"Las memorias de mis hijas"

"¿Quién soy?" me pregunté aún recostada sobre la cama matrimonial, "¿quién soy realmente?" repetí para mis adentros girando entre las sábanas blancas que cubrían gran parte de mi cuerpo. El tiempo, sin duda alguna, había servido para aliviar ciertos dolores. Sin embargo, con el correr de los días, estos se fueron mezclando con leves pizcas de angustia y remordimiento. Definitivamente nada era igual, nada parecía ser como lo fue antes de aquella tarde calurosa del veintiséis de febrero del dos mil diecinueve...

Unos cuantos rayos de sol entraron por la ventana mal cerrada del departamento donde habito rompiendo con mis caóticos pensamientos. Quizá eran las seis, o tal vez las siete de la mañana, ya todo daba igual. La rutina diaria hacía volar el tiempo, era un constante ciclo, una rueda sin fin. Ya no pensaba que debía hacer, ni a donde tenía que ir, solamente lo hacía.

Primero me desperezaba, luego tendía la cama fría y por último me preparaba el café a exactamente sesenta grados. La cocina no estaba tan lejos de la habitación por lo que solía caminar descalza texturizando todo lo que entraba en contacto con mis pies, desde el piso flotante que decoraba el cuarto hasta la alfombra que acompañaba el living. Trataba de buscar asilo en los pequeños placeres de la vida, algo que le diera sentido alguno a los días grises que transitaba.

A pesar de tener un cronograma lo suficientemente estricto, aún me quedaban un par de horas extras antes de partir hacia el trabajo, por lo que decidí cambiar el rumbo. El café que reposaba sobre la encimera podía esperar, la memoria de mis hijas no.

Dí unos cuantos pasos suaves por el pasillo que revestía cuadros familiares hasta llegar a la habitación de mis niñas. El sol matutino a través de la persiana americana no parecía ser vergonzoso, envolvía con su tibieza los juguetes llenos de polvo sobre las estanterías de madera. Y la cama estilo marinera todavía conservaba las almohadas blancas en composé.

Habían pasado exactamente dos años desde lo acontecido y a partir de entonces, no me atreví a recorrer este cuarto. Ni siquiera tuve la valentía suficiente para apoyarme sobre el marco de la puerta. Persisten en mí las miles de risas que emitían al hacer diferentes tipos de baile, al jugar con muñecas o simplemente cuando miraban los dibujos animados proyectados en la pantalla. ¿Qué sería de ellas hoy?

Me posicioné en el centro de la habitación y con los ruidos de los autos que atravesaban los vidrios me derrumbé por completo. Había perdido a mi familia, mi hogar. En un sólo cerrar y abrir de ojos había perdido a mis dos grandes amores: Olivia y Paula.

Mis pupilas se dilataron y las lágrimas comenzaron a recorrer lentamente mis pómulos. Sentía un ahogo absoluto, un fuerte vacío en el corazón. Mis rodillas se flexionaron a tal punto de tocar la alfombra redonda color violeta dando lugar a que las lágrimas comenzaran a brotar, una tras otra. Había tocado fondo nuevamente.

Buscando un poco de alivio, incliné mi cabeza hacia atrás y con delicadeza observé el techo. Las pegatinas con forma de estrellas seguían pegadas allí como el primer día donde mi ex esposo tornó la habitación en un planetario.

Con cierta brusquedad acomodé mi cabello castaño detrás de las pequeñas orejas y tomé el impulso suficiente como para ponerme de pie. Una vez parada bajé las persianas que daban a la avenida Santa Fe y cerré la puerta de forma hermética. En la inmensidad de la oscuridad aquellas estrellas volvieron a brillar creando una galaxia sobre mis hombros, constelaciones aún no descubiertas y hasta nebulosas pintadas con acuarelas. Observé con detenimiento cada recoveco y entre lágrimas dejé escapar un ineligible "las extraño".

Mientras tanto, el saquito de café que flotaba en la taza robusta teñía las aguas de color oscuro invitandome a que por fin me ponga en marcha. Y así fue como retomé la postura con rapidez para vestir mi conjunto favorito... Una linda blusa blanca escoltada por unos jeans negros de tiro alto que ocultaban cualquier tipo de tristeza y unas plataformas de pocos centrimetos.

