CAPITULO 3
SAMADHI STONE
Me tomó de la mano entrelazando sus dedos con los míos. Juntos caminamos a la salida, donde todos se nos quedaron viendo. La sensación que sentí al tomarlo de la mano fue agradable. Eran unas manos grandes, frías y suaves.
Caminando por los pasillos de la mansión, divisé un pequeño tatuaje detrás de su oreja derecha, era una pequeña libélula. Entrecerré mis ojos para detallarla mucho mejor, pero su arrastre hasta las escaleras no me lo permitió del todo.
Salimos de aquel lugar, el bullicio fue desapareciendo al igual que el sonido fuerte de la música. Aun me sentía mareada, y los recuerdos de aquellas imágenes que fueron placenteras para ellos, volvían a cada rato por mi cabeza. ¿Pero que más esperaba? Claro que ambos tenían sexo constantemente, ¡Ellos eran novios! Y eso no evitaba el sentirme mal cada vez que pensaba de otra manera hacia el ahora novio de mi mejor amiga.
Al llegar, nos paramos frente a una motocicleta de estilo futurista, no sabía de motocicletas, pero ésta parecía ser más costosa que mi casa y que todas mis pertenencias, por lo menos las que traía puestas.
—¡Oh no cariño! Gracias, pero yo si aprecio mi vida —dije, dándome la media vuelta.
Clarence me detuvo tomándome del antebrazo, y a como pudo colocó un casco justo en mi cabeza.
—No era pregunta, Samadhi. A parte, mi bebé es perfecta —dijo señalándola, y mirándola con... ¡¿amor?!
No pude evitar pensarlo, pero los chicos sí que se vuelven locos por autos y motocicletas.
—No me gustan las motocicletas, y mucho menos pasear en ellas — le hice saber quitándome el casco, regresándoselo a él —. Prefiero irme caminando.
—¡Vamos! Cualquiera se moriría por subir en ella. Y lo que es mejor, yo junto a ella...
¡Ja! Tipo arrogante.
—Arrogante y engreído —respondí sonriendo, la expresión de su cara me bastó para no hacerlo.
—Bien, tú te lo pierdes — respondió tajante, colocándose el casco y subiendo a ella.
No lo iba negar, Clarence se veía bien en motocicleta.
Encendió el motor, y cuando estaba a punto de irse, me convencí a mí misma de subir. No había otra forma de llegar a casa. ¿Quién más me llevaría hasta allá? ¡Nadie! Sony se revolcaba con su novio Brad y yo... yo...
—¡Espera! —le grité antes de que arrancase —. Voy contigo.
Esbozó una sonrisa. Bajó de la motocicleta y por debajo del asiento sacó otro casco color negro con pequeñas calcas de tiras con fuego.
—Hasta mal gusto para un simple casco tienes —mascullé.
—¿Disculpa? Sabes que, no vendrás —dijo, arrebatándome el casco el muy descarado.
¿O la descarada era yo?
—¡No, no, no no! Lo siento es que, me dan miedo las motos — le expliqué, o más bien me retracté.
Él suspiró exasperado, como si se arrepintiera de haberme invitado. Volvió a mirarme, a escudriñarme con sus ojos azules y...
—Bien —dijo subiéndose a la moto.
Con su mano palmeó el asiento trasero, indicándome que subiera en él.
—Bien, allá vamos —mascullé más para mí misma que para él. Y lo peor de todo, es que me subí.
—Rodéame la cintura con tus brazos.
Asentí al subirme. Le rodeé la cintura con mis brazos, sintiendo la humedad de su ropa. Temblorosa lo hice y... ¡¿en qué momento se colocó la cazadora?! Comencé a entrar en pánico, y no por el miedo de subir a la motocicleta, sino por la sensación placentera de tocar su abdomen firme.
—¡Quieta fiera! —exclamó. No pude evitar reírme.
—Lo siento, era inevitable no hacerlo — respondí descaradamente, ¡Dios! yo no solía ser así. Escuché una leve risa.
—Claro, te dije, soy irresistible cariño — imbécil tenía que ser.
—Retiro lo dicho.
Y como si no fuera poca la arrogancia en él, arrancó tan rápido la motocicleta, que no hubo otra forma, más que abrazarme y acercarme más a él.
Solté un grito. La adrenalina comenzó a invadirme. ¡Jamás! Me había subido a una motocicleta, y la sensación de la velocidad y el aire fresco chocar en toda mi piel desnuda, me hacía sentir completamente viva. Para ser la primera vez que me subía, podía sentir la adrenalina.
