Un año después...
PAOLA
Jadeo.
Corro.
Y sigo jadeando, hasta sentir que uno de mis pulmoncitos voy a escupir en mi carrera y costándome mucho, por enterrarse en algunas partes mis pies descalzos en la arena de la playa.
Pero no me impide que lo siga haciendo como mamá que sin darle tiempo a nada al detener su coche en la misma casa de veraneo de siempre, abro mi puerta sin siquiera ayudar a ella como la abuela a bajar las cosas.
No puedo perder tiempo y menos de postergarse nuestras vacaciones casi una semana a la fecha de siempre, por un seminario de psicología inoportuno que tuvo.
Corro mucho y hasta saltando un señor que plácidamente echado sobre la playa, interrumpe mi corrida.
- ¡Lo siento! - Le digo sobre el aire al notar su sorpresa y como algo de arena, cubre su rostro y se sacude.
Pero no pierdo tiempo y más, cuando ya a la lejanía noto el muelle a la vista.
Y llegando a su base, recién me detengo presionando mis manos fuertemente mis rodillas por estar inclinada para recuperar oxígeno y hago a un lado parte de mi pelo que se zafó, observando que Juan no está como la última vez sentado sobre la vera de este y mirando para bajo.
Pero eso no me inmuta ni me detiene, para retomar mi carrera y rodeando una parte del muelle, encontrar unas escaleras que suben a él.
Como siempre y para esta época, atestado de gente del lugar como turistas y camino entre ellos, buscándolo y pidiendo permiso entre el gentío y en el intento, acomodar algo mi pelo como alisar la camiseta que llevo.
Ni siquiera me calcé las sandalias al bajar del coche.
La emoción me podía, por más que tuvimos tantas horas de viaje en carretera con mamá al volante.
Yo solo, quería llegar y buscarlo.
Y eso hago, mientras sigo caminando su largo y mezclada entre la gente.
Estoy algo más alta y aunque mis amigas si lo hicieron en este año que pasó, yo todavía no me hice señorita ni me desarrollé.
Pero no me entristeció, porque mamá me dijo que eso depende del organismo y que la naturaleza es sabia.
Y que mi momento llegará, cuando sea el indicado.
Pero sí, me desanima con el tiempo pasando y sin dejar una y otra vez caminar por el muelle, que Juan no está.
Y me apoyo afligida en un sector y contra su madera con la vista de ese lado al mar, mirando y dejándome llevar por el sonidos de las gaviotas sobrevolando el agua y en como estas, golpean con su oleaje el muelle.
No sé, cuanto tiempo pasa, pero sí, que el sol está bajando y ya mamá, debe estar preocupada.
Por eso retomo a pasos lentos mi regreso y con mis dedos recorriendo lento, la longitud del barandal con mi vista en él también.
Pero mis pasos se detienen como ese dedito que seguía su camino por la madera, al notar abajo y contra la arena que ya toca el muelle.
Sonrío como él lo hace.
A Juan cruzado de brazos y mirando a mi dirección.
No lleva prendas de playa.
Tampoco ya su pelo largo, cual la brisa marina jugaba con él, cuando los conocí el año pasado.
Ahora lo lleva corto y lo acusa su nuca limpia de ello y llevar puesto una gorra como pantalones militares y a la par unas botas haciendo juego.
Un costal estilo mochila en tono verde oscuro, cuelga de uno de sus hombros, pero su sonrisa innata y que tanto recordaba permanece en su rostro, elevando un brazo colina arriba.
Donde un autobús blanco pero con el logo de la fuerza armada, todavía descienden compañeros.
Y me asombro entrelazando mis manos.
Porque, no solo cumplió con su promesa de vernos.
También, descubriendo su sueño que nombró el año pasado.
¡Era convertirse en militar!
Y sin perder tiempo, desciendo por los escalones del muelle y donde, aún sigue de pie.
- Nuestro derecho vacacional, se demoró unos días... - Me dice, soltando la bolsa para que me siente en ella y él al lado.
- También, mi familia... - Murmuro algo tímida, jugando con la arena y por ello, notando mis pies descalzos.
- ¿Por eso el apuro? - Me mira y asiento sin dudar.
