El cielo se veía nublado, Sveta había llegado a la casa para ayudar a tratar las heridas de Lucas, además de ser una grata compañía con la que él podía hablar sin miedos.
Sveta era la única con la que Lucas hablaba de verdad sobre lo que había vivido, pues ella era tan amable, tan cariñosa y comprensiva, que como una delicada hipnosis él terminaba por soltar su dolor. Ella le hacía caricias en el cabello, lo oía con atención y le decía bellas palabras reconfortantes que le acariciaban el alma.
—Debió ser muy duro, solnyshka —le dijo al acariciarle el cabello con cariño—. Si querés volver a hablarlo sabés que acá estoy.
Lucas la miraba con cariño, pues aunque era muy distinta, le recordaba un poco a su madre. Sveta lo abrazó con cariño y secó sus lágrimas.
—Si querés podemos cocinar algo juntos para cuando regresen la pequeña y el alemán, junto con Jack, ¿te gustaría?
Lucas asintió. No sabía qué poder tenía esa mujer, pero lograba todo en él solo con su suave voz. Terminó por sonreír para ella y se puso de pie con ayuda de un bastón ortopédico que Sveta le había llevado. Eso le ayudaba a movilizarse mejor hasta que su cuerpo recuperase fuerza.
—Estás sanando bien, solnyshka, pronto vas a poder moverte como desees.
—¿Qué es eso de solnyshka? —preguntó él con curiosidad.
—Solcito, pequeño. Solcito.
Lucas sonrió ampliamente y se sentó a la mesa para poder comenzar a cocinar junto a ella, mientras que Jack miraba sus dibujos animados en el sillón, junto a Hund.
Erica y el Loco se habían ido, ella le había pedido como favor que la acompañara a su casa, quería y necesitaba ver el lugar, sentir los aromas familiares y recoger algunos objetos importantes.
Fueron específicamente en un horario en el que ella sabía que los vecinos estaban ocupados o dentro de sus casas. Él abrió la puerta con una ganzúa, pues Erica no tenía la llave de la casa, y al entrar ella tuvo que sostenerse un instante del marco de la puerta, ya que todo seguía siendo ese caos que la llevó hasta Mörder.
—Engel, ¿querés que le diga al Gusano para que hagan una limpieza?
—Después, quiero... agarrar un par de cosas.
Con lágrimas en sus ojos Erica recorrió junto a él cada parte de la casa, y de vez en cuando ella se detenía para abrazarse a sí misma al llorar. Tuvo que sentarse a la mesa de la cocina por un instante, con los recuerdos de su madre cocinando allí y Celeste bailando a un costado. Con la risa de su padre que llegaba como música y el abrazo, junto a un beso, que le daba a su esposa mientras cocinaba.
El Loco tomó un vaso limpio que había en una alacena y le sirvió agua, la cual Erica bebió rápidamente para intentar ahogar esa angustia. Él se ubicó de pie a su lado, le hizo un par de caricias en el cabello para reconfortarla, luego de un rato Erica se sintió mejor y pudieron recorrer el resto de la casa.
Al subir las escaleras entró primero en la habitación de sus padres, donde tomó de arriba de la mesa de noche, del lado de su madre, una foto de su casamiento. La tomó con cariño, porque no pensaba dejarla.
—¿Puedo ver? —preguntó él y Erica le extendió la foto mientras tomaba algunas otras cosas—. Te parecés a tu papá, tenés la misma cara.
—Sí... Cele se parecía un poco más a mi mamá —dijo ella con una sonrisa triste—, por eso era más bonita.
Salieron de la habitación, Erica llevaba algunas cosas cargadas encima que colocó en un canasto de mimbre. Luego abrió la puerta de su habitación y entró allí, había polvo en varios lugares, su habitación también había sido revisada y varios objetos se encontraban rotos en el suelo. Erica suspiró al ver la habitación en esos tonos delicados, su cama con objetos lilas, su color favorito.
