Capítulo 21: Nostalgia

Salir de la escuela en el último día de la semana siempre era un pequeño triunfo. Aunque mi ánimo había mejorado un poco, no podía ignorar la sensación persistente de que algo importante se me escapaba. Ese algo rondaba mi cabeza como una sombra molesta.

El sonido de mi teléfono interrumpió mis pensamientos, y lo revisé por inercia. Una alarma recién añadida, que juraba no haber configurado, me recordaba tomar vitaminas. ¿Cuándo había hecho eso?

Suspiré, guardándome las preguntas para después. Mientras cruzaba el portón principal de la escuela, una voz grave me hizo detener en seco.

—¿Abby?

Giré lentamente encontrándome con Derek, llevaba una expresión curiosa, entre alarma y resignación.

—Ay, no... —dijo llevándose una mano al cabello—. He llegado demasiado tarde.

Lo miré frunciendo el ceño.

—¿De qué estás hablando?

—¿Te olvidaste de mí? —preguntó con ese tono dramático tan suyo—. ¿Del sensual Derek?

—¿Qué? —respondí confundida.

Derek maldijo por lo bajo, su expresión se tornó más seria.

—¡Estúpido Hunter! Le advertí que esto podía pasar.

—¿Eh? —Entrecerré los ojos—. ¿Qué dices, Derek? No entiendo nada.

Él ignoró mi comentario y, de repente, dio un paso hacia mí para atraparme en un abrazo asfixiante.

—¡Pensé que me olvidarías! ¡A mí, a Zac y a Hunter! ¡Pero más importante, a mí!

Logré empujarle un poco para recuperar el aire.

—¡Derek! ¿Por qué razón tendría que olvidarme de ustedes?

—Pues... —dijo encogiéndose de hombros—. Hunter y sus estupideces.

—¿¡Qué hizo ahora!?

—No te enojes conmigo —respondió alzando las manos como en señal de paz—. Creo que solo te borró un recuerdo...

—¿Borró mi memoria? ¿Por qué haría algo así?

—¡No tu memoria completa! —replicó con una sonrisa nerviosa—. Solo un recuerdo.

—¡Eso no lo hace mejor!

—Y otra vez, ¿por qué me gritas a mí?

Suspiré, tratando de calmarme. Tenía razón, gritarle no servía de nada. Además, no era su culpa.

—Está bien —dijo, y su expresión recuperó su chispa habitual mientras me daba un leve toque en la mejilla—. Por cierto, ¿adivina quién tiene un nuevo auto?

—¿Compraste un auto? —pregunté incrédula.

—Digamos que... lo tomé prestado de una tienda.

—¿Qué? ¿Robaste un auto?

—Tal vez... —admitió con una expresión que intentaba ser inocente, pero que le falló terriblemente—. Lo devolveré cuando consiga un empleo.

—Eso no lo hace menos ilegal.

—Ah, vamos. —Se encogió de hombros—. De todos modos, no iba a dejar que ese auto se oxidara en la tienda.

Me crucé de brazos.

—¿Cómo lo hiciste?

—Secreto.

Bufé.

—¿Secreto?

—Secreto —repitió, sonriendo como si fuera un niño que acababa de salirse con la suya.

Rodé los ojos, pero algo en su entusiasmo me contagió una ligera sonrisa.

—¿Quieres que te lleve a dar un paseo? —preguntó de repente—. Tengo que comprar unas cosas.

—No sé... —respondí dudosa—. A mi papá no le agradará la idea de que salga en el auto de un tipo que no conoce.

—Entonces no le digas.

Puse los ojos en blanco.

—De acuerdo, pero solo si Hunter no viene.

—¿Hunter? Ni siquiera lo iba a invitar.

—Bien. Pero más te vale que "comprar" no signifique "robar".

Derek rió, divertido.

—Ah, Abby... claro que voy a pagar. Necesito herramientas para arreglar la casa. ¿Sabes lo cansado que sería robar todo eso?

