Capítulo 15-Álvaro

—No pongas esa cara y animate. Nos lo vamos a pasar genial —me asegura Dani, con la mano en mi hombro.

Es Nochevieja y básicamente me han secuestrado para ir al mismo hotel que el año pasado, todo sin padres. Emma lo ha tenido peor, ha gritado, llorado y pegado, pero entre mis cuatro amigos la metieron en el coche.

—No estoy de humor —refunfuño.

La ilusión que me hace volver a un lugar en el que estuve con ella es nula. Solo recordar el hotel me entran ganas de llorar, por no decir la discoteca. Como olvidar cuando Sofía intentó ligar conmigo y Emma se enfadó. Y no hablar del beso en las campanadas. Definitivamente no tengo ganas de estar aquí.

—Venga, vistete y nos vamos. Estarán esperando ya.

Murmuro unas cuantas maldiciones. Este año comparto con Dani, lo que es bueno. Él sabe despertarme cuando no puedo más. Suspiro poniéndome la chaqueta y salgo por delante del rubio.

En el ascensor no hablamos. Dani puede ser la única persona que me entiende en estos momentos. Pero conspiró para secuestrarme y llevarme aquí. Si no fueran amigos míos los denunciaba.

—¡Por fin! El resto ya han salido. ¡Luego hablaréis de las chicas!

Sonrío ante las reprimendas de la rubia, pero se me borra al verla. ¿Por qué siempre lleva ese maldito vestido rojo? Me hace recordar todo: la noche en la discoteca, el aniversario...

¿Sentirá ella que el mundo se para, como si solo estuviéramos nosotros? Me mira, pero es una mirada fría y seria. Nunca va a olvidar lo que pasó.

—¿Nos vamos? —María me despierta. Va del brazo de Dani.

—Claro —sonríe ella.

Caminamos por la nieve, hacia la cabaña que hace las veces de discoteca. María y Dani van los primeros, hablando y besándose cada dos segundos. Recuerdo una vez que Dani me dijo que sentía envidia de Emma y de mí. Ahora sé lo que se siente.

Detrás de ellos, a apenas un metro, Emma camina. Va desganada, incluso podría decirse que triste.

Y detrás voy yo. Voy lejos, tengo la esperanza de volver al hotel si no se dan cuenta. Tengo la llave de la habitación, al fin y al cabo.

Cuando María y Dani están entrando, la veo. Emma se tambalea, y no creo que se trate de los tacones. Parece que se va a apoyar, pero cae a la nieve. No puedo evitarlo y corro hacia ella.

Respira entrecortadamente, acariciándose la frente.

—¿Qué ha pasado? ¿Estás bien?

Niega, ya jadeando. Parece que le falta el aire. Le quito la mano de la frente. Está ardiendo.

—¡Emma, tienes muchísima fiebre!

—Lo sé.

—¿Por qué no has dicho nada? —la cojo de las piernas para levantarla en brazos.

—No merece la pena. Llevo sin ponerme mala años, me recuperaré pronto. Soy fuerte, tranquilo.

—Ni de coña. Tú te vienes al hotel conmigo.

Está tan cansada que ni me rechista. Hago el camino hecho hasta el hotel. La recepcionista me mira raro, aunque tiene razón. No es muy normal llevar a una chica en brazos casi desfallecida.

—¿Duermes sola? —pregunto en el ascensor.

—Sí —responde, muy seca—, María ha preferido dormir con More. Se han hecho tan buenas amigas...

—No digas eso, Em. A ti nadie te sustituye.

—Ya lo ha hecho. Me quita a mi novio, a mi mejor amiga... Solo faltaba que mi hermano me odiara.

—More nunca ha sido ni será mi novia, Em. Ya te he explicado lo que pasó...

—Como sea —se nota que quiere dejar la conversación.

Abro la puerta con la llave que me da. Con suavidad, la tumbo en la cama.

—No te muevas, voy a buscar algo en mi habitación.

—Como si pudiera... —la escucho murmurar.

Cojo todas las medicinas que siempre me obliga a llevar mi madre. Me alegro de que vayan a servir para algo. Recupero un termómetro y vuelvo a la habitación.

Lo dejo todo en la mesilla de noche, Emma tiene los ojos cerrados, esforzándose por no morir de calor y dolor. Voy a su maleta y cojo su pijama corto.

