Sombra

Molesto.

Era molesto.

La luz del sol auguraba una buena mañana. Tan cálida y brillante, cual polluelo en invierno, parecía acobijarte lo suficiente como para adormecerte. Y por eso todos se encontraban allí, a la espera del metro, bañados por su luz.

Sin embargo ella se hallaba en una esquina del lugar, igual de adormecida que todos a su alrededor. Con sus oídos enfundados y concentrados en la música que salía de sus auriculares. Ignoraba al mundo que se encontraba a su alrededor, paseando su mirada por entre todos aquellos rostros alegres. Algunos con su mismo uniforme, algunos adultos con sus teléfonos, algunos niños corriendo por allí.

Su mirada se detuvo al enfocar una persona entre aquella multitud. Allí parada e igual de solitaria que ella, con su uniforme y sus dos coletas bajas. Cargaba el estuche de una guitarra en un hombro mientras que en el otro sostenía su bolso escolar. Mirada completamente concentrada en un libro del cual no podía ver el título, pero rápidamente lo reconoció. Ella ya había leído ese libro. Sonrió conforme.

De repente, su vista se levantó al observar el tren aproximándose a la parada y ver las personas caminar a su encuentro. Cerrando el libro y guardándolo en su bolso; ella hizo lo propio y se despojó de sus auriculares.

El bullicio llegó hasta ella, todas las charlas y risas agrupadas; los sonidos de las chicharras y algunos pájaros en la mañana. La ciudad con las bocinas de los autos y el motor del tren que se encontraba frente a ella. El sonido de los frenos y el chirrido de las puertas comenzar a abrirse junto con las alarmas y la voz de la mujer en los parlantes anunciando su llegada.

Una mueca se formó en su rostro al escuchar las puertas abrirse y ver al grupo de personas comenzar a ingresar al medio de transporte. No eran muchos, sin embargo, eran los suficientes como para crear una corriente y arrastrarla con ellos.

Intentaba mantener el ritmo con sus pies, no quería quedarse allí y llegar tarde. Sujetando con fuerza la correa de su funda y su bolso al mismo tiempo. Sintió su hombro colisionar fuertemente con alguien que iba en dirección contraria y se giró con rapidez para disculparse por el impacto. Su voz salió baja y dubitativa.

—Lo siento- Pero aquella persona ya había continuado con su camino, sin siquiera mirar para atrás. 

A su alrededor todos continuaban caminando e intentando subir al metro, mientras ella era empujada y llevada por la corriente de personas. Al menos, se hizo de un lugar en el tren. Un suspiro de alivio salió de su boca al saberse libre.

El metro volvió a su marcha, anunciando que las puertas se cerrarían pronto. Con tranquilidad, paseó su vista por todo el lugar y encontró un puesto vacío. Su apagada mirada parecía iluminarse.

Intentó caminar hacia allí, tomando con fuerza sus bolsos para no chocar ni molestar a nadie. Incluso si pedía permiso para pasar muy rara vez parecían escucharla. Pero se movían igual. Más de una vez tuvo que aplicar un poco de fuerza para ello.

Cuando ya había llegado lo suficientemente cerca como para ya sentir sus piernas descansar y su cuerpo relajarse, otra persona ocupó el asiento frente a ella. Había sido tan rápido que no tuvo tiempo siquiera de quejarse.

Aunque de haberlo hecho, dudaba que algo hubiera cambiado.

Volvió a alzar su mirada azulada, parecía que todos los asientos habían sido ocupados y ya solo le quedaría esperar a que alguno se desocupara. O eso era lo que pensaba hasta que, al final de toda aquella larga fila, escondido detrás de lo que se creía era el último grupo de gente, un asiento libre se hallaba allí esperando. Y lo consiguió, junto con un suspiro de tranquilidad.

Podía observar todo desde allí, a todas las personas con su cabeza baja atentos a lo que tenían entre sus manos. Ya fuera su celular, una revista, un libro o algún juguete o consola. Cada quien enfocado en su pequeña e irrompible burbuja. 

La encontró nuevamente, sentada en uno de los costados con la postura perfecta y sus ojos nuevamente enfocados en el libro que estaba leyendo. 

Sin embargo, las dagas de sus ojos se detuvieron al verla pararse repentinamente. Cerrando su libro y guardándolo con apuro en su bolso nuevamente, se acercó a una señora que apenas había subido al metro.

—Por favor, tome este asiento— Y sonrió, cediendo el asiento en donde ella se encontraba.

La mujer se mostró claramente aliviada y alegre ante el gesto de la joven, y llevando una mano a su cara le sonrió en devolución mientras tomaba un tono dulce en su voz. Apoyó las bolsas con las que cargaba dejándolas en el suelo mientras que ahora ocupaba ese asiento.

—Vaya, si que eres muy amable jovencita.