El Loco ingresó tras ella y miró todo a su alrededor, había un espejo de pie que tenía fotos pegadas alrededor y se acercó un poco a ver, mientras que Erica tomaba fotos de su hermana y una bonita colcha lila tejida a mano, que se la había hecho su abuela.
—¿Cómo sabías que me gustaba el lila? —preguntó Erica al verlo, él observaba con atención todo el lugar tan delicado y femenino.
—Te investigué —confesó sin darle mucha importancia—, usabas mucho tus redes sociales, cualquiera podría investigarte fácilmente teniendo todo público.
—Sí, bueno, en esa época no imaginaba que alguien podría llegar a investigarme... —dijo ella con una mueca torcida—. Más allá de algún ex tóxico o algo así...
—¿Cuál era tu cama? —preguntó al ver la cama superpuesta.
Erica se sentó en la de abajo para demostrar que esa era la suya, se recostó sobre las almohadas para poder rozar con sus dedos las escrituras que hacía en la tablas de la cama de arriba. Comenzó a reírse al ver una escritura vieja, que había hecho en su preadolescencia. Un corazón con una flecha y las letras «E&L».
—Loca desde siempre por él —pensó al leerlo y dejó ir un suspiro.
El Loco se agachó a su lado en el suelo y miró los tablones, Erica escribía bastante allí, incluso frases románticas o extractos de poesías.
—¿Te gusta la poesía?
Erica se sentó y le dirigió una sonrisa.
—Nunca fui una ávida lectora como vos o Chris, solo me gustaban las frases bonitas —dijo y se puso de pie para poder tomar otras cosas que deseaba, luego giró para verlo allí, sentado en el suelo contra la cama—. ¿A vos te gusta la poesía?
«Iré, cuando la tarde cante, azul, en verano,
herido por el trigo, a pisar la pradera;
soñador, sentiré su frescor en mis plantas
y dejaré que el viento me bañe la cabeza.
Sin hablar, sin pensar, iré por los senderos:
pero el amor sin límites me crecerá en el alma.
Me iré lejos, dichoso, como con una chica,
por los campos, tan lejos como el gitano vaga.»
El Loco sonrió luego de recitar «Sensación» de Rimbaud.
—Sí, me gusta la poesía —dijo con una ricita al ver el gesto sorprendido de Erica—. Me gusta Rimbaud específicamente, aunque Baudelaire también me gusta bastante.
Erica no dijo nada, solo lo miró con sorpresa y luego sonrió con ánimo por oírlo recitar, mientras acomodaba algunas cosas en el canasto. Abrió con cuidado el vitral del balcón y se asomó para asegurarse de que no había nadie por allí. Dejó ir un suspiro triste, porque a ella le gustaba mucho ese barrio, pero estaba segura de que la desaparición repentina de su familia no había pasado desapercibida, y que el día en que se supiera la verdad no sería bienvenida por allí.
El Loco se acercó a ella, apoyada en la baranda del balcón con un gesto triste. Erica miró hacia la ventana de Lucas y se acercó hacia allí.
—Esa es la habitación de Lucas... —dijo en voz baja.
Se estiró con cuidado para pasar hacia allí, ignorando el ruego del Loco de tener cuidado. Con un leve empujón la ventana se abrió, hizo un sonido chirriante que la obligo a torcer sus labios. Se mantuvo quieta y a la expectativa, por si la habían escuchado su madre o hermana, pero como no sucedió nada decidió entrar allí.
El Loco debió encender un cigarrillo porque la había perdido de vista y eso lo ponía demasiado nervioso, y solo unos instantes después ella regresó con una guitarra en su funda y unas fotos en sus manos. Le extendió a él la guitarra para que pudiese tomarla, y así ella saltar hacia el balcón de forma más cómoda.