Me acerco a ella y acaricio su vestido, calmándola. Quito poco a poco la cremallera del vestido, hasta que se da cuenta:

—¿Qué se supone que estás haciendo? ¡Ni se te ocurra tocarme!

—No quiero hacer nada, pero con el vestido tendrás más calor, es demasiado apretado. Ponte esto, no miraré si no quieres.

Me mira con desconfianza. Enseño las manos en señal de rendición y me doy la vuelta. La he visto desnuda, ¿qué más le dará? Mujeres...

—Ya puedes mirar.

Me doy la vuelta. Parece tan tímida y frágil...

—Ponte esto —le paso el termómetro, sé que no me dejará ponérselo yo.

Se lo pone en el sobaco y se acuesta, visiblemente cansada por la fiebre. Yo voy al baño y cojo toallas. Voy a tener que ponérselas en la frente.

Vuelvo a salir justo cuando pita. Me lo tiende, y me observa mientras lo miro, preocupado.

—¿Cuánto tengo?

—Cuarenta y medio. Estás ardiendo —le toco la frente.

Meto una toalla debajo del grifo, la escurro un poco y vuelvo a entrar. Me siento en la cama y ella me mira, expectante.

—Tiene que bajarte pronto...

Le pongo la toalla en la frente y se estremece. Siseo para tranquilizarla. Lo importante ahora es bajarle la fiebre.

Voy a por medicamentos. Le doy paracetamol e ibuprofeno. Ambas cosas le irán bien. Mientras ella se queda dormida, yo voy haciendo guardia conmigo mismo para cambiar la toalla y refrescarla con agua tibia.

Es de madrugada, ya ha pasado el Feliz Año Nuevo. Estoy destinado a no tomarme las uvas por ella.

Me la quedo mirando una de esas veces. Está paliducha, sin una sonrisa, ni siquiera durmiendo. No puedo dejar que le pase nada.

Suspiro y me dirijo a la puerta. Voy a darme un paseo por el hotel, para despejarme. Entonces, ella grita:

—¡No te vayas! —lo dice con los ojos cerrados, como en un sueño. Ahora susurra—: No me dejes sola...

Me siento en la cama a su lado y le doy un beso en la mejilla.

—No te dejaría sola ni en un millón de años.

Ella sonríe y se revuelve en su somnolencia. Sin querer, o queriendo, me pasa un brazo alrededor del pecho, como solía hacer cuando éramos novios. Me trago las lágrimas y me acuesto a su lado. Con satisfacción, descubro que le ha bajado la fiebre. Aunque sea un poco, de momento me vale.

~~

Me despierto abrazado a ella. No sé qué hora es, pero debería comprobar cómo está. Le pongo el termómetro bajo el brazo, con cuidado de no despertarla, pero obviamente no estoy hecho para que las cosas salgan como esperaba. Me mira con los ojos entrecerrados.

—¿Qué hora es?

—Solo son las ocho. Deberías descansar.

—¿Por qué me has ayudado?

—Porque es lo correcto. ¿Crees que te iba a dejar desmayada en medio de la nieve? Porque entonces no me conoces bien.

—Gracias —me sonríe de verdad, por primera vez en mucho tiempo sé que no es fingido.

Tras esto, me abraza con fuerza. Algo nervioso, la correspondo.

—Deberías tomarte más paracetamol —observo su termómetro—. Tienes treinta y siete y medio.

—He bajado. Eso es bueno.

Asiento. Sigue mirándome. Con algo de torpeza, se impulsa para volver a sentarse y me da un pequeño beso. No la sigo, porque podría enfadarse conmigo. Solo la dejo.

—Tengo hambre.

—Pareces Carlos —me río.

—¡Oye! —suelta una pequeña risita. Al menos hemos recuperado esto. La amistad.

—Venga. Como estás malita, iré a por algo de comer.

Sonríe, divertida. Yo niego con la cabeza y me dirá la puerta. Me encuentro con Blas, a punto de llamar.

—¿Qué haces aquí? —parece enfadado y sorprendido.

—Eh...

Pero no me da tiempo a hablar. Él mira detrás de mí y descubre a Emma con un pijama demasiado corto para el invierno. Y hay cosas que son difíciles de explicar.

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