Capítulo 30-Emma

Carlos me enseña las fotos mientras el avión despega. Estos seis días han pasado volando, y el lunes tendremos que volver a clase. Se acabó mi sueño.

Por desgracia, esta vez no me han tocado los mismos asientos. Tengo a Dani a mi derecha, junto a la ventana; a mi izquierda está Carlos. Justo delante nuestro están los tres morenos.

Apoyo mi cabeza sobre el hombro de Dani. En el viaje de ida me dediqué a ver películas, pero ahora solo quiero dormir.

Me pegan un pellizco. Carlos me mira, irritado.

—Hace un buen rato que han abierto las puertas. Podemos salir...

Pestañeo varias veces y me levanto. Álvaro y Dani nos esperan abajo.

—David y Blas han ido a por las maletas. Vamos, Emmy.

Sonrío, después de tanto tiempo, no esperé que me encantara que alguien me llamara por ese nombre.

Vamos de la mano a la zona de recogida de equipaje. David ya tiene la suya, pero sigue atento por si ve otra.

Media hora más tarde estamos apretujados en el coche de Carlos, camino a casa. Se detiene frente al piso de Álvaro.

—Nosotros nos vamos a quedar en su casa. ¿Te importa si vas sola? —Mi hermano pone su cara de cachorrito, por lo que asiento.

Con la maleta a cuestas, llego hasta el ascensor de mi casa. Llamo y entro en él. Tarareo la canción que están poniendo de fondo.

Al llegar frente a mi puerta, me sorprendo al ver a Isa sentada en mi felpudo.

—¿Isa? —Se levanta de golpe—. ¿Qué haces aquí?

—Lo cierto es que esperarte.

No sé si sentirme halagada. Lo cierto es que estoy inquieta, parece preocupada.

Abro la puerta de casa, dejo las maletas sobre mi cama y vuelvo al salón. Está sentada en el sillón, con las manos tamborileantes sobre sus piernas.

—Sin rodeos, ¿qué te ocurre? —Me arrodillo a su lado.

Mira para todos lados salvo a mi cara, pero finalmente me mira. Parece estar al borde de las lágrimas.

—Creo... —Traga saliva—. Creo que estoy embarazada.

Mi boca se abre levemente. Ella suelta un gemido y pone sus manos en la cabeza, echándose a llorar.

—¿Estás segura?

—No del todo, pero tengo un retraso. De tres semanas. —Me mira con los ojos rojos.

—¡Tres semanas! ¿No te has dado cuenta antes?

—No estaba segura. He tenido retrasos, pero no te negaré que estaba preocupada.

—¿Pero cómo se te ocurre hacerlo sin condón? —No quiero enfadarme con ella, porque sigue gimoteando—. Da igual. —Cojo sus manos—. Lo primero que hay que hacer es estar del todo seguras.

—Hay que comprar una prueba de embarazo.

Asiento.

—Yo no puedo comprarla, máximo te acompañaré.

—¿Estás loca? No pienso ir a una farmacia con diecisiete años preguntando por un test de embarazo. ¡Me arruinaría! ¿Por qué no puedes ir tú?

—Porque estoy segura de que tarde o temprano Blas se acabaría enterando. Y podría pensar lo que no es.

—¿Sabe que tú no eres virgen?

—Lo sabe, pero se lo niega a sí mismo. Es demasiado protector.

—¿Por qué no se lo pides a Álvaro?

—¡Ni loca!

—Emma, por favor... —implora—. Me estoy muriendo por dentro de los nervios...

Suspiro y cojo el móvil. Sé que le va a dar un ataque.

—¿Emmy? —Vuelvo a sonreír.

—¡Hola! Oye, sé que acabamos de hablar, pero necesito pedirte un favor.

—¿De qué se trata?

—No te asustes, ¿vale? —Noto que frunce el ceño desde aquí—. Necesito que vayas a una farmacia y compres... un test de embarazo. —Aprieto los dientes.

—¿Qué? —Escucho que unos platos se caen al suelo.

