C A P I T U L O 11
Capítulo 11:
Hasta que fue consciente de que otra mano sostenía la suya, la apartó tratando de regularizar sus niveles de brusquedad incluidos en el gesto, pero fue casi imposible poder ocultar el desagrado del que ahora estaba siendo partícipe y centro de atención.
—¿Por qué lo hiciste? —preguntó hasta cierto punto... Enfadado.
—No lo sé —respondió, de la manera en que siempre lo hacía, pintando descaradamente una burlesca sonrisa de «yo no fui» en toda la expansión de su rostro —. Solo sentí el impulso.
—Sólo te pido... —suspiró profundo, con sus estribos bastante flojos, a punto de dejar escapar la precaria paciencia que contenían, para después levantarse, dejándole ver su rostro enseriado sin ninguna pizca de contento —que no lo vuelvas a hacer por tus ataques de impulso.
—Okay... —se levantó también, empezando a sentir una picazón en sus mejillas que, cualquier persona normal, calificaría como vergüenza —. Lo haré. Pero, por favor, discúlpame, Simón —rogó, intentando acercarse a él más de lo que le simpatizó al chico —. Sabes por qué lo hice, solo te pido una oportunidad —sus ojos oscuros mostraban que efectivamente no mentía, pero eso no le daba ninguna clase de derecho sobre él para besarle donde quisiera —. De verdad me gustas.
—Me tengo que ir, Daniela —se giró sobre sus talones y, sin esperar a una invitación, se fue del lugar, dejando a una Daniela crujiendo sus dientes por mantener muy apretada la mandíbula. Pocos chicos se negaban a sus encantos, Simón había sido uno de esos pocos y vaya que era una mala perdedora, porque odiaba no conseguir lo quería y, nuevamente, Simón era una de esas cosas que quería a su lado.
Todavía no era hora para irse a casa, pero ese día el Roller había estado particularmente vacío, le pidió de favor a sus dos amigos que le cubrieran un rato, a lo que ellos un poco dudosos le dijeron que sí, igual planeaban cerrar temprano debido a la poca clientela.
Sin embargo, de camino a la plaza, donde se disponía a tomar un poco de sol y aire, se fue dando cuenta de lo que sentía: se sentía hostigado por la cercana presencia de su ex novia en el lugar. No negaba que volverla a ver y volver a pasar tiempo con ella, en un principio, había sido genial, porque hubieron nuevas cosas que contar, como por ejemplo los nuevos caminos que se habían cursado los dos, las cosas que los llevaron hasta el lugar donde estaban, entre otras cosas. Pero al descubrir que los sentimientos de ella para con él seguían siendo los mismos de antes, se sintió un tanto incómodo. Como amiga podría ir todo bien, pero de allí en más se dificultaba la cosa, porque no existía otra cosa más que simple cariño en su corazón para la chica.
A lo lejos, reconoció una figura femenina que ya se le era bastante familiar, es que, la verdad, a quien no se le hiciera conocida era porque era ciego, que hasta incluso los ciegos podían verla, o era completamente nuevo en la ciudad. No miraba a Jazmín ni a la otra de sus dos amigas por ningún lado, lo más probable era que se encontrara sola, como solía estar últimamente. Se preguntó si quizás hubo una pelea entre las tres para que se separaran.
Tal vez, hacerla romper ese círculo de soledad le iría bien a los dos. Solo ta vez.
Por su parte, Ámbar se encontraba con su teléfono en manos en la misma banca donde Luna la había dejado. Seguía igual de pensativa por dos cosas: una de ellas era que la castaña le había dando a entender que tenían algo en común, algo en qué parecerse, como lo era esa supuesta expresión de estar debatiéndose mentalmente, algo que, por supuesto, no le creía en nada, pero que sí la había dejado pensando en buscar otra pose u otra forma de pensar. La otra, era que le había dicho que quizás ella supiera a qué se debía la rara sensación de nauseas que le había descrito, sin hacer hincapié en que se tratara de solo menstruación.
—¿Cómo ella sabe lo que me pasa si ni yo misma lo sé? —se cuestionó. Otra vez. Otra de tantas veces que lo hizo después que se fuera la menor.
De un momento a otro, sintió una nueva parecencia a su lado, no era Luna, claramente esta otra era mucho más grande. Giró su cabeza unos cuantos grados, inmediatamente después de pegar un pequeño salto que fue provocado por el susto, y se encontró con la mueca disimulada como sonrisa, perteneciente a un chico de cabello castaño.