Ingresaron nuevamente en la habitación y Erica cerró los vitrales con un suspiro, para luego salir de allí con el Loco siguiéndola por detrás. Apagaban las luces mientras avanzaban.
Erica se dejó caer en los sillones, con un suspiro triste. Miró en su mano las fotos de Lucas con su madre y hermana, los tres de cabello rubio y ojos verdes, luego miró otra de él con sus amigos. Las acomodó con cuidado en el canasto.
—¿Algo más querés llevar?
—Sinceramente no sé, me llevaría todo pero... también duele hacerlo —dijo Erica con tristeza y lo miró frente a ella—. Tal vez los televisores, no lo sé, siento que alguien podría entrar y robarlos, y mi papá se esforzó mucho por...
—Está bien, engel, puedo ponerlo en tu habitación en casa —dijo él con una sonrisa.
Erica asintió y con un suspiro llevó el canasto hasta la camioneta, lo dejó en el baúl junto a la guitarra de Lucas, mientras que el Loco llevaba un gran televisor que acomodó en el asiento trasero, pero subió rápidamente las escaleras para buscar el de la habitación de sus padres, el cual también acomodó con cuidado allí atrás.
—No me animo a tocar su auto —admitió ella con tristeza al verlo estacionado ahí afuera.
—Los vecinos podrían preocuparse más sí desaparece —dijo él con un suave tono de voz.
Erica asintió y se acomodó en el asiento del acompañante con la mirada baja, esa vez al menos había tomado la llave de su madre, con un llavero con las fotos de ella y Celeste de niñas.
Cuando el Loco se sentó a su lado en el asiento del conductor, Erica le pidió que se fueran rápido de allí, con una voz triste y llena de dolor. Siguió la casa con la mirada hasta que se perdió en el horizonte, y luego parpadeó para deshacerse de esas lágrimas.
—Que se encargue Fosa de la limpieza —dijo ella con un nudo en la garganta—. Él va a ser cuidadoso.
—Está bien, mein engel. Yo me comunico con él al llegar a casa, ¿está bien?
Ella asintió y se mantuvo con la mirada baja por largo rato, al menos hasta que él detuvo la camioneta por unos instantes para asegurarse de que ella estaba bien. Le corrió un mechón de cabello del rostro y lo acomodó tras la oreja, con cariño.
—Mein engel...
—¿Hay un kiosco cerca? —preguntó ella y apenas levantó la mirada.
—¿Qué necesitás?
—Algo dulce...
Él asintió y bajó de la camioneta para poder comprar algo para ella, Erica se mantuvo con la mirada baja observando esa foto en el llavero. Allí, ella tenía el cabello corto por el mentón con un flequillo recto, mientras que Celeste lo llevaba largo y en dos trencitas. Acarició con cariño el rostro de su hermanita pequeña.
—Espero estés descansando en paz junto a Martín, mamá y papá —dijo en un susurro con lágrimas en sus ojos—. Los extraño muchísimo...
El Loco llegó unos minutos después con una bolsa de compras, la cual le extendió con una sonrisa y comenzó a manejar de regreso a casa. Erica tomó un chocolate de allí y lo saboreó con mucho placer, aún con esas lágrimas en sus ojos.
Lo miró de reojo, él estaba concentrado en el frente con su rostro serio y pensativo, su cabello seguía rapado casi al ras, y su rostro estaba bien afeitado. Podían notarse sus cicatrices pero también sus rasgos finos y bonitos. Él dirigió su mirada hacia ella y le sonrió, al hacerlo sus ojos celestes se rasgaban de una forma muy especial.
—¿Estás mejor? —le preguntó y volvió a concentrarse en el frente.
—Sí, gracias.
Erica extendió la barra de chocolate hacia él, quien la miró algo confundido pero le dio un pequeño mordisco con una risita, e hizo un sonido de aprobación ante su sabor nuevo y desconocido.
—Supuse que Jonathan tampoco te dejaba comer chocolate... —dijo ella con una sonrisa al ver su expresión de sorpresa y satisfacción.
