18. Construyendo sobre fango.
En Monterrey me recibieron cálidamente. Mi hermana estaba feliz de tenerme cerca y su presencia me ayudaba. Era cariñosa conmigo y muy prudente. Esas vacaciones mi padre se dedicó a enseñarme la ciudad junto con Miriam y Carla. Equiparon mi habitación con todo lo que podría llegar a necesitar. Aun así, yo permanecía igual: inmutable, impasible. Papá se daba cuenta de que hacía un gran esfuerzo por integrarme y levantarme cada día. Hablaba casi a diario con mamá, me contaba solo lo que tuviera que ver con su vida. Así lo hizo a partir de esos meses, como intuyendo que me dolería saber más.
Entré en agosto a «Diseño gráfico y Publicidad». Todo en mí había cambiado. Ya no era ni por asomo la de hacía unos meses, ya nada en mí era igual. No reía con facilidad, ni hablaba de más y la verdad era que socializaba muy poco. Robert me escribía a menudo por mail o mensajería instantánea, pues solo él y mi madre tenían mi nuevo número. No tocaba el tema de mi partida, solo me hablaba sobre sus cosas y acerca de su escuela, yo hacía lo mismo.
Raúl y Jane tampoco sabían mis verdaderas razones, sin embargo, coincidían en que no era la que solía; además de ellos, no sabía nada de nadie más. Generé nuevas cuentas para todo y eliminé las anteriores, ni siquiera me llevé el móvil, lo dejé en casa el día que partí, junto con todos mis recuerdos, junto con todos mis sueños.
Los meses pasaron lentos, demasiado en realidad, el vacío seguía presente en mi pecho, pero con el tiempo se fue haciendo parte de mí, ya no me molestaba sentirlo cada día. Por las noches a veces despertaba llorando y empapada en sudor, era imposible conciliar el sueño después de eso, así que bajaba silenciosamente hasta la sala, me sentaba en uno de los sillones que daban a un bello jardín, subía mis rodillas, recargaba mi cabeza en ellas, dejándome llevar; solo así encontraba la paz, el sosiego.
La Navidad llegó y mi madre viajó para allá. Esas vacaciones me las pasé en casa de los abuelos junto a ella. Las cosas con Ralph iban muy en serio. Tenían planes de comenzar a vivir juntos. Me dio gusto por ella, por lo menos una de las dos era feliz y el verla así, lograba hacerme sentir que valió la pena lo que hice. En varias ocasiones me di cuenta de que me observaba muy triste, sin embargo, no me decía nada. Al parecer comenzaba a entender que cambié, que lo que ocurrió me marcó y que jamás volvería a ser la misma. Incluso, por esas fechas a petición de mamá, tuve que entrar a terapia, a los meses me dieron de alta, no veían mucho qué trabajar conmigo, pues como era obvio, no mencioné la verdad de lo que ocurría y por lo mismo la psicóloga no me pudo ayudar.
Ya llevaba más de un año en Monterrey. No salía mucho, a menos que fuera para trabajar o porque alguno de mis compañeros, que todavía no podía catalogar como mis amigos, me insistía que asistiera a algún lugar. Ignoré a todo aquel que se acercara con una doble intención. Conocí a muchas personas de mi edad, no obstante, con nadie intimaba demasiado, no me interesaba nada, salvo la escuela, y como el dibujo y creatividad no eran mi fuerte, me absorbía toda la energía.
En noviembre mi madre anunció que se casaría en las vacaciones de invierno para que yo pudiera ir. La noticia me tomó por sorpresa y me llenó de ansiedad nuevamente. No dormí por noches y de nuevo el apetito desapareció. Me sentía como en aquellos días y los ataques de pánico retornaron.
-Mamá... por favor... No puedo ir...
-Kyana... es muy importante para mí, te lo suplico... tu lugar está a mi lado, es muy especial para mí, ¿cómo haré esto sin ti? -lloré sin poder contenerme. Para mí no había pasado el tiempo, seguía igual que cuando me fui. La distancia no ayudó en lo absoluto. Me sentía exiliada. No olvidaba cada detalle, cada momento, todo permanecía muy fresco en mi mente. Su recuerdo me perseguía todo el tiempo, no pasaba un segundo en el que no lo tuviera presente. Aún lo amaba, no lograría olvidarlo nunca. Pero, por otro lado, el pavor y pánico a aquella mujer seguía asombrosamente vivo en mi interior. Incluso, en más de una ocasión a lo largo de ese tiempo, ya me habían llegado correos recordándome «el trato» y después de ser leídos, como por arte de magia, desaparecían sin dejar un solo rastro-. Hagamos algo, ven solo ese día, llega por la mañana y te vas por la noche, te necesito junto a mí, hija... -ella estaba realizando un sueño y era lógico que me quisiera a su lado para sentirse completamente feliz. No podía ir, arriesgaba demasiado si lo hacía. Sabía que mi madre jamás me lo perdonaría, sin embargo, no tenía otra opción, todo se podría venir abajo por eso.
-Lo siento, mamá... no iré -zanjé decidida y con una nueva herida en mi pecho. La escuché sollozar del otro lado de la línea. Moría por verla sonreír al decirle el «sí» a Ralph, era mi madre y eso también me lo arrebató aquella mujer. Mi padre buscó convencerme con miles de maneras, no hubo forma que cambiara de opinión; esas vacaciones fueron aún más horrendas que las anteriores. Prácticamente no salí de mi habitación, me sentía la peor de las hijas sin poder evitarlo, aunque sabía que no tenía la culpa.
