Mírame.

Finalmente se rindió. Observando el desastre que de nuevo apareció después de esforzarse en limpiar a profundidad la casa.

Eso de vivir en un lugar con tantas habitaciones tampoco era tan grandioso como pensó. No sabía cómo su madre siempre tenía todo ordenado, sin perder un solo objeto. Aunque ella misma se había convertido en mamá recientemente, todavía no adquiría ese súper poder.

Observó a su pequeña hija dando gimoteos aún. Sintiéndose apenada por sus ojitos llorosos, de nuevo la llevó a su pecho para persuadirla, arrullando y acariciando su cabecita. Le partía el corazón verla tan triste por lo que en un segundo aire se animó para seguir buscando.

En medio de sus andanzas se dirigió al segundo nivel de la vivienda, mientras la puerta principal de la casa se abrió, donde el recién llegado se anunciaba. —¡Ya volví! —se oyó el grito masculino junto al eco producido por el shoji cerrado. —¿Kag? —intrigado por no encontrar a su esposa en la planta baja, se adentró dejando los zapatos en la entrada. Abandonó su mochila en la sala entretanto merodeaba las habitaciones circundantes.

Levantó una ceja cuando vio todo el reguero de cosas, de aquí por allá, a lo largo de toda la estancia y sus alrededores. —Kag —habló con más fuerza sin llegar a ser un grito; esta vez percibiendo los ruidos de la planta alta acompañados de un sollozo lastimero que identificó de inmediato como su hija.

No tuvo que pasar nada más, corrió escaleras arriba, asustado. El estado de la casa le dio un escalofrío tétrico en toda la columna, sumado el llanto de su pequeña; sintió el alma abandonar su cuerpo. A grandes zancadas que abarcaron de a dos peldaños llegó arriba gritando. —¡Kagome, Moroha! —abrió la puerta de la alcoba donde provenía el llanto a toda prisa listo para enfrentar cualquier cosa.

Cualquier cosa, excepto a su mujer arrullando a su retoño de un añito apenas. Quien no dejaba de sollozar tristemente; aunque al verlo llegar de forma abrupta ambas se sorprendieron. Kagome dio un respingo y Moroha empezó a llorar más alto ocultando el rostro en el hueco del cuello materno. —Inuyasha —entonó Kagome dándose la vuelta para verlo.

La adrenalina agolpada en las venas del muchacho se desvaneció de inmediato, a pesar de ser remplazada por ansiedad instantáneamente. Podía sentir la desesperación de Kagome con solo verla. —¿Qué sucede Kag? —habló yendo a su encuentro. Con cuidado las examinó largamente como para asegurarse de que hubo revisado cada pulgada de ellas, confirmando su estado ileso. —¿Qué pasa? ¿Por qué todo está de cabeza?

—Inuyasha... — Kagome una vez más repitió su nombre con voz lastimera. —Perdí el peluche de Moroha —confesó a punto de llorar.

El joven arrugó las cejas sobre su frente, sin saber como reaccionar a esta revelación. Aunque estaba aliviado porque ellas estuvieran bien, no pudo evitar sentirse contrariado en cierta medida. —Entonces ¿Por eso todo está fuera de su sitio?

Ella asintió con la cabeza, sin dejar de mecer a su pequeña entre los brazos. Ahí finalmente, él suspiró hondo disipando la tensión en su cuerpo. —Es solo un peluche —musitó dándole palmaditas en la cabeza.

—Pero Moroha no deja de llorar. Es su peluche favorito para dormir —explicó ella a toda prisa. Luego procedió a contarle que había hecho una limpieza general de la casa y no recordaba donde colocó el osito rosa de su hija. —Después de bañarla intenté hacer que tomara la siesta, pero no pude convencerla sin importar qué hiciera —lloró poniendo una expresión compungida. —Ha llorado mucho. Soy una pésima madre.

Al ver las lágrimas asomándose en las comisuras de sus ojos, él rápidamente consoló. —No eres una pésima madre. Eres una madre primeriza. Nadie nos va a decir cómo hacer las cosas, así que debemos encontrar un modo —sonrió él. Luego se paró delante de ella agachándose a la altura de su retoño. —Moroha. Mi princesa —dijo buscando los ojitos de la niña. —Mi amor, ven con papá, dejemos que mamá tenga un descanso ¿Si?

Al oír la voz de su padre, su cuerpo reaccionó solo. Moroha se giró hacia él aún con lágrimas en las esquinas de sus orbes marrón. Inuyasha contempló su rostro lleno de pena y abrió los brazos para ofrecerle refugio. La niña también estiró las extremidades en su dirección aceptando el confortable abrazo. —Ya está —Sonrió el albino arrullándola con suavidad.

Kagome contempló la imagen de su marido como alguien que recibía una amnistía, provocándole suma dulzura. Sin duda había conocido al mejor hombre, uno que encajaba perfectamente con ella. Uno que le daba confianza para seguir adelante aunque se equivocara. Estaba agradecida por ello.

Después de un entendimiento tácito, ambos padres acordaron atender primero a su hija, le cambiaron y alimentaron, tranquilizando su ánimo. Cuando llegó la hora de acostarla, Kagome aún buscaba el peluche en espera de hallarlo.

—Kag —habló su esposo entrando a la alcoba con la niña entre sus brazos. —No hace falta el juguete —explicó, invitándola a unirse con él en la cama; los tres se acostaron en el mullido colchón con Moroha en medio, contemplando a su alrededor, sin embargo tan pronto como notó la ausencia de su compañero para dormir los incipientes sonidos del llanto no tardaron en llegar.

—¿Lo ves? Necesito encontrar ese muñeco —dijo ella con los ojos llameantes de determinación.

Inuyasha se rio por lo bajo al verla tan decidida, aún así no la dejó marchar. —A Moroha le gusta el arrullo que hace el peluche cuando lo presionas, pero si cantamos para ella podría tener el mismo efecto —ofreció el dando palmaditas en la barriguita de la niña. Se ajustó la garganta comenzando a cantar con voz tierna. —Mírame a los ojos y sabrás que realmente te amo. Mírame a los ojos y verás que nadie te lastimará. Mírame a los ojos y sentirás que te protegeré. Mírame a los ojos y sentirás que perteneces conmigo.

Kagome observó las acciones de su familia encontrando todo sorprendente. Moroha dejó su intento por llorar enfocando toda su atención al rostro de su padre, como si de tratare se hipnosis. La voz de Inuyasha era un susurro tenue, delicado y tierno. Ella misma se acomodó para contemplarlo cayendo bajo el hechizo de su canción también.

—Mírame, mírame y poco a poco duerme. Mírame, mírame y verás que los sueños vendrán. Entonces cierra tus ojitos cansados, tan húmedos por llorar. Ciérralos y verás que nadie te hará daño en absoluto.

Para cuando Inuyasha terminó, sus dos tesoros se habían quedado dormidas arrancándole una risueña sonrisa.

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