—No, está buenísimo —se rió y Erica le extendió un poco más, por lo que volvió a darle un mordisco—. Gracias, engel.
El viaje fue un poco más alegre debido a la música y el disfrute de los nuevos sabores dulces que él no había probado antes. Erica parecía bastante interesada en darle a probar todo lo que él se había perdido en su vida, porque comenzó a llenarlo de preguntas respecto a sus gustos, a lo que había probado y lo que no.
Estaba furioso, las últimas semanas habían sido insoportables, la humillación de haber sido traicionado por Erica, de perder un rehén y de que su credibilidad haya sido juzgada a causa del resurgir de Nahuel lo tenían más nervioso de lo normal. Debía adelantar los planes y deshacerse de Julio antes de que todo se complicara más.
Daba vueltas de un lado a otro discutiendo con sus asesinos, que no lograban encontrar una forma de asesinar a Julio Moms, pues incluso los espías habían sido captados por ese joven llamado Akihiko y partes de su cuerpo habían sido enviadas en respuesta. Julio estaba demasiado protegido y acompañado de esos hermanos japoneses que imponían respeto con su sola presencia.
Se asomó por la ventana y dejó ir un suspiro al notar que había comenzado a llover, era una tormenta fuerte e intensa, como sus pensamientos. Su cuello estaba cicatrizando, pero la herida que le dejó Martín era muy notoria, igual que su ojo.
—Primero esa puta arruina mi hermosa cara y ahora ese enano de mierda —gruñó con asco y encendió un cigarrillo.
Observó la lluvia caer, Ginevra le daba los mejores consejos: esperar, ser paciente y solo observar, pero él estaba harto de esperar y sentía que mientras más tiempo dejase pasar, más oportunidad le daba a Julio de deshacerse de él.
—Averiguame donde está, hoy sin más lo quiero ver muerto —gruñó entre dientes.
—Mio signore, Julio es...
—Es una orden, no una sugerencia.
Ginevra asintió sin decir nada más, y con una muestra de respeto se alejó de allí para poder continuar con su investigación. Aaron estaba de muy mal humor, más de lo habitual desde que Erica lo dejó, y Gin temía que a causa de su impulsividad los planes se vieran arruinados.
Se sirvió vino en una copa y respiró hondo para intentar tranquilizarse, Erica había arruinado un plan trazado meticulosamente por años, y que se vio más cercano ante su alianza con Ginevra un año atrás. Aaron se había ocupado de crear una red de información como solía hacer Nahuel, y así se enteró quiénes eran los asesinos inconformes con sus líderes. Logró conseguir a Ginevra, la mejor loca de Assassin antes de la llegada de Ruriko Tanaka, y a Noelia, la única asesina especializada en venenos.
Bebió un trago de vino, molesto y decepcionado porque una simple mujer le había arruinado los planes.
Unos minutos después Ginevra dio aviso de que Julio se encontraba solo junto a Serge, cenaban tranquilamente, pero advirtió que tuviese cuidado.
—Puedo enviar a Piero con un rifle, o a Mikhail para una muerte lenta —dijo Gin con su rostro serio.
—Lo haré yo. Preparen mis cosas, hoy Julio Moms muere.
No importaban las recomendaciones de Gin de que no era un buen movimiento presentarse él mismo, le repitió incontables veces que ni Jonathan ni Julio atacaban ellos mismos estando en desventaja.
—Me importa una mierda Jonathan o Julio —gruñó él—. Si no regreso pronto, estás a cargo.
Una hora después Aaron logró infiltrarse en Assassin sin ser visto, esquivó a los guardias y evitó cada cámara que se cruzó, había memorizado su ubicación en una de sus tantas reuniones con Julio. Esquivar a los asesinos de allí era relativamente fácil, el problema era si llegaba a cruzarse a los Tanaka. En Assassin habían muchos asiáticos, pero Aaron solo temía cruzarse con esos hermanos.
