Ella odiaba eso y aun así lo aguantó.

Después de todo, la escuela era su distracción, su refugio, su paraíso a comparación de su casa.

Por que aquel lugar no merecía llamarse "hogar".

Evitaba a toda costa hablar de su familia, nunca supo de donde salían los rumores un tanto ciertos de su padre y moría de vergüenza. Sí, el era un delincuente. Si, estaba en los negocios turbios. Hasta se había cambiado el nombre por que "Naraku Kumoshin" ya era bastante buscado y ahora se llamaba "Onigumo JiyuKaze".

Su madre se había prácticamente escapado de él hace años, dejando en sus manos a los mellizos recién nacidos Kanna y Hakudoshi, quienes recientemente cumplían 10 años de edad. Así que solo eran ellos cuatro.

En si no la pasaban tan mal.
Tenían comida, estudios, un techo y abrigo. Su padre pasaba la mayor parte del tiempo "trabajando" así que era un alivio no tenerlo cerca en casa.

Solía ser cruel. Por no decir que era un abusivo.

Y todo iba bien.

Un día, le toco presentar una exposición junto a su crush. ¡Eso sí era buena suerte!

Pero el lado malo fue que, justamente ese día, no podría llevarlo a su casa, ya que su padre se encontraba allí. Tenía sus razones para no llevarlo. La primera, su padre la avergonzaba. La segunda, era extremadamente celoso. Temía que le hiciera daño a Sesshomaru.

-Será mejor si vamos a tu casa. ¿Eh? - Kagura le sonrió como pudo, ocultando su nerviosismo.

Sesshomaru la miró por unos segundos antes de asentir. Y ella suspiró aliviada. Antes de partir, mensajeo a su padre. Tuvo que mentir diciendo que iría a casa de una amiga.

En el camino, pasaron por una florería. La chica de cabello castaño no pudo contenerse a la belleza de las flores, chilló de emoción, las adoraba.

En su casa jamás pudo tener siquiera una pequeña maceta con una pequeña planta. Extrañamente todo lo que llevaba se marchitaba en días muy a pesar de sus cuidados, un día se resignó.

Extrañaba el rosal de su madre, este había muerto el día en que ella se fue.

-¿No son hermosas? - preguntó ella, recordando a su madre con nostalgia.

-Mn. - respondió su compañero. Cualquier diría que él estaba siendo indiferente pero la chica sabía diferenciar sus "mn" y ese era algo afirmativo. Su corazón dio un vuelco.

Todo lo bueno se termina, o al menos regresaron a la "normalidad". Taisho no tenía intenciones de acercarse a JiyuKaze. Y eso estaba bien.

Paso algo de tiempo y las cosas poco a poco dejaron de estar bien.
Al parecer un grupo había encontrado a su padre y lo emboscaron. O eso creyeron, ya que el nunca estuvo en aquellas bajas calles comerciales junto a su hijo Hakudoshi.

De milagro el niño solo tuvo un disparo en la pierna, nada que le impidiese volver a caminar pero ese había sido el susto de su corta vida.

Sus hermanas faltaron a clases con tal de quedarse a su lado mientras se recuperaba. Naraku nunca dio la cara por él.

Al cuarto día, regresó a clases, pero ese ya no era su refugio, se contuvo de mandar a la mierda a todos los entrometidos que preguntaban por su hermano.

Pero algo mejoro su día, y ese era Sesshomaru Taisho, quien, inesperadamente la acompañó hasta su casa luego de preguntarle si estaba bien. A él no podía negarle la verdad. Mas bien parte de la verdad.

La investigación policial era bastante floja para suerte del irresponsable padre, muy pronto dejo de esconderse y volvió a su hogar junto a sus hijos.

La tensión era muy evidente y nada parecía mejorar en esa casa.

Los arrebatos de su padre cada día eran peores y golpeaba "por accidente" a su hija mayor.