El tiempo siguió su curso, ya pasaba sin darme cuenta. Estaba por terminar la carrera y aunque hice varias amistades, ninguna era tan fuerte como las que tuve durante mi adolescencia. Continuaba en contacto con Raúl y Jane, conversábamos por horas e incluso fueron a visitarme algunas veces y yo otras. Seguían juntos, a pesar de haber roto varias veces ya y al parecer así seguiría siendo por mucho tiempo más. Me alegraba verlos tan bien, pero algo dentro de mí los envidiaba, era justo lo que yo pensaba que iba vivir junto a él. Y aunque ya reía y hablaba como cualquier otra persona normal, siempre me acompañaba esa sensación de dolor y pérdida.
Con el paso de los años me torné fuerte, aprendí a guardar mis emociones solamente para mí, mientras estaba acompañada hablaba, sonreía, seguía una conversación e incluso bromeaba, pero cuando me encontraba sola, todo se me venía encima y aunque ya me había cansado de tanto llorar, acercaba aquella foto donde él me besaba el cabello en el centro de aquel pueblo y el hueco dentro de mí sangraba. Estábamos muy enamorados, podía sentirlo, olerlo, él seguía siendo algo muy real en mi vida, a pesar de no haberlo visto ni saber nada de ese chico que me robó el corazón en tan solo meses.
Mi madre viajaba continuamente, sola o con su marido. Siempre fui consciente de que no me perdonó lo de aquel día, aun así, jamás me lo reclamó, aunque nuestra relación con el tiempo se fue haciendo distante, lejana y fría. Otro dolor sin remedio.
Con Carla me llevaba maravillosamente, me quería mucho y yo a ella. Durante todo ese tiempo fue una gran compañera, parecía un torbellino y lograba siempre distraerme. Platicaba horas conmigo sobre sus cosas y yo la escuchaba atenta. Siempre supo que algo me ocurrió, pero al igual que mi padre y Miriam, no decía, ni me preguntaba nada. Me trataban como si fuera una hija más, no me hacía falta nada.
Me frustraba mucho saber que tenía una vida envidiable; a mí alrededor todo era bueno, no podía quejarme de nada. Pero por mucho que trataba de encontrar de nuevo la capacidad para ser feliz con lo que tenía, no podía. Eso me deprimía un poco, aún extrañaba a mamá, a mis amigos, la playa, lo que yo solía ser y sobre todo... a él. Pasaba el tiempo y no lo olvidaba. Al principio, luché contra el sentimiento, por arrancármelo a como diera lugar, con el tiempo dejé de hacerlo, él era parte de mí y parecía que no se marcharía pronto, ni de mi cabeza, ni de mi cuerpo.
Mi odio por aquella mujer crecía cada día. Su voz todavía me perseguía por la noches, el temor de que si volvía le ocurriera algo a los que más amaba me ponía intranquila y aún continuaba. Aquellos mails, más esporádicamente. Mi miedo hacia ella era ya de enormes proporciones. Por lo mismo, cuando podía fantaseaba con miles de maneras de terminar yo misma con esa asquerosa expresión de su rostro.
Cuatro años pasaron desde que desaparecí de Myrtle Beach, en agosto cumpliría veintitrés y muy a pesar de todo, la vida continuaba, «mi» vida continuaba.
Mi padre y su esposa no tenían una queja sobre mi conducta, era la hija ideal. Así que podían dedicarse a estar tras de Carla que sí les daba varios dolores de cabeza, no es que fuera rebelde, pero hacía cosas propias de la edad.
Terminé la carrera con excelencia y ¿cómo no?, si era casi lo único a lo que le dedicaba todo mi tiempo. Cuando por fin salí de clases, mi padre me insistió mucho para que viajara, que conociera otros lugares. La manera tan sutil en la que me encerré no pasó nunca desapercibida para él y continuamente, al igual que mi madre, intentaban sacarme de mi capullo y esa era otra de sus estrategias. Me negué varias veces, al final cedí.
Me fui casi un año a Europa. Hice un par de diplomados en Londres. Conocí lugares increíbles... Francia, Italia, Bélgica, Irlanda, España, Suiza y obviamente Inglaterra.
Intenté disfrutarlo y aprender todo lo que pude, pero en esa soledad me encontraba muchas veces pensando más en él. Lo amaba, lo seguía adorando con la misma intensidad de siempre. Recordaba una y otra vez el último día que nos vimos, lo violento que fue, las palabras que me dijo. Lo justificaba, yo hubiera reaccionado igual, él no tenía forma de saber lo que realmente sucedía, probablemente jamás lo sabría.
Conforme los años avanzaban, yo me sentía cada vez más seca por dentro en ese sentido de mi vida; no existía nada dentro de mí para dar, todo se lo regalé a él y de una forma muy intensa. Constantemente me preguntaba si ella seguiría mi rastro muy de cerca, si sabía dónde estaba y qué hacía. Había logrado que viviera en una paranoia nada sana, no podía evitar tenerle miedo y esa era la razón por la que no agarraba mis cosas y corría de nuevo a Myrtle Beach a buscarlo y contarle toda la verdad al igual que a mamá.
Varias noches mientras trataba de conciliar el sueño, como ya era costumbre, evocaba sus ojos, sus manos, aquella mágica noche en la playa. Sabía que seguramente cambió, ya no sería el mismo, probablemente ya estuviera con alguien más y ni siquiera se acordara de mí... Pero no podía sacarlo de mis pensamientos, era como si fuera parte inherente a mí y me sentía incompleta todo el tiempo y desesperadamente impotente al ver transcurrir el tiempo.