Con cuidado y matando solo a los estrictamente necesarios al quebrarles el cuello con las manos o estrangularlos en silencio, evitó el pánico y cualquier tipo de alarma. Llegó hasta la oficina de Julio, ubicada en la última planta. Allí se oía la risa de Serge, ambos hablaban en francés.
El francés era fuerte, pero no era un enemigo con el que él no pudiera. Abrió enseguida la puerta y apuntó con su arma, no dudó en disparar, sin embargo el escritorio no estaba donde usualmente y en su lugar solo rompió la ventana. Ingresó con pistola en mano para ver a Julio que meneaba en su mano una copa de vino. Serge estaba sentado sobre el escritorio y bebía su vino, como si no le importara a ninguno que él estuviese allí.
—Bienvenido, Sabatini, ¿me permitís terminar mi copa junto a una grata compañía? —dijo Julio con una sonrisa torcida y dio un sorbo—. Serge, por favor, no seas maleducado y servile una copa a mi socio.
—Sabés, odio tener deudas de por vida, no sé, lo odio —dijo Aaron con fastidio.
Serge cubría su campo de visión al estar frente a Julio, y aunque Aaron podía matarlo, la probabilidad de que Julio disparara luego era mayor. Debía ser un solo disparo limpio, pese a sus intensos deseos por hacerlo sufrir.
—Odiás todo, pequeño «pollito» —Julio se rió al decirlo.
—¡No me llames pollito! ¡Odio que me digan así! ¡Odio que el Loco me llame así por nada!
—¿Por nada? Creí que era porque siempre te escondías bajo la falda de mi hermana, tu mamá gallina.
Aaron disparó pero Serge se lanzó del escritorio y Julio se movió con su silla, con una risa.
—¡Bang! —dijo Julio al fingir disparar con sus dedos.
Un potente disparo arrojó al suelo a Aaron, se había impregnado en el hombro. Su alarido de dolor fue grande pero incluso así dio una voltereta por el suelo para salir del campo visual de Akihiko, alejado con su rifle en algún otro edificio.
La risa de Julio estaba cargada de soberbia y llena de desdén, se acercó rápidamente a Aaron, desarmado por Serge, quien le había aplicado una llave de sumisión al cuello.
—¿Realmente creías que sería tan fácil? —sonrió con malicia—. ¿Nunca escuchaste aquella frase que decía que yo era la viva imagen de mi padre? Bueno, en realidad es un rumor falso, porque soy incluso mejor que él, y de los tres Moms soy el mejor.
Los ojos de Aaron se abrieron, quiso moverse pero Serge lo mantenía retenido.
—Oh, Sabatini, querido, me gustaba hacer negocios con vos, todo ese plan de matar a mi hermana estuvo muy divertido —dijo Julio y se rió para luego beber un trago de vino—. ¿Creíste que solo a los Tanaka debías temerle? ¿No se te ocurrió que LeBlanc podría estar igual de preparado?
—Julio, no creo que Sabatini siquiera sea capaz de pensar —dijo Serge y apretó con más fuerza su agarre. Acercó sus labios al oído de él y susurró—: Me enteré que te portaste muy mal con mi querida amiga, sería una pena que murieras tan rápido.
—Mal...dito... infeliz... —dijo Aaron.
—Sabía que vendrías. Akihiko está enfrente con su rifle, y probablemente esté apuntando a tu frente ahora mismo, ¿quién sabe? Pero calculo que preferís morir en sus manos o en las de Serge, que en las de mi adorada Ruriko, ¿verdad? Todos lo prefieren...—dijo Julio con una sonrisa.
Ruriko apareció prácticamente de la nada, lo tomó del rostro con rudeza y apuntó sus órganos con un cuchillo, acompañado de una sonrisa siniestra.
—¡Maldito... hijo de... puta!
