Capítulo 48: Terremoto

Desperté en la camilla de la enfermería sintiéndome desorientada, como si me hubieran quitado un pedazo del día y yo no hubiera tenido voz ni voto al respecto. Las luces blancas del techo eran demasiado brillantes, y el leve zumbido del fluorescente me hacía fruncir el ceño.

El enfermero estaba a un lado, revisando un portapapeles con más interés del que parecía prestarme.

—¿Puedo irme ya? —pregunté, notando que mi voz sonaba extraña, más débil de lo habitual.

Tardó unos segundos en responder, o quizá yo estaba procesando las cosas demasiado lento.

—Llamé a tu casa y nadie ha respondido. No estás del todo bien, será mejor que descanses un poco más antes de marcharte.

"Descansar". Me parecía que ya había hecho eso lo suficiente. Aún sentía un leve mareo, pero quería salir de allí.

—¿Podría decirme qué hora es?

—Las cinco con diez minutos.

El estómago me dio un vuelco. Las clases habían terminado. Probablemente me mantendrían retenida hasta las seis en punto, si nadie en casa pasaba por mí.

El sonido de la puerta interrumpió mis pensamientos. La persona que entró no se molestó en esperar a ser invitado. Era Matthew.

—Tengo autorización para ocuparme de ella —dijo con un tono tranquilo, entregándole una hoja al enfermero.

Este la leyó brevemente antes de asentir y dirigirme una mirada que intentaba parecer severa.

—Ya puedes irte. No olvides pasar por tus pertenencias antes de salir.

—Yo ya me ocupé de eso —avisó Matt con una sonrisa satisfecha. Luego, se giró hacia mí y añadió:— Vámonos, Abby.

Al ponerme de pie, las piernas me temblaron ligeramente, como si hubieran olvidado cómo sostenerme. Matthew no tardó en notar mi tambaleo, pero no dijo nada mientras me seguía de cerca hacia el pasillo.

El trayecto al auto fue extraño. No podía centrarme en nada, solo seguía los pasos de Matt, que caminaba a un ritmo sorprendentemente rápido.

Ya en el auto, el silencio era incómodo, roto únicamente por el ocasional ruido del motor. Estaba perdida en mis pensamientos cuando mi estómago gruñó con una fuerza tan ridícula que me sobresalté.

—¿Tienes hambre? —preguntó Matthew.

Me llevé las manos al rostro, intentando ocultar mi vergüenza.

—Debe ser porque no he almorzado —murmuré. Luego, más animada, añadí—: Comeré algo apenas llegue a casa.

—Puedo llevarte a comer, si quieres.

—No quiero molestar, Matt.

—Tú nunca me molestas.

Sonreí, algo conmovida por su sinceridad. A veces sentía que Matthew hacía tantas cosas por mí que le debía el mundo entero.

—Mejor ven conmigo a casa y te quedas a comer. Tú siempre estás al pendiente de mí, y yo nunca hago nada por ti. Déjame prepararte algo.

—De acuerdo —respondió entre risas—. ¿Me prepararás tu famosa agua hervida deliciosa, no?

Ladeé la cabeza, fingiendo estar ofendida.

—Será el agua hervida más rica que jamás hayas probado.

Ambos reímos, y por un momento me olvidé de lo raro que había sido todo ese día. Pero mi curiosidad me ganó.

—Oye, Matt... ¿cómo es que acabé en la enfermería?

Su expresión cambió ligeramente, como si estuviera buscando las palabras adecuadas.

—Pues... por lo que supe, te desmayaste durante clases. Nicholas te llevó en brazos hasta la enfermería y luego consiguió que la Directora me autorizara para ocuparme de ti. Fue... extraño, la verdad.

Fruncí el ceño, tratando de procesar lo que había dicho.

—Vaya... Qué buen y raro gesto de su parte.

—Veo que al fin acepta de buena manera nuestra relación —comentó Matt con una sonrisa traviesa.

Lo miré con las cejas juntas.

—¿Relación?

—Pero claro. Recuerda que eres mi prometida.

Reí a carcajadas.

