Sanyūni
La refriega empezó con Akane en desventaja debido a su carencia de un arma que pudiera blandir, rápidamente se convirtió en el contrincante pasivo que solo podía esquivar los golpes entrantes de la lanza.
Por el rabillo del ojo pudo ver que su flecha había acertado en el otro hombro del primer conductor. Provocando que la píldora venenosa callera de su mano antes de que Naguri lo empujase a un lado. No cabía duda de porqué la persona a la que llamaban «príncipe» la tenía en estima como clamó hace unos minutos.
Quizá estuviera herida, pero la escolta de Shampoo aún tenía suficiente fuerza para acabar con la vida de alguien. Sin dudar se abalanzó sobre el otro hombre arrancando la flecha de su hombro para encajarla en su yugular. Sangre fresca brotó de la incisión y los labios tan abiertos como los párpados, gritando silenciosamente asombro.
—¡Sakamoto!
El contrincante de Akane se distrajo por un segundo, tiempo suficiente para que Akane lograra acercarse y emparejar una ronda o dos de golpes directos. Claro que la pequeña brecha no duró suficiente para hacer daño, pero no era eso lo que buscaba de momento.
Su atención dividida en los dos personajes enemigos no le permitía un absoluto control de la pelea contra el lancero. Además, sabía que Naguri no era un cachorro indefenso ante la merced de esperar ser rescatada.
Había hecho bien en permanecer alerta de sus movimientos, pues tan solo unos minutos le bastaron para rebuscar entre las pertenencias revueltas del carromato para encontrar un cartucho de pólvora sujeto a un palillo de madera.
¡Fuegos artificiales!
A pesar de ser una cantidad pequeña, su luz sería capaz de ser captada por un tō-megane desde un ri de distancia sin dificultad. Sintiendo la adrenalina recorrer las venas de su cuerpo, se escabulló entre los ataques del lancero y disparó una flecha.
¡Foosh!
La saeta atravesó el envuelto de pólvora incrustandolo contra un árbol llevándose el índice derecho de Naguri en el proceso. No obstante, la mujer herida a penas parpadeó incluso después de perder un dígito, haciendo a Akane aspirar con frío. Preguntándose la clase de cruel dolor que habría experimentado para lograr tal tranquilidad en semejante escenario.
Su pequeña distracción le pasó factura al recibir un corte en la mejilla izquierda. La lanza había rosado su piel en un margen extremadamente estrecho. Akane se giró bloqueando algunos ataques más con el arco, pero sin ser capaz de ignorar a Naguri por más de dos segundos. Era como pelear con diez enemigos impredecibles.
Era la primera vez que experimentaba tanta inquietud en presencia de dos enemigos simultáneos. Había tenido su cuota de batallas con más de quince luchadores al mismo tiempo, pero ninguno había causado el resquemor en ella. Siguiendo con las evasivas, dobló su cuerpo hacia atrás sintiéndose cada vez más cansada.
La continua batalla desde tempranas horas y su carrera tras el carromato le estaban pasando factura. Su garganta se sentía incómoda con cada aspiración de aire helado. Aunque estaban en el valle, había oscurecido lo suficiente para que incluso el aliento alcanzara una leve condensación cada vez que salía de la boca de alguien.
¡Tuck, tuck!
Estruendos sucesivos estallaban en medio del combate.
El lancero parecía percibir el cansancio de la joven emperatriz, aumentando su fuerza en cada movimiento. Akane no tuvo otra alternativa que retirarse y disparar su última flecha en un intento de herirlo para que perdiera sangre. Sin embargo, su proyectil se vio hábilmente esquivado apenas rosandole el brazo.
Sintiendo la confianza de verla jadear cada vez más rápido, el hombre se dejó ir con fiereza, olvidándose de lo que ocurría a su alrededor y de paso obligando a la chica para concentrarse por completo en él.
Tal decisión fue grave. Fatal.
Pues pronto una flecha se asomó justo por debajo del nudo en su cuello, salpicando sangre en los orbes almendras de la joven. Aquello la hizo cerrar los párpados con fuerza mientras retrocedía para limpiarse el líquido.
El cuerpo del hombre no pudo permanecer de pie a pesar de sus esfuerzos, la última fuerza que tuvo antes de sucumbir al dolor y el shock hemorrágico, fue utilizada para mirar hacia atrás, a los ojos indiferentes de la mujer que ahora sostenía un arco improvisado.
Otra flecha salió disparada en un intento de tomar a la chica por sorpresa, sin embargo la joven tenía suficiente experiencia como para saber la trayectoria sin verla. Deslizándose a un lado con velocidad haciendo que el proyectil perdiera su marca.
Tras repasar la ropa en sus párpados, Akane finalmente estaba recuperando un poco de visión, intentando ignorar la incomodidad que la sangre le provocaba en las retinas aunque esta le ayudara a procesar que no había sido un sueño. Naguri de verdad apuntó hacia la nuca de su aliado atravesandola sin remordimiento.
El aura despiadada que emanaba por fin le hizo entender a la joven soberana porqué había durado tanto sin ser descubierta como una infiltrada. Tenía un control supremo sobre su presencia ocultando la hostilidad que ahora casi ahogaba a la de cabellos azules.
