Fünfzehn: Te unes o te quedas atrás.

Capítulo dedicado a LuzEmeEm8. Muchísimas gracias por todo el apoyo, por emocionarte con cada adelanto que subo en instagram o por dejarme vivir a tu lado la emoción que sientes con esta historia. Mil gracias por tantísimo.

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Fünfzehn: Te unes o te quedas atrás.

6 de abril, 2020.

No podía no reír ante la imagen que estaba viendo.

Thomas Koch, Hermann Rabensteiner y Friedrich Vögel llevaban el mismo color de traje y se habían puesto la misma pajarita en conjunto.

Bueno, lo de la pajarita era cierto, lo del traje... más bien habían intentado combinar los colores y aunque diferían del tono, los 3 llevaban lo que generalmente se conocía como azul marino.

Lo que más gracia me había hecho era ver el detalle de Hermann con un pin en miniatura de una H que, según él, iba en honor a Hugo Müller.

La realidad que escondía era que ambos compartían inicial y le había venido de lujo para tener la excusa de que estaba presente en su memoria.

Hermann era lo que en España denominábamos como ser un bienqueda.

—Españolita —Me llama el de apellido casi impronunciable—, haznos una foto que vamos a editarla poniendo a Hugo.

Agarro el móvil de Hermann y les ordeno que me miren con una sonrisa mientras les hago unas cuantas y les pido que posen con un poco más de alegría.

Thomas rueda los ojos con fastidio a la 4 petición, Friedrich no rechista, pero sé que preferiría ahorrarse todo este paripé y Hermann se lo pasa como un niño en un parque de atracciones mientras muestra sus mejores poses.

—¿No le ha molestado no poder venir? —Me refiero a Hugo mientras le devuelvo el teléfono a su dueño.

Podía caerme mal, pero eso no significaba que no pudiera simpatizar en ciertos aspectos con él.

Si yo estuviera en su lugar y por mucho que me hubieran preguntado, seguiría sintiéndome un poco triste. Al fin y al cabo, uno de los cuatro amigos tenía que haberse visto desplazado para que los otros 3 pudieran ir.

—Si hubiera tenido dinero para comprarse un traje nuevo, estaría él en vez de yo —Hermann responde palmeando el hombro de Friedrich—. No sufras por Hugo, se negó en rotundo.

—En realidad —interviene Thomas—, fue el que cedió y puso esa excusa. Siempre es el que se sacrifica cuando no podemos venir los 4 o busca la manera de apañarse por su cuenta.

Sabía que los tres querían muchísimo al hijo de los Müller, pero también comprendía que a veces se sintiera desplazado y al mismo tiempo totalmente amparado por sus amigos.

La dinámica de los 4 era algo extraña, se entendían entre ellos y con personalidades variopintas habían creado una amistad bastante sana y bonita. Con sus más y sus menos, pero respetándose siempre que podían.

Massimo y Hans se acercan a nosotros y dejan en claro que, en caso de que algo ocurriera estaban antes a disposición de Thomas y de mí que de cualquier otro.

Y nuestros acompañantes habían aceptado sin dudar sobre ello. Habían decidido correr el riesgo por si algo pasaba.

Me agarro del brazo de mi novio —joder, aún no me acostumbraba a llamarlo así y me seguía emocionando el hecho de poder considerarlo como tal— y entramos tras mostrar las acreditaciones.

Estaba completamente nervioso y callado. No emitía ningún sonido por la boca. Que no es que de normal hablara mucho, pero es que hoy parecía mudo.

Imaginaba que era debido a que se encontraba asustado, acorralado y también emocionado por el reencuentro.

—¿No se te hace raro que solo tengamos 2 guardaespaldas? —Acaricio la piel de su mano en un intento de tranquilizarle y cambiar de tema.

Mantener distraído a este hombre era todo un reto y tener la capacidad de conseguirlo me hacía sentir muy poderosa.

Si lo veías ahora mismo te encontrarías a un Friedrich calmado y sereno por fuera, con su pelo engominado y con una actitud más propia de un niño rico que de un estudiante de 20 años que tenía que trabajar para poder comer y vivir bajo un techo.

Estaba guapísimo incluso cuando odiaba que estuviera tan repeinado porque escondía sus ricitos que tanto me gustaban.

—Es que no tenemos solo 2 —Por fin habla, aunque fuera en un tono realmente bajo y monótono—. Mira con disimulo hacia tu derecha.

Había tres hombres, 2 se me hacían totalmente desconocidos y el otro me sonaba bastante de haberlo visto antes, aunque no había interactuado con él.

—¿Están con nosotros? —Aparto rápidamente la vista con el mayor disimulo posible.

—Y más que aún no puedes ver y de los que no sabrás que están aquí —Me acerca a él sin ningún tipo de miramientos y deja un beso en el dorso de mi muñeca—. ¿Qué debería hacer cuando la vea?