—¿Qué hacés? —lo miró con odio. Odio que verdaderamente no sentía. Era una clase de escudo que ocupaba siempre con las personas que le rodeaban.
—Es que te miré sola y... —intentó terminar la respuesta que con anticipación había preparado mentalmente. Pero estaba hablando con Ámbar Smith, obviamente no lo dejaría terminar si no le interesaba lo que diría.
—Y nada —terminó, tajante como era esperado —. Me voy —se levantó, con intenciones de retirarse, porque no quería ni tenía ganas de hablar con otra persona que no fuera ella misma.
—No, Ámbar, espera... —la detuvo del brazo, casi implorando por ser escuchado, pero, las reacciones que él se esperaba eran las que recibía, y todas se las había esperado.
—¡Soltame!—ordenó con más voz y más autoridad de la que ambos creyeron necesaria —¡Ya!
—No, solo quiero que me escuches —afianzó el agarre de su brazo, temiendo que se fuera.
—¿Que te escuche? —cuestionó incrédula, mostrando su dentadura entre sus labios, al momento de sonreír de la misma forma —No tengo nada que escucharte, Simón. ¡Es más! ¿Por qué habría de escucharte? Ni que fueras mi pareja.
Y eso había dolido. Claro, el dolor no solo fue de uno de los dos, sino de ambos, porque fue una roca que les golpeó con la misma intensidad, una roca que Ámbar lanzó para defenderse, pero que terminó por darse con ella.
Ámbar comenzó a forcejear para que el muchacho la dejara ir. Una parte dentro de sí le decía que se alejara de él, que huyera, se quería soltar porque era ridículo estar haciendo un espectáculo, sin público, esa parte reclamaba, a gritos, justicia por estar siendo manoseada por un tipo que se creía con derechos que nunca se le fueron dados. Pero la otra parte deseaba seguir siendo sostenida por esas manos fuertes, esas que la apegaban a un pecho sólido y fuerte, uno que casi clamaba por ser acariciado. Simón tenía más fuerza, lo cual hacía que los intentos por irse de la rubia fuesen fallidos, mientras que los intentos por quedarse ganaban cada vez más terreno en su cuerpo. Con las pocas fuerzas que tenía y con la lucha interior en querer irse o querer quedarse, le comenzó a pegar en el pecho, y tratando de empujarlo, sintiendo de paso que las ganas de seguir tocando esa parte del cuerpo del moreno, se volvían considerablemente grandes a cada paso de los segundos. Si él no la dejaba, no sabría cómo disimular las ganas de quedarse sin seguir arremetiendo contra su integridad física. Pero el mexicano se cansó, dejándola de una vez por todas, convencido de que esa era la manera menos humana de hablar con alguien: siendo obligado a hacerlo.
La rubia lo miró por última vez y se fue, arrastrando los pies porque otra vez estaban empecinados con pegarse al suelo.
¿Qué le pasa a ese imbécil?
Se preguntaba internamente la parte de ella que salió corriendo como huyendo de un enjambre de abejas, o de una jauría de lobos. Pero, su otra parte, estaba que la hacía regresar en sus propios pasos para agarrar a Simón a golpes para que le explicara el porqué quería seguir volviendo a él.
—¿Vos sos Ámbar Smith? —le preguntó un chico alto, de piel canela, con gafas y un suéter que se miraba demasiado ajustado para un cuerpo necesitado de oxígeno.
—Sí —respondió confundida, sin poder evitar mirarlo de arriba hacia abajo con desaprobación —¿Por?
—¡Soy tu fan! —le dijo tomando su teléfono, poniéndose en posición de una selfie de la que ella nunca estuvo consciente de haber dicho sí o no —¡Oigan aquí está Ámbar Smith! —gritó y muchos chicos y chicas salieron de lugares en los que una persona de carne y hueso no podría alcanzar, corriendo a toda prisa tras de una Ámbar que cuya única solución que encontró al problemilla, fue salir corriendo también, asustada por no caer como saco de mierda al suelo y que le cayeran encima. Correr como si su vida dependiera de ello era como se sentía en ese momento.
¿Pero qué les pasa?¡Están locos!
No quería gritar por auxilio porque lo más probable era que entonces fuera a ella quien tacharan de loca destruye cómodos silencios. La muchacha siguió con su camino a toda prisa, viendo al frente pero no viendo nada a la vez. Un duró impacto y un tremendo dolor de culo fueron las dos cosas que sintió antes de saberse en el suelo con lo que después sería un seguro chichón en la frente.