—Oh, cierto. Y además estoy embarazada de ti.

—¿Qué puedo decir? Fue una noche loca.

Aunque intenté centrarme en el presente, mi mente seguía dándole vueltas a lo que había pasado en la escuela. Los desmayos no eran comunes en mí, y esa sensación de haber perdido un fragmento del día me resultaba inquietante.

Cuando llegamos al supermercado, me aferré a la idea de que algo tan cotidiano como comprar víveres podría ayudarme a recuperar la calma. Elegí las cosas pensando en Matt. En todos estos años diciendo el mejor amigo de mi hermano, sabía exactamente qué le gustaba y qué no, y hacerlo me hacía sentir útil, como si compensara lo mucho que él hacía por mí.

De regreso al auto, mi teléfono vibró en mi bolsillo. Al mirar la pantalla, vi varias llamadas perdidas de un número desconocido. Antes de que pudiera pensar demasiado en ello, Matt señaló algo a lo lejos.

—Abby, mira, ¿ese no es Adam?

Giré rápidamente la cabeza, y allí estaba: Adam, en persona. Mi corazón dio un brinco de alivio, pero también de confusión.

—¡Cielos, sí es él! —exclamé emocionada. Sin pensarlo, corrí hacia él, ignorando las advertencias de Matt.

Cuando estaba a punto de alcanzarlo, mi mirada se detuvo en lo que él observaba. Al lado de Adam estaba Zac.

El mundo pareció detenerse por un segundo.

—¡Abby, cuidado!

No vi el auto hasta que Matthew me empujó fuera del camino. Caímos al suelo, y aunque no hubo heridas, el impacto me dejó aturdida.

Me levanté rápidamente, buscando a Adam y a Zac, pero ya no estaban.

—¿Estás bien? —preguntó Matt, sacudiéndose la ropa.

—Sí... ¿y tú?

—Estoy bien. Pero, pequeña, por favor... ten más cuidado.

Asentí, aunque mi mente seguía en otra parte. ¿Qué estaban haciendo Adam y Zac juntos? Y más importante aún, ¿por qué habían desaparecido tan rápido? ¿Se habrían dado cuenta de que estaba yo allí?

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Cuando llegué a casa, Bárbara iba de salida. Últimamente estaba tan ajetreada con cosas de la universidad que apenas me dirigía la palabra. Eso, curiosamente, parecía haber mejorado nuestra relación. A menos palabras, menos roces.

Mientras Matthew llevaba las bolsas de las compras a la cocina, aproveché para subir a mi cuarto y dejar mi mochila de la escuela.

—¡Hunter!

Sonreí ampliamente al verlo echado sobre mi cama. Sin dudarlo, me lancé sobre él, aplastándolo en un torpe abrazo lleno de besos y apretujones. Sentía que lo había extrañado mucho, aunque nos habíamos visto solo hasta hace unas horas.

—Estoy muy, muy molesto contigo, Abigail.

Aunque su ceño fruncido intentaba darle seriedad a sus palabras, a mí solo me parecía tierno. Sin embargo, su tono no era para nada juguetón. Me incorporé, sentándome a horcajadas sobre él, mientras él se recostaba para mirarme directamente.

—¿Qué pasó? —pregunté, genuinamente confundida.

—¿Por qué no respondiste mis llamadas? Estaba muy preocupado por ti.

Lo miré perpleja, parpadeando como si mi cerebro se hubiera quedado en pausa. Las luces cálidas de mi habitación parecían acentuar la tensión en el aire. Una risita nerviosa escapó de mis labios, pero a él no le hizo la menor gracia.

—¿De qué te ríes? —preguntó, clavando sus ojos en los míos con un deje de reproche—. Incluso fui a buscarte a la escuela y no te encontré.

—Pero, Hunter...

—Nada de peros. No me hagas esto de nuevo.

El peso de su mirada me hizo sentir una punzada de culpa. Una risa nerviosa más escapó de mi boca, casi como un reflejo automático. Al parecer, el profesor Nicholas no le había dicho nada a Hunter sobre mi desmayo. Tal vez era mejor así; si lo supiera, probablemente estaría aún más preocupado.