Al regresar a México, busqué trabajo y lo conseguí enseguida. Era en una empresa de diseño, publicidad y marketing muy conocida en la república. Entré como diseñadora. Éramos muchos, computadora tras computadora en un edificio enorme y elegantemente moderno. Asignaban una cuenta por diseñador y teníamos que hacernos cargo de ella en cuanto a imagen. La verdad me gustaba mucho lo que hacía, me representaba un reto y mantenía mi cabeza muy ocupada la mayoría del tiempo.
Un año después de entrar ahí, me independicé. Renté un pequeño apartamento en una zona muy agradable. Tenía una sola recámara, la sala, la cocina y el comedor prácticamente estaban juntos. Contaba con una hermosa vista en donde los árboles resaltaban, eso fue lo que me convenció, mis noches de desesperación eran recurrentes y necesitaba un lugar así para poder perderme, era el último piso. Lo decoré con detalle, disfrutaba poder tener mi propio espacio y poder pasar tiempo sola, sin ser observada, cuestionada.
Seis años... seis años en los que no logré volver a respirar profundamente, en los que no se llenó ese vacío en mi pecho y en los que no pude volver a ser, del todo, yo. Su recuerdo seguía persiguiéndome, era enfermizo, sin embargo, no me importaba, siempre, desde el primer día junto a él, supe que lo amaría de esa forma y que jamás lo podría olvidar.
No permitía que se acercaran, no, si notaba tenían otras intenciones. Nadie cabía en mi alma y era lógico, existía un enorme inconveniente; ni siquiera la tenía yo. Hacía mucho tiempo se la concedí gustosa y no me interesaba recuperarla. ¿Para qué?
Parecía que estaba destinada a vivir así, sola y encadenada a su recuerdo. Ya ni siquiera me molestaba, era parte de mi manera de ser. Salía con mis amigos de la carrera y con los que hice en el trabajo. Disfrutaba mis logros. Visitaba la casa de mi padre los domingos y a veces entre semana. Trabajaba mucho, llenaba todo mi tiempo con miles de ocupaciones, así que pensar en una relación me era imposible, no quería, nadie me hacía sentir nada, ni siquiera cercano a lo que él con tan solo una mirada.
Un año después de independizarme, ya me habían aumentado el sueldo tres veces. Ciertamente me dedicaba por completo a lo que hacía, era demasiado perfeccionista, defecto o virtud que nunca cambió. Ya tenía varias cuentas a mi cargo y gente a la que tenía ayudándome; mi trabajo era ahora lo más importante, era mi vida.
A Carla que ya tenía veinte años, le gustaba quedarse a dormir de vez en cuando conmigo. Hablábamos por horas, siempre tenía algo nuevo qué contar y vivía con intensidad, como yo solía hacer. Ella ya había tenido varios novios, pero en realidad nunca se enamoró, era una chica sin complicaciones, tenía montones de amigos y yo ya conocía a varios. Al verla me daba cuenta de que si no lo hubiera conocido probablemente mi vida hubiera sido otra y sería feliz; sin embargo, con los años me di cuenta de que jamás iba a cambiar ni un solo momento de los que pasé a su lado por nada. Mi hermana solía querer saber sobre mi vida amorosa, le frustraba que en todo ese tiempo yo jamás hubiera estado con alguien.
-Eres muy bonita, Kyana, y muy inteligente... Lo tienes todo, es cuestión de que te abras... Sé que vas a encontrar a un hombre especial... -Ese era el problema, ese hombre especial ya lo conocía y no estaba junto a mí. Nunca hablé sobre ese capítulo de mi vida, ni con ella, ni con nadie, solo con Robert y durante todos esos años ambos lo evitamos, aún mantenía contacto con él; por lo que supe, se incorporó a la constructora de su padre y ahora trabajaba ahí, en Myrtle Beach. Annie y él se casarían pronto. Al reencontrarse descubrieron que sentían mucho más el uno por el otro de lo que estaban dispuestos a reconocer y desde ese momento no se separaron. Al escuchar de sus labios la noticia derramé varias lágrimas, yo evidentemente no asistiría, él lo entendía y se había mostrado triste por el hecho. Aún los extrañaba, sobre todo a ese chico asombroso que fue el mayor deshago en aquellos días de infierno y mi mayor apoyo. Y tampoco podría compartir su hermoso momento de felicidad.
¿Cuánto ya me había perdido, cuanto más me perdería?
Era noviembre, ya tenía veintiséis años, los cumplí en agosto. Llevaba más de siete años de haber salido del high school. Increíble, ¿cierto?
Martes y la mañana estaba a tono conmigo: fría. Esa noche soñé con él más nítidamente que en mucho tiempo, por lo que su imagen no me permitió concentrarme. Estaba muy ocupada explicando a uno de los diseñadores a mi cargo cómo tenía que desarrollar una idea.
-Kyana, te hablan, es de la dirección -miré confusa a Elena, ella también estaba a mi cargo, me caía muy bien. Tomé el teléfono nerviosa sin poder evitar morder mi labio, lo peor es que cada vez que lo hacía él acudía enseguida. Sacudí mi cabeza intentando concentrarme. Todos me observaban expectantes.
-Hola...
-¿Kyana Prados? -Era la voz de una secretaría.
-Sí -jamás se recibían en esa área llamadas de los directivos de la empresa. Ni siquiera los conocía. Yo fui contratada por el departamento de Recursos Humanos, tenía un jefe directo al cual le reportaba todo.
