Capítulo 6
—Si, muy predecible y obvio —
Era un día soleado, ya casi por las 5 o 6 de la tarde. El sol aun brillaba con fuerza y los rayos de este entraban por la sala de una gran casa.
En ella, se encontraban unos niños saltando en los sillones.
Los almohadones de este rebotaban con fuerza y posteriormente caían al suelo, ensuciándose por el color de la tela y los zapatos de los niños.
No habrían tenido mas de 9 años.
—Chicos, ya. Bájense de allí—Una mujer vestida con refinadas ropas les regañó.
Ambos dejaron de saltar, sentándose de forma correcta. cabizbajos.
Eran un niño y una niña. Amigos de nacimiento por así decirle.
Él era algunos meses mayor, rubios cabellos cual oro y ojos azules. Primogénito de su familia. Correspondía al nombre de Len.
Ella, la única hija para la pequeña familia, rubia como el mayor y de ojos celestes mas brillantes. Rin era el nombre de la tierna niña.
Sus padres, grandes empresarios, normalmente solían pasar bastante tiempo juntos. Ya fuera en horas de trabajo o en sus propias casas.
Y ellos, eran buenos amigos.
—¿Donde esta tu mamá? Normalmente suele venir con tu papá—Preguntó curiosa.
Jugaban mucho y hablaban con total confianza. Iban a diferentes colegios, pero solían verse diariamente durante las tardes, cuando a alguno no lo podían cuidar. Inclusive llamaban una niñera para cuidar a ambos.
Aunque ellos eran muy maduros.
Ignorando el hecho de que por instinto, su edad les hacía a veces ser infantiles. Los niños aun eran niños.
—Tenía trabajo, y papá pronto una reunión. Me quedaré aquí el resto de la tarde—Explicó, o eso le habían dicho a él.
A pesar de la corta edad de ambos, estos comprendían perfectamente las posiciones de sus padres y las propias. Se adaptaban rápidamente y sus capacidades de comprensión eran las de una persona mayor.
Se habían acostumbrado a ello.
—¿Enserio? ¡Que bien!
Eran muy unidos, siempre jugaban juntos y solían tomarse de la mano cuando salían a la calle en compañía de sus madres. Él siempre la protegía y consolaba cuando se lastimaba, y ella siempre intentaba sacarle alguna sonrisa.
Sus padres habían subido a la oficina hace ya algunas horas, durante el camino en auto hacia la casa de la chica, su padre se notaba tenso pero raramente amable con el menor.
Cosa que le extrañó, pues este normalmente estaba ajetreado con el trabajo. Muy pocas veces le regalaba una sonrisa a su hijo.
Comenzaron a hacerse gestos, para no llamar la atención de sus madres. Caras demasiado graciosas y molestas. No podían evitar reír ante las expresiones del otro.
Les alegraba ver al otro feliz.
Alguien había tocado la puerta, haciendo que detuvieran sus jugueteos al ver que la madre de la pequeña rubia se había acercado para abrirla. Se asomaron ambas cabezas rubias por el marco de la puerta para espiar al invitado.
Se sorprendieron al ver a la mamá de Len.
—¡Mamá!
—¡Señora!
Ambos salieron de la sala, corriendo para abrazar a la recién llegada.
La relación entre ambas familias era muy buena. Las madres de ambas se conocían desde la escuela y habían obligado a sus esposos a conocerse.
Y claro, estos congeniaron rápidamente en los temas laborales.
—Rin, cariño, sabes que no necesitas decirme señora... Con suegra ya está bien.
En esos entonces no lo comprendía, pero ahora se moría de vergüenza ante aquello.
—Claro... S-Suegra—Tartamudeó, la palabra en esos momentos le sonaba extraña.
Su madre le dio un codazo a la invitada.
Esta giró a verle, para luego guiñarle un ojo.
Las actitudes de ambas madres a comparación de las de sus padres eran totalmente opuestas. Sus padres, fríos y serios, siempre en el trabajo; y sus madres, cariñosas y divertidas, siempre pendientes de ellos.
O así era hasta esa misma tarde, luego su madre se volvió igual a su padre.
—Vallan a jugar otro rato, mas tarde tu papá te va a llamar.
Y así continuaron jugando, hasta que su madre le llamó junto con Len. Con una bandeja en sus manos.
Comenzaron a caminar por el pasillo, jamas les había parecido tan largo. Se detuvieron frente a la gran puerta con doble hoja.
Entraron a la oficina, tomados de la mano ante el miedo de un regaño. Su madre puso la bandeja con sus tan amadas galletas, cruzaron miradas antes de tomar una cada uno.
El sonido de la silla girar los exaltó, su padre se encontraba frente a ellos con una postura seria pero tranquila.
—Chicos...
La puerta de su oficina se abrió, permitiendo ver al padre de Len y las madres de ambos.
Los niños miraban todo sin comprender.
—¿Que sucede papi? Perdón si es que se enteraron del jarrón... Fue Len.
—¡¿Que?! —Reaccionó muy tarde.
Los adultos se rieron.
—Ya discutiremos de eso después... ¿Saben que es el matrimonio?
Ahora estaban mas confundidos.
—Lo que tienen tu y mamá. Que se casaron con un traje y vestido blanco... Como la boda de suegra con el papá de Len—Señaló la rubia.
