9
Tres horas después de salir del supermercado, llegaba agotada y hambrienta a su casa. Al salir de allí estaba tan enfadada con Ben, que había decidido dejar las bolsas de la compra en el coche y mirar un poco los escaparates de las tiendas que había cerca. Al final, había comprado unas cuantas cosas... Como un par de peluches, para su niño cuando naciera y un par de juegos de sábanas, para la cuna. Acababa de dejar las bolsas en el comedor, cuando sonó el timbre de la casa. Soltó un suspiro... Esperaba que no fuese Dani, pidiéndole explicaciones de donde había estado toda la tarde. ¡Pero no! La sorpresa invadió rápidamente en su cara, al hallarse un chico cerca de los diez años si es que los tenía, con un enorme ramo de rosas rojas en sus pequeños brazos.
-¿La señora Van Holden?
-¿Qué? -¿Había oído bien?... Ese chico, había dicho Van Holden...
-¿Se encuentra en casa la señora Van Molden? -volvió a preguntar el chico con una sonrisa.
-Sí, soy yo... -Vaya, ya sabía quién le enviaba ese ramo de rosas tan precioso... ¿Pero con qué derecho, iba diciendo que era su esposa? Pero le era imposible enfadarse, ante un detalle tan precioso. Aunque no sabía que motivos se escondían tras él. El joven le entregó el ramo con mucho cuidado, para no estropear las delicadas flores-. Oh, espera un momento que te de... -le dijo, cuando vio que el joven se disponía a marcharse.
-No hace falta señora -le agradeció-. Su marido, ya se ha encargado de ello -Y rápidamente desapareció por la esquina.
Cerró la puerta asombrada, y se dirigió a la cocina a poner las rosas en agua. Estaba muy confusa. No entendía el por que le enviaba aquellas rosas, y aquel niño no tenía ninguna pinta de trabajar en una floristería como repartidor...
Después de dejarlas en la mesilla de su dormitorio, y de aspirar su embriagador perfume, por última vez. Volvió al comedor, para guardar las cosas que había comprado, antes de darse un relajante baño y prepararse alguna cosa para cenar.
Se encontraba en la bañera rodeada de espuma, y acompañada de música clásica. Pero aun así no conseguía relajarse, por que solo hacía que imaginárselo con una bella modelo acompañándolo aquella noche y sus nervios se alteraban. No podía creerse que tuviera la desfachatez, de estar convenciéndola que se fuera a vivir con él. Y que le regalase flores, para después, presumir en sus morros que se citaba con mujeres, por entretenimiento suyo.
Ya se encontraba enfrente de la nevera, con su viejo pijama y la bata encima, intentando escoger entre sí preparase una tortilla con champiñones o de jamón york, cuando volvieron a llamar a la puerta. Con un poco de pereza se dirigió abrirla, llevándose otra vez una sorpresa, al hallarse en la puerta a un chico de unos veinte años aproximadamente, con una enorme caja y una rosa, clavada en el lazo de la ésta. Se fijó en la rosa, y pudo comprobar que era igual a las del ramo que había recibido aquella tarde por parte de Bendelin. Por lo tanto, suponía que aquello era nuevamente obra de su queridísimo playboy.
-Buenas noches, la señora Van Molden -preguntó el joven educadamente.
-Sí, yo misma -un poco aturdida, aceptó el paquete y fue a pedirle al joven que esperara un momento. Pero nuevamente, su marido también se había encargado de darle propina al recadero. Así que deseo las buenas noches al joven, y entró rápidamente al comedor para abrir el paquete.
Primero, separó la delicada rosa del lazo para olería por un momento y ponerla a un lado de la mesa. Desprendía el mismo perfume, que las del ramo. Dulce y delicado. Después, tiró del lazo y levantó la tapa de la caja, soltando una exclamación al descubrir un precioso jersey blanco de cachemir. Estaba más que sorprendida. No entendía el por que de todo aquello. Lo sacó de la caja con mucho cuidado, acercándoselo a la cara para notar la suavidad de éste. Iba a su habitación ha probárselo, cuando volvió a escucharse el timbre de la puerta. Se paró a medio caminar. Siendo la hora que era, no podía ser nadie más que el autor de todos aquellos regalos. Con una sonrisa en los labios, fue abrir la puerta. Pensando que por fin sabría el por que de todo aquello. Pero la sonrisa se esfumó, al encontrarse en la puerta al mismo joven que antes, pero con otro paquete y con otra rosa. Aquello ya le estaba mosqueando un poco. No entendía el por que no aparecía él y se lo entregaba todo de una vez. Aunque la verdad, le estaba gustando mucho aquel juego. Y al parecer el joven recadero, tenía que pensar lo mismo por que intentaba contenerse la sonrisa, al ver la cara de sorpresa de ella al volverlo a ver.