—No es para mí, tranquilo... —Isa niega con la cabeza—. Alguien muy cercano a mí lo necesita, así que por favor, ven a mi casa con lo que te he pedido en cuanto puedas.

Corto la llamada para evitar preguntas. Si Blas se llega a enterar de lo que va a hacer...

Unos veinte minutos después, llaman al timbre. Corro hacia él mientras Isa se mete en mi habitación. Álvaro lleva una bolsa de la farmacia.

—No te puedes imaginar la vergüenza que he pasado por ti.

—Muchísimas gracias, Alv. Te quiero muchísimo.

Rodeo su cuello con las manos y le beso apasionadamente. Cuando me separo a regañadientes, tiene los ojos brillantes.

—No te puedo contar nada, lo siento. Gracias otra vez.

Y le cierro la puerta en las narices. Pobrecillo... Pero no hay tiempo. Abro el paquete mientras voy a mi habitación. Isa corta el teléfono en ese momento y me mira como si no pasara nada.

—Tienes que hacer pis aquí, y esperar dos minutos.

Asiente frenética. Se mete al baño y sale enseguida. Los nervios ayudan.

—¿Ya se puede mirar?

—Aún no, pero tranquilizate.

—¡No puedo!

—Tú relajate. —Se lo tiendo—. Ahora puedes mirar.

—¡Míralo tú! ¡A mí me va a dar un ataque!

Asiento lentamente. Tengo miedo de lo que pueda ver, sobre todo teniendo en cuenta lo más probable que suceda. ¿Qué pasará? Superará el instituto, pero tardará en hacer la universidad. Un bebé es una gran responsabilidad.

Miro varias veces. Dos rayas. Positivo.

—Enhorabuena, Isa. Estás embarazada.

La abrazo con fuerza mientras ella se echa a llorar en mi hombro.

—No sabes quién es el padre, ¿verdad?

—Ya sabes como soy, Em. Siempre tan indomable, tan rebelde, que pensé que algo así no me pasaría a mí. Eran los finales y me acosté con varios tíos por aquellos fines de semana.

—Oh, Dios... —Me muerdo el labio. Todo es complicado, pero la ayudaré en lo que sea.

—Vamos. —Se levanta y coge mi bolso.

—¿A dónde?

—Ya verás.

Hay un taxi esperándonos en la calle. No le dice la calle, así que supongo que estuvo hablando con él por móvil.

Pronto divisamos el aeropuerto. ¿El aeropuerto! ¡Acabo de venir de ahí!

—¿Dónde vamos? —pregunto mientras me arrastra por aeropuerto atestado de gente.

—Aún no, Em.

Sin decirme nada más, saca unos billetes que ya tenía reservados y vamos a las puertas de embarque. Como la gente ya está entrando, se da prisa en arrastrarme. Enseño mi pasaporte y entramos. Chica lista, ella sabía que volvía de viaje y mi pasaporte estaría a mano.

—¿Me puedes decir ya a dónde vamos? —se me ocurre preguntar cuando el avión despega.

—Ahora sí —suspira, aliviada—. Vamos a París, Em.

—¿Qué? ¡Mañana empiezan las clases!

—No te preocupes, volveremos por la noche. Es un viaje corto.

Ay, Dios mío... Lo peor de todo esto es que tengo una ligera idea de la razón por la que estamos en este avión.

—¿Y por qué vamos a París?

—Bueno, supongo que sabrás que los abortos en España están prohibidos, salvo en caso de violación o enfermedad.

—Sí...

—Pues en Francia son legales. Vamos a que me practiquen un aborto.

A pesar de que me lo estaba imaginando, me pongo más pálida que antes.

—Isa... Respeto tus decisiones, pero no puedes hacer esto. Es tu bebé, tu hijo. No puedes matarlo así como así.

—Em, no lo he conocido, ni lo voy a conocer. ¡No puedo ser madre soltera a los dieciocho! ¡Quiero ir a la universidad, conocer gente, divertirme! Con un bebé, todo se irá a la mierda.

—Podías haber tomado precauciones y nos evitaríamos esto.

—Es tarde para reproches. Solo necesitaba que una amiga me acompañara. Gracias.

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