—Creí que eras devota a Shampoo, pensé que devolverte a su lado nos haría tener una relación más estrecha —habló Akane enderezado por completo su figura. Ambas eran pequeñas en estatura, pero sus auras rivalizaban como dos torbellinos salvajes.
—La señorita Shampoo también es mi señora —Naguri intentó sondear cuánto sabía para haber decidido perseguirla. No le confío en que los hubiera alcanzado porque tuviera las intenciones de salvar a un mero sirviente de su enemiga, aún así necesitaba ver si era posible engañarle acerca de la amazona y así quitarla del camino.
Naguri no era pesimista, pero si realista. Con su herida exacerbada y sin un dígito, dudaba que pudiera ganarle en dos movimientos. Por supuesto, lo intentaría. Pero también estaba preparada para morir, queriendo ofrecer resultados a su maestro incluso si eran a través de la instigación.
Muchos la tacharían de cruel y petulante; incluso estúpida al haber matado a sus aliados, pero esos soldados eran unos simples mocosos que carecían de experiencia en las disputas del poder. La emperatriz de Nerima no era un mero adorno, era la hija de Naoko Tendo.
Hija de la más cruel y sanguinaria mujer que hubieran visto sus ojos.
Dentro de las múltiples tribulaciones que atravesó la escolta de Shampoo, se había topado con un mundo oscuro y macabro dentro de ese Palacio. Las pacíficas fachadas de la emperatriz eran eso, simples máscaras para ocultar el camino de sangre que se derramaba en cada lugar donde ponía los pies.
Si esos soldados hubieran logrado matarla con la baya, ahora mismo podrían estar siendo victimas de una tortura indescriptible. La casta de cabello azul era adorada por sus hazañas, pero nadie decía que estas se lograban con métodos sangrientos y traumáticos. Sus cámaras de tortura eran humillantes, destruían el cuerpo, el espíritu mismo hasta el punto de ser peores que la muerte.
Paradas en ambos extremos del camino terroso, el viento caló en sus cuerpos mientras permanecían hipervigilantes ante cada brizna de hierba moviéndose. Entre las dos el objetivo estaba claro, quien obtuviera el arma del lancero tendría más posibilidades de victoria. Era como si un reloj de arena se escurriera para ver quién saltaría primero a sujetar el arma.
El viento se detuvo y la tierra del camino crujió bajo sus zapatos cuando se lanzaron hacia adelante. La distancia era similar para ambas pero era la emperatriz de Nerima mucho más ágil después de descansar algunos minutos. Su brazo se estiró haciendo que la punta de sus dedos rosara la madera de la lanza, sin embargo, un tantō se incrustó en la cara exterior de su antebrazo sin miramientos.
Sintió la punta del artefacto cortarle la piel apesar del kote protector, delatando el mortífero filo del arma. Si no hubiera sabido que los agentes como Naguri estaban llenos de trucos, su mano habria sido atravesada y clavada en el suelo. Con velocidad detuvo el segundo tantō entrante que se dirigía a su rostro, permitiéndole al acero deslizarse entre su palma, dejando un rastro de sangre húmeda al apretarlo.
Fue entonces su turno para contraatacar. Con fuerza arrebató su mano del primer ataque y sacudiendo el cuchillo incrustado hasta arrojarlo lejos, entonces provocó los nervios de Naguri—. ¿Qué? ¿Es todo lo que puede hacer la escoria de Tohoku?
—¡Tú!
En un movimiento veloz, la otra mano de Akane se estampó contra su boca, enviando una píldora negra hasta la garganta de su enemiga. Al sentir el obstáculo, esta no tuvo más opción que recurrir al reflejo de tragarsela, empezando a sentir un dolor irremediable desde el estómago a los pocos segundos.
Sus ojos se abrieron demostrando la gigantesca sorpresa al comprender lo que había pasado.
—Debo admitir que fuiste inteligente al matarlos, porque tú jamás vas a hablar. —Akane clavó la mirada en las pupilas que aún en medio de la agonía, estaban destilando odio, como si pudieran atravesarle la garganta de ese modo—. Así que no te dejaré siquiera suicidarte, te daré ese risible honor como una muestra de lo que le espera a tu príncipe en las mazmorras.
Naguri por un momento cayó en la trampa; quiso apresurarse y preguntar qué le había hecho a su Alteza Real, pero sabía que de haberlo capturado, no se habría molestado en pelear tanto por detenerlos. Fue entonces que comprendió.
La emperatriz los había escuchado en la tienda de principio a fin, sin embargo aún no terminaba de atar los cabos. Sonriendo con suficiencia, dejó de resistirse y se abandonó a los efectos del veneno. Escupiendo un bocado de sangre negra, Naguri perdió la vida cayendo boca abajo.
Solo entonces, Akane se sintió lista para soltar el tantō ensangrentado y caer de bruces con respiraciones dolorosas e irregulares. Se había acabado el combate, pero había empezado un nuevo tipo de supervivencia en el territorio enemigo.
Continuará...
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