-El licenciado Urrutia quiere verla... ¿Puede subir? -Me sentí desconcertada aunque sabía que no podían tener ni una queja sobre mí y ese señor: Urrutia, era el encargado de imagen de toda la empresa. Jamás lo había visto o por lo menos nunca me fijé. Sin embargo, era evidente que se trataba de una orden, no una petición.
-Sí, claro.
-Aquí la esperamos, entonces -colgó enseguida y yo hice lo mismo.
-¿Qué pasó? -preguntó Laura, una de mis amigas.
-No sé... quieren que suba... ahora -puso una mano sobre su boca impresionada y algo preocupada-. Iré a ver qué sucede -Nadie alcanzó a preguntar más, me dirigí al elevador y recordé que no sabía qué piso era. Indagué con una diseñadora que pasaba por ahí. Me indicó qué número era de forma sonriente y subí.
Al abrirse las puertas me quedé impactada, de verdad era una empresa inmensa. Una secretaria, que al parecer era específicamente para ese piso, me recibió. Le dije que solicitaron mi presencia ahí, hizo una llamada y me indicó el camino. Era muy elegante y moderno, a diferencia de mi área de trabajo, ahí todo era muy serio y al parecer, formal.
Me sentí incómoda con la forma en la que iba vestida, me movía todo el tiempo de un lugar para otro, buscaba ropa cómoda y presentable, pero jamás formal... Unos vaqueros, unas botas de piso que estaban a la moda y un suéter negro de cuello alto que llegaba por debajo de la cadera un poco ajustado, mi cabello castaño claro estaba suelto, lo tenía ya muy largo y cortado en muchas capas para que tuviera más volumen y los pocos rulos que poseía me facilitaran la tarea de acomodarlo sin esfuerzo y no le tuviera que invertir mucho tiempo en su acomodo. Desde hacía mucho, el cómo me veía no era importante, digo, no era descuidada, aunque tampoco le dedicaba un esmero especial.
-Hola... me llamaron para ver al señor Urrutia, soy Kyana Prados -Otra secretaria se encontraba frente a la puerta que me señalaron. Se veía impecable y contaba con un cuerpo impresionante, me sonrió educadamente.
-Pasa... te está esperando... -intenté llenar de aire mis pulmones, no era normal algo tan intempestivo, no ahí. Abrí la puerta y entré sin más. Total, que pasara lo que tuviera qué pasar, de peores salí adelante ¿no?
El lugar era muy grande, decorado de forma minimalista y frío. Estaba lleno de gráficos, reconocí varios de mis trabajos. Tres computadores prendidos a los lados y un escritorio al fondo. Un hombre alto con corbata y traje impecable estaba ahí, leyendo una carpeta con atención.
-Buenos días -cerré la puerta con cuidado, alzó la vista. Pestañeé varias veces, era bastante guapo, tenía el cabello muy negro e impecablemente peinado hacia atrás, sus ojos eran del mismo color que los míos pero casi amarillos, e iba ataviado con ese traje color gris oscuro que lo favorecía.
-¿Kyana? -preguntó sonriendo. Asentí mientras me indicaba que me sentara. Parecía muy relajado-. Soy Santiago, el director de imagen de la compañía -Me tendió la mano y yo hice lo mismo.
-Mucho gusto...
-¿Estás nerviosa? -intuyó al sentir mis palmas un poco húmedas, negué mintiendo tranquilamente. Frunció el ceño recargando ambos brazos en su enorme escritorio intrigado.
-Te preguntarás, ¿por qué te llamamos así?... -asentí educadamente-. Bien... he seguido tu trabajo y de verdad es impresionante, eres realmente buena. Sé que eres muy responsable y perfeccionista, jamás llegas tarde y te vas al final, manejas a las personas sin problema y los clientes se pelean porque tú lleves sus cuentas... -lo miré asombrada, en serio se dedicó a observar mi trabajo, no sabía qué decir-. No me veas así... -me pidió sonriendo, se reía de forma serena, alegre. Enseguida relajé mi expresión-. Es lógico que lo sepa... debo estar enterado de todo, ¿no crees?
-Sí -no se veía mucho mayor que yo, probablemente me llevara cinco o seis años, a lo mucho.
-¿Siempre eres tan seria? -indagó de pronto. Su pregunta me sacó de mi centro, no entendía a qué venía eso, a él qué más le daba. Sonrió nuevamente levantándose de la silla. Poseía un cuerpo atlético, por muy indiferente que fuera y muy alejada que estuviera del arte de coquetear, ese hombre no pasaba desapercibido. Sabía que cualquiera de mis compañeras se derretirían al verlo aunque he de aceptar que a mí me daba igual, no podía negar que era... atractivo, no era ciega y tenía sangre en las venas, pero esa parte de mi quedó enterrada junto con él. Siempre él... así que parecía inmune a ese tipo de encantos varoniles que a más de una podía arrancarle el aliento y muchas cosas más.
Rodeó el escritorio y se recargó relajadamente sobre el mueble a un lado de mí.
-Ya veo que sí... No importa, te llamé porque quiero que trabajes directamente conmigo -Me quedé pasmada, sin embargo, no demostré mi impresión. Seguro tenía mucha gente con mejor preparación que yo, así que no entendía por qué se fijó en mí a pesar de la serie de aptitudes que enumeró hacía un momento. Tragué saliva ahora sí, tensa. Esa sería una gran oportunidad laboral-. Eres el perfil que he estado buscando. Aquí me llegan todas las ideas sobre todo de las cuentas más importantes, sería imposible que fueran todas. Tengo mucha gente que las verifica, pero necesito delegar un poco más. Esta parte de la empresa es muy... exigente y demandante, hay noches que no se duerme, prácticamente se vive aquí y es muy difícil que las personas estén dispuestas a sacrificar tanto y que además sean realmente buenas y creativas como tú.