Asentí, algo aliviada.

—Oh, bueno, entonces no hay problema.

—Claro que el dinero con el que voy a pagar es robado.

—¡Derek!

Su carcajada resonó en el aire.

—Vamos, Abby, ¿qué querías que hiciera? Lo que Hunter consigue de forma honrada no alcanza ni para una lámpara. Además, los bancos ya roban suficiente a la gente.

Me crucé de brazos, fulminándolo con la mirada.

—Solo... no robes más.

—Promesa de licántropo chupasangre.

Sonreí, resignada.

—Te veo después. Pero si tratas de llevarme a robar algo, me bajo del auto.

—Ah, Abby... —se llevó una mano al pecho, fingiendo indignación—. Siempre tan desconfiada. Arrivederci.

Me giré, levantando una ceja.

—¿Sabes hablar italiano? ¿Acaso fuiste mafioso alguna vez? —bromeé.

Derek rió, divertido ante mi sospecha.

—¿Mafioso? No, claro que no. Aunque fui Yakuza en su época dorada por algunos años.

—¿Qué? —solté, incrédula.

—Es una larga historia. Si algún día te aburres, te la cuento.

Se despidió con un guiño, prometiéndome que estaría esperándome esa tarde a una cuadra de mi casa para no levantar sospechas con mi familia.

Antes de emprender el camino a casa, saqué mi teléfono y dejé un mensaje a Adam. Últimamente hablábamos bastante por chat. Sabía que para él era un alivio poder desahogarse conmigo. La situación de su hermana no mejoraba. Quería reunirme con él para contarle sobre mis sospechas de que el vampiro fugitivo estuviera detrás del ataque a su hermana, pero quería tener más información. No podía soltarle algo tan grande sin pruebas.

Más tarde, casi me da un infarto cuando vi el auto en el que Derek llegó a buscarme. Era un modelo tan lujoso que parecía salido de una película, y definitivamente no pasaría desapercibido en este pueblo. Solo podía rezar para que el robo hubiera ocurrido en alguna ciudad lejana, muy lejana.

—¿Piensas subirte o qué? —preguntó Derek desde la ventana del conductor, con su sonrisa burlona habitual.

Le lancé una mirada incrédula.

—No puedo creer que hayas robado un auto.

Él soltó una carcajada.

—Fue un regalo de la tienda.

—Claro, un regalo a base de hipnosis.

Resoplé mientras abría la puerta y me sentaba en el asiento del copiloto. El interior del auto era tan impecable que daba miedo tocar algo. Derek puso el motor en marcha y pronto estábamos en camino. Conducía sorprendentemente bien, lo que, pensándolo mejor, tenía sentido; después de todo, era mucho mayor que yo, aunque su aspecto juvenil engañara a cualquiera.

—Exacto —confirmó, haciendo que mi comentario anterior sonara como un cumplido.

—¿Qué auto es...? —pregunté, aunque en realidad no sabía mucho de autos.

—Es un Camaro.

Me reí para mí misma. ¿Por qué preguntaba cosas que ni entendía?

—¿Y a dónde vamos primero? —pregunté, acomodándome en el asiento, que era absurdamente cómodo.

—Mientras te arreglabas, ya fui a ver a Zac. Él y Hunter quedaron en encargarse de comprar los materiales para la casa.

—Oh, cierto. No entiendo cómo han podido vivir tanto tiempo sin un baño.

Derek asintió dramáticamente.

—Créeme, es un milagro. Cuando podía, usaba el de tu cuarto. Pero cuando no... Derek junior y yo teníamos que salir a la intemperie.

Lo miré con el ceño fruncido.

—No tenías que darme detalles.

—Espera, no termino. Últimamente siento que alguien me observa cuando estoy ahí afuera. Quizás hasta me hayan tomado fotos. La verdad, no los culpo, porque mírame... estoy demasiado bueno. Pero igual es un poco enfermo.

