❤ Capítulo III ➳ Un dios y un demonio de pareja ❤


TERCER ACTO CUPIDO

Yo me haré cargo de la situación, en persona...

  Resolver los problemas amorosos en persona, solía ser una de las mayores aventuras de las que disfrutaba Cupido. Desde el comienzo, el joven dios del amor, tomaba cualquier oportunidad que se le presentase para bajar a la Tierra, armado con sus flechas, su carcaj y su arco para flechar a sus objetivos. O quien se le atravesase en el camino y que, según su perspectiva, necesitase un poco de amor.

Si bien era cierto que hace siglos esa había su tarea más frecuente. Con el pasar del tiempo sus labores se fueron reduciendo y la emoción de conquistar directamente a los mortales ya no le resultaba una novedad.

Y eso algo por lo que la mayoría de los dioses inmortales pasan: el incesante deja vù que existe detrás de la rutina, esa sensación de que repites una y otra y otra y otra vez lo mismo. E incluso, el juego más chispeante se vuelve tedioso.

Y eso fue lo que le pasó al dios del amor y la pasión. Por lo menos, durante un largo tiempo y hasta cierto punto.

Porque la sensación satisfactoria que sentía al juntar a dos amantes prohibidos o a dos destinados, siempre estuvo presente en su día a día. Aún sonreía, reía y hacía florecer cada uno de los capullos de su palacio cuando esas hermosas temporadas de amor primaveral llegaban.

Encontrar a Cupido sentado en una nube rosa, con una bola de cristal en sus manos, observado con el peculiar brillo cómplice en los ojos, el cómo dos personas se declaraban después de un sinfín de complicaciones. Siempre ha sido un escenario habitual, incluso el agregado de Jörg, ese demonio de la lujuria que llegaba de improvisto al palacio para disfrutar de dichas escenas románticas con el dios, era algo de lo que gran parte de los ayudantes de Cupido estaba acostumbrados. Más o menos.

Pues la extraña conexión y el compañerismo tan afectivo entre el dios y el demonio aún sigue siendo uno de los eventos más curiosos en la Corte Celestial.

Hasta la fecha, pocos saben cómo este par de seres, de tan diferentes especies, se conocieron y formaron dicho lazo.

A pesar que la creencia de que nada sobre la tierra, el cielo o el mar se esconde para los Celestiales. Aún existen innumerables historias de las que éstos son ignorantes.

Sin embargo, algo que sí se sabe es que Cupido dejó de bajar a la Tierra y le concedió esta tarea a los ángeles bajo su cargo. Desde ese instante, eran ellos y no él, quienes pisaban el mundo mortal, disfrazados, con la única misión de dejar galletas en las tiendas o en los eventos correctos, infiltrarse en los restaurantes como parte del personal y mover unos cuantos hilos aquí y por allá.

Incluso componer canciones impregnadas de magia tenía un efecto en los humanos.

Porque si algo aprendió Cupido con cada nuevo siglo que trascurría, era que su poder no solo podía trasmitirse a través de sus flechas, sino que podía transformarlo y esparcirlo en casi cualquier objeto o, muy bien, emplear algún instrumento para ello, uno que no fuese un arco.

Este nuevo descubrimiento significó el mayor avance en su faena.

Y de esta manera, junto al respaldo del día más representativo y comercial del mundo, el día de San Valentín, Cupido logró hacer que cientos de miles, millones, de humanos se enamorase o fortaleciesen lazos. Año tras año.

Aunque su trabajo no solo se enfocó en los catorce de febrero, si es muy bien sabido que durante esas fechas, sus poderes son incluso mucho más eficaces. Todo gracias a que los mortales usaban su leyenda, o lo que creían saber de él, para relacionarlo con la festividad.

La imagen de un bebé alado con arco y flecha que figuraba en cada cartel o evento, estaba lejos de ser algo realista, pero Cupido le restó importancia. Mientras aún hubiese humanos que creyeran en él, su magia seguiría creciendo.

Durante muchos períodos, ver a los humanos a través de sus burbujas o cristales, monitoreando y disfrutando como su de telenovelas se tratarse, era su única opción para disfrutarlo.

Hasta ahora.

Una resplandeciente sonrisa aparece en el rostro de Cupido y tanto Jörg como el querubín presente toman cierta distancia, más cuando el dios se levanta de improvisto, extiende sus alas y alza vuelo hacia uno de las repisas de la habitación.

—Oye, Cup, ¿qué sucede? —cuestiona Jörg, curioso.

El moreno observa los libros y pergaminos organizados, buscando. Desliza su dedo índice por los lomos de varios. Saca un par, hojea y luego descarta lanzándolos en el aire. El ángel ayudante lo atrapa antes de que impacte contra el suelo. Y luego otro, otro y otro más.