—¡Auch! —se quejó estando en el suelo, sin saber qué sobar primero, o su frente o su adolorido trasero que besaba el andén.
—¿Estás bien? —escuchó preguntar. Una sensación de Déjà vu rozó su mente, sin estar equivocada. Pues, una vez, él, con el mismo tono de preocupación de ahora, le había hecho esa misma pregunta. Claro, ella le había respondido horrible y lo mejor era dejar de recordar.
—Simón... —se asombró. Le tendió su mano para que se levantara y ella le tendió la suya respondiendo el gesto —. Disculpa —se atragantó con su propia saliva. Esa disculpa había salido sola —. Es que estaba huyendo de unos chicos y... —el moreno la interrumpió:
—¿Hablas de esos chicos? —mencionó, apuntando con la mirada a la bandada de chicos que venían corriendo, como si de un maratón se tratase.
—Sí, esos mismos... —dijo, simplemente — ¡Por Dios! ¿Ahora qué hago? —reaccionó aparatándose, prendiéndose a seguir corriendo hasta donde sus delicadas piernas le resistieran.
—No lo sé...
—Mejor sigo corriendo —se alejó un poco del muchacho, empezando su tarea de correr hasta su casa.
—Te alcanzarán, con esos tacones que andas cualquiera lo haría —le dijo desde atrás de ella, riendo internamente.
—¿Y qué pretendes que haga aparte de eso? —preguntó, alterada y haciendo mala cara —No me voy a tirar al suelo para que piensen que estoy muerta —rodó los ojos.
—Perdóname...
—¿Qué? ¿Por qué? Si ni siquiera me... —tampoco pudo terminar su frase. Ya se le había hecho mala costumbre a Simón interrumpir sus frases antes de acabarlas.
Lo siguiente que sintió fueron los labios de Simón presionando los suyos. Estaban juntos en un solo beso al que Ámbar se resistió no porque no supiera besar, sino porque estaba inmóvil, ni siquiera reaccionó cuando esos labios ajenos empezaron a moverse buscando un consuelo que no encontraron. Ella no fue capaz, pero él sí pudo saber cuán dulces podían llegar a ser unos labios tan deliciosos como aquellos, eran, como ella, perfectos. Se sentían tan bien que parecían estar hechos a la medida de los suyos. Incluso siguió intentando hacer reaccionar Ámbar todavía después de que quienes la seguían ya hubieran pasado. Pero no fue posible. Ella no correspondió y más estúpido no se pudo sentir.
—Perdón, Ámbar... —pidió, con el rostro enrojecido y el pecho subiendo y bajando por el nerviosismo —. No encontré otra salida.
—¿No encontraste otra salida? —la ojiazul estaba eufórica, preparando psicológicamente a Simón para un guantazo que catalogaría como bien merecido.
—Es que no sabía qué hacer... —se secó el sudor de sus manos en su pantalón —. De verdad, lo siento. Discúlpame.
Pero, de nuevo, como si el cielo y todos sus habitantes estaban de parte de Simón, los chicos que perseguían a Ámbar volvieron en su búsqueda y, ni corto ni perezoso, Simón tomó a Ámbar de su cintura y la volvió a besar. Le gustaba y se podría acostumbrar a eso, lo estaba disfrutando con todo el significado y con todas las letras de la palabra. Por otro lado, Ámbar impuso resistencia, era ya el colmo del descaro, un colmo que de a poco se degradaba a un bien, porque solo al principio le pareció que esa era una solución a un problema bastante mala, bastante confianzuda. Al paso del tiempo comenzó a corresponder a aquel beso, se comenzaba a sentir bien y el calor que le proporcionaba era tan bueno como para desperdiciarlo. Colocó sus brazos en el cuello de Simón, y el beso continuó, olvidándose por un momento de quiénes eran los dueños de los labios contrarios. En ese momento, lo último que importaban eran las consecuencias o las reacciones. Pero el aire fue el culpable de que aquellos adolescentes se separaran. Maldito y bendito aire.
—Adiós, Simón.
Dicho eso, rubia se fue, aún más rápido que cuando sus fans la perseguían para tomarse una selfie con ella. Dejando perplejo a un mexicano pero muy convencido de que si hubiese habido cachetadas de por medio, estaría dispuesto a recibir mil de esas solo por volver a sentir esos labios sobre los suyos otra vez.
Continuará...
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