—Tal vez solo son animales del bosque o... las ardillas.

Derek me lanzó una mirada extraña de reojo.

—¿No son las ardillas animales también?

—No, las ardillas son ardillas.

Derek soltó una risa breve, pero no insistió.

—Eso suena como si tuvieras un trauma con las ardillas.

Negué con la cabeza, intentando mantenerme seria.

—Solo digo que podrían ser las culpables de tus... avistamientos.

—Bien, nena, mejor cambiemos de tema —dijo riéndose mientras sacudía la cabeza.

Hizo una pausa antes de hablar nuevamente.

—¿Qué tal si vamos a comprarme un teléfono?

—¿Un teléfono? ¿Y cuál tienes en mente?

—No lo sé. Decidiré en la tienda.

—Como quieras... —suspiré—. Oye, por cierto, ¿ya atraparon al vampiro fugitivo?

Derek negó con la cabeza, perdiendo un poco de su usual entusiasmo.

—Aún no. ni siquiera podría estar seguro si continua en el pueblo. Podría estar en cualquier lugar del mundo, literalmente.

Sentí un pequeño nudo en el estómago. Había tanto sobre los vampiros que no entendía. Desde que había conocido a Hunter, mi curiosidad estaba en constante conflicto con mi sentido común, pero las ganas de saber siempre terminaban ganando.

El resto del trayecto transcurrió entre conversaciones ligeras. Derek y yo nos relajamos mientras recorríamos las tiendas, y por supuesto, terminó comprando el teléfono más moderno y caro que encontró. Incluso se ofreció a comprar uno para mí, y aunque me sentí increíblemente tentada, mi sentido del juicio me detuvo. Al final, fuimos a una tienda de comida rápida que tenía un logo de hamburguesas, y esta vez no puse resistencia a su ofrecimiento de pagar la comida.

—Me pregunto qué recuerdo te habrá eliminado Hunter. Solo sé que ahora anda de pésimo humor con nosotros.

Solté un suspiro pesado mientras jugaba con una servilleta del patio de comidas donde estábamos sentados.

—Yo pensaba que ese era su humor habitual.

—No es que quiera justificar su actitud de mierda, pero...-aclaró Derek con seriedad-, con mi habilidad puedo darme cuenta de lo irritable que está cuando está contigo, por el cumulo de emociones siente a causa tuya. ¿Intentaste ya dar un primer paso y acercarte tú?

Me removí nerviosa en el asiento.

—Bueno... es... difícil.

—Hmm quizá eso hiciste y por eso borró tu recuerdo—opinó—, tendremos que encarar al maldito desgraciado.

Terminando nuestra aventura, le pedí a Derek que me dejara en una dirección diferente. Adam me había pedido visitarlo en una dirección diferente, unos departamentos ubicados en un sitió algo lejos de casa. Se iba a quedar unos días donde uno de sus amigos.

Miré la hora en mi celular mientras esperaba a que Adam me abrieran la puerta. Eran las seis, no iba tan tarde.

—¡Abby! —Adam me recibió con una sonrisa. Su rostro reflejaba cansancio, pero también alivio al verme.

Me aproximé un poco nerviosa y ambos nos dimos un fuerte abrazo a modo de saludo. Me seguía importando y preocupando por él, y me causaba una gran tristeza saber por todo lo que estaba pasando. Una cosa era nuestra historia como ex novios, y otra era el cariño y el afecto que habíamos construido.

ㅡEn serio, gracias por venir. Por favor, pasa.

Al entrar, lo primero que vi fueron tres pequeños gatitos que se acercaron corriendo. Se frotaron contra mis zapatillas y ronronearon suavemente, como si me dieran la bienvenida. Una gata más grande dormía despreocupada sobre un cojín en el sofá. Apenas me senté, se trepó a mi regazo, instalándose cómodamente.