Se estaba refiriendo a Sonja y eso era algo positivo.

Por fin estaba aceptando el más que posible rencuentro entre ellos.

—Mantener la calma, amigo —Thomas pone su mano en el hombro derecho de nuestro-chico y la quita nada más llamar su atención. Supongo que estar de puntillas para llegar a su hombro no era muy cómodo—. No vas a saltar en medio de la pasarela de moda y ponerte a actuar como un orangután.

—No era una opción que contemplara, pero gracias por la advertencia, Thomas.

Me gustaba verlo tranquilo y relajado, dejando que sus emociones salieran en modo de humor y no irascible.

La comedia también formaba parte del desahogo y prefería mil veces que se lo tomara así a que se pusiera algo agresivo.

Era un efecto que solo sus amistades conseguían en él. Y aunque me hacía sentir pequeñita no formar parte de ese grupo tan selecto, también comprendía que era cuestión de tiempo.

Seguimos a Massimo y a Hans hasta nuestros asientos. Thomas y Hermann estaban detrás de nosotros y nuestros guardaespaldas oficiales detrás de ellos dos.

—¿Puedo preguntar ya la insistencia que tenías de que te acompañáramos? —Hermann se gira hacia mí y se desabrocha los dos primeros botones de la camisa blanca tras quitarse la americana.

—¿Insistencia? —Frunzo el ceño.

Friedrich se lleva las manos a la cabeza intentando ocultar la sonrisa que nace en sus labios mientras que Thomas me pide mediante gestos que me calle.

—Oh...

—¿Oh? —Hermann se arremanga la camisa hasta los codos y mira con el cejo arrugado a sus amigos—. ¿Tengo por amigos a dos basuras que no me han contado la realidad y han utilizado a mi españolita como excusa de mierda?

—¿Tu españolita? —Se gira Narciso en tono de negativa y dispuesto a enseñarle a usar los adjetivos posesivos en alemán a su amigo.

—No vengas a reclamarme, Friedrich, has perdido tu derecho —Pone la mano delante, haciendo un poco de drama mientras le giraba la cara—. ¿Y bien? —Decide cuestionar al de ojos achinados.

—No podíamos... —Trata de justificarse Thomas en busca de mi ayuda y señalando a los guardaespaldas.

—Ya me ha quedado claro que tienes preferencia por Friedrich porque es obvio que él lo sabía, no me sirven tus excusas.

—Ay, Hermann... —Me estaba dando hasta lástima que se hiciera el ofendido. Mantenía el sentido del humor, pero era evidente que se había sentido algo molesto—. Aquí Thomas tiene razón...

—¿Cómo decís en español «Es ist mir egal»?

Me quedo pensativa porque si bien sabía el significado de las palabras y no necesitaba concentrarme para decirlo correctamente, traducir era algo bien distinto.

—«No me importa».

Intenta repetirlo y cuando ve que no puede, hace un gesto de restar interés con la mano y se cruza de brazos.

No le servían las excusas.

Ya lo había dejado claro.

La pasarela estaba a punto de empezar, pero estábamos más pendientes de la rabieta del medio kurdo que de las modelos.

—Pero, a ver, amorcito —Me sorprende el apodo que Friedrich elige para su amigo y no puedo evitar reír. Este numerito no era algo nuevo para ellos y por cómo se estaban comportando los 3 se podía adivinar con facilidad—. ¿Qué te ha molestado exactamente?

El único capaz de conseguir que cualquier persona se volviera cariñosa y usara palabras dignas de una película que te hiciera vomitar arcoíris era Hermann Rabensteiner. Incluso lo había logrado con Narciso.

Hermann podía sentirse orgulloso y a mí me causaba muchísima gracia y curiosidad que el mismo hombre que, midiendo algo más de 1.80, que iba prácticamente rapado pareciendo un skinhead y con más tatuajes que piel visible, en el fondo era tierno.

Tenía un poco de mal carácter si le molestabas y se aprovechaba de su aspecto intimidante para sacar beneficio propio. Tampoco había que olvidar su gran vena chismosa y el mayor defecto que poseía: era de los que pensaban que si algo no le incumbía no tenía por qué meterse en medio.

La primera vez que hablé con él me había dado una impresión completamente diferente a la actual, me había caído mal y parecido el tipo de hombre que se cree por encima del resto. Incluso hubiera apostado porque él y Narciso tendrían algún tipo de disputa por la lucha de egos, pero me equivoqué.

En realidad, Hermann, era como un cachorro con aspecto de Rottweiler.

—¿Quieres que te las enumere?

—Por favor, ¡estoy expectante! —interviene mi hermano.

—Primero —Levanta un dedo—: no me habéis avisado, sólo me dijisteis que usara traje y pajarita; ¡no he traído condones!