Salió a la carretera dirigiéndose a no sé dónde. Y no sé qué era peor, el no saber a dónde iba, o el ir viajando con un completo desconocido. Aunque bueno, no lo era del todo. Comencé a analizar mentalmente que tanto sabia de él, y después de darle un par de vueltas, lo único que sabía de él era lo que los demás decían. Que vivía solo, que sus padres lo habían corrido de su casa, y lo peor de todo, que tenía dos años cursando el instituto. Al menos esas eran las palabrerías que había escuchado de los demás.
Mi instinto me decía que no era un buen partido para mí, pero eso no le quitaba lo atractivo. Yo no era perfecta, claro, pero todo lo que respecta a mí y a mí alrededor, demostraba lo contrario. Trataba de tener esa imagen de perfección.
Clarence se estacionó a las afueras de un edificio, no muy lujoso pero en una buena zona de apartamentos. Aparcó la motocicleta en el estacionamiento para después colocarle una cadena.
—No se ve que sea una zona de maleantes —le hice saber y me sonrió.
—No, no lo es Samy —aquí vamos de nuevo —. Pero hay que ser precavidos, ¿no crees? —Asentí solamente, mientras se quitaba su cazadora —. Toma, póntela.
—No gracias —respondí al momento.
—¡Póntela! Créeme, cuando entres a uno de esos departamentos, te la querrás poner.
Se la arrebaté de las manos, colocándomela después de unos segundos.
—¡Bien! Ahora me veo ridícula.
—Creo que te ves, muy bien —contesta alargando el "muy bien", lo ignoré.
—¿A dónde me has traído? Creí que irías a dejarme a mi casa.
—No soy tu chofer Samantha, y no sé dónde vives.
¡¿Qué?!
—Es Samadhi, pequeño idiota.
—Es igual...
—No, no lo es. Existe una gran diferencia...
Iba gritoneando como tonta detrás de él, claro, esa era la especialidad de todos, dejarme atrás como tonta burlándose de mí. Iba explicándole las diferencias entre mi nombre y el de Samantha, yo nunca me callaba, tenía que saber lo que pensaba y decirlo sin dejar de hablar era como mi segundo nombre. Y vaya que mi segundo nombre no me gusta.
Al llegar, nos adentramos a la recepción del lugar. Muy bonita por cierto, todo en colores marrón y beige. Sobre todo los muebles de éste último color. Era espaciosa y cómoda.
—Buenas noches señor Johnson —saludó el guardia que se encontraba en la entrada. Un señor con traje negro y de complexión gruesa.
—Buenas noches John —le respondió Clarence.
—Buenas noches señor John —proseguí a saludar.
Ambos rieron por mi saludo. Les falta educación. Siempre suelo saludar a medio mundo, eso mi madre me lo enseñó.
—Buenas noches señorita...
—Samadhi Stone.
—Señorita Stone, un gusto —dijo, estrechando su mano a la mía.
Saludé al hombre quien desprendía ese aura de ser amable.
—¡Samadhi! —gritó Clarence, quien ya se encontraba en las puertas del ascensor.
Corrí hacia él antes de que cerrara las puertas, adentrándome después al elevador.
—Eres muy... amigable ¿no crees? —dijo, esbozando una sonrisa perfecta.
—Se le llama educación, pero eso es algo que supongo no conoces. Y tampoco se nota que poseas —. Le respondí con sarcasmo, al mismo tiempo en el que tecleaba el número del piso —. ¿Piso veinte, eh? — pregunté.
—Ni te emociones, que mi apartamento es compartido por mi mejor amigo.
—¿Entonces es cierto lo que dicen de ti? —abrí mi bocaza.
¡Error! Su expresión cambió, lo pude notar en el reflejo de la pared de enfrente.
—¿Qué dicen de mí? —preguntó, y ahora sabía que había sido un completo error haberle dicho aquello.
—Nada, solo... solo... que vives solo.
—Sí, claro...
Las puertas se abrieron dejando ver un pasillo amplio de solamente cuatro puertas.
—Vamos.
Lo seguí mientras yo iba mirando las paredes marrones del lugar, y al llegar a la última puerta color blanco, la abrió.
Un olor espantoso a cigarrillos combinado con alcohol se adentró en mis fosas nasales. Hice una mueca, pensando que ni de loca entraría a ese lugar repugnante con olor a borracho. Suficiente tenía con el sabor del alcohol en mi boca que aún permanecía en mi sistema.
—¿Qué haces ahí? ¡Entra! —gritoneó, pero me negué.
—Huele... huele horrible —hice una mueca de asco.