-Señora Van Molden -dijo entregándole el paquete, con sumo cuidado.
-Gracias y espero que mi marido le esté dando una buena propina, por todo este juego -dijo en broma, consiguiendo que el joven le sonriera abiertamente.
-No se preocupe, su marido sabe lo que hace -le contestó-. Buenas noches.
-¿Seguro que son las buenas noches definitivas? ... -preguntó sonriendo. Pero el joven solo levantó el brazo a modo de despedida, antes de girar en la esquina.
Cerró la puerta y con gran entusiasmo se dirigió al comedor, para abrir el paquete. Como antes, sacó con cuidado la rosa y volvió a inhalar el suave perfume de ésta. Después la depositó en la mesa, junto a la otra rosa. Tiró del lazo y levantó la tapa de la caja, hallando una preciosa falda larga de punto gordo, color negra. Desde luego, se podía decir que si había sido Bendelin quien había escogido la ropa, tenía muy buen gusto para ello. Cogió las dos prendas, para ir a su habitación y probárselas, pero fue interrumpida cuando el timbre de la puerta volvió a sonar.
Ya no sabía que pensar ni que hacer. ¿Pero qué demonios se proponía Bendelin? Sería ahora él, o volvía a ser el joven muchacho con otro paquete. Y la verdad, no sabía que es lo que le iba a traer ahora. Pero como el próximo paquete se tratara de ropa interior, se podía ir tragando la falda, el jersey y las rosas... No, las rosas no, que le gustaban mucho.
Era el joven recadero, con una enorme sonrisa en la cara y un sobre en sus manos. Por lo visto, este se lo tenía que estar pasando bomba, con ella. ¿Y que es lo que habría en aquel sobre? Cuando se encontrara con Bendelin le diría... La verdad, no sabía que le diría después de todo aquello.
-Señora Van Holden -sonrió.
-Gracias por todo...
-Robert James, señora -le contestó encantado.
-Pues muchas gracias por todo Robert, mi nombre es Leslie. Después de todo esto, creo que ya nos conocemos lo suficiente como para tutearnos. Y espero que éste sea el último viaje para que puedas marcharte a cenar a tu casa, que ya es tarde.
-Si todas las entregas fueran como estas, no me importaría para nada el plegar tarde todos los días, para poder ver una sonrisa tan bonita como la suya.
-Vaya, veo que estas hecho todo un donjuán -sonrió-. Y espero que no haya sido obra de mi marido. Si no, temo por las jovencitas de éste barrio -el joven rió, para después despedirse de ella y volver a desaparecer por la esquina.
Tuvo la gran curiosidad, de dirigirse hacia la esquina para comprobar por si Bendelin se encontraba allí, dándole ordenes al joven recadero. Pero no había nadie. La calle estaba solitaria salvo por Robert, que se iba alejando tranquilamente a la luz de las farolas. Con gran apresuramiento, volvió al comedor junto a todas las entregas que Bendelin le había enviado. Para respirar profundamente, antes de abrir con manos nerviosas el sobre blanco.
"Querida Leslie, estate preparada a las diez en la puerta de tu casa.
Bendelin."
¿Ya está?.... Todo ese numerito, para enviarle una nota en donde volvía a imponer ordenes. O eso, o Bendelin era un hombre muy poco romántico. Bueno, romántico era al haberle enviado todo aquello con aquel juego. Pero se podía decir que no era un hombre de palabras románticas. Pensándolo bien, no perdía nada por vestirse para estar lista a las diez. Así podría averiguar de una vez por todas, que es lo que estaba pasando por la mente de aquel hombre. Mejor era darse prisa, ya que solo faltaban quince minutos para la hora.