Kagura tenía un carácter fuerte. Odiaba mucho a su padre pero sabía que por el bien de Kanna y Hakudoshi debía callarse y mantenerlo calmado por más que deseara partirle la cabeza con un ladrillo. Tomaba los castigos de sus hermanos y ahora que no tenían una mucama se encargaba de los quehaceres. Eso era lo de menos.

El lado feliz de esa parte de su vida es que comenzaba a ser cercana a Sesshomaru. Incluso si el chico no decía palabra alguna, era mejor compañía de aquellos compañeros que decian ser sus amigos. Y estos por verse abandonados solo se dedicaron a inventar habladurías.

Odiaba ser el centro de atención, ya no le era agradable que hablaran de ella. Solo quería estar en paz. Luchaba por ignorarlos. Estando a lado de Taisho era fácil.

Se estaban volviendo amigos y agradecía a los dioses por ello.
Trataba de disimular todo lo posible por aparentar que todo estaba bien. Y no era ni de cerca así.

Una noche, se encontraba plácidamente durmiendo en la habitación que compartía con sus hermanos luego de un cansado día de limpieza.

Estaba tan agotada que su cuerpo se negaba a despertar, pero había algo fuera de lugar en esa habitación. Había alguien a sus espaldas, había alguien respirando pesadamente en su cuello.

La humedad que se esparció entre sus piernas finalmente la alertó y abrió los ojos con pesadez sin poder ignorar la incomodidad.
Su pijama consistía en un camisón holgado. Sin pantalones.
Para cuando enfocó bien la vista no había nadie allí. Pudo jurar que había escuchado la puerta cerrarse.

Confundida, fue al baño, creyó que había tenido un accidente, pero al mirar mejor eso en sus bragas y muslos no era orina ni ningún otro fluido suyo.
Era semen.
La opresión en su pecho era demasiada, se recostó en la puerta del baño y lloró en silencio.

La noche siguiente, ya muy tarde, Kagura aun no podía dormir sin parar de pensar en aquello que le ocurrió la noche anterior. No eran alucinaciones suyas. Alguien se había metido a su cama y el único capaz era su padre. El único hombre adulto dentro de esa casa.

Sentía los párpados pesarle pero el miedo no la dejaban dormir.
Esta vez se había puesto otra pijama, que si tenia pantalones, ridículamente se sentía más segura así.
Quería pensar que solo fue una pesadilla y "eso" no pasó. Por un momento el sueño la venció.

Despertó abruptamente al sentir unas manos acariciando su pecho y sus piernas.

-Shhh. - silenció el intruso - Quédate quieta.- susurró, esa era la voz de Onigumo, su padre.

Con desesperación se removió en la cama tratando de zafarse pero fue sujeta con brutalidad.

-Quédate quieta. - repitió, regañandola - No querrás que despierten. - dijo refiriéndose a los niños que compartían la habitación.

Era verdad, no quería que despertasen y la viesen así.

- ¿Que haces? - se atrevió a murmurar, con temblor en la voz.

- Me siento solo. - respondió el mayor. - Extraño mucho a tu madre - en cada palabra acariciaba los muslos de su hija. - Te pareces mucho a ella. Tienes su misma figura. - halagó de forma morbosa.

-Déjame. - suplico ella, al borde de las lagrimas. -Vete.

-Me iré, pero antes necesito de tu calor.

-¡No! ¡No me toques! - el corazón latía con fuerza tanto que le dolía, entró en panico cuando sintió sus manos separando sus piernas.

-Shhh. Tranquila, no te haré daño. Esto te gustará - para lograr siquiera separar sus muslos un poco tuvo que forzarla, así consiguió meter su erecta virilidad entre sus piernas.

Asqueada buscó la forma de removerse, la sensación era tan repulsiva que se largó a llorar. Tenía miedo de lo que su padre podría hacerle. Eso no se sentía bien para nada. Esto no le gustaba en lo absoluto.

En un punto, Onigumo la tomó de la garganta amenazando con estrangularla si no se dejaba. Sus manos eran grande y rasposas, era capaz de hacerlo, se rindió. Dejó que su padre se moviera entre sus muslos en suaves embestidas mientras lo oía gemir en su oído.