-¿Qué es exactamente lo que quiere que haga?... No comprendo... -Me sentía muy orgullosa por el reconocimiento, pero necesitaba saber qué era lo que él quería, no podía quedar mal.
Entornó los ojos, contento al escucharme decir más de una palabra en una misma frase.
-Primero... que me hables de «tú» -Me mordí el labio, ese tipo de cosas siempre me alteraban-, y segunda; quiero que seas mi mano derecha, la que baje y suba por todos lados, la que se fije que las cosas estén saliendo bien, que aporte ideas cuando sea necesario y lidere a mi equipo de verificación de diseño. Yo necesito encargarme de que los clientes estén satisfechos, poder despegarme un poco más de este escritorio. Es un trabajo colaborativo, tendremos que ir mano a mano. Sé que aún no tienes gran experiencia, eso es algo que se logra con el tiempo. ¿Qué dices?... ¿Aceptas? -agaché la mirada pensando rápidamente. Era una gran oportunidad, no podía negarme. Por otro lado, era perfecto, nada me interesaba más que mi profesión, podía dedicarle todo el tiempo del mundo.
-Sí, me gustaría mucho, aunque... espero cubrir sus expectativas... -sonrió alegre al escuchar mi respuesta.
-Por eso no te preocupes, sé que lo harás y ya te dije que me hables de «tú», nos veremos más que a nuestras propias familias.
-De acuerdo... -acepté no muy convencida.
-Perfecto... entonces entrega todo a Ignacio -Era mi jefe-. Yo hablaré en un segundo con él y te veo mañana a la hora de siempre, aquí -Me levanté al entender que la entrevista concluyó.
-Gracias -Me veía de una forma muy extraña, lo cierto era que no me hacía sentir incómoda. Me tendió la mano despidiéndose.
-Para nada, sé qué haremos un gran equipo... -asentí al escucharlo tan convencido. Salí de ahí sintiéndome satisfecha, alegre, daría mi mejor esfuerzo. Sonreí de verdad feliz.
Al día siguiente llegué a la misma hora, como él me indicó. No cambié mi forma de vestir, solo intenté esmerarme, no quería causar mala impresión. Extrañaría mucho a mis compañeros, esos dos años de trabajo junto a ellos lograron que creciera una linda amistad, sabía que los seguiría viendo, sin embargo, ya no sería lo mismo, todos me desearon suerte, incluso Ignacio, mi jefe.
Toqué antes de entrar. La puerta se abrió y ahí estaba él.
-Buenos días, Kyana... pasa... -Eso hice. No tenía idea de cuáles eran mis tareas-. Hoy tengo un día muy difícil, una junta en una hora con los demás directores y unas cuantas citas, pero te explicaré lo mejor que pueda, ¿de acuerdo?, aunque la verdad es que espero logres ser un poco autodidacta pues siempre estoy así. -En media hora ya me había descrito todo lo que tenía qué hacer. Después nos dirigimos juntos al elevador, en un segundo estábamos en el piso que estaba justo abajo.
¡Asombroso! Muchas máquinas y mucha gente yendo y viniendo, ahí se respiraba vitalidad, energía, premura y mucho trabajo. Me presentó con su equipo. Me mostró una especie de sala de juntas con un cubículo al lado que sería donde ambos pasaríamos prácticamente todo el tiempo o por lo menos cuando él estuviera disponible. Todos lo saludaban sonriendo. Eso me agradó, además me di cuenta de que el lugar tenía vida propia, eso me gusto aún más.
Él era relajado y muy amable con la gente, aun así, lo trataban como su superior. Mientras me mostraba todo de prisa, no supe cuántas veces se acercaron a preguntarle cosas sobre publicidad, imagen o un diseño. A todos les contestaba entendiendo en segundos de qué hablaban; manejaba muchísima información. Yo lo observaba atónita, jamás imaginé que ocurriera todo eso a unos pisos de donde yo trabajaba.
En cuanto estuvimos en el cubículo cerró la puerta resoplando.
-Eso es justo lo que necesito que soluciones. ¿Ahora me comprendes?... No puedo despegarme de aquí... Es imposible hacer otras cosas que requieren mi atención. Tú filtrarás todo. Tú serás la acosada de ahora en adelante... -La manera en la que lo dijo logró hacerme reír con timidez.
-Me da gusto conocer tu sonrisa... pensé que me costaría más trabajo... -Enseguida agaché la mirada, ese tipo de flirteo era justo lo que siempre evadía. Se dio cuenta de mi cambio de actitud y cambió de tema enseguida-. Bueno... te dejo, ya sabes lo que hay que hacer: «sí, no, cambia, mueve, modifica, eso no queda, está perfecto»... Bajo en cuanto pueda... Suerte -asentí y desapareció. Tomé todo el aire del que era capaz de acumular dentro de mis, un poco atrofiados pulmones y salí con la cabeza en alto y mostrando seguridad.
De verdad era mucho trabajo, apenas si pude comer. Subía, bajaba, no paraba. Todos necesitaban aprobaciones o resolver dudas. Chequé, junto con otros dos diseñadores, la campaña de una empresa y pedimos ciertas modificamos en un tiempo récord. Santiago apareció después de la comida, daba el visto bueno a ciertas cosas que le acerqué, yo seguía sin detenerme. Todos asumieron enseguida cuál era mi función y se lo tomaron demasiado en serio. Había cosas que no entendía, simple y sencillamente porque llevaba menos de ocho horas ahí. Aun así, intenté comprender e irme empapando de todo. Ya pasaban de las nueve cuando comenzaron a irse. Se despidieron todos de mí amablemente, mientras yo revisaba una imagen que no acababa de gustarme en una de las máquinas, así que sin poder contenerme, comencé a trabajar en ella.