A las diez en punto, el timbre volvió a ser protagonista. Consiguiendo que tuviese un pequeño sobresalto, al no saber quien se encontraría tras la puerta. Podía tratarse nnuevamente de Robert, o en ésta ocasión definitivamente sería Bendelin. Sabía más o menos, que la cena que iba a preparar Bendelin era para ella. Pero no sabía si habría alguien más. Por que tal vez, podía estar invitada la mujer con la que Bendelin iba ahora. Para comunicarle entre los dos, que pedían el divorcio pero que vendrían de visita para el bebé. Y que tal vez se lo llevarían por vacaciones, como muchos padres solían hacer en verano por sus hijos... Entonces, de repente ya no tenía ganas de ir vestida con aquella ropa, ni de abrir la puerta. Pero tenía que hacerlo, por que algo dentro de sí la animaba asir el picaporte con la mano, y abrir la puerta con una sonrisa en el rostro.
Lo último que su cabeza se iba a imaginar, era que al abrir la puerta se encontraría a un hombre uniformado y detrás de este, esperándola una limusina color negra. El chofer de la limusina, le sonrió y le entregó un pequeño ramo de rosas. Eran las mismas a las que había estado recibiendo durante la hora pasada. Sonrió, por un momento al imaginarse a Bendelin comprando todas las rosas que tenía la floristería, y la cara que pondría la florista. El chofer le ofreció su brazo y la condujo a la limusina. Dejándola sola en la parte posterior del vehículo. Bueno, sola... sola, no se podía decir. Por que el interior del coche estaba lleno de rosas, inundando así el ambiente de una fragancia dulce acompañada de la música de Celine Dion.
Ya se encontraba mucho más relajada. Después de todas esas molestias que se había tomado, no podía estar esperándola en su casa con otra mujer, para indicarle que quería el divorcio o algún acuerdo semejante. Por la ventana, vio como acababan de traspasar la gran verja de la casa de Bendelin. Y aquello hizo que sus nervios volvieran aflorar un poco. Que le diría Bendelin nada más verla... Y como si la hubiese escuchado, cuando la limusina paró enfrente de las escaleras, la puerta se abrió y apareció más guapo que nunca.
Bajó con gracia felina las escaleras, y con gran decisión abrió la puerta y asomó la cabeza con una sonrisa arrebatadora de las suyas. A lo primero se hundió en el cómodo sillón, por la timidez que le atacó repentinamente. Y en vista de ello, Bendelin le ofreció la mano y llamándola con voz segura y calmada.
-Leslie, cariño... -y haciendo acopio de todo su valor, apoyó su pequeña mano en la de él, sintiendo rápidamente como las emociones que durante tanto tiempo había mantenido bajo llave, florecían ante aquel leve contacto del hombre que amaba... Ya no había marcha atrás. Sus ojos lo reflejaban y él, lo veía.
-Bendelin, yo...
-No digas todavía nada, por favor -le pidió con voz suplicante.
Cuando entraron en el salón, su respiración se contuvo al observar las molestias que había tenido Bendelin a lo largo de aquella noche, solo para ella...
Delante de la chimenea, había dispuesto una pequeña mesa adornada con un pequeño candelabro y un jarrón con varias rosas de las muchas que le había regalado. Y para que se sentaran cómodamente, había dispuesto de miles de cojines alrededor de ésta, todos de diferentes colores pero sin dejar de ser preciosos. Y a un lado, había el sofá, que suponía que era por si más tarde querían sentarse en él. Todo era muy romántico...
***
-¿Espero que haya sido de tu agrado? -preguntó en cuanto acabaron de cenar, con su voz aterciopelada, haciendo que el bello de sus brazos se le erizara.
-Sí, muchas gracias... ¿Pero no entiendo, todo esto porqué? -logró articular al fin, en un hilo de voz.
-¿Acaso todo lo que hago, debe de tener una explicación? -le dijo con mirada Irónica.
-Viniendo de ti, si.
-Pues no hay nada raro -dijo con voz pausada acercándose a la chimenea, para añadir un tronco más-, ¿Acaso no puedo invitarte a cenar?
-Sí... -respondió con un poco de cautela-. Pero es muy raro, Bendelin. Admítelo.
-De acuerdo Leslie, tú ganas -dijo con sonrisa torcida al darse la vuelta y acercarse a ella.
-Me parece que ya no quiero saberlo... -se apresuró a contrarrestar con una débil sonrisa, al escuchar el tono y la decisión, con que le contestó.
-¿Porqué? -enarcó las cejas al hacer la pregunta, pero sus ojos la miraban con cierta burla.