—Vaya razón más estúpida... —Se queja como buen gruñón Thomas.

—¡Deja que hable! —Esta vez me tomo la licencia de defender a Hermann.

—Segundo —Ahora muestra dos—. ¿Acaso es secreto de estado?

—Algo así... —Se me escapa decir.

Agradezco que me ignoren por una vez.

—Y tercero —Pone a escasos centímetros la mano con tres dedos alzados frente a la cara de Thomas—. Soy un cotilla de mierda, ¡me habéis dejado sin chisme!

Alguien interrumpe el discurso de Hermann pidiendo que mantengamos silencio porque el desfile iba a comenzar y es cuando mis manos empiezan a sudar.

A cada minuto que pasaba sentía mi corazón más y más acelerado, no podía dejar de buscar a Friedrich con la mirada aun teniéndolo bien pegado a mí. Incluso sentía dolor en mi mano derecha ante la presión que hacía mientras me apretaba queriendo asegurarse de que estaba ahí, apoyándole.

—No aprietes tanto. —Trato de decirle en voz baja y tratando de evitar que los que estaban a nuestro alrededor se enterasen.

—Perdón —No me estaba mirando y era la primera vez que se atrevía a usar esa palabra desde que lo conocía—, no puedo evitarlo.

Era como un niño nervioso, agitado, plagado de inseguridades y miedos.

—Estoy aquí —Esta vez me tomo el beneplácito de ser yo la que le dé un pequeño apretón de manos—, estoy contigo, estamos juntos en esto.

Mis palabras le duelen y a la vez le contentan.

Friedrich iba asimilando poco a poco lo que era ser querido, en especial lo que era una muestra de amor honesta, en la que no se pedía nada a cambio.

Porque sí, yo esperaba lo mismo por su parte, pero si no me lo daba, no se lo iba a exigir. Si veía que no era conveniente para mí, entonces pondría distancia entre ambos.

Pero el amor no trataba de esperar que te dieran lo mismo que tú ofrecías, era comprender que tú dabas y la otra persona elegía también ser generosa.

No era un «como yo te doy, entonces tú tienes la obligación de hacerlo por mí».

Si era recíproco por gusto propio, podía funcionar.

Si no había esa complicidad y esa comunicación mutua, entonces lo mejor era dejarlo ir.

Y luego estaba él; Friedrich era de los que daban sin darse cuenta porque si pudiera evitarlo, sabía que escondería todos sus buenos gestos por miedo a que fueran considerados como debilidad. Le nacía ser cariñoso y ser romántico, le nacía cuidar a los suyos y dar abrazos.

Y, para una persona que había crecido en el seno de una familia que algo tan bonito como el acto de amar, se había convertido en una muestra repudiable y un símbolo de fragilidad, no lo estaba haciendo mal.

O más bien no lo llevaba tan mal.

—¿Crees que aparecerá?

—No puede faltar, Friedrich —Le recuerdo mientras acaricio su mano con mis dedos—. Y si falta, ya la veremos en otro momento. Recuerda tus palabras: si no es en Berlín, será en Ámsterdam o el lugar que sea.

Sabía que posponer más tiempo su reencuentro era un error, pero necesitaba calmarlo, era imprescindible que tuviera en cuenta que habría más oportunidades si una no salía bien.

Que no perdiera la fe porque entonces se perdería a sí mismo.

Pasaban modelos y modelos y el único interesado parecía Hermann, ignorando las miradas de reproche, aplaudía a cada una y les aplaudía mostrando todo su apoyo, vitoreando y haciéndolas sentir reinas absolutas.

A todas.

Sin excepción.

Daba un poco de vergüenza, pero al mismo tiempo era súper bonito cómo las modelos sonreían a nuestra dirección, sintiéndose apreciadas y no sólo juzgadas por los focos de las cámaras y sentenciadas por las personas que intentaban aparentar que eran cultas y mejores que el resto de la sociedad mientras cuchicheaban en vez de prestarles atención.

Una cabeza asoma por detrás de una cortinilla y siento que mi respiración se acompasa junto a la de Narciso tras quedarnos sin aire por unos segundos, ambos la hemos visto.

Me giro y Thomas asiente confirmando lo que ya sabíamos.

Había venido.

Y era imposible no verla.

Sonja Vögel era una mujer imposible de ignorar incluso a la distancia.

Era de esa clase de mujeres que resaltaban sin buscarlo siquiera. Estaba segura de que podía ir vestida con una simple bolsa de basura y con el pelo grasoso y completamente hecho un desastre y aun así seguiría viéndose como una tremenda Diosa.

Lo más probable es que se debiera a la genética que tanto odiaba su hermano pequeño y que habían heredado los dos.

Era el gen Vögel.