Dí dos vueltas de llave en la gran puerta de madera del departamento 5B para dirigirme hacia la oficina en Puerto Madero. Pero antes de ello, revisé tener absolutamente todo lo necesario para afrontar la jornada. La pequeña caja de pandora, mejor conocida como cartera, rebalsaba de objetos como lo era la billetera, celular, espejo hasta alcohol en gel entre otras cosas.

Los zapatos contra el mármol de la escalera producían ese particular sonido que me acompañó hasta las afueras del edificio donde observé la poca gente a mi alrededor. Usualmente por aquella zona transitaban miles de personas amontonadas corriendo a sus puestos de trabajo como si el tiempo les fuera fugaz e impaciente. A pesar de que me resultaba un tanto extraño tampoco era de mi interés, las cosas a esta altura de la vida habían perdido su atractivo y escaseaba la pasión en la sociedad.

Me paré sobre el borde de la vereda con las puntas de mis pies y levanté la mano a la altura de los hombros en búsqueda de detener un taxi. Aquellos pasaban delante de mí sin siquiera frenar a preguntar a dónde me dirigía, sólo algunos tocaban bocina o mostraban su cartel de ocupados al pasar. A pesar de esto, la gran mayoría ignoraban mi presencia dejando una ráfaga de colores negros y amarillos tan característicos de Capital Federal. Así que tras haber perdido casi veinte minutos buscando el transporte adecuado decidí caminar hasta mi destino. Solía creer que eso hacía bien al corazón y además una vista minuciosa de la "Francia Americana" nunca venía mal.

Pasé por Avenida Santa Fé hasta dar con Uruguay, las notas de granos de café mezclados con leche del Havanna en la esquina de Viamonte casi hacen que deseara detenerme. Así que con la mirada gacha dí vuelta a la izquierda en Tucumán bordeando el majestuoso Palacio de Tribunales. Sus particulares escaleras color beige proyectadas por Norbert Maillart, arquitecto francés, atraían a cualquier tipo de público, inclusive a mí, quien se detuvo esa mañana por unos cuantos segundos a contemplarlas.

Por encima de unos árboles se veía el "gran lápiz blanco", como le solía decir mi hija mayor Paula, el cual era acompañado por los grupos familiares ovacionando su imponente estructura. Asimismo, desde lejos, la diagonal de Roque Saenz Peña deslumbraba por sus grandes veredas revestidas por altos y elegantes edificios afrancesados. Los minuciosos relieves de aquellos balcones parecían ser infinitos detalles esculturales. Y como si fuera una contradicción personal, al final de esta avenida se llegaba a observar la Catedral Metropolitana de Buenos Aires.

Sus desconcertantes columnas en representación a los apóstoles brindaban la calidez suficiente para volver a preguntar el motivo de mi martirio, la razón de haberme despojado de todo lo que amaba de forma tan repentina y hasta derivar en un divorcio doloroso.

A pesar de los miles y miles de rezos que emitían mis labios todas las noches, estos parecían no ser escuchados. Sentía aquella sensación de ser ignorada, cargando aún más con la culpa de aquel viaje.

Allí parada, debajo de tal estructura, descubrí que las agujas que marcaban las diez de la mañana ya estaban en su ubicación correspondiente, por lo que prácticamente, el restante del del recorrido fue una maratón: Balcarce a la derecha, izquierda en Moreno y por fin Alicia Moreau de Justo.

— ¡Buen dia! — Dije al descender del elevador sin gracia alguna aunque mi mensaje no tuviera ningún receptor. La secretaria que acogía a los clientes no se encontraba. ¿Estaba de licencia o simplemente deseo faltar? No lo recordaba con claridad. No obstante, el hecho de encontrarme sola en el piso causaba un poco de libertad en mí volviendo a disfrutar el placer de estar descalza en lugares inoportunos. Me quité ambos zapatos y me alegré de que mis dedos vuelvan a apreciar la frialdad de las cerámicas.

