Capítulo 53

Nueva York, 1982.

El fin de semana que siguió al cumpleaños de Clark, regresé al club para pedirle disculpas que se reducirían a un honesto «siento haberte hecho sentir mal», pero las circunstancias lo mantuvieron alejado de mi vista como si supieran que eso solo empeoraría las cosas.

Nuestros horarios tardaron un mes en coincidir. Hasta aquel momento, temí que estuviese evitándome a conciencia. Pasé mi propio cumpleaños preocupado por lo que pudiera estar sufriendo, ya fuera física o emocionalmente. Debra, que a esas alturas empezaba a comprender la magnitud de mi apego, se limitaba a consolarme con promesas que no dependía de ella cumplir. Garantías que nadie podía asegurarme, ni siquiera Clark.

Fue a finales de abril cuando los caminos de ambos se cruzaron de nuevo. Esa noche, me senté en la barra del bar y lo vi bailando, igual que cuando nos conocimos. Lo observé por un largo rato, dudando si en verdad no me había visto o estaba haciendo un auténtico esfuerzo por ignorarme. Al cansarse de bailar, se dirigió a la entrada y yo lo seguí, alcanzándolo fuera del edificio.

—¡Clark! —lo llamé.

Ahora saltaba a la vista que no quería hablarme. Pasando por mi lado y fingiendo que era invisible, caminó a paso tranquilo hacia la esquina donde Ned lo esperaba. El hecho de que no se apurase, de que no le interesara como mínimo huir de mí, fue lo que más me hirió.

—Clark, por favor —supliqué, uniéndome a su marcha.

—Déjame en paz —ordenó secamente.

Estando tan cerca de Ned, nuestra conversación llegó a sus oídos, forzándolo a dirigirse a mí en piloto automático. Asqueado, me di cuenta de que era el nuevo cliente favorito.

—Caballero, hacía mucho que no venía a visitarnos —me sonrió. Clark y yo nos detuvimos.

—He venido cada fin de semana desde esa noche —revelé, mis ojos concentrándose en los de mi amigo, que tenía los brazos cruzados y una expresión hastiada en el rostro.

—Sí, claro... —bufó él.

—No seas grosero —le advirtió su jefe—. Espero que sepa disculparnos. El chico ha estado algo ocupado últimamente. Pero le diré qué, si se lo lleva ahora, podemos hablar de un precio más que...

—Yo no me voy con él ni por todo el dinero del mundo.

—Clark...

—No me interesa contratar sus servicios hoy —intervine.

—¿Qué esperabas? —se burló Clark—. Si se le cae la cara de vergüenza de solo pensar en...

—¡Clark! —Ned levantó la voz.

—No, está bien. No me siento ofendido por esto.

—Entonces no hay nada más que hablar, ¿no? Puedes irte.

El pecho me dolió al asentir, reconociendo que cualquier intento de acercamiento solo impondría más distancia entre nosotros. Debía ser cauto.

—Buenas noches —me despedí.

Caminando hacia el Packard, oí los murmullos frenéticos de Ned, gritándole en susurros a Clark, recordándole cuál era su sitio y cuánto le convenía permanecer en él. ¿Cómo podía defender a un hombre que lo trataba con tanto desprecio? ¿Cómo podía mi supuesto desprecio lastimarlo más?

Haberlo descifrado entonces me habría ahuyentado para siempre.

-o-o-o-

«Soy de la opinión de que deberías alejarte», fue el comentario de Debra cuando le hablé en mayor profundidad de mi predicamento.

—Tú siempre eres de esa opinión —señalé en lo que le cedía mi lata de refresco para que la abriera por mí, después de rendirme.

—Y nunca me haces caso —suspiró.

Estábamos sentados en la terraza interior de su casa, fumando como un par de chimeneas y disfrutando del sol que se filtraba por los ventanales. Llevábamos días sin verlo, abatidos por las lluvias de primavera.

—Desearía que me hicieras caso esta vez —dijo ella, regresándome la lata abierta casi al instante.

—Desearía que me dieras un consejo de verdad. —El modo en que su boca se abrió me dio a entender que debía seguir hablando antes de que encontrase algo que arrojarme a la cabeza—. No entiendo por qué tuvo que pasar esto. No entiendo...

—Gordon, tu vida es un desfile de gente que debería estar vetada de las relaciones interpersonales. Cuando yo soy la persona más apta para el matrimonio que conoces, hay algo que no funciona bien. ¿Por qué no te tomas un descanso de los escándalos y te enfocas en ti?