¿Cómo habrían sido Eckbert y Kerstin? Porque por dentro no me quedaba duda de que habían sido terribles. Inhumanos, la representación de la maldad.

Pero habían tenido unos hijos guapísimos, con un magnetismo imposible de disimular.

A sus padres siempre me los había imaginado sucios, roñosos y con aspecto terrorífico, pero había que ser honestos y, lo más probable, es que lo único bonito que hubieran tenido era la cara.

¿Y Jutta?, ¿Jutta se vería igual de espectacular si estuviera viva?, ¿cómo había sido en el pasado? Por cómo hablaba Narciso de ella, siempre la había imaginado con una apariencia más sencilla, bonita y común.

Hermosa, pero no despampanante como lo eran Sonja y él.

No obstante, no me sorprendería nada si me dijeran que era una mujer deslumbrante, porque seguramente lo hubiera sido.

Mis dedos rozan la mano de Friedrich mientras él intenta calmarse.

Era de las pocas veces que lo estaba viendo dudar. Esa máscara que se ponía ante el resto de las personas y que se camuflaba incluso a sí mismo había desaparecido.

Quería correr tras Sonja, saltarse las formalidades de la élite berlinesa y conociéndolo le importaba una mierda crear un espectáculo digno de alguna escena cómica de cine estadounidense.

Y aun así estaba atemorizado.

Paralizado.

Casi no pestañeaba.

Lo único que me aseguraba que aún se mantenía con vida era el pulso de su corazón latiendo en la muñeca.

Me estaba asegurando de percibirlo porque temía que se desmayara.

—Es ella... —Friedrich me sujeta de la mano con dureza y apretando fuerte mientras su voz temblaba de miedo.

Suelto un pequeño quejido que le hace soltarme con rapidez, como si le asustara hacerme daño.

—Tranquilo, estoy aquí... —Le sostengo mientras le calmo con mi voz.

No había ninguna señal que indicara que era el hombre seguro que siempre se había obligado a ser.

Ahora mismo me sostenía la mano el niño de 11 años que decidió no despedirse de su hermana cuando la adoptaron, ahora estaba ese crío al que su padre le golpeaba por comportarse como una nenaza y al que su madre le castigaba sin comer o sin agua caliente en invierno.

Y dolía ver que en sus ojos azules no estaba la oscuridad que siempre le había caracterizado, ahora había vida, una vida que le estaba transportando a los traumas más dolorosos que pudiera tener de su pasado y que le acompañaban en el presente.

Y aun así seguía sonriendo de manera retorcida porque una de sus hermanas estaba viva y estaba triunfando y, esa parte de orgullo por ver a Sonja siendo aplaudida por una multitud le estaba calentando el corazón.

Le estaba haciendo más humano y le estaba rompiendo no poder celebrar ese triunfo a su lado.

Era la luz y la oscuridad a partes iguales, el debate entre el bien y el mal, la alegría riéndose de la tristeza mientras que la crueldad le ganaba ventaja a la justicia.

—Luego hay un catering —Le indico a Friedrich—. Tendremos nuestra oportunidad de acercarnos.

—¿Juntos? —Su expresión facial se vuelve casi un ruego y yo asiento.

Ni siquiera nos habíamos dado cuenta de cuándo la habían presentado ni tampoco del nombre que habían usado para hacerlo. Pero ahí estaba ella, agradeciendo a todo el mundo mediante reverencias por formar parte de un día tan importante en su carrera.

Mira hacia el techo y se lleva las manos al corazón, como si le estuviera dedicando el momento a alguien que ya no estaba.

—Jutta... —dice en un susurro casi inaudible el de Frankfurt.

—¡Eh! —Hermann nos distrae por un momento, siendo ajeno a lo que su amigo estaba viviendo. Sabía que andaba buscando a su hermana y desde luego que le apoyaba, pero no se mantenía tan en activo como Thomas—. Yo a esa mujer la conozco, a la diseñadora... —Señala sin poder creérselo y levantándose de la silla—. Es la rusa...

—¿La rusa? —pregunta con cierto escepticismo mi hermano—. ¿Y ya está?, ¿no nombres?, ¿no nada?

—Si una mujer no quiere decirte su nombre, hay que respetarlo —Trata de aleccionar el futuro bombero—. ¿Acaso tú llamas a Erlin por su nombre cuando hacéis cositas?

—A ti qué te importa cómo llamo a mi novia cuando lo hacemos.

—Mis apuestas son princesa o corazón.

—¿De qué la conoces? —Friedrich vuelve a encerrarse en sí mismo, cortando por completo el debate que estaba surgiendo entre Thomas y Hermann. Sorbe por la nariz y desvía la mirada de su hermana por un momento antes de volver a prestarle atención. Temía que se tratara de una ilusión óptica y que desapareciera en cualquier instante—. Porque sólo se me ocurre un escenario posible y...