"Debería reformar este sector" pensé al tiempo que tomaba asiento en la gran silla de cuero paralela al escritorio con ánimos de relajarme. Mis piernas reposaron, los pulmones suspiraron y las memorias volvieron a flote. Sobre mi mano izquierda que sostenía el mentón, una pequeña mueca se asomaba cuando el celular vibró. Busqué entre las pocas cosas que poseía en la cartera y revisé la notificación: Google Fotos me recordaba a forma de aniversario que para esa fecha se cumplían dos años desde las vacaciones en Mendoza. Instantáneamente al leer dicho enunciado me sumergí en un mar de llantos y mis manos acompañaron el ritual... nada había salido como lo había planeado.

Hace unos setecientos treinta y un días partíamos desde nuestro departamento en Capital Federal. Las niñas estaban contentas porque era la primera vez que viajamos a otra provincia saliendo de la gran ciudad y mi marido aún más feliz por su receso laboral.

Para las nueve de la mañana nos encontrábamos sobre la ruta 7 cantando "Cuan lejos voy" de Moana por sugerencia de la más pequeña. Olivia, con tan solo cuatro años recitaba sus estrofas con mucha pasión y entusiasmo. Simultáneamente, Paula buscaba en Spotify la próxima canción en el celular para cantar. Ni los cinturones de seguridad bien amarrados podían frenar la emoción que recorría por los cuerpos de esas nenas. Desde las butacas delanteras, Enzo, mi esposo, miraba el show dejando escapar una singular carcajada. Su debilidad sin duda alguna era Olivia, ya que era su mini clon.

— ¿Cuando llegamos? — Emitió dulcemente Paula a tan solo tres horas del inicio de ese viaje. Al ser la quinta vez que preguntaba exactamente lo mismo, su padre le contestó con cierta firmeza sin retirar las manos del volante. Nos quedaban por delante once horas y unos cuantos cantos de Disney por escuchar.

Más tarde, sobre el cruce de San Luis decidimos frenar en un descampado a comer. Un taper muy delicado traslúcido cuidaba de unos sándwiches que había preparado la madre de Enzo el día anterior. La ración por persona era casi exacta. Sin embargo, ese día Paula tuvo más hambre que de costumbre así que decidí ofrecerle el mío sin pensarlo dos veces.

— Gracias mamá — pronunció a la vez que retiraba unos cuantos mechones rubios de su cara. Esas dos palabras fueron las más bellas que podría haber escuchado en todo el viaje, lo recuerdo como si hubiera sido ayer. Sus pupilas hundidas en cuencas enormes eran diminutas bolitas entre tanto color verde, y sus delicados pero cortos dedos apretujaban el pan lactal con firmeza por emoción. La consistencia de aquel almuerzo a las cinco de la tarde entrelazado en sus dedos pasó a ser de un apetitoso sándwich a una pasta incomible. El entusiasmo de Paula se debía a que eran sus dos sabores favoritos: Jamón y Queso, un clásico que jamás fallaba. Su paladar bailaba entre explosiones de sabores cada vez que comía dicho plato. Esto me dejaba pensar que a veces los niños nos enseñan el deleite de la simpleza.

Aún masticando el último bocado, ambas me pidieron permiso al unísono para jugar a la mancha. No podía resistirme a sus cachetes rosados así que accedí de inmediato dando lugar a que las dos mujercitas salieran corriendo sobre los altos pastos. Paula amaba correr y fue por ello que sacó gran ventaja sobre su hermana quien trataba con todas sus fuerzas alcanzarla.

— ¡Más rápido! — gritaba la mayor entre los pastizales a su compañera, al mismo tiempo que su cabellera ondeaba al viento. Los esbeltos cuerpos corrían de un lado a otro a toda velocidad dando esa sensación de estar viviendo una ilusión que jamás se repetiría. El paisaje era contrastado por los cálidos rayos de sol que asomaban a lo lejos del campo y los pájaros volaban en bandada entre las nubes formando una gran postal. Sin embargo esto duró muy poco dejando en mí un mero recuerdo. Enzo al ver que estaba atardeciendo y la noche acontecía, alzó a Olivia por los aires haciéndola girar dando aviso de nuestra retirada. Ambos, padre e hija, solían jugar a la montaña rusa dando millones de vueltas dejando exhaustos a sus pobres rizos genéticos. Paula, por otra parte, se mareaba con mucha más facilidad, así que prefería mirarlos y reír con ambos pies en el suelo.