-Veo que no me equivoqué, de verdad eres incansable... -Era él, estaba tras de mí observando lo que hacía con su cabeza muy cerca de la mía. No me importó y continué moviendo el ratón rápidamente. Era inmune al contacto de un hombre, hacía mucho tiempo decidí que era más fácil vivir así. No existía alegría, pero tampoco sufrimiento y yo ya había tenido suficiente con mi dosis-. En serio eres buena... -Se sentó a mi lado y comenzó a proponer ciertos cambios. El resultado final nos agradó a los dos y cuando consideramos habíamos terminado, lo guardé-. Pasan de las diez, Kyana... es mejor que ya te vayas, no quiero que digas que te exploto sin necesidad... -asentí levantándome serena. Me caía bien.
-Buenas noches...
Los meses siguientes fueron mejores y peores. El trabajo jamás terminaba, incluso había días que era necesario irse pasada la medianoche. Santiago, ahora así me refería a él, y yo, hacíamos un buen equipo, pensábamos muy similar y no parábamos en todo el día. Era muy agradable y me hacía reír más de lo que nunca alguien lo hizo en los últimos ocho años, sin embargo, nada cambiaba dentro de mí, continuaba apretado aquel botón de «pausa».
Me daba cuenta de que no le era indiferente, cuestión que comenzó a desconcertarme, no había hecho o dicho nada especial, pero su manera de mirarme, de moverse cuando estaba a mi alrededor... Algo estaba surgiendo, el solo hecho de pensarlo me aterrorizó. No entendía muy bien porqué. Mi pecho seguía vacío, no le podía ofrecer nada a nadie. Lo cierto es que me asustaba su cercanía, me... alteraba, era como si me... despertara.
Pasábamos mucho tiempo uno al lado del otro, incluso llegábamos a comer y cenar a toda prisa en la sala de juntas. Su compañía era placentera de muchas formas.
Marzo, los últimos meses pasaron muy rápido. Eran las ocho y no había nadie. Ese día terminamos más temprano de lo normal. Observaba unos impresos en la sala de juntas, todo quedó perfecto.
-¿No piensas irte? -Era él, tuvo varias reuniones por la tarde y no lo vi por lo mismo.
-Solo estaba checando esto... -señalé los trípticos levantándolos con la mano.
-Seguro están sin ningún error... tú no dejas ni un cabo suelto... -sonrió de pie desde la puerta con sus brazos cruzados sobre el pecho.
-Gracias, tienes razón, es hora de irme -tomé mis cosas y me dirigí hacia donde se encontraba.
-Kyana... -Me quedé paralizada justo a su lado, con el bolso colgando sobre mi hombro. Supe lo que me pediría aun antes de que lo hiciera.
-¿Sí? -bajó la mirada, nervioso. Eso sí que era poco común en él. A Santiago lo catalogaban como un hombre sumamente decidido y muy temerario.
-¿Aceptarías... una invitación a cenar? -Aunque sabía lo que ocurriría, logró ponerme nerviosa al escucharlo de su boca. Mordí mi labio sin saber qué contestarle. Enseguida su recuerdo inundó mi mente. Agaché la cabeza molesta, cualquier detalle siempre me lleva a él. ¡Basta!-. Como amigos... siempre estamos aquí encerrados, ya hemos cenado muchas veces juntos, solo cambiaremos el panorama... Di que sí... -No tenía nada qué perder, además, poniéndolo de esa manera, tenía razón. Sin embargo, negué sin quitar la vista del piso sintiéndome completamente ruborizada, esas respuestas ya las efectuaba en automático-. Kyana... prometo que la pasaremos bien, anda, anímate... nos hace falta distraernos un poco.
-Santiago, yo... -acunó mi barbilla para que lo mirara-. Como amigos... lo prometo -Era mi jefe, no podía negarme, por otro lado, parecía decirlo en serio.
-Está bien... -sonrió triunfante cuando acepté. Al ver su reacción enseguida tuve ganas de retractarme. No me dio tiempo, comenzó a preguntarme qué tipo de comida me agradaba-. Me da igual...
-Genial, iremos a un lugar muy tranquilo, sé que te va a gustar... -tomó su móvil y marcó a un restaurante, reservó una mesa sin dificultad-. Vamos... -Era la primera vez que salía con un hombre en poco más de siete años. Me sentí en extremo nerviosa y una parte de mí, también culpable.
Para mi sorpresa el sitio era justo como dijo; no parecía muy íntimo ni tampoco muy ruidoso. En cuanto llegamos nos dieron mesa. Se sentó frente a mí sonriendo.
-Ves... es muy agradable... y la comida te va a encantar... -Me sentía un poco ansiosa, no solía aceptar invitaciones a menos que ya lo considerará «amigo inofensivo», pero su forma casual de proponerlo y el hecho de que fuera él, me desarmó.
La conversación fluyó agradablemente, era muy culto y preparado. Hablamos sobre el trabajo y no insistió en ir a un terreno personal. La cena, en efecto, me gustó, aunque ya no solía disfrutar mucho la comida.
No podía comprender por qué él lograba hacerme reír más que nadie. Me sentía tranquila a su lado y me dejaba ir con facilidad. Incluso me daba cuenta, con temor, que ciertas defensas que construí todos esos años, con Santiago, se hacían débiles.