Se calla por un momento.

Desconocía qué estaba pasando por su mente, pero fuera lo que fuese, no era una imagen que a Narciso le gustara tener en su cabeza.

—¡Maldita sea, Hermann Jihan Rabensteiner! —Alza la voz Thomas ignorando si está llamando la atención de los que están a nuestro alrededor—. ¡Habla de una puta vez!

—¿Cómo os sentís cuando soy yo el que tiene el chisme y no vosotros, Callum Thomas Koch?

No puedo reprimir las ganas de reír y por mucho que trato de ponerme seria no lo consigo. Era imposible adoptar una postura formal y mesurada cuando había una persona como Hermann rondando.

—Hermann..., luego te contaremos todo.

—Bueno, cederé esta vez porque has pronunciado correctamente mi segundo nombre y eso es algo que mis antepasados kurdos agradecerían.

—¿Y bien? —Narciso no es de los que insistían, tampoco es que fuera un cotilla, pero estaba interesado en entender por qué Hermann conocía a su hermana y por qué no se lo había dicho hasta ahora.

¿Acaso Hermann era consciente de que se había relacionado con ella en algún momento?

Tenía muy claro que estaba al tanto de la búsqueda de Friedrich y no es que fuera un hombre despistado, al contrario, era muy atento.

Pero a veces iba más a su rollo que con el resto. Era el más independiente del grupo que habían formado los 4 y eso que cada uno tenía amistades por otros lados.

Hermann era ese tipo de persona con la que podías contar en cualquier momento y lo haría encantado, pero también era el más despegado.

Si esperabas hablar con él a diario o tener conversaciones largas y profundas, Hermann no era la persona indicada. Podía mantener charlas interesantes y te escucharía sin problemas, pero tenía un alma más juerguista y necesitada de atención por otros lados.

Era un hombre capaz de recorrer medio mundo para verte si lo necesitabas, pero a lo mejor desaparecía durante tres semanas porque su necesidad de evadirse era primordial o porque tenía otras aspiraciones en ese momento.

No era ni mal amigo ni mala persona, simplemente era una persona independiente que siempre estaría contigo, pero en raras ocasiones estaría a tu lado.

—Está feo que me preguntes por otras mujeres estando tu novia delante, Fritz —Hermann pasa su brazo por mis hombros—. Trata bien a la españolita.

Esta vez cambia el mi por la.

—No me llames así y responde de una puta vez, amigo.

Era la primera vez que escuchaba el acortamiento de su nombre y me parecía adorable, era una lástima que acabara de descubrir que también lo odiaba.

Estaba acabando con su paciencia y eso era una razón suficiente para que Hermann se lo tomara en serio.

No era un idiota que se aprovechaba de la situación, si veía que las cosas se caldeaban, tomaría acción.

—Joder, nunca pensé que haber echado un polvo fuera tan interesante, si queréis os cuento las dos o tres veces que lo hicimos con pelos y señales.

—¿Qué? —Mi voz suena tan aguda que me chirría incluso a mí.

—Que la rusa me ha follado.

—¿Te ha follado? —repite en forma de pregunta retórica Narciso.

Imaginaba que estaba asimilando las palabras de Hermann.

Niega sin poder mirar a su amigo y se pasa las manos por la cara. Es entonces cuando nos damos cuenta de que la gente ya estaba yéndose hacia el catering y que pronto seríamos de los pocos que estaríamos aquí, haciendo un pequeño escándalo y dándole un buen espectáculo a los de limpieza y mantenimiento.

—Chicos, soy un caballero —Hermann seguía en su mundo de ingenuidad donde no comprendía nada—. Yo no me follo a las mujeres, ellas me follan a mí mientras yo les regalo orgasmos.

—Hermann —Thomas se despeina y se quita la chaqueta del traje, dejando ver algunos símbolos de sudor en la zona de las axilas. Su madre tenía razón cuando decía que a veces tenía problemas de sudoración—. ¿Sabes acaso quién es ella?

El medio kurdo era ajeno a lo que estaba ocurriendo.

Había mantenido relaciones sexuales con Sonja Vögel, a quien conocía como la rusa y ni siquiera era consciente de ello.

No podían culparle, al fin y al cabo, Hermann nunca supo cómo se llamaba.

Se acerca a mí y me tapa los oídos, como si eso fuera a servir para que no escuchara. Me remuevo y le pongo mala cara.

—Quería evitar que me escucharas ser obsceno mientras hablaba de otra mujer, españolita.

Pongo los ojos en blanco.

—No soy ninguna bebé..., bueno a ver tengo mis cosas..., pero que vayas al grano, coño.

Seguía siendo muy española y soltaba palabras malsonantes en mi lengua materna cada dos por tres.