-Bueno... -tomó con manos nerviosas la copa de agua para darle un trago y así, poder disimular su nerviosismo.
-¿Me tienes miedo? -le preguntó con voz seductora, consiguiendo que la boca se le secara del todo.
-Yo... Porqué, que tontería -fue a responderle apresurada consiguiendo así no dar ninguna seguridad en sí misma, al tartamudear un poco.
-No sé... como es de noche y estamos completamente solos en la casa... -soltó la frase así sin más. Consiguiendo sacarle de sus casillas por completo.
-¿Y? No creo que de la noche a la mañana, te hayas convertido en un loco asesino. -Pero sí en un empedernido seductor -respondió sin apartar la vista de sus ojos.
-Eso no es nada nuevo para mí -se tranquilizó al comprobar que todo era una broma-. Desde el primer día que te conocí, que te comportaste como tal.
-Y bien que a ti te gustó -sonrió al haber conseguido sonsacarle un sonrojo por aquella sugerencia.
-Bendelin, por favor...
-Qué, mi princesa -susurró con voz aterciopelada.
-... No empecemos de nuevo -le reprochó soltando un suspiro.
-Pues de eso quería hablar -sugirió con voz calmada y segura -, de volver a empezar de nuevo...
¡Qué! Había oído bien. Bendelin había pronunciado por fin aquellas palabras... Por favor, esperaba que todo aquello no fuera un fastidioso sueño. Su corazón había parado de latirle, ¡Maldita sea! Notaba como le faltaba aire. Y la culpa la tenían sus nervios. Por que no sabían aguantar un par de frases, que llevaba mucho tiempo intentando escuchar...
Uno, dos, tres... Contó mentalmente, para después expulsar aire y conseguir normalizarse. Solo le faltaba montar una escena en un momento como aquel... Bien, ya se encontraba lista para escuchar lo que Bendelin quería decirle. No creía que se le declarara, pero su objetivo principal era conquistarlo y si Bendelin le pedía que viviesen juntos, más fácil lo tendría.
-¿Perdona, no te comprendo? -mintió.
-Quiero que nuestra relación vuelva a empezar -dijo con seriedad.
-Que yo recuerde, nunca hemos tenido ninguna relación, ¿verdad?
-Si así lo crees -contrapuso sin estar muy de acuerdo.
-¿Cómo que si así lo creo? -protestó exasperada-. Que yo sepa, lo único que ha habido entre nosotros, es un montón de tontas discusiones...
-Pero aparte sentimos lo nuestro...
-Tú lo has dicho, lo nuestro -enfatizó las dos últimas palabras con un gruñido-. Tú lo tuyo y yo lo mío... Y por favor, si vamos a empezar otra de nuestras discusiones creo que será mejor que me vaya.
-Aún no, por favor -suplicó con voz profunda-. Te prometo que no voy hacerte enfadar...
-Pues de momento, ya has empezado mal...
Bendelin se calló por unos instantes. Aquella noche tenía que salir bien. Se lo prometió, cuando empezó a idearla con mucho cariño para ella... Estaba claro, que tal como había empezado hablar la había fastidiado, así que tenía que pensar en otra cosa. Su vida dependía de los próximos minutos. Además, estaba seguro de que funcionaría bien. Llevaban un tiempo encontrándose y no se enfadaban para nada. Todo era como si fueran una pareja más... Por no mencionar el día del accidente... Aquello le había dado grandes esperanzas, de que ella todavía pudiera sentir algo hacia él. Y si así era, solo tenía que ir conquistándola poco a poco...
-¿Leslie, marcha todo bien? -preguntó con voz cortada.
-Sí, el bebé está bien.
-¿Y tú? -volvió a preguntar.
-Yo... -lo miró un momento a los ojos, para encontrarse con una mirada profunda, consiguiendo que su respuesta se prolongara un poco más-. Me encuentro bien. No tengo ningún mareo matutino...
-¿De verdad?
-Sí -contestó esbozando una débil sonrisa-. Acabas un poco más cansada de lo normal, pero todo marcha bien.
-¿Me perdonaras algún día, por cambiar tus planes de vida?
-Tonto sonrió-, ya estas más que perdonado. Además, cada día se me hace más atractiva la idea de ser madre. Y tú solo no tienes la culpa de esto -dijo agachando la mirada.