—Vaya, ya se adueñaron de ti —rió Adam mientras traía dos vasos de jugo. Me entregó uno antes de sentarse a mi lado.

—¿Y tu amigo? —pregunté mientras acariciaba a la gata.

—Tiene entrenamiento de fútbol hasta tarde, y su madre está de viaje por trabajo. Me ha dejado de niñero de los gatos.

ㅡYa veoㅡsonreíㅡ¿Cómo ha estado todo con tu familia?

ㅡTodos estamos realmente mal con lo de Sophia. Mamá volvió al trabajo ayer, creo que está intentando reprimir todo. Papá está con licencia psiquiátrica. Y bueno, tú ya sabes cómo me siento al respecto...

ㅡ¿Sigues culpándote, verdad? ㅡAdam no respondió, pero ya sabía cual era su respuestaㅡ ¿Y si existiera la posibilidad de que no haya sido tu culpa?

ㅡNo veo esa posibilidad, Abby.

ㅡEs que... Adam... los chicos me contaron sobre un nuevo vampiro que ha estado causando incidentes en el pueblo. ¿Qué tal si...?

ㅡMi hermana no tenía ninguna mordida, Abbyㅡdijo con voz apagadaㅡ y aunque eso fuera así, no cambia el hecho de que su salud está en riesgo.

—Pero sí cambiaría el hecho de que dejaras de sentirte un monstruo —aclaré con determinación en mi voz—. Quizá llegaste justo a tiempo y evitaste algo peor...

Su mirada, aunque apagada, pareció recuperar un destello de esperanza. Se cubrió el rostro con las manos, respirando profundamente. Coloqué una mano en su hombro, ofreciéndole un poco de consuelo.

—Gracias por intentarlo, Abby. —Su voz era un susurro quebrado, pero se notaba que mis palabras habían tenido algún efecto. Después de un rato en silencio, agregó—: ¿Podrías quedarte a dormir esta noche? Prometo que no intentaré nada... Es solo que tu compañía me hace sentir mejor.

Mi primera reacción fue de sorpresa. Lo miré, intentando leer algo más en su expresión, pero todo lo que vi fue vulnerabilidad. Una parte de mí dudó, pero otra —la que seguía preocupándose por él más de lo que debería— terminó aceptando.

—Está bien —murmuré, sin saber si era una decisión sabia

La noche transcurrió tranquila. Vimos una película, aunque mi atención divagaba entre la pantalla y él. Había algo familiar y dolorosamente reconfortante en estar a su lado. Conversamos sobre tonterías, cenamos algo sencillo que encontró en la cocina, y por momentos, todo se sintió como antes. Como si no existiera el dolor, la traición o el abismo que ahora nos separaba. Me dolía pensar en ello, incluso sabiendo que sus cambios como hombre lobo habían tenido mucho que ver.

Sin darme cuenta, nos quedamos dormidos en el sofá. Cuando desperté, la calidez de su cuerpo me rodeaba. Estaba acurrucada contra su pecho, y su brazo me sostenía con fuerza, como si temiera que me fuera a desvanecer. Su respiración era profunda y tranquila, y una de sus manos jugaba con mi cabello, en caricias suaves que me provocaron un escalofrío inesperado.

Quise moverme, pero no pude. Algo me detuvo. Quizá fue la forma en que su pecho subía y bajaba bajo mi mejilla, o el calor que irradiaba su piel. Tal vez fue el simple hecho de que, en ese instante, me sentía segura.

—¿Estás despierta? — preguntó en un susurro ronco, con su voz cargada de sueño.

Asentí ligeramente, levantando la cabeza para mirarlo. Nuestros ojos se encontraron, y en ese instante, algo cambió. El espacio entre nosotros pareció desaparecer, y antes de que pudiera procesarlo, sus labios estaban sobre los míos. El beso era suave, explorador al principio, pero cargado de emociones que habíamos contenido por demasiado tiempo.