—¿Sabes? Estas colmando mi paciencia con tus pequeños insultos niña...
—Hola primor... —un tipo alto, de complexión robusta se me acercó.
—¡Alto ahí Samuel! Viene conmigo —dijo Clarence jaloneándome del antebrazo, para que me adentrara al departamento.
Después, me tomó de la mano y juntos nos dirigimos al pequeño recibidor, donde había por lo menos once personas más. Todos fumando en lo que parecían ser pipas con agua, ¡joder! ¿A dónde rayos me había metido? Otros cuantos estaban tomando sustancias desconocidas de colores, y algunas cuantas cervezas.
—Ya, deja esa cara de espanto —dijo Clar, que sin darme cuenta se metió en una habitación.
—¿Es que no te has dado cuenta de todo el desastre que tienen aquí? —lo reprendí. Pero éste solo se limitó a reír —. No me imagino el tiempo que les llevara en recoger todo esto.
—Podrías limpiarlo tú —dijo.
—No, gracias, yo paso. Me gusta la limpieza pero no para recoger tú cuarto.
—De lo que te pierdes. Ven aquí... — se sentó en la orilla de la cama, y tomando mis manos me acerco más a él.
¡¿Pero qué le sucedía?!
—Pensé que me llevarías a mí casa, no a la tuya.
—Si bueno, pensé que querías deshacerte de las imágenes candentes de tus "mejores amigos", con unas nuestras —dijo de manera tan... ¿sexy? Y vaya que voz sexy...
Se acercó, depositando un casto beso en mi lóbulo derecho, provocándome por un momento un enorme cosquilleo, pero después...
—¿Qué? ¡No! Yo no soy una cualquiera —dije, soltándome bruscamente de su agarre.
—Sabes que... —volvió a tomarme del brazo arrastrándome a la salida de la habitación —. Puedes irte. Después de todo, es cierto lo que dicen de ti.
—¿A sí? ¿Y qué dicen de mí? —pregunté sin miramientos.
—Que eres una perfeccionista engreída, una virginal con la que nadie se quiere acostar. Una... mojigata.
Cerró la puerta en mi cara provocándome un respingo por el impacto. ¡Dios mío! Más humillada no podía estar. Tragué saliva, y con mi dignidad por los suelos, me dirigí a la salida del lugar pensando en ¿por qué decían eso de mí? Era virgen, claro, pero porque aún no estaba lista para entregar mi virtud al primer pelado que me pasara por el frente. No es que me afectase, siempre he sido una persona segura de mi misma y...
Me fui negando por todo el camino. Las palabras de los demás eran lo que menos me importaban. Era una persona buena, y muy pronto seria exitosa. Así que me dirigí al ascensor con la frente en alto tratando de omitir sus palabras y la presión que se comenzó a formar en mi pecho.
Al abrirse las puertas del elevador, la chica de curvas perfectas que estaba en la fiesta, iba llegando junto con otras chicas más, todas con sus vestidos miniatura y tacos altos. Las miré de reojo. En el instituto nunca las había visto, y mi sentido común fue suponer que eran universitarias.
No solía juzgar a las chicas por como vestían, pero mostrar el trasero no era uno de mis fuertes. Tal vez si era una mojigata.
Lo de perfeccionista engreída, tal vez, pensé. ¡¿Pero lo de virginal?! Esa sí que no me la esperaba. Sabía que a muchas personas en el instituto, por ser un lugar de gente adinerada, no les caía para nada bien. No es que yo fuese adinerada, si no que mis notas perfectas superaban las expectativas de sí mismos, eso no era mi culpa ¿o sí? Yo no tenía la culpa de su inseguridad y mala actitud hacia los demás.
Al llegar al primer piso, volví a ver al señor John.
—Señorita Stone, ¿ya se va? ¿le pido un taxi? —preguntó con amabilidad.
—¿Sería tan amable? —le respondí con una sonrisa dibujada en mis labios.
—Por supuesto que sí.
Se dirigió con la única chica que se encontraba en recepción. Quien después de unos segundos levantó su teléfono para hacer la llamada.
—En un momento viene un taxi a por usted señorita.
—Gracias señor John.
—Solo John —respondió él, a lo cual asentí —. ¿No esperará al señor Johnson? —preguntó después.
—No, es un patán —bromeé.
Aunque en realidad no bromeaba del todo. El maldito lo era.
Después de un rato, por fin llegó el taxi. Salí del edificio corriendo subiéndome después a la unidad. Y ahí me encontraba, humillada, pero me iba a casa.
Bạn đang đọc truyện trên: AzTruyen.Top