Ignoró ese comentario, junto a todos los demás lanzados por la gente de su entorno, apartando la mirada cuando vio que las personas ahora miraban a otra joven junto a ella. Esperando que tomara el ejemplo de la chica de coletas y cediera el suyo también. 

Mas al ver su negativa, incluso la misma señora a su costado susurró en un tono hóstil:

—Estos jóvenes de hoy en día...

Ah, la frase favorita y que todos quieren oír. 

El reflejo de lo que las personas siempre intentan ocultar, lo que se encuentra dentro de sus corazones. Miedo. Nadie nunca se esforzaba por ser servicial, o sentir algo de empatía por la persona que estaba a su costado.

Al contrario, solamente se esforzaban por encontrar la paja en ojo ajeno. En criticar lo que a su alrededor había y no ver lo que dentro de ellos residía. Todos los días ella escuchaba las mismas historias y los mismos comentarios de la gente. Que si quien había hecho algo, que esta persona era horrible, que como había cambiado. Vaya.

Finalmente su destino se abrió paso después de un largo y agotador viaje. En silencio y con premura, tomó sus cosas y salió por las puertas del vehículo junto con todos los demás jóvenes que poseían su mismo uniforme. Su institución no se encontraba lejos de allí.

El callejón por el que todos cortaban camino era amplio, y la luz del sol  ingresaba mínimamente entre los edificios. Con la cabeza gacha sentía como todos a su alrededor comenzaban a caminar en grupos mientras ella se encontraba sola. Caminando detrás de la alegre chica de coletas.

Con las manos hundidas en sus bolsillos, pateó una roca que terminó por impactar en los zapatos de ella. Quedando a su sombra. Se detuvo por unos segundos para observar su entorno. Todo individuo que era iluminado por la luz del sol cargaba detrás de sí una sombra, tan oscura y monótona que decidían ignorarla.

A lo lejos, un grupo gritaba un nombre que tan familiar le era ya a su oídos.

—¡Miku! ¡Miku!— Ella corrió el último tramo que le separaba de ese grupo.

A su espalda, ella se había quedado algunos pasos atrás, y caminaba con mucha más lentitud a la sombra de un edificio. Hasta que la luz del sol le dio de lleno una vez que el callejón se abrió para dar paso a su escuela. Sus ojos parecieron resentirse a la luz por unos segundos antes de que alguien pasara por su costado, chocando su hombro y riendo con maldad.

No importaba cuánta luz del sol la bañara. Inspiró con fuerza antes de soltar con fuerza todo el aire de sus pulmones y dio el primer paso.

Ella era un sombra. Siempre fue una.

Nadie notaba su presencia, o se interesaba en ella. Todo lo que ella era, era totalmente ignorado por cualquier persona. Simplemente todos allí servían para ver la luz de otra persona. La luz de ella.

Su salón era ruidoso, principalmente por un grupo que todas la mañanas hablaba de la misma cosa:

—¡Vamos! Solo una canción Miku, toca una canción.

Bah, ni siquiera era tan buena.

Ella rio con modestia mientras se sonrojaba. Tomó su asiento al final de la fila, sin perder de vista la chica de las coletas que se encontraba al frente de todos, rodeada de aquellos que le pedían mostrar su talento. Con cuidado quitó la funda de su brillante guitarra roja.

—Solo será una ¿Está bien?

Ella bufó mientras miraba para otro lado.

Estar con amigos, reír y crear lazos, hablar animadamente. No necesitaba parecerse a alguien como ella.

Había amado la música desde que era pequeña. Cuando sus padres pudieron comprar su primera guitarra y estaba empezando a aprender por cuenta propia con algunos videos que encontraba por internet. Saber hacer las escalas la llenaban de orgullo y quería mostrarle a sus amigas como lo hacía.

Incluso, estaba esperando participar de ese concurso entre escuelas para que todos vieran lo bien que ella estaba aprendiendo. Aún si no ganaba, quería intentarlo.

Sin embargo, no era la única que estaba aprendiendo.

¡Miku! Tu guitarra es muy hermosa.

Ella simplemente se rio de forma tonta mientras la colocaba entre sus piernas para permitir una mejor apreciación a la guitarra de color rojo brillante.

Aun estoy intentando tocar las escalas, pero estoy segura que pronto lo lograré.

Esperaba pacientemente su turno, agitando sus piernas con entusiasmo, emocionada por contar qué tal iba ella aprendiendo. Y dispuesta a ayudar a Miku con las escalas.

¿Miku? Una profesora llama por ti, dice que lleves tu guitarra también. Te esperan en la orientadora.

Oh, justo cuando comenzaba a sacar su propia guitarra de su estuche un chico se acercó a ellas. Bueno, podría comentarle luego. La observó tomar sus cosas y salir corriendo hacia el encuentro que le habían avisado, sus otras dos amigas también miraban por donde la chica de las coletas había salido.