—Sé quién es porque me ha follado un par de veces..., no es una mami, pero me saca un par de años —Se encoge de hombros—. Joder, cómo me cabalgaba —Se recoloca bien la parte delantera del pantalón y trato de evitar a toda costa mirar hacia abajo.

—Por favor, cállate. —Friedrich levanta la mano intentando controlarse y se apoya en la pared más cercana, alejándose un par de pasos mientras que nosotros decidimos seguirle.

—Tranquilooooo, mi amor, ya le enseñaré a tu novia vídeos guarros para que aprenda a montarte si ese es el problema —Le da una palmada en la espalda a su amigo antes de mirar el reloj de su muñeca—. Mi toque de queda empieza en 3 horas y yo quiero probar el catering y buscar alguna MILF.

—Ella sabe perfectamente cómo subirse encima de mí, no la molestes. —Es todo lo que comenta Narciso mientras trata de asimilar la información.

Estaba segura de que había empezado a ponerme roja como un tomate.

—A la rusa no te acerques. —dice con mucha seriedad Thomas.

—No tengo intención —reconoce—. Hay rumores sobre ella que no me terminan de convencer y yo prefiero no moverme por esos mundos.

Empezamos a caminar seguidos de algunos seguratas que Jhon había puesto a nuestra disposición mientras que Thomas intentaba calmar a su mejor amigo.

Era un buen momento para intentar sonsacarle información a Hermann porque sus amigos estaban tan atacados de los nervios que eran incapaces de coordinarse correctamente para llegar a algún tipo de acuerdo.

—¿De qué rumores hablas?

—¿Te acuerdas cuando hablamos de que probases la marihuana? —Asiento cuando escucho su pregunta en tono bajo—. Bien, pues lo que se mete esa tía en el cuerpo es mil veces peor.

—¿Estás hablando de droga-a? —Titubeo un poco.

—Españolita, esa chica es adicta a la cocaína, al speed y creo que también le da a la heroína. No es una compañía que quieras tener cerca.

—¿Estás seguro? —La sangre empieza a bombear con fuerza por mi cuerpo y temo que sus palabras son ciertas por cómo me mira—. ¿Son rumores o lo sabes de primera mano?

—La tercera vez que me folló sacó una bolsita y se la esnifó delante de mí.

—¿Y tú... tú qué hiciste?

—Me vestí y le dije que tenía que irme —dice sin pensarlo dos veces—. De vez en cuando fumo tabaco y a veces me gusta consumir marihuana, pero ¿drogas duras? Yo esa mierda no la quiero en el cuerpo y mucho menos quiero cerca a ese tipo de personas. Si fuera alguien que forma parte de mi vida, haría lo posible para ayudarle a salir de ahí, pero sólo estuvimos follando, no voy a meterme en un tinglado como ese.

Me había costado entender algunas de sus expresiones porque hablaba el alemán más coloquial que había escuchado nunca, pero me había quedado claro lo que estaba diciendo.

Sonja Vögel consumía drogas o al menos, estaba cerca de ese mundillo.

—¿Sabes de dónde es ella? —pregunto.

—Es alemana, su acento la delata, pero le llaman la rusa y vive en Ámsterdam, aunque viene de vez en cuando por aquí, es de lo poco que sé de ella, no te pones a hablar de la infancia de alguien cuando lo que queréis es arrancaros la ropa y ya está, pero es curioso, ¿no crees?

—Hermann —Agarro su codo y freno un poco antes de añadir—: es la hermana de Friedrich, por eso está actuando tan raro, por eso necesitaba saber toda la información. La rusa es Sonja Vögel.

Da un traspiés antes de recuperar la serenidad.

Götterverdammt! —Maldice en alemán en una palabra que no entiendo mientras se lleva las manos a la cabeza—. ¿Por qué pienso con la polla? —Se palmea a sí mismo con su mano en la frente y sigue quejándose—. Juro que la próxima vez que me folle una mujer menor de 40 años, le preguntaré por sus familiares más cercanos.

Ahora teníamos un Friedrich en estado de shock, un Thomas tan gruñón como siempre y un Hermann en modo dramático. Nos faltaba Hugo haciendo una entrada triunfal mientras se comportaba como un caprichoso y ya estaríamos todos.

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El catering no me había sorprendido porque era algo que ya estaba acostumbrándome a presenciar. Mucho postureo y poca verdad. Muchos abrazos de mentira y pocos elogios nacidos del corazón.

Incluso podía decir que me había decepcionado un poco, aunque si teníamos en cuenta que habíamos estado en un pase de modelos, lo raro es que sirvieran comida después.

Y lo estaban haciendo.

En cantidades minúsculas, pero al menos era suficiente como para aparentar.

No es que culpase al mundo del modelaje de ello, porque realmente no estaba enterada de la realidad en la que vivían, no obstante, era muy triste que tuvieran que mantenerse a raya en todo momento.