— En sus marchas, listos... arranquen! — Gritó en forma de canto mi marido simulando que el auto era una nave espacial yendo a la misión aventura. Pero antes que la llave dé el arranque inicial le pregunté casi al oído si prefería que maneje yo lo que quedaba del viaje, él asintió. Entre acción y acción nos dimos un beso cálido, las niñas rieron a nuestras espaldas y el motor se puso en marcha. Todo parecía ser perfecto aunque ninguno de los dos sabía que esas serían sus últimas carcajadas.

Unas cuantas horas después y con la luna casi en su esplendor, el peaje Las Cumbres nos dió paso al segundo tramo del camino. En ese instante la imitación de Moana ya no cantaba más, el señor travesía dormía plácidamente en su butaca mientras que la cara de Paula era iluminada por la pantalla del celular que reproducía su caricatura favorita. Los destellos de azules mezclados con tonos alegres de Paw Patrol pintaban su rostro e iluminaban los recovecos de sus facciones, como lo era su diminuta nariz.

A partir de ese momento, el relato se vuelve totalmente confuso y sin sentido alguno ya que no sabría expresarlo de la mejor manera. En lo único que acierto es que mi mirada nunca se salió de las líneas amarillas que llevaba pintada la carretera.

La noche había tornado el paisaje en un gran mural negro y un infinino vacío a nuestros alrededores. Era una espectadora más de la inmensa fuerza de la oscuridad que puede aclarecer pensamientos a la vez de convertirse en el peor enemigo con un simple paso. Mis manos casi sudadas jamás se despegaron del volante robusto de cuero ecológico y mis pies tornaban entre el acelerador y el freno del automóvil.

Para ser sincera, no era demasiado tarde ni tampoco lo suficientemente temprano, parecía ser un horario razonable para atravesar ese trayecto sin problema alguno. A pesar de ello en una milésima de segundo algo cruzó repentinamente la ruta, algo que hizo que mi única reacción fuera frenar para no atropellarlo, algo que llevó a que las ruedas chillaran contra el áspero cemento. Debí actuar de otra manera, con más prudencia y hasta me atrevería a decir con un poco más de tranquilidad. Las noventa clases de manejo como los millones de consejos brindados por mi instructor no fueron suficientes para hacer lo correcto esa noche. Mi única respuesta ante tal evento fue aquella maldita maniobra que terminó con todo lo que tenía.

El auto, debido a la velocidad que llevaba, comenzó a girar de forma horizontal sin alcanzar a dar una vuelta completa cuando la parte trasera del mismo se incrustó con rabia en un árbol que decoraba el camino. El lado izquierdo de mi cabeza dió un gran golpe seco contra la ventanilla haciendo que pierda la consciencia al instante. A pesar de encontrarme desmayada frente a lo que quedaba del automóvil, mi olfato guardó en su interior el recuerdo del aroma natural que transmitía el rocío de la noche mezclado con leves notas de llantas quemadas.

Entre la sangre espesa que recorría mi pálida cara logré despertarme a la hora en una ambulancia que iba a gran velocidad hacia el hospital más cercano. La desesperación no tardó en tomar cartas en el asunto recordándome lo sucedido así que pregunté, entre lágrimas, por mis hijas y mi esposo. Ningún acompañante supo responder con claridad, desviaban la vista y me recomendaban que esté tranquila aunque todos sabían perfectamente que Olivia y Paula habían fallecido en la embestida.

Esa, querido lector, fue mi historia. La historia que causa culpa hasta el día de este relato, recordándome que sus sonrisas ya no pertenecen a este mundo, como tampoco yo, ya que morí en la despejada noche del veintiséis de febrero...

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