Chicas, yo también estoy aprend-

¿Crees que vuelva pronto?

—No lo sé, quizás es algo muy importante.

Parecía que su mano las atravesaba, que sus palabras no llegaban, que siquiera notaban que ella estaba allí.

Es aburrido sin Miku, el grupo no se siente completo.

Si, las tres juntas es mucho más divertido.

Sus ojos parecían comenzar a aguarse, mientras ahora podía claramente ver como su mano se desvanecía al intentar tocarlas. Al intentar alcanzarla.

Salió al pasillo, con los ojos listos para derramar sus primeras lágrimas. La frustración era bastante palpable en su rostro. A la lejanía, observó a Miku hablar entusiasmada con la profesora, se acercó corriendo para poder contarle lo que había escuchado de sus amigas.

Y sin embargo...

Perfecto entonces Miku, estamos muy orgullosos de que te animes a participar en el concurso con tu guitarra, será un honor que representes a la escuela. Puedes pedirle ayuda al profesor de música si necesitas algo.

Y allí sus pies se pegaron al piso.

¿Por qué...

¡Excelente dibujo Miku! Eres toda una artista —Y ella estaba a su costado, sosteniendo una pintura del espacio.

... Siempre...

Eres muy buena en los deportes ¿Te gustaría unirte al club? —Ella le había pisado los talones durante toda la carrera.

... Ella...

Vaya, que amable jovencita eres— Pero ella también había ofrecido su asiento antes.

... Estaba a su sombra?

Cayó como un balde de agua fría, todos los momentos en los que simplemente creyó que habían sido accidentales y no los había analizado con profundidad, comenzaron a conectarse entre sí y a crear un fuerte ruido en su interior.

Corrió ahora en dirección contraria, hacia los baños. Donde se encerró, con un rostro bañado en la más profunda angustia y soledad. Observó sus manos con terror, parecían incluso volverse transparentes. 

Nadie la veía. Nadie la oía. Nadie la conocía.

Hey, la distancia entre tú y yo, nunca se va a acortar.

Y ahí, a sus pies, contempló un abismo tan oscuro que incluso parecía llamarla. Sin ser ella consiente había caído en él. El frío viento, las gotas de agua cayendo de sus ojos, la sensación de vértigo.

Cayó en su cuerpo. Sobre su cama. Bañada en un frío sudor y con sus ojos lanzando finas corrientes de agua, apenas cubierta por la última sábana que no había podido quitar en su sueño. Un sueño.

Se sentó con pesadez, mirando con atención su mano. No estaba volviéndose transparente, había sido todo producto del sueño. Ojalá el recuerdo lo hubiera sido también.

Su respiración era agitada, y sus ojos aguados ya comenzaban a soltar las lágrimas. Miró hacia el techo mientras llevaba su mano a su rostro, quitando el cabello que allí se encontraba. Llevó sus rodillas a su pecho, intentando apaciguar todo ese vacío que en su interior comenzaba a acumularse y parecía querer estallar en cualquier momento. Bajó su mirada y escondió la cabeza entre sus piernas.

La habitación se encontraba a oscuras, en un silencio mortuorio. Una habitación pequeña con nada más que un escritorio, un armario, un mueble y la cama; todo aquello sumido en la oscuridad.

Una gran ventana se hallaba a su izquierda. Por la cual se podía observar como la noche poco a poco comenzaba a desvanecerse y el sol empujaba a la luna para que se ocultara. Bañando a toda la ciudad con su luz. Aun si ella se bañaba en ella, seguiría siendo igual.

¿Cuál era el punto de todo eso entonces?

Estaba sola, no había nadie. 

Se encerró aún más en su cuerpo. Sintiendo como la luz del sol nuevamente quería entrar por aquella densa cortina que tenía e irrumpir en la oscuridad de su habitación. No lo permitiría, no importaba cuando lo intentara, nunca sería vista.

Siempre estaría detrás, sin importar cuanto se esforzara, cuanto luchara, nunca alcanzaría ser esa luz. 

Y le dolía.

Dolía que ninguna palabra de aliento o halagadora llegara hacia ella, que nadie girara a mirarla. Que fuera como si no existiera. Lo positivo de ella nunca podía salir a la luz, porque siempre era opacado por la luz de alguien más.

Gruesas lágrimas ahora salían de sus ojos, mientras comenzaba a sorber por su nariz y sus mejillas se tornaban rojas. Lo único audible dentro de la habitación eran sus apacibles sollozos. Tan bajos que a la distancia eran inaudibles.

Sintió una repentina calidez en el frío ambiente.  Levantando la vista desde el refugio que era su cuerpo, sus ojos azules opacos recibieron un rayo de luz que había conseguido filtrarse por la cortina.