Entonces recordé algo crucial. Mis ojos se abrieron como platos y salté de la cama como si me hubiera picado algo.

—¡Vi a Zac! —exclamé, casi gritando de la emoción—. ¡Y estaba con Adam!

Las palabras salían atropelladas, un torrente inconexo que ni siquiera yo podía seguir. Me di cuenta de que estaba balbuceando cuando Hunter se incorporó, tomó mi rostro entre sus manos y, con una firmeza tranquilizadora, me obligó a enfocarme en él.

—Ya lo sé. Derek me avisó esta mañana que Zac había aparecido.

—¿¡Qué!? —chillé, indignada, y lo fulminé con la mirada—. ¿Por qué no me lo habías dicho? Si lo hubiera sabido, no habría ido a clases. Además, ni siquiera vi a Fei y...

—Shh... tranquila. Todo está bien.

Suspiré, tratando de calmar el huracán de emociones en mi interior.

—Cuéntame qué pasó.

—Descuida. Iremos con ellos ahora.

—De acuerdo, pero antes necesito que...

Antes de que pudiera terminar, la voz de Matthew llegó desde la puerta.

—¿Abby...?

Me giré bruscamente, y ahí estaba Matt, mirándonos con una expresión extrañamente seria. Claro, tenía sentido su desconcierto. ¿Cómo iba a explicarle lo de Hunter en mi habitación, cuando acabábamos de entrar a la casa?

—¿Quién es él? ¿En qué momento entró?

—Yo podría hacer la misma pregunta —opinó Hunter, arqueando una ceja. ¿En serio? ¿Se estaba burlando de mí?

Respiré hondo y procedí con las presentaciones, tratando de sonar casual.

—Él es Hunter, mi pareja —dije, viendo cómo la expresión de desconcierto en el rostro de Matt se hacía más evidente—. Y Matthew es un amigo de la familia.

Matt se recompuso rápidamente, alargando la mano hacia Hunter con una sonrisa educada. Hunter respondió al saludo con igual cortesía, y, minutos después, los tres terminamos en la cocina.

Prometí a Hunter que sería algo rápido. No había previsto la situación con Zac, pero tampoco quería ser descortés con Matt después de lo atento que había sido conmigo. Por suerte, la situación no fue tan incómoda como esperaba.

En la cocina, los aromas de mantequilla derretida y hierbas frescas comenzaron a llenar el aire mientras hervía una olla para los ravioli. La receta semi preparada facilitó las cosas; preparé una salsa cremosa con queso parmesano, ajo y un toque de albahaca fresca que encontré en el refrigerador. Matt, tan servicial como siempre, se ofreció a encargarse de la ensalada.

Hunter, por su parte, permaneció cerca, observando en silencio. Aunque nunca probaría la comida, se sentó a la mesa y simuló interés.

—¿Y cómo se conocieron? —preguntó Matthew de repente, mirando a Hunter con curiosidad mientras le daba un bocado a su ensalada.

Esa pregunta me puso alerta. ¿Qué se suponía que debía decir? Para mi alivio, Hunter respondió antes de que yo pudiera tartamudear.

—Visité la escuela algunas veces por mi tío, el profesor Nicholas. Seguro lo conoces.

El nombre del profesor pareció drenar el color del rostro de Matt, quien apartó la mirada un segundo. Suponía que ambos habíamos recordado la escena perturbadora con la directora.

—Entonces ya entiendo —dijo, esbozando una sonrisa nerviosa—. Por eso el profesor se preocupó de liberar a Abigail de la enfermería esta tarde. No sabía que ese hombre tuviera corazón.

Matt de inmediato puso cara de arrepentirse de haber dicho esa última frase. Parecía que no quería incomodar a Hunter, pero sus palabras habían andado más rápido que su procesamiento. Lo entendía, me pasaba con frecuencia.

—¿Cómo? —interrumpió Hunter, volviendo su atención hacia mí.

Sabía que debía contárselo, pero deseé que hubiera otra forma. Respiré hondo y me adelanté.