—Esto es un coñazo. —dice Thomas mientras se desajusta la pajarita y busca con la mirada a alguien.

—Parecemos espías de comedia barata, aquí parados y sin hacer nada —añado—. Esto es una pérdida de tiempo.

—Se ha ido. —Friedrich no hablaba mucho y ahora mismo lo estaba haciendo menos—. No está por ningún lado.

No prestaba atención a nada o eso es lo que parecía, estaba como ido y si no fuera porque sabía que era una persona totalmente contraria a las drogas, pensaría que iba bajo el efecto de alguna de ellas.

—Princesas mías —Hermann vuelve del brazo de una pelirroja operada de arriba abajo y que seguramente tendría más años cotizados que modelitos sin estrenar en su armario—. Os presento a Petra, no comparte ningún lazo sanguíneo con ninguno de nosotros —Me guiña un ojo y me delata ante mi hermano y mi novio—. Y sabe dónde podemos encontrar a la rusa.

—Dulzura —Petra se dirige hacia mí sin dejar de sobar por encima del pantalón el pene de Hermann—, este hombretón me ha dicho que estás loca por los diseños que has visto hoy y no he podido resistirme a sus encantos, así que he decidido ayudarte a conocer a tu ídola y...

Iba a vomitar.

Yo podía entender que Hermann sintiera debilidad por las chicas algo mayores, pero este descaro de tocarle el pene delante de todos era jodidamente desagradable. Tuviera la edad que tuviera.

—¿Qué quieres? —Friedrich se estaba sacando un cigarro de su americana y ni siquiera le prestaba atención a la pelirroja teñida.

Estaba muy incómodo, incluso más que yo.

—¿Qué opinas de los tríos? —Suelta sin ningún tipo de disimulo—. Porque a mí me encantaría sentir a dos jóvenes muy... dentro —Se acerca a Friedrich y le toma por el mentón. Él se aparta de mala gana y sé que está conteniéndose para no darle un empujón por invadir su espacio personal—. Es algo que ya le he comentado a tu amigo... —La pelirroja titubea un poco ante la reacción de Narciso, pero decide continuar con su discurso—. Me gustan los hombres con cara de juventud, las facciones marcadas y con ganas de dominar... y vosotros dos...

Esto estaba siendo demasiado incómodo.

—Señora —Friedrich se levanta y se posiciona cerca de mí, agarrándome por la cintura y marcando territorio, como si quisiera demostrar de la forma más primitiva que él estaba conmigo, para mí—, podría ser mi abuela; cómprese un vibrador o al menos no sea tan descarada, es repugnante.

Narciso llevaba muy mal las relaciones donde hubiera mucha diferencia de edad. Había llevado muy mal el haberse fijado en mí cuando tenía 16 años y sabía que incluso la culpa le carcomía a veces por estar conmigo porque aún me quedaban un par de meses para cumplir los 18.

Él sabía lo que hombres y mujeres de todas las edades hacían con menores porque se lo habían hecho a su hermana y sin saberlo, había llegado a ser cómplice de ello cuando trabajó para Sanders.

Era una realidad dura y triste, pero era la verdad.

Y el hecho de que una mujer de probablemente 60 años le estuviera ofreciendo follar sacaba su parte más animal, más agresiva y especialmente más incontrolable.

Tira de mi brazo, llevándome con él y nos dirige hacia la salida más cercana. Nos siguen a lo lejos un par de guardaespaldas y no tardan en unirse Hermann y Thomas.

No hay ni rastro de la pelirroja grosera.

—Gracias —El tatuado se coloca bien el abrigo y mira su móvil—. Hugo nos espera en el bar en veinte minutos.

—¿Gracias? —La voz de Friedrich suena totalmente controlada, pero era una calma totalmente irreal. En cualquier momento explotaría y esta vez dudaba que su autocontrol pudiera salvarle de algo—. No me meto con tus gustos, Hermann, pero esto es pasarse. Sabes que tengo un puto problema cuando las personas intentan follarse a chavales a los que triplican la edad. 

—No iba a follarme a esa señora, sólo quería sonsacarle información.

—¿Y tu manera de hacerlo era trayéndola hasta mí para que me ofreciera un trío delante de mí chica y que me hiciera recordar el asco que me da ese tipo de relaciones? Me repugna, joder.

—No —Sonríe mostrando los dientes y robándole un cigarro a su amigo. Hoy Hermann estaba tentando a la suerte y si había alguna clase de deidad en el cielo que existiera más le valía protegerlo de la furia de Narciso—. Estaba librándome de esa señora, me gustan las mamis, no las abuelas y sabía que la manera de no tenerla pegada a mi culo tras sacarle la información que quería, era llevándola hasta ti; eres experto en matar con palabras y no tienes vergüenza alguna en destrozar el ego de los que te rodean. Eres perfecto para salvarme en estas situaciones. Yo la jodo y tú me salvas, es la ley de la amistad.