- Ah, ah, eres tan linda. - murmuró entre gemidos - Muy hermosa.

En algún punto se atrevió a subir su miembro hasta rozar con la intimidad de su querida hija. Kagura se estremeció, del miedo y del asco.
La fricción era tan abrumadora y placentera para el abusador que no tardo en correrse.

Sin decir más, se acomodo los pantalones y salió de aquella habitación. La chica agradeció profundamente eso, que por fin se fuera, pero al mismo tiempo, lo odiaba con todo su ser.

. . .

Realmente le gustaría fingir que aquello nunca ocurrió. Pero le era muy difícil. Se sentía sucia por mas que se duchó 3 veces. Se sentía usada, manchada. Pudo haber sido peor. Y podría serlo.
A eso le temía. Pero no tenía a donde huir.

Esa tarde, al salir de clases, se decidió al fin de confesarle a su crush. Tal vez si solo pensaba en ello olvidaría el horrible percance de anoche.
Se sentía muy cobarde, ya que sus pies no se movían de su lugar para ir tras Sesshomaru.

-Es ahora o nunca. - pensó, antes de impulsarse y correr para alcanzarlo.

Al volver a casa se sintió más aliviada. Por fin se lo había dicho. Solo pudo decirle "Tú me gustas" pero era algo. Y él no la había rechazado como esperaba. O bueno, Sesshomaru nunca botó sus sentimientos a la basura. Y seguirían siendo amigos. Era el cielo para la chica castaña.

Los días siguientes, muy al contrario de lo que pensaba, fueron el infierno.

Sesshomaru se comportaba más distante de lo normal desde que eran amigos, dándole a entender que quizás él no la quería cerca ni ilusionar tampoco, marcando raya a su relación. Se le había roto el corazón por pensar que quizás él solo seguía hablándole por lastima, como todos insinuaban.

Ella no quería lastima de nadie. Pero estaba herida, él nunca le aclaró nada. No sabía si debía acercarse o alejarse. Solo le dio su espacio y esperó.

En casa, era peor.

En algunas noches siguientes fue visitada por el abusador de su padre. Nunca fue más allá de masturbarse a la vez que se frotaba contra el cuerpo de su hija.

-No me iré hasta estar satisfecho.

Esto se hacía costumbre.

Un día, el peor de todos, Onigumo llegó a casa con un curioso invitado y lo llevó al sótano.
Se trataba de un niño de 11 u 12 años, y en realidad no era un invitado, era un rehén.

En cuanto Kagura se enteró de ello, sintió que su padre esta vez había ido demasiado lejos.

Mientras él estaba hablando por teléfono en la cocina, ella se metió al sótano para confirmar sus obvias sospechas.

-Niño- susurró, se acerco como pudo al asustado chico que se hacia bolita en un rincón. - ¿Como te llamas? ¿Que haces aquí?

Entre silenciosas lagrimas, y con dificultad respondió.

- S-soy Kohaku. Ese tipo malo me arrastró a este lugar. - secó sus lagrimas mientras sollozaba - Dijo que si no lo obedecía mataría a mi hermana.

- Tranquilo, te ayudaré, quédate tranquilo. - lo consoló. Salió del sótano antes de ser descubierta por él.

...

-911 ¿cuál es su emergencia?

-Quiero denunciar un secuestro. Mi padre tiene secuestrado a un niño - susurró en voz alta, encerrada en el baño de su habitación. - El nombre del niño es Kohaku. ¡Por favor dense prisa antes de que algo le pase!

...

-¿Con quien hablabas? - rugió Onigumo, cuando la chica por fin salió del baño.

Aun con el corazón en la boca, controlando sus nervios lo vio a los ojos.

- Con nadie, papá. - mintió.

-¡Te oí! - se exaltó. - ¡¿Con quien mierda hablabas?! ¡responde!

-¡Nadie! ¡dije que nadie! ¡déjame en paz!