—Me desmayé hoy en la escuela. Apenas recuerdo cómo ocurrió. Matthew vino a buscarme, y tu tío... bueno, él consiguió un permiso especial con ayuda de la directora.

Hunter asintió lentamente, procesando la información.

—¿Cómo te sientes ahora, Abby? Por favor, come bien antes de que nos pongamos en marcha.

—¡Oh! ¿Tienen planes? —preguntó Matt, terminando lo último de su plato con rapidez—. Entonces ya me voy. No quiero molestar.

—Sí, fue algo de último minuto —respondí, agradecida por su comprensión—. Gracias por todo, Matt.

Antes de irse, Matt se inclinó para darme una caricia en la cabeza, como si fuera una niña pequeña.

—Nos vemos en clases. Cuídate mucho —dijo, y luego se volvió hacia Hunter, estrechándole el hombro de manera cordial—. Ha sido un gusto conocerte, Hunter. Espero que nos veamos de nuevo.

Cuando la puerta se cerró tras él, me dejé caer en la silla, sintiendo cómo la ansiedad volvía a apoderarse de mí. Mi mente no podía quedarse quieta. Zac, Adam... ¿Qué había pasado con ellos? La impaciencia hacía que mi corazón latiera más rápido. No podía esperar ni un segundo más.

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El trayecto hacia la casa del profesor Nicholas fue sorprendentemente normal: tomamos un taxi como cualquier persona corriente, lo cual, viniendo de Hunter, era casi un milagro.

La villa donde vivía el profesor era un lugar tranquilo, con casas de fachadas elegantes pero sin ostentación. Lo que más destacaba era el jardín del señor Nicholas, lleno de flores de todos los colores, perfectamente cuidadas, como sacadas de una revista de paisajismo.

—¿Vas a entrar o te quedarás viendo las flores? —preguntó Hunter, con su tono cargado de burla.

—Es que son muy bonitas... —respondí distraída, sin apartar la vista del lugar.

—Para la próxima le llevaré unas de aquí a tu hermano.

Reí, imaginando la escena. —Con eso te ganarás su aprobación.

—¿Qué? ¿Aún no la tengo? —Su ceja se alzó, fingiendo estar ofendido.

—Es exigente.

Antes de que pudiera seguir molestándome, la puerta se abrió, y apareció Zac, con el cabello un poco revuelto y una expresión de agotamiento en el rostro.

—¡Zac! —exclamé, lanzándome a abrazarlo sin pensarlo dos veces. Lo estrujé con fuerza antes de apartarme, examinándolo con ojo crítico. —¿Dónde te habías metido, pequeño?

—Aquí la única pequeña eres tú, Abby —rió suavemente, haciendo un gesto para que pasáramos. —Los estábamos esperando.

Adentro, la casa tenía un aire acogedor, aunque sobrio. La sala era pequeña, con sillones negros y un par de mesas llenas de libros y papeles. En uno de los sillones, el señor Nicholas estaba leyendo algo. Apenas nos vio entrar, dejó el libro a un lado y se levantó.

—Buenas tardes, Hunter. Buenas tardes, señorita Winsley —saludó con una voz grave, que me parecía intimidante.

Apenas respondí un "buenas tardes" rápido, sintiéndome incómoda bajo su mirada parca, pero Zac intervino, salvándome.

—Por aquí —nos dijo, guiándonos hacia una habitación.

Al entrar, la escena que me recibió fue tan inesperada como caótica: Adam estaba sentado en el suelo, jugando con el móvil, mientras Derek dormía profundamente sobre una cama a unos metros de él.

—¿Cómo has estado, Abby? —Adam se levantó para saludarme, con tono tranquilo pero amable.

—¿Cómo has estado tú? ¡Ustedes me deben responder muchas preguntas!

No tardé en acercarme a la cama donde Derek seguía dormido. ¿Eran ronquidos lo que oía? Zac rió ante mi cara de incredulidad.

—Hay que despertarlo —dijo—. ¿Quién lo hará?

—¿Se pone de mal humor? —pregunté, desconfiada.

—No, pero tiene el sueño tan pesado que ni un terremoto lo despierta.