- Nos lo prometimos... - Y le recuerdo. - ...ya tengo 13 años. - Seguido a mostrar dos dedos. - Y en dos años cumplo mis 15 y voy a ser una señorita para ser tu novia y futura esposa. - Asumo como si nada, provocando que ría.
Se apoya sobre sus brazos cruzados en sus rodillas.
- ¿No crees que seré algo viejo, para ti en dos años y tú, todavía muy joven? - Le da gracia.
- ¿Qué edad tienes?
- 27 años. - Me dice, sobre el grito de un compañero llamándolo desde la colina.
Y pienso por un rato, pero niego.
- En la época de mi abuela se casaban jóvenes y anteriores a ella, normal la diferencia de edad, inclusive ahora...
- Pero, te dije que no podía prometerte eso perlita... - Me recuerda y hago una mueca.
- ...para cumplir tu sueño... - Menciono y asiente, revolviendo mi pelo y levantándose.
Lo imito.
Me mira tomando su bolso, para colgarlo nuevamente sobre su hombro y ante el segundo llamado de su compañero.
- Sin embargo ¿amigos? - Me pide.
- Eso, lo veremos... - Menciono.
¿O amenazo?
No sé, soy chiquita para saberlo.
- ¿Qué? - Ríe.
Tomo una piedra de la arena encogiéndome de hombros, pero sonriendo e intento hacer sapito lanzándola sobre la superficie del agua hasta que la traga una ola.
- Mi mamá dice que soy muy persistente...
- Así parece...
Me señalo.
- Seremos amigos, pero... - Le advierto. - ...no me va a impedir que seamos marido y mujer. - Elevo un dedito muy seria. - Si tengo que seguirte hasta la misma África, lo haré... - Le digo y hace un gesto entre divertido y como analizando la situación.
- Creo que eso es muy lejos ¿no te parece?
Vuelvo a encogerme de hombros.
- Según una novela que leí, no hay distancia para el hilo rojo del amor...
- ¿Hilo rojo? - No entiende y río.
- Una leyenda oriental que asegura que las personas predestinadas a estar juntas, no importa lugar, trayectos ni confines del mundo que estén... - Le cuento. - ...ese hilo es tan románticamente perfecto, que los une para toda la vida hasta su momento indicado...porque, jamás se rompe ni puede enredar a otros...
- Comprendo... - Es su conclusión al terminar de escuchar y rascando su nuca, seguido como a revolver mi pelo nuevamente.
Siendo de mi agrado y no, ese gesto.
Porque era señal que me seguía considerando una niña, pero al mismo tiempo y pasando esos días de vacaciones, algunas tardes con Juan estrechando una amigable amistad.
Sea pescando, recorriendo la playa o tomando un cono helado en el muelle y hasta una de las últimas días con algunos de sus compañeros tras verlos jugar una partida de voley playero, presentármelos y así, conocí su escuadrón.
Convirtiéndose esa actitud, en sinónimo de cariño.
Único ademán que me conectaba a él y que me hacía especial.
Y último también, que hizo al despedirse de mí, antes de regresar a su base de entrenamiento como los demás chicos.
Y yo volví a elevar mi mano y con mi palma bien abierta a la puerta de su autobús, ya por marcharse y vestido nuevamente como lo vi días atrás.
Con traje militar.
- ¿El año que viene, misma fecha perlita? - Murmuró y yo afirmé.
- Y ya, con 14 años... - Anuncié muy emocionada, porque ese número me resultaba muy adulto.
Y volvimos a juntar nuestras manos.
No estrecharlas ni enlazar nuestros meñiques a modo promesa.
Sino y como siempre.
Nuestras palmas unidas...
https://youtu.be/Nrvoa2hEPws
Como al año siguiente después y de sus 365 días pasando, pero esperanzada y tachando de mi calendario junto a mi mesita al lado de mi cama, cada día transcurrido para las vacaciones, antes de apagar mi velador y dormir.
Y tal como el año pasado, volví a bajar del coche de mamá con desespero y nuevamente corrí hacia la zona del muelle.
Y para mi alegría al llegar a la base, no tuve necesidad de subir y recorrerlo por todos lados, porque Juan estaba ahí y como la primera vez, lejos de su uniforme militar, pero llevando siempre ese riguroso corte exigido ahora.
Solo vestido de camiseta y pantalones cortes, sentado contra el piso de madera y apoyado contra el barandal con ambos brazos cruzados.
¿Esperándome?
