29. STELLA RUBRA

Rojo | KAI

Esta noche lo he buscado de nuevo. Soy consciente de que será complicado encontrarlo, pues con un solo movimiento él es capaz de evaporarse en el aire y desaparecer.

Hemos jugado al "Busca y encuentra" por largos años. Empezó en Londres. En ese tiempo, yo intentaba llevar una vida normal y fingir que era una persona ordinaria. Pero cuando él se cruzó en mi camino me percaté de que aquel chico enigmático era como yo. Lo seguí —como lo he hecho últimamente—, pero desapareció en un haz de luz roja que confirmó todas mis suposiciones.

Desde ese instante, recorrí todo el globo en busca suya; pagué el precio más alto para obtener, aunque sea, una pista de quien era aquella persona que tanto impacto había ocasionado en mi vida. Descubrí que lo conocían como Kai, era protegido de STELLA RUBRA y uno de los últimos Rojos.

Cuando me informaron esto, decidí a hallarlo de una vez por todas y aparecí en Roma.

Así que aquí me encontraba. Infiltrada en STELLA RUBRA, fingiendo que soy parte de la Élite Roja cuando en realidad pertenezco a una casta inferior.

Mientras divagaba entre los grupos de personas, me di cuenta de que la obsesión era el peor de los males. Había explotado mi don transportándome por el mundo en busca de alguien a quien sólo conocía de vista, desperdicié largos años de mi vida en una persecución infundada, arrojé a la basura mis intentos por vivir como alguien normal, y ahora me encontraban en un lugar desconocido, arriesgando mi vida y adentrándome en algo peligroso.

Debía rendirme ahora.

—Veo que me encontraste —susurró una voz cerca de mi oreja.

No pude evitar sorprenderme, pero con la misma conmoción me volví y me di cuenta de que él estaba ahí.

Kai me dirigió una mirada intensa mientras sonreía irónicamente. Sin decir una sola palabra, se dio la espalda y comenzó a caminar entre el tumulto de gente congregado en aquella especie de ágora. No pensé ni un segundo y lo seguí.

Pensé en que la búsqueda había terminado. Estaba tan agradecida por ello.

Él se detuvo cuando llegamos a un pasillo ligeramente iluminado. Me recargué contra la pared buscando estabilizarme y Kai se limitó a mirar mis movimientos.

En silencio, el extendió la palma de su mano y esta se iluminó con un rojo más brillante que el color de su saco. Sabía el significado de su acción, por lo tanto, lo imité y coloqué mi mano a la altura de la suya, y esta resplandeció con un color plateado, que hizo cambiar el semblante de Kai.

—Extraño en verdad —susurró, ligeramente maravillado—. Debiste rendirte en cuanto lo pensaste.

En ese instante, se adentró en la oscuridad del pasillo y un haz de luz rojo me dijo que de nuevo él había desaparecido.

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