Un poco antes de medianoche nos marchamos. Me la pasé... bien. Su compañía no me agobiaba y respetaba el hecho de que no era muy comunicativa en cuanto a mi vida. Nos despedimos en la puerta del lugar.
-Fue agradable, ¿no es cierto?
-Sí... gracias -Me observó sin decir nada por un segundo. Enseguida me mordí el labio, eso fue lo único que no logré cambiar. Contempló mi boca de una forma que hizo recordar mi vida anterior. Le di un beso en la mejilla nerviosa y me fui sin más.
Al llegar a casa, dejé mis cosas en la pequeña estancia y perdí la mirada por la ventana.
Era increíble todo el tiempo que transcurrió, pronto cumpliría veintisiete, en junio serían ocho años fuera de Myrtle Beach. No volví a saber de él desde aquel día... aquel espantoso y terrible día en que enloqueció de celos por culpa de ese asqueroso tipo. Evocarlo aún lograba revolver mi estómago.
Me senté en «mi» sillón, frente a la gran ventana, rodeé mis rodillas con mis brazos y me perdí en los recuerdos, en el dolor, en el miedo y en la felicidad de aquellos tiempos. La voz de su madre aún a veces no me dejaba dormir, el rostro de él al advertirme con aquel hombre, su desilusión y odio; la mirada de mamá al verme ir, toda una vida no sería suficiente para olvidarlo.
Esa noche lo sentí de nuevo muy presente. La mirada de Santiago posada en mi boca me recordó el gran vacío en el que me sumergí y en lo que antes solía ser.
Necesitaba olvidarlo, sacarlo de mí... ¿Es qué jamás lo lograría? Llevaba demasiado tiempo dentro de mi caparazón, envuelta en un mundo que construí cuidadosamente para que nadie pudiera acceder a él, pero ¿cómo?, ¿cómo sacarlo de mi cuerpo?, ¿cómo olvidar el amor que nos tuvimos?, ¿cómo recuperar lo que le entregué con plena conciencia?
Me tomé un largo baño y me dirigí de nuevo a «mi lugar», así lo llamaba. Me senté y esperé a que amaneciera. Esa noche el sueño no iba acudir a mí, lo sabía, eso ya no era tan común, sin embargo, me encontraba muy nerviosa e inquieta como para poder pegar el ojo.
Viendo el sol salir por el horizonte una idea comenzó a formarse en mi cabeza, esa parte de mi vida tenía que cambiar, debía intentarlo. Probablemente no lo volvería a ver, no podía casarme con su recuerdo toda la vida. Seguramente jamás lo olvidara, pero eso no implicaba que no pudiera intentar tener una pareja, hijos, una familia. Dolía pensar que no sería con él, no obstante, ya habían pasado muchos años, tenía una muy buena vida y solamente me faltaba ser feliz en ese aspecto, después de todo no lo estaba traicionando, él ya debía de estar con alguien más y probablemente no se acordaría de mí, de la forma en la que yo lo hacía.
Al día siguiente Santiago se comportó igual que siempre, yo hice lo mismo. Disfrutaba trabajar a su lado. Aprendía mucho de él y aunque a veces discutíamos por diferentes puntos de vista, lográbamos ponernos de acuerdo al final. Pasó un mes para que volviéramos a salir juntos. Me lo pidió un par de veces, sin embargo, logré inventar un pretexto para disculparme a pesar de la determinación de aquel amanecer. Ese día no pude hacerlo, un cliente muy importante aceptó toda una campaña y la empresa iba a ganar mucho dinero por ella.
-Vamos a celebrar, Kyana... Lo merecemos, llevamos días aquí encerrados... -torcí la boca no muy convencida-. Será un rato... lo prometo...
No podía negarme, de verdad fue extenuante y un gran logro, por otro lado, recordé que había quedado conmigo misma en intentarlo. Acepté sin sentirme muy segura con la decisión.
Fuimos a un bar no muy lejos de ahí. El ambiente era muy agradable y la gente parecía divertida. Nos sentamos en una pequeña mesa. Pedí una copa al igual que él. Comenzamos a conversar sobre muchas cosas: política, religión, situaciones del mundo. En todo estábamos de acuerdo, veíamos las cosas de una forma muy similar y eso me hacía sentir cómoda a su lado.
-Tienes una sonrisa hermosa de verdad... -parpadeé varias veces desconcertada, con él era fácil, incluso, olvidar todo lo que me torturó por años. Sin embargo, al escucharlo el gesto se esfumó enseguida-. Lo siento... -logró decir apenado al ver que mi expresión se tornaba seria. Me inspiraba calidez, ternura y mucho respeto, no me gustaba hacerlo sentir incómodo, pero no pude evitar que sus palabras me alteraran. Cambió de inmediato de tema y pronto olvidé el evento.
Al parecer era feliz, tenía una linda familia, a la que prácticamente no veía gracias a la enorme carga de trabajo. Había viajado y sus estudios los realizó en la capital del país. Lo escuché atenta, tenía una forma de narrar que me gustaba, era sereno y pausado, a diferencia de lo que mostraba dentro de las enormes cuatro paredes de la empresa.
-Y ¿tú?... ¿Cómo ha sido tú vida? -perdí la vista en mi bebida, no me gustaba hablar de eso. Jugué un poco con la copa sin saber qué contestarle-. ¿Pasa algo?, ¿te incomodé? -negué insegura.
-No... es solo que... no hay mucho que contar... -Me miró confuso y sonriendo.
-Imposible, alguien como tú, digo... ¿Naciste aquí?
