23. Nirvana

Acmé | SEHUN

Fue en otoño cuando las cosas se complicaron para la familia Oh.

Desde que la enfermedad de Se Hun se complicó, tuvieron que mudarse a Canadá y tratar de rescatar lo poco que le quedaba de vida. Era admirable la dedicación que los señores Oh le pusieron a la recuperación de su único hijo; sin embargo, no era suficiente para salvarlo del aparatoso e inevitable destino que le aguardaba.

Fui afortunada de coincidir, conocer y crear un vínculo con la familia Oh mientras cumplía con mis horas de servicio como enfermera en el Hospital General de Norfolk aquel otoño. La señora Oh era una persona maravillosa y amable; además de una belleza sin igual, tenía un gran corazón. El señor Oh era ligeramente más serio, pero siempre amable y respetuoso, era quien pasaba más tiempo al cuidado de Se Hun.

Se Hun. La primera vez que lo vi recostado en su camilla, me pregunté por qué alguien como él tenía que pasar por esto. Se Hun era enigmático, la seriedad y la palidez de su rostro lo dotaba de una belleza peculiar; no obstante, bajo eso se escondía un joven que deseaba con desespero recuperarse y vivir.

Aquel día, la señora Oh se encontraba de guardia. Llegué a la habitación de Se Hun para realizar la revisión rutinaria; cuando entré, me di cuenta de que Se Hun dormía y su madre, quien estaba sentada en el pequeño sofá junto a la camilla, leía un libro.

—Buenos días, señora Oh —saludé como de costumbre.

—Buenos días, enfermera Nirvana —respondió ella, con un nivel de inglés aceptable pero con acento pronunciado.

—Ya le he dicho que puede llamarme sólo Nirvana —dije mientras tomaba la tablilla que se encontraba colgada a los pies de la camilla.

—Disculpa, han pasado meses pero aún no me acostumbro a la falta de formalismos —mencionó ella, ligeramente avergonzada.

—No sé preocupe, esta se la dejaré pasar. —Le dediqué una sonrisa amable a la mujer y ella me la regresó.

—Nirvana, ¿puedes hacerme un favor? —Preguntó la señora Oh. Yo asentí con la cabeza en respuesta—. ¿Crees que pueda dejarte sola con Se Hun en lo que haces la revisión? Desde hace un buen rato necesito una taza de café. Iré al comedor por uno, así también aprovecho y estiro las piernas.

—Claro, no hay ningún problema.

—Muchísimas gracias, no me demoraré. —La señora Oh salió de la habitación y me dejó con Se Hun, quien seguía dormido.

Contemplé su piel pálida, la cual hacía que las pecas se pronunciaran más sobre sus mejillas; su cabello castaño estaba ligeramente rizado y despeinado, su respiración era lenta, su semblante reflejaba serenidad. Verlo en ese estado, provocó una sensación de pesadumbre en mi corazón. Usualmente no me sucedía esto con los pacientes, ¿pero por qué con Oh Se Hun sí?

Salí de mi ensoñación y me dispuse a realizar mi trabajo. Después de revisar el monitor y hacer las anotaciones médicas, volví a mirarlo. Su imagen me impulsó a acercarme un poco más; quería peinar su cabello y quitarlo de su frente para que estuviera más cómodo.

Justo cuando estaba a centímetros de tocarlo, él abrió los ojos. Su enigmática mirada oscura se clavó en mi alma. No realizó otro gesto, lo cual me incomodó e hizo darme cuenta de la acción que estaba a punto de cometer.

—Enfermera Nirvana, ¿dónde están mis padres? —Preguntó él, con voz baja y apagada.

—Tu madre fue al comedor a conseguir un poco de café, no tardará en regresar —respondí.

Nos quedamos en silencio, él me miró de nuevo. Para romper la incipiente tensión, decidí preguntarle cómo se sentía.

—Debo ser sincero porque usted es mi enfermera, cada vez me siento más débil. No soporto más el dolor, si me pregunta en la escala del uno al diez, yo le diría un ocho.

—Bien, intentaré que incrementen tu dosis de codeína, sentirás menos dolor —le comenté, ocultando la preocupación que su declaración me provocó.

—Gracias, Nirvana —pronunció él, sonriendo con debilidad. Cerró los ojos, y pronto volvió a dormirse.

En ese instante llegó la señora Oh. Preguntó si todo había salido bien, le contesté que sí y me excusé diciendo que tenía que realizar la revisión de otro paciente. Cuando salí de la habitación me percaté que tenía un nudo en la garganta y que mis manos temblaban.

—Enfermera Nirvana, ¿está bien? —Preguntó el doctor Johnson cuando me lo encontré en el pasillo.

—Sí, me encuentro bien —declaré—. Acabo de revisar al paciente Oh, me ha dicho que su dolor ha incrementado, ¿será posible aumentar su dosis de codeína?

El doctor lo meditó y después aceptó mi requerimiento.

—El chico ya alcanzó el acmé, será mejor que empecemos a concientizar a sus familiares, no le queda mucho tiempo.

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