Hunter sonrió con una mirada descarada. —Yo ayudaré con eso.

Antes de que pudiera procesar lo que decía, Hunter agarró los bordes de la cama y la sacudió con tanta fuerza que...

¡Se rompió!

Derek saltó del colchón como si hubiera explotado una bomba debajo de él. Nos miró a todos con cara de pocos amigos, mientras Hunter se reía sin ningún disimulo. Yo, en cambio, me tapé la cara, deseando desaparecer.

—¡Mierda! —gruñó Derek, todavía en shock.

Y ahí estaba yo, intentando decidir si reír o fingir que no conocía a Hunter.

—Esto es tu puta culpa, ¿no? —espetó Derek, todavía con la expresión crispada mientras señalaba los restos de la cama rota. Hunter, por su parte, no dejaba de reír, inclinándose ligeramente hacia adelante, como si realmente disfrutara de la escena.

—No. Fue Adam —respondió, todavía entre carcajadas, aunque su expresión divertida lo delataba.

—¿¡Disculpa!? —saltó Adam desde la esquina, bajando el móvil con brusquedad para unirse al intercambio.

—¡Y bueno! —exclamé, levantando las manos en señal de calma y logrando que los cuatro chicos giraran la cabeza hacia mí. Su atención combinada fue un poco abrumadora, pero reuní valor para continuar—. ¿Qué es lo que tienen que decirme? No hemos venido hasta aquí para hablar de camas rotas.

El ambiente cambió de inmediato. Zac se frotó la nuca, claramente incómodo, y dio un paso adelante. Sus ojos reflejaban cansancio, pero también una determinación que me puso alerta.

—Cierto... Adam y yo hemos estado investigando todo lo que pudimos sobre tu situación. No fue fácil, pero al menos ahora sabemos a qué nos enfrentamos.

Su tono era directo, casi demasiado. ¿Desde cuándo esos dos habían formado equipo? Sentí una mezcla de incredulidad y algo parecido al alivio. Saber que se habían preocupado tanto por mí... tocaba una fibra sensible que no quería explorar en ese momento.

Adam, con una media sonrisa cansada, añadió:
—Fue una de las cosas más extrañas que he hecho en mi vida, pero funcionó. Encontramos respuestas, Abby.

Derek bufó, cruzando los brazos con exasperación.
—Ah, claro, porque lo lógico era desaparecer días enteros sin decirnos nada. ¡Bravo! Dos genios trabajando en secreto. Mientras tanto, nosotros pensando que algo malo les había pasado. ¿Una nota? ¿Un mensaje? Nah, mejor irse al estilo "misterio" —ironizó, lanzando una mirada reprobatoria hacia Zac—. Aunque, sinceramente, solo me preocupaba por este idiota.

Hunter, a su lado, asintió con un movimiento seco, sus brazos también cruzados.
—Yo igual.

Puse los ojos en blanco ante su actitud, aunque sabía que no era solo por Zac. Adam nunca había sido su favorito, pero eso no quitaba que me frustrara lo infantiles que podían llegar a ser.
—Ya, basta —interrumpí, tratando de volver al tema—. ¿Qué encontraron? ¿Qué está pasando conmigo?

Zac intercambió una breve mirada con Adam antes de hablar. Su voz bajó un poco, como si estuviera a punto de soltar una verdad que ni él quería enfrentar.
—Es complicado, Abby. Pero sé que puedes con esto.

—¿Complicado cómo? —pregunté, sintiendo una opresión en el pecho. Mi respiración se volvió un poco más superficial mientras esperaba su respuesta.

—Descubrimos que el demonio lleva años siguiéndote. Aprovechó tu habilidad para ver fantasmas y la vulnerabilidad que has tenido últimamente. Por eso pudo entrar en ti... aunque aún no por completo. Tenemos una cápsula diseñada para atraparlo, pero primero debemos forzarlo a salir de tu cuerpo.

Mis labios se separaron, pero ninguna palabra salió de ellos al principio. Finalmente logré murmurar:
—Eso no puede ser. Él no está en mi cuerpo. Sigo siendo yo.