—Sería muy sencillo hacerlo —coincidí amargamente—, pero Clark es mi amigo, aunque tú no estés de acuerdo. Y no quiero que salga de mi vida pensando que no me importa, que no le tengo afecto o respeto alguno, que...

—No quieres hacerle lo que ellos te hicieron —completó Debra y yo evadí la súbita piedad de sus pupilas—. Hazme el favor de cuidarte, al menos —añadió.

Intentaba parecer severa, esperando que eso me disuadiera de una próxima mala decisión, pero ninguno de los dos le creía. Si había algo de autoridad en su tono, era solo porque tenía miedo en nombre de ambos.

-o-o-o-

Clark no quiso escucharme hasta el inicio del verano. El segundo sábado del mes de junio, lo atrapé bebiéndose un daiquiri de fresa en el bar del club con un asiento vacío a su lado, y él ya había perdido la voluntad de pelearse conmigo. Solo gruñó cuando le pregunté si podía sentarme y tuve que interpretar eso como una respuesta.

—¿Está rico? —consulté, señalando su bebida.

—¿Está recayendo? —me contestó, señalándome a mí—. Espero que no. Sería un pésimo ejemplo para los niños en casa.

—Eso fue de mal gusto.

—Soy una persona de mal gusto. —Alzó los hombros.

Suspiré.

—¿Puedo saber por qué estás tan molesto? Yo solo...

No pude hacerme oír a través de los exagerados sorbidos que le daba al daiquiri, con la aplastante intención de silenciarme. Recuerdo haber pensado que era ya demasiado mayor para lidiar con muchachos como él y por primera vez me reeplanté lo que Debra había sugerido, que pusiese distancia.

Estaba casi listo para dar la guerra por perdida y retirarme cuando Clark rompió a llorar. Eso quebró todas mis ventanas. De un segundo a otro, lo tenía en mis brazos, tan escuálido y desvalido como un cachorro que nació destinado a la muerte.

Veinte minutos después, comíamos hamburguesas en mi coche. Me pidió que lo llevase a cenar a algún sitio tranquilo, apartado, y desestimó mis preocupaciones cuando indagué en si Ned estaría de acuerdo. El hecho de que no le importara me hizo sonreír.

—Ni idea de por qué me cabreé tanto —expresó, lamiéndose los dedos impregnados en sal de patatas fritas—. ¿Sabes cuando algo te saca de tus casillas por cinco segundos y haces un gran drama de eso, pero al cabo de un rato te sosiegas y te sabe mal haberlo superado? Así que tienes que actuar como si la persona que te cabreó insultó a tu madre o algo así, hasta que se disculpa.

—Pero tú no querías que me disculpara —apunté—. Lo que querías era no verme nunca más.

Clark resopló, pensativo mientras apartaba la vista.

—A lo mejor es que soy un poco sensible...

—A lo mejor son las...

—No lo digas, Gordon. —Y al soltar esto clavó sus ojos en mí, las luces del tablero dotándolo de un brillo espectral—. Es que me pareció que te daba asco. Sé que no fue en ese sentido, pero eso me pareció.

—Realmente no fue en ese sentido —dije—. Clark, yo nunca te he rechazado desde la noche en que nos conocimos. Puedo asustarme, preocuparme, desear que salgas de esto, pero jamás...

—Lo entiendo, en serio. Es mi culpa por estar tan enfadado todo el tiempo.

—Pues quizás no sea culpa de nadie. Quizás deberíamos tener estas conversaciones antes de saltarnos a la yugular, ¿no crees?

Una sonrisa de niño apareció en su rostro.

—Trato hecho.

Nos estrechamos las manos y vi en su mirada la expresión triunfal de un chaval que disfruta haciendo cosas de adultos. Una sensación cálida brotó en mi corazón.

Segundos más tarde estábamos besándonos.

-o-o-o-

Irme a la cama con Clark fue raro y emocionante, justamente por lo natural y ordinario de la situación. Cuando nos separamos de los labios del otro, me pidió que lo llevara a casa y yo obedecí con pleno conocimiento de que haríamos el amor. Ya no me quedaban objeciones que plantearle ni lagunas legales en las que sumergirme, solo la culposa asunción de un hecho que no me generaba culpa.

Apenas llegamos a su apartamento, me invitó a subir. Una vez dentro, pasamos a besarnos cuan adolescentes que se escabullen de sus chaperones para desatar sus bajos instintos afuera del gimnasio del instituto, la música del baile flotando en la distancia. Nos sujetábamos la ropa, nos acorralábamos contra las paredes y protestábamos cuando tratábamos a nuestros cuerpos quebradizos con demasiada rudeza.