-Sí -Ni siquiera con mis amigos hablaba de eso, mi pasado lo quería enterrado, no me gustaba recordarlo.
-¿Y tus padres? Porque tienes familia. ¿No es cierto?
-Sí... claro -frunció el ceño al escuchar mis escuetas respuestas. Pensé que pararía, no lo hizo.
-¿Creciste aquí?
-No... en Estados Unidos... -abrió los ojos sorprendido.
-¿De verdad?, allá vive tu familia, ¿entonces? -Dios, ¿qué no iba a dejar de hacer eso? Me pregunté un poco ansiosa.
-No toda... solo mi madre con su esposo... Mi papá vive aquí y el resto de mi familia también.
-Y, ¿por qué te regresaste? Allá hay muy buenas oportunidades -demoré en contestar, no tenía una respuesta para esa pregunta. O mejor dicho sí, solo que nadie la sabía.
-Lo sé -fue lo único que pude decir. No dijo nada por un minuto, se daba cuenta de mi resistencia, me observó intrigado.
-Kyana... ¿Qué te hicieron? -Al escucharlo abrí los ojos de par en par. Entendí a qué se refería, lo que no comprendía era cómo lo notó. No me conocía, no sabía nada de mí y mucho menos cómo fue mi vida. Por otro lado, vivía tan normal como el resto de las personas o por lo menos eso pensaba, probablemente me mentí todo ese tiempo-. Perdona, no debí... Es solo que... no puedo comprender cómo estás sola. A veces tienes una mirada muy triste y frecuentemente observo que te pierdes en tus pensamientos. Es como si recordaras algo o alguien con mucha nostalgia y dolor, te entregas al trabajo como si no existiera nada más en tu vida, en general, eres distante y... fría... con excepción de tus amigos. Debo confesarte que me intrigas... -¡No!, no, no, no de nuevo, no esa palabra. Al escucharla me levanté de la mesa abruptamente.
-Y-ya es tarde, es mejor que me vaya -zanjé. Él también se puso de pie sin entender mi reacción.
-Kyana... espera... ¿dije algo?... Perdón... no quería molestarte...
-No es eso, pero creo que es mejor que me vaya... Muchas gracias por todo... nos vemos mañana... -Me salí de ahí sintiendo que el aire me faltaba, todos los recuerdos golpearon de nuevo en mi cabeza. Podía verlo claramente siguiéndome en su gran auto diciéndome exactamente lo mismo. Entregué el boleto al ballet parking temblando.
-¿Kyana? -Al escucharlo giré aún agitada, nerviosa y con las palmas sudorosas-. No te vayas así, en serio lo siento, prometo no volver a hacer un comentario como ese, ni nada que te incomode, fui muy indiscreto... Por favor regresa, terminemos de celebrar, platicaremos de lo que quieras y no volveré a preguntar nada sobre ti, sabré solo lo que tú me quieras decir. ¿Qué dices? -alzó su mano en señal de juramento.
Cerré los ojos intentando acomodar mis ideas. Al final asentí, debía poner de mi parte, ya no era una niña y él no hizo nada malo, solo describió cómo me percibía y aunque no me gustaba saber que mis pensamientos a veces eran tan obvios, no estaba nada lejos de la verdad. Devolvió mi auto y volvimos a ingresar.
Cumplió su promesa, al final intenté olvidar lo ocurrido y pudimos terminar la velada relajados y riendo.
Mucho más tarde, ambos esperábamos nuestros autos platicando.
-Kyana, me gustaría volver a invitarte a salir ya sin pretextos. Me la paso muy bien a tu lado... ¿Aceptarías? -tensé el rostro, estaba acostumbrada a contestar en automático que «no.. Pero con él era diferente, me caía bien y teníamos mucho en común y si era sincera conmigo, existía algo que me atraía. Además, esa noche me di cuenta de que no podía seguir alimentando la soledad en la que vivía, necesitaba encontrar la manera de olvidar y volver a sentir algo por alguien. Lo que pasó no fue mi culpa, debía superarlo e intentar continuar. Ella destruyó lo más valioso para mí, no podía permitir que lo siguiera haciendo.
-Sí... sí aceptaría... -Me miró incrédulo, sus ojos ámbar casi salen de su órbita. Sonreí.
-Guou, pensé que me llevaría mucho más tiempo convencerte, ya estaba planeando toda una maquiavélica estrategia para que aceptaras... -sacudí la cabeza al escucharlo-. Si te dieras cuenta de lo hermosa que te ves sonriendo -¡Agh!, era imposible, cada comentario me llevaba a él, estaba harta de no poder sacarlo de mis pensamientos. No me iba a echar para atrás, tenía que intentarlo. En el tiempo que llevaba de conocerlo me di cuenta de que era una gran persona, que estaba solo porque simplemente su trabajo no le dejaba mucha opción.
Mi auto fue el primero en llegar, abrió la puerta y me dio un beso en la mejilla. Olía bastante bien.
-Descansa y... gracias...
-Hasta mañana -cerró ya que yo estaba adentro y me alejé atenta a las luces del alumbrado y semáforos.
Un miedo inmenso me invadió, ya no podía seguir evitándolo. Lo que sucedió era parte de mi pasado y probablemente no lo borraría nunca, pero no podía seguir atada a «él». Necesitaba dejarlo ir... aunque era demasiado doloroso. No pasaba un día sin que lo recordara. Era el amor de mi vida, no obstante, hacía muchos años que ya no estaba, que por algo más grande lo tuve que dejar.
Ya era hora de intentar rehacer mi vida, aunque a lo mejor, nunca lograra olvidarlo, buscaría la forma, estaba decidida.
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