La acorraló contra la pared, sacado de sí.

-Le diste nuestra dirección a alguien ¿quien mierda fue? ¿Que carajo hiciste? ¡Responde, puta!

-¡Cállate! - en respuesta recibió una cachetada.

Kagura quedó desconcertada por el golpe, que no pudo notar cuando su padre se había bajado el cierre de su pantalón.

-Tú lo quisiste. - murmuró.

-No ¡No! ¡No otra vez! - quiso huir, pero fue jalada del brazo y lanzada al suelo de espaldas, el pesado cuerpo del mayor le impidió levantarse.

- Ya no lo soporto, papá debe castigarte, te haré mujer.

En cuanto tuvo oportunidad, Kagura golpeó con su rodilla la entrepierna del abusador. Aprovechando su desconcierto para escapar.

-¡Hermana! ¿Que sucede? - asomada desde la puerta de su habitación, Kanna había escuchado los ruidos de afuera pero temía entrometerse.

-¡No salgan! ¡Cierra con llave! - empujó a su hermana hacia dentro y luego huyo hacia la cocina.

Antes de que pudiera tomar algo para defenderse fue jalada del cabello hasta caer arrodillada al suelo. Sus gritos de dolor no se hicieron esperar.
Onigumo golpeó su cabeza contra la mesada 3 veces.

-Maldita perra. ¿Así es como le agradeces a tu padre? - la tiró al suelo y la sometió, metiéndose entre sus piernas.

-¡Cerdo! - debido a los golpes su cabeza sangraba, pero aun estaba consciente.

Estaba a punto de ser violada. Y no tenia tiempo para pensar bien. O al menos en las consecuencias. Si dejaba a su abusador seguir adelante, la policía lo atraparía y jamas podría volver hacerle daño. Pero a costa de ser profanada por él. Ella no quería eso. Prefería dejarlo ir, que huyera lejos de su cuerpo, prefería morir antes que su desgraciado padre pusiera su polla dentro suyo.

-¡La policía! ¡Viene por ti, hijo de perra! - grito desesperada, sosteniendo sus bragas para que estas no fueran arrancadas.

-¿Que dijiste? - el mayor se detuvo, desconcertado.

-Llamé a la policía, desgraciado. Cerdo. - intento regular su respiración pero segundos después recibió un puñetazo.

El mayor podría perdonarle los insultos, los golpes, su impertinencia, pero su propia hija lo había traicionado. Y le quedaba poco tiempo para escapar. Sus planes fueron arruinados, la ira brotaba como espuma de su interior y golpeó hasta cansarse a la culpable. Los gritos de la chica no se hicieron esperar, ambos mellizos preocupados bajaron a la cocina donde provenían los alaridos.

El abusador no tenía tiempo que perder.

Tomo un cuchillo de la mesada, sin dudar, apuñaló a su hija mayor. Ya no importaba si sus hijos menores estaban allí presentes gritando con horror suplicando que se detenga. Él no iba hacerlo hasta que quisiera.

Las sirenas de la policía comenzaban a oírse a lo lejos, esto alertó al ahora asesino y abandonó la cocina. Bajó al sótano y tomo al niño asustado. Había escuchado todo, ahora estaba más que asustado por lo que el hombre era capaz.
Lo subió a su auto y se marcharon lejos de allí.

Kanna y Hakudoshi abrazaron el cuerpo de su hermana mayor desconsolados, suplicándole que resistiera.

Kagura, aunque quisiera, sabia que no duraría mucho. Sabía que su padre era capaz, se lo esperaba, pero ahora se arrepentía un poco ya que sus hermanos se quedarían solos, lloró silenciosamente por ellos.

Al final sentía tanto dolor físico como emocional. Jamás vería a Sesshomaru de nuevo, de entre todas las cosas, sus últimos pensamientos fueron dedicados a él. Aunque él la trató de manera fría los últimos días, no le importaba.

Lo único que quería era verlo por última vez.

Y podría morir en paz.

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