—Cuando estas con una persona el resto de tu vida—Terminó Len.
Los adultos asintieron.
—Bueno Rin... ¿A ti te gustaría casarte? ¿Y a ti Len?
—¡Claro! Un vestido largo como el de las princesas. ¡Y una fiesta donde te dan regalos!
Aun seguían siendo niños, soñadores.
—No—Respondió cortante.
—Mala suerte Len. Ustedes dos se van a casar...
Ambos niños quedaron perplejos ante sus palabras.
—¿Con quien?—Preguntó Rin confundida.
—Con Len.
Nunca creyeron que una simple oración fuera a cambiar todos los años de amistad que tenían. Destruyéndolos.
—¡¿Eh?! —Ambos rubios se sonrojaron.
Todos los miraban serios, esto no era una broma.
Los niños guardaron silencio, se les había enseñado a obedecer a sus mayores. Y no podían decir nada al respecto aunque les pareciera una cosa descabellada.
Las decisiones de los adultos eran las que ganaban al final.
—Len, ya hay que irnos.
Si, después de aquella chocante "Noticia" la familia tenía que volver a sus puestos de trabajo. Solamente habían venido a aclararles el compromiso.
Nunca les importó que fueran niños.
La familia del chico se retiró, solos, puesto que estos sabían donde estaba la puerta principal y comprendían en minoría el estado de sus hijos.
No sentían empatía alguna por ellos.
En la oficina, solo quedó la pequeña rubia y sus padres.
No tardó mucho para que unos pequeños sollozos se comenzasen a oír. No lo comprendía. Era una injusticia.
Porque ella le quería, demasiado... Pero sabía que solo le veía como una amiga.
Porque él era su primer amor.
Él era su único amor.
Odiaba que le gente no pudiera seguir sus sueños, que se los encerrase cono pájaro enjaulado.
—¿Por que papá?...
Y así pasaron los meses, habían comenzado a alejarse. No físicamente, puesto a que ahora sus padres insistían en dejarlos salir solos. Sus actitudes habían cambiado radicalmente desde aquel acontecimiento.
Aunque ellos intentaban que no se notase.
Todo dio un giro inesperado y doloroso para ambos a partir de aquella oración.
Ahora se encontraba, de pié frente al escritorio de su padre en su oficina. Él estaba tecleando cosas en la computadora. Ignorándola totalmente. Como si ella fuera a pedir la cosa mas sencilla.
—¿Que tengo que hacer para romper el compromiso?—Preguntó firme.
Lo había preguntado varias veces durante esos meses, y la respuesta nunca se le daba. Así que aun insistía para encontrarle un punto lógico a todo aquello.
Aunque no lo habría nunca, claro.
Su padre dejó de lado el computador para mirarle directamente a sus ojos, los cuales se encontraban cubiertos de lágrimas. Pero su ceño continuaba enfadado.
Siempre había sido igual a su madre en tanto a firmeza.
—Prácticamente nada...
Se enfureció aun mas.
Y se decidió a gritarle lo que ella pensaba a su propio padre.
Él era una persona fría, que no mostraba afecto alguno a su hija. A veces se preguntaba si realmente había querido que ella naciera. Jamas asistía a alguna función de la escuela, no se encontraba para sus cumpleaños y creía recompensarlo con costosos regalos.
—No lo amo, y tampoco pienso obligarlo a él a amarme. El amor no funciona así ¿Acaso te hubiera gustado que te obligaran a casarte con alguien que no amas? ¡Eso es injusto Padre!
A sus 10 años y medio eso ya lo tenía en claro.
Su padre suspiró.
Su figura era autoritaria, y daba miedo a simple vista. A Rin siempre se le había enseñado a tratarle con respecto y aceptar todas sus decisiones.
Pero claro, el carácter sumiso pero astuto de su madre, tenía un tope. Ella también había heredado ese carácter suyo cuando ya no soportaba las cosas.
—Si consigues enamorarte realmente de alguien. Tanto como para pararlo en frente mio y presentarlo ante mi como tal... Cancelaré esto.
Claramente, por primera vez ella se mostraba firme y seria. Había podido enorgullecer un poco a su padre.
Y este le dio un capricho.
—Lo haré, porque esto que usted hace en una injusticia para ambos—Respondió finalmente saliendo de la oficina.
Una vez cerró la puerta, suspiró. Lo había logrado. Miró la ventana de su pasillo. El cielo azul sobre su patio trasero. Colocó la mano en el cristal, para sentir el tacto frío de este en sus yemas.
Aunque ella miraba una cosa fija.
Unas débiles lagrimas se escaparon de sus ojos antes de que ella sonriera.
Lo había conseguido, solo debía encontrar a algún chico que la enamorase y pudiera llevarlo frente al mismo demonio —Su padre— Y ¡Listo! Compromiso roto y Len feliz.
¿Por que lo hacía?
Para ella, el factor que la enamoró de Len fue su sonrisa.
La alegría que desprendía con ella y cuanto le alegraba el verlo sonreír. Por ello, ella veía el amor como querer ver a la persona que ama feliz.
Con eso le bastaba.
Y para poder lograrlo, solo debía hacer una cosa.
—Enamorarse.
Y así, limpió sus lágrimas y se dirigió al chico rubio que esperaba pacientemente en su jardín.
—Justo como aquellos clichés de wattpad—
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