Su mano subió hasta mi rostro, enredándose en mi cabello mientras profundizaba el beso. Mis dedos encontraron el camino a su cuello, trazando líneas imaginarias sobre su piel. Cada caricia, cada suspiro, parecía intensificar el momento. Su cuerpo se movió, inclinándome suavemente hasta que quedé bajo él, sus labios viajando de mi boca a mi cuello con una lentitud tortuosa. Mientras lo hacía no podía dejar de pensar en lo cerca que estaba de las marcas que me había hecho el Vampiro.

Un estremecimiento recorrió mi espalda cuando sentí sus manos deslizarse bajo el borde de mi blusa. Sus dedos dibujaban círculos perezosos sobre mi piel, dejando un rastro ardiente que me hacía temblar. Cuando levantó la prenda, mis brazos se movieron automáticamente para ayudarlo a quitármela.

—Extrañaba tanto tocarte... —susurró entre jadeos, mientras sus manos exploraban mi cintura con una mezcla de delicadeza y necesidad.

Mis manos encontraron el borde de su camisa, y con movimientos torpes pero decididos, lo ayudé a quitársela. El contraste de su piel caliente contra la mía me arrancó un suspiro. Sus labios regresaron a los míos, hambrientos, mientras sus manos exploraban cada curva con una mezcla de ternura y urgencia.

El tiempo pareció detenerse. Cada caricia, cada roce, era una chispa que encendía un fuego entre nosotros. Lo sentía en su respiración, cada vez más pesada, y en la forma en que sus manos me sujetaban

Todo parecía fluir en una sincronía perfecta, hasta que...

Recordé a quien había besado la noche anterior.

Hunter.

—¿Hunter? — Adam se detuvo de golpe, sus labios separados apenas unos milímetros de los míos. Su respiración aún estaba agitada, pero su mirada, que había estado cargada de pasión, se endureció.

No había dicho su nombre en mi mente. Lo había dicho en voz alta.

—Adam, no quise decir... —intenté explicarme, pero él ya había retrocedido, sentándose al otro extremo del sofá.

—¿De verdad estabas pensando en él mientras yo...? —Su mandíbula se tensó mientras pasaba una mano por su cabello, frustrado.

Quise explicarme, pero las palabras no llegaban. Solo podía maldecir mi impulsividad mientras lo veía ponerse de pie, caminando hacia la ventana con los puños apretados.

—Lo lamento, Adam... —dije al fin, siendo mi voz apenas un murmullo.

Él soltó un suspiro pesado y, tras un largo silencio, volvió a sentarse, pero mantuvo la distancia.

—Quizá lo merecía... —murmuró, mirando al suelo. Después levantó la vista, sus ojos brillando de una forma que no esperaba—. ¿Ha pasado algo entre ustedes, Abigail?

Mi corazón se detuvo. No sabía cómo responder a eso. Ni siquiera estaba segura de qué había pasado realmente con Hunter. Dudaba incluso de mis propios recuerdos.

—Hunter me atrae, Adam —confesé al fin. Fue lo único honesto que pude decir.

El silencio que siguió fue insoportable. Sus ojos, acuosos y llenos de una mezcla de emociones, se clavaron en algún punto del suelo.

—¿Y qué hay con nosotros...? —preguntó al fin, con su voz quebrada.

No me miraba, pero el temblor en sus manos lo decía todo. Estaba conteniéndose.

—Yo te sigo queriendo —admití, sintiendo un nudo en la garganta—, pero no puedo ser tu novia... Y creo que te seguiré queriendo, pero de una manera diferente en adelante.

—No quería aceptarlo—dijo, con dificultad—, pero es obvio. Yo sigo sintiéndome de la misma forma por ti, Abigail. Lo lamento.

Y en ese instante, su voz se rompió. Su corazón también. Y el mío no se quedó atrás.

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