Capítulo 6

Morgan Flowers

Samita siempre causó revuelo. Nunca pudo ser ignorada. Todos hablan de ellas, donde sea que esté, conociéndola o no.

Así lo noté por primera vez a los trece años, cuando estaba concentrado en resolver un ejercicio de algebra, ansiando adelantarme a mis compañeros, pero en cuanto escuché su nombre y vi su rostro, se iluminaron mis ojos. Era la primera vez que la veía y ya tenía una premonición al notar que también me observaba.

Era la "nueva del colegio", pero, en realidad, ella me confesaría días más tarde que eso no era cierto. Al menos en ese momento sus papeles la habían hecho quedar así, de tal forma que parecía desprotegida en un curso que no la conocía en lo absoluto. Y recuerdo a la perfección que el profesor que la estaba presentando, mostraba cierta apatía hacia ella. Sí, era muy raro, no supuse que la conocía y que justo Samita era muy mala en algebra.

—En fin, ¿alguien quiere enseñarle a Samita el colegio? Aunque puede que ya lo conozca.

Esa última frase fue un indicio, pero yo no me interesé al respecto. No, solamente levanté rápido la mano, aun sabiendo que nadie me quitaría el puesto, y él hizo un gesto desdeñoso para que pierda la clase; me interesaba algebra, pero encontraba más interesante a Samita, con esos rasgos hindúes que nunca había visto en una mujer y la expresión de chica que podría armar un escándalo con esa sonrisa.

—¿Cómo te llamas? —fueron las primeras palabras que me dijo mientras recorríamos el pasillo.

—Morgan.

—¿Morgan cuánto?

—Tengo trece como tú.

—No, tu apellido pregunto.

—Oh, Flowers.

—¿Dónde?

—No, me llamo Morgan Flowers.

—Ah, era eso.

Me ponía un poco los pelos de punta con su forma de ser tan excéntrica, hablando como si no le molestara que sintiera que me estaba tomando el pelo, pero aún así era agradable estar en su presencia y de repente escuchar que se chocaba con algo o que tarareaba alguna canción.

Todos los lugares del colegio que le enseñé ella no decía nada más que «ah» o «vaya», pero yo era lento procesando todo, así que tampoco supuse que le había caído bien con mi silencio, razón suficiente para seguirme durante todo el día, incluso luego del recorrido.

Yo no reaccionaba mucho a su presencia porque no tenía amigos. Y tampoco es como si ella fuera una rarita que me seguía sin decir nada, sino que me preguntaba si se podía quedar conmigo, sentar conmigo o almorzar conmigo y yo respondía a todo con un asentimiento; estaba hechizado por notar a alguien de una cultura diferente, esperaba que me hablara más de ella, pero después descubrí que tampoco era adivina.

Todo ese día no me sentí muy solo, ya que ella me seguía y las burlas de mis compañeros con respecto a mi forma tímida de ser, no se escuchaban, porque, a cambio, escuchaba cómo Samita maldecía en clases al no poder escribir rápido.

Antes de irme a casa, ella me agarró de la mano y me dijo con una sonrisa.

—Hoy fue un día muy lindo, fue agradable tu silencio.

Yo no supe qué responderle, estaba idiotizado por su alegría, así que ella misma habló.

—¡Te veo mañana, Morgui! ¡O Morge!

No opiné nada de sus apodos. Siempre me puso uno diferente y más raro todavía. Pero al menos se encargaba de hacerlo todo más dinámico.

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