—Lo sé, lo sé, mi madre era promiscua, ¿qué puedo hacer al respecto? Fue la amante de mi padre mientras estaba casado con Ingrid, y fue a su vez la esposa de Carmichael, un idiota debo decir, lo único útil que hizo fue engendrar a mi querido hermano —Julio le hizo una seña a Serge y él apretó un poco más hasta dejarlo inconsciente—: Ahora sos mío, Sabatini, sos un buen regalo de bodas. Debo agradecértelo.
Ruriko se llevó a Aaron con ayuda de otros asesinos, mientras que Julio volvió a sentarse con su copa en mano.
—Julio —dijo Serge con su rostro serio—. Me lo prometiste.
—Sufrirá, tranquilo. Creeme que va a sufrir.
Serge entonces se acercó hacia él, quien lo tomó de la cintura para acercarlo y lo instó a sentarse a horcajadas sobre su regazo. Lo tomó con rudeza del rostro para verlo fijo a los ojos azules.
—Esta es una gran noche, Serge, y hay que celebrar.
Lo besó en los labios para luego tomarlo con fuerza de los muslos y levantarlo como si no pesara nada, para poder acomodarlo sobre el escritorio.
Estacionaron el auto en el garage, Erica comenzó a bajar de a poco las cosas que había traído de su casa, sin embargo, mientras que el Loco llevaba dentro uno de los televisores, ella se percató de que había llevado la guitarra para Lucas, pero él ya no tenía su mano sana para tocar.
Se dejó caer de rodillas al suelo y comenzó a llorar allí en el garage, con un llanto fuerte y ahogado.
—Mein engel... —le dijo al acercarse a ella—, ¿querés hablar al respecto?
—Le traje... la estúpida guitarra y él... él no va a poder...
—Se pueden invertir las cuerdas, engel, no quiere decir que no va a poder tocar nunca más. Tranquila —le dijo con suavidad—. Dásela, tener algo de su hogar va a hacerle bien.
Le hizo una caricia en la espalda, porque no le gustaba verla tan mal y cada vez la veía más afectada por todo, por su familia, por Lucas y por todo lo que debió vivir.
—Está bien... —dijo ella en un susurro y levantó la mirada para verlo a los ojos celestes que la miraban con preocupación—, ya estoy mejor...
Sin decir más tomó las fotos que había tomado de la habitación de Lucas y colgó la guitarra en su hombro, para luego entrar rápidamente en la casa. Sus ojos aún estaban envueltos en lágrimas, las cuales aumentaron al ver a Lucas reírse en la cocina junto a Sveta.
—¡Eri! ¡Llegaron justo para la cena! —dijo él con una gran y blanca sonrisa.
Ella se acercó hacia allí y le extendió las fotos, las cuales él tomó en sus manos y miró bastante confundido.
—Te traje fotos y... te traje... —Había comenzado a hiperventilar, por lo que Sveta se acercó rápidamente a ella.
—Pequeña, tranquila, respirá.
Erica le extendió la guitarra con sus manos temblorosas, con las lágrimas que caían nuevamente por su rostro. Lucas la tomó con cuidado, con su rostro sorprendido, sin saber muy bien cómo reaccionar.
—Mi... guitarra... —susurró y miró la guitarra en la funda, luego las fotos en su mano—. Eri...
Quitó la funda a gran velocidad y con su mano temblorosa tocó la madera brillante con lágrimas en los ojos, luego abrazó la guitarra y las lágrimas comenzaron a caer por sus mejillas.
—Perdón, Lu —dijo Erica con una voz ahogada.
Lucas dejó la guitarra apoyada en una silla y la tomó de los hombros a Erica para acercarla hacia sí, la abrazó con fuerza hundiendo su nariz en el cuello de ella. Erica no tardó en responder el abrazo, aferró con fuerza sus dedos a la espalda de él, e inspiró su aroma.