No solo libros son aventados en el aire, sino que también pergaminos y hasta pequeñas esferas en forma de corazón, que incluso el demonio tiene que intervenir para evitar que varias de estas terminen dispersas por todo el lugar.

—¡Oye, Eros! ¿Qué mosquito te ha picado? —exclama.

Y el dios desciende al suelo, con un pequeño libro forrado en tonos blancos y rosa, mira a su amigo con una ceja arqueada y sonríe con evidente confianza.

Jörg conoce ese tipo de gesto, ladea el rostro y dirige su mirada a lo que está sostenido Cupido, para él solo es un libro más, con el mismo diseño que todos los cientos más que tiene. Solo el dios y sus ayudantes entienden los extraños símbolos que tienen en sus lomos. Y a pesar de eso, el pelirrojo intenta descifrarlo solo comprendiendo es algún tipo de registro sobre mortales.

—Ya sé cómo resolver todo este desastre —exclama Cupido—. Y lo haré antes de que llegue San Valentín.

El ángel presente sonríe con emoción y se aproxima hacia el dios, aun sosteniendo los libros que rescató con anterioridad.

—¿Cómo lo hará, Señor Eros?

Cupido ensancha su sonrisa, les muestra a los presentes la portada de su libro, con una sola mano, mientras que la otra la coloca en su cintura.

—Todo lo que necesito está aquí.

—¿Es alguna clase de hechizo o cómo? —pregunta Jörg, desorientado—. Creo que me estoy perdiendo —agrega dirigiéndole una mirada al pequeño ángel, con la esperanza de que esto lo ilumine, pero el desconcierto en su rostro le da la indicación que no es el único confundido. Vuelve a ver a Cupido y éste no parece que vaya explicar nada más—. Entonces tu solución es...

—Bajaré a la Tierra y me haré cargo de la situación —completa el dios con total soltura.

El demonio abre los ojos con asombro, mientras que el pequeño ángel palidece y comienza a negar varias veces, sus pequeñas alas rosadas revolotean con fuerza y se acercan al dios.

—¿Qué? Pero mi señor Eros, usted no suele hacer trabajo de campo. ¿Está seguro de esto? No creo que se buena idea. No, en realidad es una muy, pésima, desastrosa idea —parlotea el ángel—. ¿Qué sucede si los otros dioses se dan cuenta? ¿Y si la señora Afrodita se entera? ¿Noso-nosotros qué haremos? ¿Mantendremos el palacio aislado? ¿Qué sucederá con la producción de galletas? ¡¿Y los núcleos?! ¡¿Y...?!

Cupido alza la mano y el pobre ángel se silencia de improvisto, con falta de aire y procede a tomar varias bocanas de aire, aún pálido y con miles de cosas por agregar.

—Entiendo a la perfección las inquietudes que te aquejan —comenta Cupido—. Sin embargo, no diría algo como esto sino estuviera seguro de mis palabras.

Se aproxima al escritorio y observa el pergamino virtual con las imágenes de los humanos aun reproduciéndose. Los toca con suavidad y el escenario es sustituido por uno más tranquilo, una plaza tranquila en donde se puede visualizar varios negocios con sus puertas y ventanas sellados.

—Sé que puedo resolverlo con mis propias manos —susurra el dios, más para sí mismo que para los presentes, pero tanto Jörg como el ángel lo escuchan—. Y quizás los humanos han cambiado muchísimo desde que la última vez que bajé.

—No tienes la más remota idea, Cup —dice el pelirrojo, cruzándose de brazos.

—Pero lo sé. Los he estado observando durante todo este tiempo —dice Cupido mirando al demonio—. Hace un momento dijiste que yo era el dios más talentoso, inteligente y audaz dios que conoces, ¿recuerdas?

Jörg asiente una vez.

El dios mira al ángel, le dedica una sonrisa cálida y acaricia sus cabellos oscuros.

—Eres uno de mejores ayudantes del Amor que pudiese tener. Y no tengo la menor duda de que podrás mantener todo bajo control aquí, en el palacio —dice Cupido—. Mi mayor fuente de poder permanece aquí, eso los protegerá de cualquier cosa. Los otros erotes no se acercaran sino hasta después de San Valentín. Y mi madre, bueno, ella probablemente aún siga en algún lugar con Ares, haciendo de las suyas.

—Ese par no pierde el tiempo, ¿eh? —comenta Jörg juguetón.

El pequeño ángel respira hondo, se irgue y asiente una vez hacia el dios. El halago y la suave caricia por parte de Cupido, le dio justo la fuerza que necesitaba.

—Todos seguirán con los preparativos, tal y como estaba planeado —ordena el dios del amor—. Enviarás a un pequeño grupo selecto de ángeles a las otras zonas, a las más dispersas, yo me haré cargo de la más concentrada, ¿entendido?

—Sí, señor Eros —responde el ayudante.