Y como esa vez.
Saltó desde la altura, para caminar hasta donde estaba.
JUAN
Nuestro lugar asignado, en el periodo de descanso si no era tu lugar de origen, no era a elección.
Pero, no me quejaba.
Gustaba.
Playa, arena, sol, chicas y buenas cabañas compartidas con mis compañeros y a poco minutos de la zona céntrica de la ciudad.
Y de las cosas que más me agradaba cada vez que volvía y sin siquiera saber el motivo de como se llegó a eso.
Esa amistad con la niña.
Perlita como decidí llamarla.
Recordándome en ciertos momentos al personaje del libro favorito de mi madre y que antes de fallecer, me leía de niño y tanto yo renegaba, acusándola de que era rosa y muy de niñas.
Anne de Green Gables.
Ese cierto parecido de ella, por su forma de hablar como ver la vida y con solo qué?
¿10 o 12 años?
Y me corrijo al verla ahora y después de un año más de encontrarnos.
Ahora, ya tiene sus 14.
Su altura que casi llega a mi pecho que cuando me acerco, lo delata y poco más de dos años atrás, apenas lo hacía a mi cadera.
Ya no hay palita para hacer castillos en la arena.
Tampoco vestido de Pucca infantil, llevando uno y acorde para una adolescente, juvenil y muy bonito hasta sus rodillas.
Su pelo también está más largo y sus rasgos como cuerpo, están en esa metamorfosis de niña a mujercita.
Pero como siempre, revuelvo su pelo a modo cariño y amistad.
Y creo que hasta su nota de voz cambió, dejando atrás el aniñado y convirtiéndose en algo más pausado y muy femenino mientras me saluda y recorremos la playa.
PAOLA
Y esa semana, lo mismo que años anteriores.
Paseamos, tomamos más conos helados, miramos el paisaje marino desde el muelle y obviamente, verlo jugar al voley con sus compañeros.
Tales que al verme otra vez, festejaron mi presencia llenando de alabanzas lo mucho que había crecido y lo bonita que estaba, causando que Juan los mire feo por eso y más, cuando ellos me ofrecieron participar en la partida, pero negado me llevó contra la orilla y ese siempre público femenino a disfrute de los chicos en acción en este deporte, con altura, en short de baños, torsos desnudos y con un sudor brillando ante su bronceado y mucho six pack por tanto entrenamiento exhaustivo en la fuerza.
Días que antes, no notaba que pasaban rápido, pero este año sí.
Y lejos de esa alegría que me colmaba la despedida, sabiendo que al año siguiente nos volveríamos a ver.
Al llegar otra vez frente a Juan y a la par de ese colectivo subiendo como despidiéndose de mí, sus compañeros y como él, vestidos militarmente.
Y tanto su mano abierta como la mía, para esa promesa nuevamente hacerla.
La mía a milímetro de tocarla, tembló.
Porque yo, lloré.
No quería que se vaya y tampoco par de días después, marcharme yo.
No quería regresar a casa y volver a tachar animadamente cada condenado día del calendario y esperar otra vez, el ansiado verano para venir a la costa.
Y las lágrimas de mi llanto, empaparon una tela.
Si.
La parte delantera de una pechera militar.
Por el abrazo que me dio Juan.
Y sucumbí más en llanto, porque era un segundo gesto de cariño de su parte, ya que aparte de remover mi pelo, nunca hubo otro y por eso mis manos se aferraron a los lados de su uniforme, bajo exclamaciones de sus compañeros de ternura desde las ventanillas del autobús.
- El año que viene... - Apenas pude decir, entrecortada por mi sollozo.
- Un día más, un día menos perlita... - Me dijo, separándose y no entendí.
Sonrió sobre su bota ya pisando el primer escalón para montar el colectivo.
- ...un día más que pasa y por ende, un día menos que falta para vernos. - Me explicó y acomodando su gorra sobre su cabeza, subió.
Y ahí me quedé hasta que el motor encendió, seguido a circular despacio por la calle tan transitada y lo seguí unos pasos por la acera hasta que lo perdí de vista como a Juan con un último adiós con su mano en alto, junto a un compañero desde su lugar.
Un adiós, que me dejó sin saber el por qué.
Un gusto muy triste en la boca...
Bạn đang đọc truyện trên: AzTruyen.Top