—Me debes una, Hermann —Choca los puños con su amigo en una evidente muestra de reconciliación—. Y me la voy a cobrar.

—Cuando tú quieras, mi vida. —Le guiña un ojo.

—¿Y qué tipo de información has conseguido? —Thomas encauza la conversación, volviendo a la sensatez—. Habrá servido de algo todo ese paripé, espero.

—Soy todo un donjuán, Thomasito —Se enciende el cigarro con el mechero que Friedrich le ofrece—. Y tengo mucha labia. La rusa está en el Dschungel Breck.

Los tres se quedan en silencio y se miran entre ellos, en algún momento se quedan observándome a mí.

—No me jodas... —Thomas es incapaz de aguantar la risa tras asimilar lo que había dicho—. ¿Has enviado a Hugo a esperarnos al bar más pecaminoso de la ciudad?

—Tú te vas a casa. —Friedrich se dirige hacia mí mientras fuma—. No vas a entrar a un sitio como ese.

Un sitio como ese.

—¿Y tú sí?

—No conoces la fama que tiene ese lugar, Nela...

—Imagino que tú sí. —deduzco por mi cuenta.

Preciosa, no vas a entrar al Dschungel Breck. —insiste sin darse por vencido.

—Repito, Friedrich —Pongo las manos en mis caderas y me enfrento a él, ignorando el humo que me llega de su cigarro—: ¿tú sí?

—Sí.

—¿Por qué tú sí y yo no?

—Porque ese sitio no tiene ley, ya has oído a tu hermano... es pecado.

—O sea que me voy a casita mientras mi novio se va a un club de sexo.

—No es un club de sexo —Se estaba empezando a ofuscar por mi actitud—, pero no es un local normal...

—¿Y cómo lo sabes?

—Porque lo he frecuentado alguna vez. —reconoce.

Pecado podía significar muchas cosas.

Y Sonja estaba ahí.

La mujer que le había ofrecido un trío a Hermann y a Friedrich conocía ese lugar.

Y eso ampliaba el abanico de posibilidades: desde contrabando y drogas, hasta sexo y perversiones que podían producir pesadillas.

—Perfecto, hoy lo harás de nuevo conmigo —Le apunto con el dedo y levanto la cabeza para enfrentarme a su mirada—. ¿Preparado para ser mi guía turístico?

—No.

—Hermann —Me doy la vuelta y me encaro con el tatuado—. ¿Los menores de 18 años pueden entrar?

Sabía que dependiendo de las restricciones de cada establecimiento ponían tres tipos de entradas: apta a partir de los 16, a partir de 18 años y los que eran para mayores de 21.

Si Friedrich y Hermann habían acudido alguna vez a ese sitio, descartábamos por completo la última opción.

—Españolita, la primera vez que entré fue cuando cumplí 16 años y acabé follándome a un papi. ¡Ese sitio es un pecado y está lleno de perversión!

Su respuesta es suficiente para animarme.

Ni siquiera sabía si sería capaz de mantener mi palabra, pero no iba a dejar que Friedrich se acobardara, no esta vez.

Lo conocía lo suficiente como para convencer a sus amigos de no entrar si yo no estaba acompañándolos. Era manipulador y sabía jugar sus cartas a la perfección.

Conmigo dentro de la ecuación, la cosa cambiaba porque mi fuerza de voluntad esta vez estaba ganándole la batalla.

Y él lo sabía.

—Voy a ir a Dschungel Breck —Le informo—. Tú decides si te unes o te quedas atrás.

Desbloqueo mi móvil y busco el sitio en internet. No quedaba muy lejos, a 7 minutos según Google Maps y es entonces cuando ignoro lo que me dicen y comienzo a caminar.

Qué bien sentaba tomar mis propias decisiones y qué poderosa me sentía sabiendo que no sólo tenía a los seguratas cubriéndome, sino a 3 hombres por los que cualquiera se derretiría, escoltándome desde atrás.

¡Hola! ¿Qué os ha parecido?

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AAAAY, Amo que Nela ya esté sintiéndose cada vez más cómoda y feliz y por ende sacando su carácter que estaba algo dormido por todos los cambios de su vida.

Sigue siendo la misma, obvio, pero cada vez es más fuerte.

🤭Os adelanto una cosita: sí, en el próximo capítulo habrá un reencuentro y os subiré por instagram algún adelanto (¡aprovecha y sígueme para no perdértelo: eridemartin!).

¿Cuál ha sido vuestra parte favorita?, ¿cómo pensáis que será el reencuentro?, ¿os esperabais que Hermann y Sonja se conocieran íntimamente?, ¿y por qué creéis que ella consume?

¡Os leo!

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