—Gracias, Eri —dijo él y la tomó del rostro para poder darle un beso en cada mejilla—. Gracias, de verdad.
Él volvió a sentarse a la mesa, mientras que Erica, algo mareada y con ayuda de Sveta, se abría paso hacia el sillón, donde se ubicó aún algo triste. El Loco no tardó en llegar hasta allí, y le dio un beso en la coronilla de la cabeza.
—¿Ya está todo? —preguntó ella y dirigió su mirada hacia atrás del sillón, donde él se encontraba.
—Sí, mein engel, no te preocupes —le dijo y apoyó su mano en el rostro de ella—. ¿Qué te gustaría hacer? ¿Qué creés que te haría bien en este momento?
—¿Sinceramente? Tomarme un vino.
Él se alejó un poco para tomar un vino de la barra que descorchó rápidamente, sirvió en cuatro copas mientras que Sveta servía la comida. Al primero en extenderle una copa de vino fue a Lucas, quien estaba serio y en silencio al acariciar su guitarra.
—Rubio —le dijo para llamar su atención—, ¿cómo estás?
—Aunque no parezca estoy feliz —Tomó la copa en su mano para poder darle un sorbo—, solo estaba pensando en si es mejor opción invertir las cuerdas yo mismo o mandarlo a hacer.
—¿Sabés tocar invertido?
—Soy ambidiestro, así que no me va a costar —explicó Lucas con una sonrisa—. Solo voy a tener que practicar.
El Loco se acercó a Erica para poder extenderle su copa, ella miraba el llavero de su madre, con la foto de ella y Celeste juntas.
—Qué tierna —dijo él con una sonrisa y le extendió la copa.
—Se me veía ridículo el flequillo —se rió Erica y sorbió un trago del vino—. Cabernet, ¿verdad?
—Me gusta el Cabernet, ¿preferís el Malbec? Puedo comprar uno sino —preguntó y bebió un trago.
—No, el Cabernet es mi favorito —dijo con una sonrisa.
Él respondió la sonrisa y le extendió la mano para ayudarla a levantarse, y así poder cenar todos juntos, pero guardaron un poco de comida para Jack en un tupper, ya que se había quedado dormido.
Luego de cenar, el Loco salió al patio para poder fumar tranquilo con el aire frío que le gustaba mucho. Sveta no había tardado en salir junto a él, y ambos se sentaron en un banco allí en el patio, bajo las ramas de los árboles.
—Alemán —dijo ella y sopló el humo de su cigarrillo—, ellos no están bien, necesitan ayuda.
—Lo sé, rusa, no la notó bien a Erica...
—El Rubio no está mejor, y no habla de lo que siente. Apenas consigo que me cuente algo de lo que vivió —dijo con un suspiro y le dio otra pitada a su cigarrillo—. Cuando mi hija murió quedé destrozada y me volví loca...
—Casi me matás, lo recuerdo —se rió él y dio una pitada a su cigarrillo.
—En esa época me diagnosticaron estrés post-traumático y depresión, tuve que tomar medicación un tiempo. Tal vez a los dos les haría bien ver a un profesional, alemán...
El Loco la miró fijo y dejó ir el humo, Sveta estaba seria y hablaba con sinceridad, con preocupación.
—Rusa, ¿y qué va a hacer un profesional cuando ellos hablen de asesinos, de torturas y de deshacerse de cadáveres?
Sveta comenzó a reírse y sacó de su bolsillo una billetera, para poder tomar de allí una tarjeta que le extendió. El Loco la tomó con cuidado, con desconfianza.
—Es quien me ayudó a mí a seguir adelante, suele trabajar con los Capa Roja y con los barrenderos, todo es confidencial —dijo con una sonrisa—. Confiá en mí, alemán. Ellos necesitan ayuda.