—Requeriré reportes diarios sobre la situación en general. Pero seré yo quien les contacte, así me evitaré situaciones incomodas.

El ángel asiente tomando nota sobre lo pedido. Una vez todas las órdenes son dadas, éste sale de la habitación y Cupido enrolla el pergamino virtual, con un movimiento de la mano libre, hace que el resto de libros y esferas vuelvan a su posición original y sin más tiempo que perder camina hacia otra de las puertas, la que se conecta a su alcoba.

El pelirrojo lo sigue por instinto, más cuando el dios al ingresar a su habitación deja la puerta abierta y él lo toma como una invitación tácita.

Por los siguientes veinte minutos observa como el moreno esconde sus alas, camina hacia el gran espejo de cuerpo completo que está cerca del balcón, se pasa las manos por sus rulos blancos y estos se oscurecen, así como sus pecas.

—¿Me veo lo suficientemente humano así? —pregunta mirando al pelirrojo a través del espejo.

—Yo diría que siempre te verás divino —suelta Jörg acercándose con lentitud hasta posicionarse detrás de Cupido—. Pero sí, ya no te ves tan sacado de un cuento mitológico.

Ambos se ríen de la mala referencia.

—Sin embargo, la túnica se tiene que ir —susurra Jörg cerca del oído del moreno.

El pelirrojo coloca una de sus manos en el hombro ajeno y desliza la seda con lentitud, dejando a la vista la piel bronceada y deposita un suave beso ahí, provocando que Cupido se encoja de hombro, muy levemente.

—Las modas mortales han cambiado, ahora usan cosas llamadas: «camisas», «blusas», «chemises» y no sé qué más. Sigue siendo tela, pero no de seda, sino de ovejas.

El moreno asiente una vez y con un chasquido su túnica se transforma en una de dos partes, que según sus investigaciones previas, es acorde a lo que ahora usan. Incluso sus sandalias de oro se transfiguran en unos zapatos deportivos. Ya arreglado, se voltea para encarar a Jörg.

—Ahora sí me veo muy mortal, ¿no?

—Totalmente, Cup. Y en más de un sentido —comenta el pelirrojo, mirándolo de arriba abajo con ojos traviesos—. Creo que esos ilusos humanos caerán rendidos a tus pies.

Cupido resopla y camina hacia su armario.

—Agradezco mucho tu ayuda, Jörguie. Y bueno, es posible que esta misión me tomé un par de semanas, así que el paseo que teníamos planeado por los jardines, se pospondrá —dice el moreno tomando un pequeño bolsito de mano dorado y lo revisa.

El demonio a su espalda, se mira en el espejo acomodando sus mechones rojos y cambia un poco de aspecto, a uno más humano y menos lujurioso.

—No hay problema, Cup. Esto será mucho más emocionante, no tengo la menor duda.

—¿Qué? —Se voltea el dios, mirando a su amigo, desconcertado—. No pensarás ir conmigo, ¿o sí?

—Ya te lo había comentado, Cup. Caracas es mi zona, la conozco como la palma de mi mano —dice Jörg, aún concentrado en su reflejo—. Además, bajo ningún motivo pienso perderme el espectáculo de ver al gran y poderoso Cupido, flechando a esos incautos, en persona. ¡Quiero ver eso!

—Pero...

—Ningún pero me detendrá.

El moreno le frunce el ceño, pero sabe que es cierto. Y aunque la idea de arrastra a su amigo a su misión no es lo más idóneo, Cupido estaría mintiendo si dijera que su compañía le importunaba.

¿Quién dice que un dios y demonio no pueden hacer una buena pareja?

Jörg se voltea, ya en su aspecto más humano, y Cupido suspira y le ofrece la mano, rindiéndose a su deseo. El pelirrojo, orgulloso, estrecha su mano y ambos son transportados a una pequeña plaza en el centro de Caracas, justo en frente de una cafetería con el nombre más irónico de todos: La Guarida de Cupido.

N/A: ¡Hola, dulcecitos!

Aquí les vengo con el tercer capítulo, creo que es la primera vez en AÑOS que actualizo tan seguido, ¿no es esto emocionante? * dice medio desfallecido *

Intentaré mantener esta buena racha, porque la historia va tomando más forma y eso me fascina y sé que ustedes también~

Ahora sí, la sección de preguntas curiosas:

¿Qué les ha parecido el capítulo? ¿Les gustó?

Sobre el pequeño ayudante, ¿cuál es vuestra opinión de él? ¿Cómo creen que se llame?

¿Qué opinan de nuestro Jörguie coleándose en la misión de Cup? ¿Creen que sí será de utilidad o no?

¡Nos vemos en el siguiente capítulo!

¡No se olviden de votar, comentar y compartir si les ha gustado, esta historia se nutre de vuestro apoyo!

Los quiere siempre, Dorian.

Bạn đang đọc truyện trên: AzTruyen.Top