Zac vaciló, como si elegir las palabras correctas fuera lo más difícil del mundo. Finalmente, Adam tomó la palabra, con un tono más práctico pero no menos inquietante:
—No es que esté completamente dentro de ti. Pero ya tiene algo de control, lo suficiente para influenciarte.

Negué con la cabeza, aferrándome a mi lógica, aunque cada vez sonaba menos convincente incluso para mí misma.
—No hay nada diferente en mí. Todo sigue igual.

Zac dejó escapar un suspiro pesado, bajando un poco la mirada antes de encontrar mis ojos de nuevo.
—Tú no lo notas, Abby. Pero ya ha comenzado.

Un escalofrío recorrió mi espalda, y mi mente se llenó de recuerdos fragmentados. Los desmayos, los mareos, las emociones inexplicables. Cada pieza del rompecabezas caía en su lugar, y el cuadro que formaban era aterrador.

—¿Qué tengo que hacer? —pregunté en un susurro. La pregunta apenas logró salir de mi garganta.

Zac apretó mis hombros con suavidad, su mirada llena de esa calidez protectora que siempre lograba tranquilizarme.
—Primero, necesitas saber exactamente a qué nos enfrentamos. Este demonio no es cualquiera. Ha estado obsesionado contigo durante mucho tiempo. Quizá porque ya eras más vulnerable de lo que pensabas.

Adam intervino, con su análisis clínico habitual:
—Los demonios buscan almas débiles, Abby. Usualmente, personas con alguna fractura emocional o física que los haga más susceptibles. Pero en tu caso, también encontró la entrada perfecta a través de tus habilidades.

El aire a mi alrededor parecía pesar una tonelada.
—¿Pero por qué yo? —dije, obligándome a levantar la voz aunque me sentía débil. Recordé que Ben ya había poseído a alguien más antes. Lo mencioné, con un deje de desesperación—. No soy la primera que ha atacado. Entonces, ¿por qué sigue conmigo?

Zac se frotó el mentón, claramente analizando mis palabras.
—Si ya lo hizo antes, significa que es más fuerte de lo que creíamos. Y si insiste contigo, puede que haya algo más. Una obsesión, quizá. Está gastando demasiada energía contigo, y eso no es común.

—Quizá deberíamos dejar de hablar de esto —interrumpió Adam, alzando una mano como si pudiera silenciar la conversación con un gesto—. Podríamos provocarlo sin darnos cuenta.

—Creo que no está enterado de este plan todavía —respondió Zac con seguridad. Derek alzó una ceja, incrédulo.

—¿Y cómo sabes eso? —preguntó, su tono mordaz.

—Porque si lo supiera, ya se habría manifestado. Los demonios no son conocidos por su paciencia, y mucho menos por su inteligencia táctica.

A pesar de sus palabras, no podía quitarme de encima la sensación de que algo nos estaba observando. Mi cuerpo tembló ligeramente.
—¿Y si está esperando a que me quede sola?

Derek soltó un bufido, pero esta vez su expresión era inusualmente seria.
—Pues tendrá que esperar sentado. No vamos a dejarte sola.

—No quiero ponerlos en peligro... —susurré, sintiendo cómo mi voz se quebraba.

Hunter, que había estado en silencio hasta entonces, habló con una firmeza que no esperaba.
—No importa, Abby. No vamos a dejar que te pase nada. Y punto.

Respiré hondo, pero sentí que el aire no era suficiente. Mis pensamientos estaban desordenados, y la idea de enfrentarme a algo tan oscuro sin ellos me parecía insoportable.

Adam, siempre pragmático, decidió cortar la conversación.
—Tenemos que poner el plan en marcha ahora. Si Zac dice que no está aquí, este es el momento de actuar.

—De acuerdo —mascullé, esforzándome por parecer más valiente de lo que me sentía—. ¿Qué tengo que hacer?

Zac enderezó la postura, su mirada estaba fija en mí.
—Iremos al bosque. Allí te explicaré todo.

Y con eso, no había vuelta atrás.

OMG. A un cap del final jjjjj


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