Una delgada línea de luz que dividía su habitación en dos, permitiendo observar las pequeñas partículas que por el ambiente flotaban. En la esquina contraria ella, allí donde la luz del sol daba con toda su fuerza, se hallaba la maceta vacía que tenía hace meses.

O eso creía.

Pudo observar como una delicada flor blanca había nacido allí, en el rincón de su habitación, con una luz propia tan sutil y fina. Sobreviviendo en las sombras y con lo mínimo de luz que alguna vez alcanzaba a darle, esa flor se encontraba allí. Sus ojos brillaron al verla tan llena de vida y esperanza, que incluso le transmitió un valor incomprensible para ella.

Quién le había regalado esa maceta...

Alegría. Enfado. Tristeza. Comodidad. Ella no necesitaba todo eso.

Es una existencia incompleta.

Alguien que realmente no necesitaba de todas aquellas cosas para sobrevivir, porque se tenía a sí misma y con eso le bastaba. Porque podía florecer. Porque podía continuar aun si nadie la notaba.

Limpió la última lágrima que aun rodaba por su mejilla, mientras que observaba aquella bella flor ahora brillar un poco más. Un poco de agua realmente no le haría mal.

Aun si hubieron luces en la noche, el sol volvería a salir, marcando un límite entre el Ying y el Yang.

Bajó del metro, cargando en su espalda el estuche y con su bolso en el hombro. Por las calles, la luz del sol volvía a aparecer en la mañana y acompañaba a todas las personas en su día. 

A algunos pasos más allá pudo observar que, con un estuche similar, y rodeada de amigos, ella iba hablando. Solamente se limitó a quedarse detrás y rezagada, oculta en las sombras de todas las personas que ahí se encontraban.

Llevó la mano a su bolsillo, sacando un pequeño objeto que descansaba entre sus dedos. De un brillante turquesa, reflejaba la luz del sol. Con mucho cuidado intentó acercarse, sin embargo una piedra se impuso en su camino y la hizo trastabillar a espaldas de la chica.

Repentinamente la joven de las coletas se giró, asustada, observando a su alrededor. Cuando su mirada se detuvo a sus pies, en su sombra, se encontró con lo que había provocado ese sonido.

Una púa de guitarra.

Miró a todos a su alrededor mientras se agachaba a tomarla, era brillante y encajaba justo con sus manos. Se sentía tan cómoda. Nadie parecía tener una guitarra por ahí como la que ella siempre cargaba consigo.

Esa era una de sus púas favoritas, una que había perdido muchos años atrás. Creyó que se la había dado a alguien.

Detrás de una maquina expendedora, a la vuelta de donde la chica de coletas se encontraba, ella respiraba agitada. Oh, había estado muy cerca.

Y yo sé, volveré a huir.

Un grupo pasó junto a ella, por lo que simplemente se ocultó nuevamente en sus sombras para poder ingresar a la escuela.

Porque así es la vida ¿No?

Ya en los pasillos, volvió a retomar su habitual ritmo, esquivando los hombros de todos allí. Girando y cargando con el estuche en su espalda.

Suplantaré tu sombra, eso haré. Mañana, en tu sombra, también me ocultaré. 

Nuevamente entró a su salón. Y nuevamente la misma melodía la recibía todas las mañanas. Ignorando a todos, realizó el mismo camino hacia su asiento. Las ventanas estaban abiertas de par en par e iluminaban toda la habitación.

Entre los dedos de ella, la púa se hallaba rascando la guitarra que producía la música a la que todos alababan. Ella cerró los ojos, permitiendo que ese sonido llegara a sus oídos, hoy era mucho menos molesto.

Y si un día brillas tanto, que yo desaparezco.

La observó dejar la guitarra de lado y reír con un chico, las demás a su alrededor también soltaron risas. Sus labios se curvaron por fuerza propia en una sonrisa abatida.

No me importará.

.

.

.

Una mano llegó a su hombro, sorprendiéndola en el acto. Giró con rapidez, buscando a aquello que pareció haberla notado. Unos cálidos ojos celestes le reflejaron. A ella. La estaban mirando a ella.

—Hola, tú eres Rin ¿Verdad?

.

.

.

Canción: Narisumashi Gengar - Kagamine Rin & Hatsune Miku

Ah~~~ Una de mis canciones favoritas. 

Siempre me he sentido a la sombra de todos, y esta canción fue algo que realmente reflejó esa frustración que me cargo desde hace mucho tiempo. Me alegra que me haya tocado, y espero haber podido expresar correctamente la frustración y alivio de Rin ya para el final.

Aaaaaaa gracias Yukirin666 por ayudarme a retomar esto 💛💛💛

Y gracias a todos los que están allí, esperándome. Leyéndome.

Bye! Ejército Kagamine 💛

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