C A P I T U L O 06

Capítulo 06:

¿Era enserio?¿No podían elegir un mejor momento para aparecer?¿Por qué se presentaban ahora, justo cuando no los necesitaban?¡Qué dilema!

Volvieron sus cuerpos en dirección a donde las voces venían, sabiendo a la perfección qué era lo que iban a encontrar. Ámbar no pudo evitar mandar una de sus miradas fulminantes a la pequeña mexicana, mientras que Simón, tampoco se contuvo a rodar los ojos cuando se encontró con la típica y, según su criterio, boba sonrisa de superioridad por parte del italiano. 

Lo odio...

¿Puedes dejar de sonreír?

Quisiera desacomodar todos esos dientes de tu boca. 

Tomó un poco de aire, tratando por todos los medios y haciendo un esfuerzo sobrehumano para no lanzarse encima de él y arrancarle cada uno de sus cabellos con una pinza, uno a uno. 

Inhala amor y exhala paz, Simón...

—Luna...

—Matteo...

Tanto la rubia como el moreno mencionaron los nombres de los dos muchachos que los habían interrumpido, con pesadez notable. No entendían por qué se siempre arruinaban lo mejores momentos, porque, aunque ninguno de los dos lo dijera, tal vez por vergüenza o por no alimentar el ego del contrario, que era el caso de Simón, a los dos los había atrapado ese momento, y era algo que se sentía bien, no era incómodo y estaban seguros de poder pasar más tiempo de la misma forma sin que llegara a serlo. 

—Parece que te alegras de vernos ¿No, Ámbar? —el sarcasmo en las palabras de Matteo hicieron acto de presencia y una risa cansada por parte de Simón también. 

Matteo frunció el entrecejo captando la señal de que al guitarrista le molestaba su presencia y no solo la suya, sino que también la de Luna, y no era para menos, hasta cierto punto lo comprendía. Simón sabía que Matteo estaba enterado que le repugnaba saberlo tan cerca y, sobre todo, haciéndoles plática. Y le encantaba eso; le encantaba saber que Matteo supiera que no le caía bien, no lo ocultaría, siempre le cayó muy mal, en estos momentos le daba igual si el chico lo sabía o no. 

—¿Qué hacen aquí?

Esta vez fue Simón el que preguntó, en sus palabras se podía notar la indiferencia dirigida a la pequeña que acompañaba al chico fresa y también para este. Lo odiaba, ¿Qué más daba si se enteraba o no? Podía vivir con eso, no le daba ni frío ni calor. 

—Pues... Es la calle, y veníamos pasando y los vimos muy... —pausó por un instante y miró a Matteo con una expresión de duda —¿Acaramelados...?

Y gracias a ti no pudimos seguir así...

Pensó Simón dándose aire con una mano y mirando a cualquier lugar donde no estuviera la cara de Matteo, todo con el fin de no desesperarse más de lo que ya estaba. 

Ambos chicos se tensaron, ninguno hablaba, mientras que los que hacía poco tiempo habían llegado, los miraban con una expresión de nos deben una explicación.

—¿Qué te importa, Lunita? —comentó con un tono de notable enfado —Digo... —sonrió haciéndose la desentendida —. Es obvio que como Simón es muy caballeroso, se ofreció a llevarme a mi casa y ayudarme con las maletas —miró a Simón y le sonrió muy coqueta, confundiendo al moreno—. No como otros —esta vez se dirigió a Matteo, quien, por instinto, timó la mano de la menor y aclaró su garganta un poco incómodo por el comentario —. Bueno... Nos vamos, Simón —dicho eso le tomó de la mano y se fueron.

Simón, por su parte estaba consternado, era más que evidente que Ámbar hacía aquello por darles celos al que antes fue su novio, pero aun así, aquello sólo se daba una vez en la vida, y... ¿Por qué desperdiciarla si bien puede aprovecharla al máximo?

Pensó que también podía sacar provecho de aquella pequeña situación para darle celos a Luna, ni falto ni perezoso le tomó a Ámbar por la cintura, provocando en esta un leve saltito, pero no hizo ni tampoco dijo nada, siguieron así, como si nada pasara.

La cintura de la rubia se sentía muy delgada pero no esquelética, iba completamente acorde a la forma de su cuerpo y solo Dios sabía qué clase de cuerpo poseía ella, porque si se hubiera dado a la tarea de explicar cómo era el cuerpo de la chica, literalmente, no hubiese hallado las palabras indicadas para describirlo. Afianzó el agarre, sintiéndose muy cómo ante eso, Ámbar bajó la cabeza sin siquiera ver al frente, no quería que el moreno la viera ni de reojo, su cara estaba completamente roja y le ardían hasta las orejas. Era la primera vez que, por la razón que fuera, paseaba de esa forma con un chico, es más,  con nadie, porque ¿con quién iba a hacerlo? ¿Con Matteo? No, él era tan imbécil que nunca tuvo un gesto de cariño hacia ella, y Ámbar por tonta siempre se lo dejó pasar. 

