XXXIX


La ceremonia de cierre había transcurrido sin altercados y sumida en buen ambiente. El teatro, como en años anteriores, fue el lugar a contener tal evento. Kit disfrutó de la velada enormemente, olvidando la cierta tristeza que el viaje a solas de sus padres le había generado. Pero la fiesta contribuyó en hacerle entender que ese era tiempo a solas atesorado, y que si le dejaban con el bueno de Nadir, se lo iba a pasar en grande.

Este año, o finales de, la mini escapada iba a tener lugar en una zona algo más cálida, pasando allí unas seis noches.

Aquel lugar era conocido y tratado como paraje mágico. Las palabras bruja, voodoo, espíritu, vampiro o lobo se usaban en seriedad, colaborando a dar esa sensación tan especial a la ciudad. Grandiosa arquitectura, hermosas calles, música siempre sonando, y el misterio presente a cada paso.

En esta ocasión pasaron de la noche de ópera a cambio de una noche de baile, en los múltiples vividos locales. Una extraña decisión, pero ambos veían buena idea dar un cambio de vez en cuando.

Su hogar provisional estaba ubicado cerca del barrio más famoso y concurrido, por lo que desde su terraza podían disfrutar del espíritu de la calle desde la comodidad de un par de sillitas con un buen vaso de bourbon.

Recorrieron la ciudad mirando cómo dos niños entusiastas, tanta belleza, peculiaridad y magia no cesaban en sorprenderles. Todo parecía cambiar dependiendo de si la luna o el sol eran los astros presentes en el cielo. Los cementerios locales se tornaban de gran atractivo por sus peculiaridades. Los espacios verdes eran apreciados. En menores palabras, una ciudad viva llena de color, cargada de diferentes melodías.

Cada velada fuera era una aventura, sin embargo nada superaba nochevieja. Después de todo un festín por cena, als copas entraron solas, la pareja si no bailaba bebía y charlaba, animada por el ragtime. Según se acercaba la media noche decidieron oportuno volver a la casa para ver los fuegos artificiales desde la terraza.

Kiannah había estado deslumbrante, vestida en una elegante seda aqua bordada con encaje marfil, cubierta por una sobreprenda negra translucida. Acompañada por el tuxedo negro de suprema calidad que portaba con clase Erik.

Tenían los pies molidos, cansados a la vez que eufóricos, ambos deseando sacarse algo del pecho, o mejor dicho, bolsillo. Fue ella quien tomó el paso, extrayendo una cajita de terciopelo rojo vino de un cajón de la habitación. Él miraba con ojos extrañados, palpando el envoltorio que cargaba en su chaqueta.

-Hay algo que quiero darte hace tiempo, pero no podía pensar en mejor momento que ahora para hacerlo. Esta es una pequeña pieza de arte que me pertenece por herencia, usado el algún momento por alguien en la familia Verhoeven hace más de trescientos años. Había olvidado su existencia, al estar guardado en una caja segura del banco, hasta que tuve un sueño no hace tanto que me dio la idea.

Abrió el contenedor para dejar ver un impresionante anillo, constituido por dos piezas, como un puzzle, una con el diamante y otra con el rubí. El anillo de gimmel estaba brillantemente decorado, con inscripciones. En el interior, bajo ambas piedras preciosas, dos cámaras secretas, una con un esqueleto y la otra con un querubín.

-Esta joya no es solo un memento mori, también es un anillo de bodas. Imagino que serás capaz de leer la inscripción.

-"A quien dios ha unido no permita que ningún hombre los separe" -anuncio tras observar detenidamente las letras.

-No somos precisamente religiosos, pero qué importa si llamas dios al amor o a cualquier fuerza que nos haya juntado. Quiero darte este anillo. No es una promesa. No es un enlace oficial en papel. Nunca te dará la aprobación de la gente -pausa poniendoselo en el dedo- Esto es un te quiero. Uno de los de verdad. De los que se sienten y demuestran. De los que no entienden de barreras, etiquetas, y formalidades. Un te quiero que puedes llevar al dedo, en el cuello, donde veas, mientras lo tengas presente en ti todos los días de tu vida, cuando dudes, rabies, llores, rías, entristezcas, o descanses. Te quiero Erik, inmensurablemente.

El caballero no podía contener las lágrimas hace rato, lloraba, lloraba feliz, sobrecogido por las emociones del momento. Incapaz de articular palabra, se unía a los brazos de la joven, respirando de manera entrecortada. Ella le acariciaba el pelo abrazandole con todo su cariño.

Unos minutos más tarde él recordó su intención aquella noche. Sonriendo aún emocionado, sacaba su regalo.

-No puedo siquiera igualar tu palabras. Curiosamente hemos tenido ideas similares, pues, mi misión esta velada era buscar la ocasión perfecta para darte esto. Una pieza que encontré guardada con esmero en la casa en la que vine a este mundo. Nunca esperé regresar, y mi sorpresa se vio en aumento cuando descubrí que mi madre no se había casado de nuevo con aquel doctor, ni abandonado ese maldito edificio. En ella encontré a su buena y única amiga, quien nunca me trató mal. Me abrió los ojos a lo que había sucedido en esos años. De cómo la mujer que me dió a luz se encerró tras mi marcha, como esperaba mi regreso, de su arrepentimiento... la verdad sobre mi padre.

La joven notaba la sobrecarga de emociones en él, sus manos temblaban al igual que su voz. Por fin hablaba sobre su familia, pero no le iba a dejar tener un ataque al corazón en el proceso, por lo que le cogió gentilmente por los hombros, dirigiendole a tomar asiento, quedándose ella de rodillas en frente. Entrelazo los dedos con los suyos centrando su mirada en sus ojos.

-Él nunca se fue. Murió, poco antes de poder ver a su hijo. Eso dejó a mi madre al borde del abismo, y mi desfiguración, mi existencia la empujó al borde de este. No justifica cómo se comportó conmigo, pero hace ver que no fue el simple hecho de haberme tenido. El pueblo entero le dio la espalda, menos su amiga, y el padre Erik. De ahí mi nombramiento. Soy Erik Destler para el mundo. Pero la realidad difiere, pues sigo siendo hijo de mis padres. Erik Carrière. Este anillo pertenecía a los Carrière, y junto con mi secreto, mi amor, mi esperanza, mi corazón, te pertenece ahora a ti, Kiannah. Se que lo cuidaras con la misma devoción con la que pones en mí.

Tras colocar, aun con temblores, el anillo en su correspondiente dedo, Erik imitó la postura de su amada, llevandoles a un inquebrantable abrazo en el suelo. Intercambiaron palabras de amor bajo susurros. Ignorando la cuenta atrás que llegaba a su fin, no supieron distinguir si el sonido de las explosiones venía de los fuegos artificiales o de sus corazones.


El vestido de Kiannah, el anillo Carriere, y la parte interior del anillo puzzle.

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