Al momento de caer sobre su colchón viejo, ninguno tenía ánimos de prolongar ese juego brusco, rindiéndonos en una reservada exploración del otro. Clark se sentó a horcajadas encima de mí y se quitó la camiseta, relevando sus costillas, cicatrices y vacíos. No bajó de regreso inmediatamente y no tuve el valor de apoyar mis manos en sus caderas o delinear los moratones con mis dedos. Temía a su estado físico más de lo que temía a las consecuencias a largo plazo de lo que lo originaba.

Esto parecía traerlo sin cuidado. En parte me entristeció, pues evidenciaba la poca confianza que tenía en sí mismo. Debajo de aquel caparazón picaresco, yacía un ser que no se sentía deseado, que no concebía que alguien quisiera ponerle una mano encima. La incoherencia era brutal: en el club, Clark era una entidad vaporosa e intangible por cuyo paraíso había que pagar; fuera de él, era un hombrecillo solitario que confundía sacarle provecho con hacerle un favor.

No me avergonzó que me viera desnudo o que mi erección se rehusara a completarse. La presión de su pecho contra el mío y el viaje de sus manos hacia mi entrepierna propiciaban un ambiente donde aquellas cosas se tornaban irrelevantes. El opuesto exacto a perder la virginidad con tu novia de secundaria en tu luna de miel; como volver a estar bajo las sábanas con tu cónyuge tras años de servicio militar. Ansiabas conjurar el hechizo correcto, pero tus habilidades se habían oxidado.

Tardé cuarenta segundos en correrme, la boca húmeda de Clark acallando mis suspiros mientras un fluido viscoso se abría paso entre nuestros abdómenes. Me maravilló percatarme de que ninguno estaba desilusionado.

—Te amo —jadeó sobre mis labios, alargando el brazo fuera de la cama para tomar un rollo de papel higiénico.

Ya limpios, Clark sacó su guitarra —esa a la que presentó como Eleanor Rigby—.

—Un regalo de Ned —declaró al intuir mi sorpresa ante un instrumento tan caro, conectándola a un pequeño amplificador en lo que se la colgaba al cuello—. ¿Qué te gustaría oír?

Le concedí la libertad de elegir y los primeros acordes de Something de The Beatles me elevaron hacia las manchas del techo como una droga psicodélica. Jamás hubiera escogido esa canción, pero no podía decirle que me gustaría oírlo diciéndome «te amo» otra vez si no estaba dispuesto a corresponderle.

-o-o-o-

La siguiente ocasión en que vi a Clark, él temblaba como pecador en la iglesia y no podía levantarse del sofá.

—¿Qué ocurre? —resoplé desesperado, ayudándolo a sentarse.

Él no hablaba, sus pupilas demasiado inertes para rastrear los movimientos de mi mano queriendo despertarlas. Inspiró como si tuviera la boca seca y descubrí que ese era justamente el caso. La piel le sudaba tanto que sentí el impulso de soltarle.

—A Ned no le gustó que me fuera sin avisar —lloró sin lágrimas.

Su mano vibrante se lanzó a mi rostro, palpándome la mejilla para cerciorarse de que estuviera ahí, de que no fuese una alucinación.

—¿Y qué te hizo?

Con la otra mano, apuntó a la cocina. Mis ojos chocaron con la puerta abierta del refrigerador, su resplandor blanco haciéndome pensar en una nueva versión del infierno, más que en algo celestial.

—Está... está lleno —le dije—. Está a reventar de comida.

Clark asintió sin ánimos.

—Es con lo que me va a pagar todo el mes.

Agotado por la mera formulación de aquella frase, se desplomó entre mis dedos, que le sujetaban la cabeza desde atrás. Sus párpados bajaron despacio y su pecho cesó toda actividad perceptible a través de su camiseta sucia. Grité su nombre. Pensé que lo perdía.

Durante los próximos treinta días, Clark solo recibió dinero de mí, a espaldas de su supuesto mejor amigo, quien lo amaba lo suficiente para no perdonar una sola desobediencia. Incluso si su falta de misericordia le costaba la vida.

Accedí a matarlo lentamenteporque no soportaba que muriera en sus garras. No mientras lo creyera susalvador.

CONTINUARÁ...

N/A: No estoy del todo orgullosa de este capítulo, pero oh, well. Solo quedan siete. Espero que se queden hasta el final. 21 de julio; marquen esa fecha en sus calendarios ;)

Bạn đang đọc truyện trên: AzTruyen.Top