—Qué... —se detuvo mirando al muchacho —¿Qué acaba de pasar, exactamente...? —sus cejas estaban levantadas con una clara expresión de duda. 

—Creo que esos dos... —pensó por unos segundos —. Creo que al fin se están entendiendo... —respondió sencillamente, teniendo un leve entendimiento de ello, pero sin ser muy claro. 

La pequeña rió un poco y tomó al más alto de la mano —Creo que mejor será dejarlos para ver qué pasa —comentó con una sonrisa tierna y comprensiva. Ella también tenía una leve sospecha, pero no quería sacar conclusiones apresuradas. 

—Tienes razón... —se acercó peligrosamente a su rostro... Sin importar qué, quién, o sea lo que fuere que pasara por donde ellos estaban, la besó... Beso que sin pensar dos veces fue correspondido por la pequeña mexicana —vamos chica delivery... Quiero patinar un momento contigo —le sujetó la mano y se fue con ella.

Chico fresa no vayas tan rápido, tenemos todo el día —le dijo entre risas, mientras corría detrás de él a como podía. 

—Es que no quiero desperdiciar ni un segundo con mi —enfatizó esa última palabra —chica delivery.

—¿Ah, sí? —lo miró enternecida —Pues yo tampoco quiero desperdiciar el tiempo con mi chico fresa —le sonrió —. Ahora vamos, alcánzame si puedes. 

Ambos chicos enamorados se fueron a la plaza a patinar, no querían perder más tiempo, y es que, cada momento juntos, se volvía muy corto y temían desperdiciar cada segundo, ya que se volvía muy valioso si estaban juntos. Cualquiera que los viera no dudaría en pensar que estaban enamorados porque, en realidad, era así.

Por otro lado, la rubia caminaba con el moreno tal y como se habían ido desde que emprendieron camino para ya no ver a Matteo ni a Luna. El sonrojo ahora era menos notorio, pero sabía que sus mejillas todavía se encontraban bañadas de un poco de color carmesí. 

—Simón... —llamó la chica, aclarando de paso su garganta. 

—Dime —le siguió.

—Creo... Creo que ya me puedes soltar.

Ese incómodo momento en que te das cuenta que haces algo que no deberías hacer, y te pillan en el acto. Sin más, el moreno, apartó el brazo de la delicada cintura de la muchacha, tan rojo como incómodo y no tuvo de otra que seguir caminando a su par, sintiéndose como niño pequeño yendo a la par de su madre. 

Llegaron a la mansión Benson, Ámbar anunció su llegada y se despidió de Simón, no sin antes, darle las gracias, dejando al chico un poco más confuso, ¿Desde cuándo Ámbar Smith daba las gracias a la plebe? 

Subió las escaleras rápidamente, completamente confusa por lo que ese día pasó. Ella no era así, ella nunca le daba las gracias a alguien de no ser que fuera de forma sarcástica, ¿Por qué cambió eso con Simón? Lo meditó por un momento y llegó a la conclusión de que fue el único que se preocupó por ella y de que, incluso sabiendo su manera de ser, muy amablemente se ofreció a acompañarla a casa, ayudándola con su carga. Era solo una pequeña muestra de agradecimiento, solo no quería sentirse como que le debía algo. Sí, eso era. 

Estando ya en su cuarto, tirada sobre su cama, sin tener nada interesante que hacer, se dispuso a revisar su teléfono celular ya que, la parpadeante lucecita color púrpura ya comenzaba a palpitar en la parte superior de este. 

Ámbar ¿Te enteraste de la última? ¡Tu ex y Luna ahora son novios! 

Comprendo si te sentís mal, pero quería avisarte para que estés al tanto.

Besos amiga.

Era lo que decían unos de los tantos mensajes que su amiga pelirroja le mandaba. Ámbar quedó en estática, pero sin llegar a sorprenderse de sobremanera, de cualquier forma, era algo que ya se esperaba, si no era ahora, sería después, no era como si todavía no aceptara que la había cambiado por alguien que, según ella, era muy inferior a ella. De igual manera no le dejaba de sorprender la rapidez con la que decidieron formalizar su relación, pensó que tal vez debieron, si quiera, disimular un poco. 

¿Así que por eso estaban juntos hoy? 

Sonrió de medio lado y alzó una ceja, no se sentía mal, para nada, era todo lo contrario, si Matteo podía, ¿Por qué ella no? Ese chico no era la única persona sobre la tierra, ¿Verdad? —Yo también puedo darme una oportunidad...

Continuará...

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