-Gracias... Para mí, la idea de ser padre también me va gustando cada día más -lo creía, por que sus ojos le decían la verdad-. Leslie, me gustaría que vinieras a vivir aquí conmigo.
Si. Sus labios querían contestar aquella palabra con muchas ganas, pero todo tenía su tiempo. Y aquello era un paso muy importante, que había que revisarle todos los puntos.
-Creo que es mejor para los tres -sonrió distraídamente-. Aquí no tendrías que preocuparte por la casa, por que Helen y su marido te cuidarían con mucho cariño a ti y al bebé. Nuestra familia, nos dejaría por fin tranquilos en cuanto vieran que vivimos juntos bajo el mismo techo...
-Bendelin...
-Por favor, Leslie -le suplicó-. Para mí también será mucho mejor, por que no tendré que pasarme todos los días muerto de preocupación, por saber si os encontráis bien al no veros todos los días si vives en tu casa. Además, creo que nuestro trato ha mejorado mucho
-Bendelin, yo...
-No tienes por que responderme ahora, sí no quieres... -se apresuró a indicar.
Y bien. Eran muchos los motivos que Bendelin había mencionado, para que aceptase aquella proposición. Había estado deseando con todas sus fuerzas, que entre aquellas palabras saliese la palabra mágica... Pero no había sido así. De manera, que aquello es lo que había. Una larga lucha en demostrarle que no toda su relación se tenía que basar en el deseo, sino también en el amor.
Tampoco quería parecer una desesperada ante sus ojos. Si aceptaba en aquel momento, así que no le quedaba otro remedio que tardar en responderle unos días...
-¿Leslie? -la llamó en un susurro, al ver que la joven se quedaba por un momento con la mente fuera de allí.
-Perdona -sonrió con delicadeza-. Si no te importa que me lo piense un poco.
-No, claro -aceptó-. Es una cosa importante y tiene su debido tiempo.
-Bendelin, muchas gracias por la cena y los regalos... Todo ha sido magnífico -murmuró con voz apagada-. Pero creo que es el momento de que la velada toque su fin.
-Ya...
-Creo que es lo más...
-Después de mi proposición -la interrumpió.
-Sí.
-Diantres -masculló entre dientes-. Tendría que haberme esperado un poco más para proponerte...
-Lo siento -sonrió-. Pero también me encuentro un poco agotada -se disculpó.
-Lo entiendo. Y te pido disculpas, pero es que a veces soy muy poco considerado.
-Eh, no tienes la culpa de nada -le susurró, poniéndole una mano en su brazo.
-Gracias -sonrió-. Ha sido una velada magnífica.
-No gracias a ti por todo. Jamás habían hecho tal cosa por mí...
-Pues te aseguro, que ahora habrán muchas cosas como las de hoy -la miró con cariño-. Pero ahora, a llevarte a casa que es tarde.
-¿En la limusina?
-No en mi Bentley, si no te importa.
-Me gusta tu coche.
-Gracias, pero eso significa que no te ha gustado la...
-Oh, sí. Pero es mucho más agradable el llevar a alguien a tu lado de acompañante.
-¿Es eso un cumplido? -le preguntó, mientras le retiraba la silla para que se levantara.
-Quien sabe -sonrió, mientras se dirigían fuera de la habitación-, ¿seguro que no quieres que te ayude a recoger todo?
-Déjalo mujer -dijo mientras le ponía el abrigo-. En cuanto llegue me pondré a recogerlo y no creo que tarde más de quince minutos.
-Como quieras -se rindió al fin.
Eran las dos de la madrugada, cuando Bendelin se encontraba sentado enfrente de la chimenea, con su perro a sus pies. No tenía mucho sueño, estaba un poco nervioso o aceptando la realidad, muerto de miedo.
Esa noche había dado un gran paso, proponiéndole al fin lo que desde el primer día había querido. Tener junto a él a Leslie. Ahora solo faltaba su respuesta, que podía tardar Uno o dos días, quien sabía. Todo dependía de su queridísima mujer.
Sonrió. Cuando fue acompañar a Leslie hasta la puerta, estaba seguro que ella había deseado por un momento que la besara. Y por supuesto que lo había deseado, pero no quería complicar las cosas con aquello... Bueno... Sería mejor que hiciera un pensamiento y fuera acostarse, que bastante tarde era.
Bạn đang đọc truyện trên: AzTruyen.Top