Aaron se encontraba esposado a un caño en el techo, estaba colgado e inconsciente, solo en ropa interior, para evitar que pudiese escapar utilizando algún artilugio en su ropa. Frente a él, Ruriko sonreía con locura, deseosa de poder jugar con él, llevaba horas esperando que despertase, ansiando torturarlo.
Julio hizo presencia en el lugar, y enseguida Ruriko se aferró a su brazo y apoyó la cabeza en su hombro con cariño, mientras miraba a su presa.
«¿Qué... sucede...? ¿Por qué... me duelen los brazos...?»
Aaron había comenzado a despertarse, abrió los ojos y parpadeó un poco. Quería moverse pero era imposible, y al abrir los ojos completamente pudo ver a Julio y a Ruriko ahí. Se llenó de odio y se sacudió insultándolo, pero Julio comenzó a reírse y encendió un habano que fumó con tranquilidad.
—¿Qué pasa, pollito, te gusta torturar pero no ser torturado? No, no, las cosas en el mundo deben ser recíprocas —dijo con una sonrisa.
—¡Hijo de puta! ¡Cuando me libere vas a morir lenta y dolorosamente!
Gritó, lleno de odio, pero recibió un fuerte puñetazo en el vientre por parte de Ruriko, que balanceaba en su mano una navaja con una sonrisa.
—¿Ya puedo jugar con él? —preguntó ella al ver a Julio.
—Aún no, quiero explicarle un par de cosas... —sopló el humo de su habano en el rostro de Aaron—. Ya era hora de que despiertes, cariño, llevás horas inconsciente, ¿sabés lo triste que es querer torturarte y que sigas dormido? ¡Arruinás mi diversión!
—¡Sos un maldito infeliz! —gritó Aaron sacudiéndose.
—¿Sabés? Podría divertirme con vos de muchísimas formas —sonrió con picardía, haciendo que Aaron abriese los ojos, asustado.
—No serías capaz...
—Es verdad, yo no necesito obligar a otros a acostarse conmigo —dijo—, pero a vos te encanta, ¿verdad? Te encanta tener el poder, ver el miedo en sus rostros, eso te excita. ¿Cierto? Aprovecharte de tus prisioneros e incluso de tus víctimas indefensas...
—Si me ponés una mano encima...
—Yo puedo hacer lo que quiero, ¿no es lo que vos hacés con tus presos? ¿No los torturás, violás y gozás de todo eso? Bueno, ¿cuál es el problema de que desee hacértelo a vos?
—¡Llegás a ponerme un maldito dedo encima y juro que...!
—¿Jurás qué? —dijo Julio y apoyó el habano en su pecho, lo que lo hizo quejarse de dolor—. El que manda acá soy yo, y lo que haga dependerá de vos, pollito. No provoques mi ira, y yo intentaré no romper ese lindo culo tuyo, ¿estamos de acuerdo?
Julio le dio un fuerte puñetazo con que lo hizo mover y cerrar los ojos, luego otro y otro más, partiéndole el labio. Aaron cerró los ojos al sentir ese habano que quemaba su piel, y cuando los abrió nuevamente vio a tres fantasmas frente a él. Sus ojos se abrieron con pánico y comenzó a jadear del miedo y el odio, viendo frente suyo a Gretchen y Héctor, le sonreían de forma cruel. Pero lo más temible era lo que estaba detrás.
La música de violín comenzó a sonar allí, Nahuel lo observaba fijo con una sonrisa.
—Ow, Sabatini, pobrecito, está asustado —dijo Fosa y comenzó a reírse, sin dejar de tocar.
—¡Felicidades, hermana! —dijo Julio con una amplia sonrisa al señalar a Aaron—, mi regalo de bodas para vos, que tu diversión sea eterna.
Gretchen se acercó a Aaron hasta tomarlo con rudeza del rostro, el cual apretó con odio.
—Hola, mi pequeño aprendiz, vos y yo tenemos asuntos pendientes...
Bạn đang đọc truyện trên: AzTruyen.Top