24. (K)night saver
Luciérnagas | KRIS
Aquella tarde de octubre, cuando las primeras estrellas aparecieron en el firmamento y el silencio se hizo perpetuo, un acontecimiento maravilloso sucedió.
Después de la cena, les avisé a mis padres que saldría un rato a caminar; ellos no me lo negaron, sólo me pidieron que regresara antes del anochecer, pues mañana partiríamos a primera hora.
A las siete de la tarde, el crepúsculo apenas estaba asentándose. Los matices anaranjados, rosados y blancos del cielo me acompañaron en mi camino por aquella vereda silenciosa rodeada de arbustos y uno que otro árbol. Disfruté de la vista y la tranquilidad que me ofrecía el paisaje, a tal grado que mi cabeza se libró de cualquier preocupación o pensamiento.
Cuando la iluminación comenzó a menguar, decidí que era momento de regresar a la cabaña donde mi familia se hospedaba. No es que tuviera miedo a la oscuridad, simplemente no estaba preparada y tampoco deseaba preocupar a mis padres.
Regresé sobre el camino que había tomado con bastante tranquilidad. A lo lejos, vislumbré el conjunto de cabañas y apresuré ligeramente mi paso; no obstante, una figura se interpuso en mi objetivo. Lo identifiqué como uno de los chicos que también venía de visita con su familia, deduje que por su vestimenta era unos años mayor que yo.
—¡Hey, hola! —Saludó.
—¿Qué hay? —Le regresé el saludo de forma casual.
—Vi que saliste de tu cabaña hace un rato y decidí acompañarte, no vaya a ser que un animal del bosque te haga daño —comentó el chico con un tono burlón, lo cual me irritó.
—No te preocupes, dudo que un animal del bosque pueda asustarme lo suficiente —repliqué en el mismo tono—. Pero gracias por preocuparte, te avisaré cuando realmente necesite que me salves.
—No hay de qué, sabes, pensaba en que podíamos regresar allá y divertirnos un rato, ¿qué dices? —Sugirió aquel molesto muchacho.
—Yo creo que no —decliné su oferta lo más amable posible—. Si me disculpas, tengo que volver con mis padres, me esperan para cenar.
Lo esquivé por la derecha pero no había dado ni tres pasos cuando el chico desconocido, fastidioso y pervertido me tomó del brazo, deteniéndome. Me mantuve en calma, no debía alterarme sino las cosas se pondrían peor. Le dirigí mi mirada más gélida y seria, y él se percató de que no me agradaba la situación.
—Sólo quiero que me acompañes, ¿es difícil para ti hacerlo? —Mencionó él.
—He dicho que no quiero, suéltame o gritaré —le advertí con dureza.
—¡Vamos, no te haré nada malo! —Entonces comenzó a arrastrarme hacia el camino por el que anteriormente yo venía.
Me empecé a preocupar y, de forma desesperada, comencé a forcejear. Miré hacia las cabañas, esperando a que alguien saliera y me salvara. La oscuridad de la noche se hizo más presente y ahora sí temía de ella, de lo que podía pasarme a su alrededor.
La desesperación se materializó más en mí. Una luciérnaga se posó sobre mi brazo y no sé porque se me ocurrió que me libraría de esto. Justo cuando decidí que debía gritar, todo sucedió en cámara lenta.
Primero, una flecha pasó entre el chico desconocido y yo, tan cerca de su cabeza que casi le perfora la oreja. Ambos nos asustamos, nos detuvimos y nos volvimos hacia atrás. Una figura alta se erguía a mitad de la noche; por la forma deduje que se trataba de un hombre, pero su vestimenta y el largo de su cabello no me permitían confirmarlo.
La persona se acercó. Me percaté de que sostenía un arco rústico en la mano derecha. Cuando estuvo a 10 metros me di cuenta de que era un hombre de casi treinta años. Nos miró sin pronunciar una sola palabra y en un movimiento veloz, sustrajo de su aljaba otra flecha y extendió brazo, apuntando su arma hacia la frente de mi raptor.
—Suelta a la señorita —pronunció con una voz profunda—, o sino morirás.
El chico que me arrastraba hace unos segundos no dudó en soltarme. El sujeto del arco no dejó de apuntarlo entre las cejas.
—Ahora vete de aquí, antes de que atraviese tu cabeza con mi flecha. —Mi raptor asintió con miedo y sin chistar corrió lejos de nosotros, desapareciendo en las penumbras del bosque.
Me volví hacia el sujeto del arco, él ya había bajado su arma y había adoptado una postura más relajada. Me permití observarlo: él usaba un traje tradicional, tenía el pelo largo y oscuro. Inmediatamente, me recordó a uno de esos guerreros de tiempos pasados, como de las dinastías Han o Zhou.
—¿Se encuentra bien? —Mi salvador rompió el silencio.
Me limité a asentir con la cabeza en respuesta.
—La escoltaré de regreso a sus aposentos —anunció él y lideró el camino sin más. Le seguí en silencio debido a lo sorprendida y conmocionada que estaba.
Cuando estuvimos afuera de mi cabaña, me acerqué a la puerta, pero antes de entrar me volví hacia aquel hombre con intención de agradecerle. Sin embargo, no lo encontré, sólo había un extraño cúmulo de luciérnagas que se dispersaba en la noche.
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