XXVII


La tarde fue continuada por un intercambio multicultural de juegos de cartas, entre la baraja española y los faroles en las apuestas. Si una moneda era requerida, su sustituto consistia en una alubia. Si uno perdía en los rápidos tejemanejes de "la despista' " se encontraba obligado a dar un trago del whisky cuya botella perdía contenido más a prisa que ellos en los juegos.

Al acercarse la cena, ambos necesitaban cambiarse a sus mejores galas para ser recibidos con brazos abiertos por el nuevo palacio de la Ópera.

Erik estaba deslumbrante, luciendo una camisa negra con finos detalles en dorados, junto con una chaqueta de traje del mismo color, adornada con bordados que parecían de hilo de oro. Si es que no lo eran.

Kiannah impresionaba, armada en su precioso vestido, y el pelo recogido en un pequeño moño en la parte trasera de su cabeza, dejando a la vista un delicado par de pendientes dignos del resplandor del sol de verano.

Por seguro que no existía forma posible de pasar desapercibidos aquella noche.

Tras unos cuantos o mejor dicho incesables cumplidos por ambas partes, emprendieron rumbo, mentalizandose para entrar en una atmósfera de la sociedad cargada de falsa amistosidad y espíritu festivo.

Desde la misma entrada el edificio resaltaba entre los demás. Erik, con toda intención, le preguntó qué le parecía el edificio.

-Veo detalles que me recuerdan a mi querido Covent Garden. Pero observando el interior, no puede ni compararse con the Royal Opera House. ¿A ti qué te parece, especialmente comparado con el palacio de la ópera en París? Me gustaría saber tu opinion, ya que conoces más sobre arquitectura.

De manera sencilla le explicó primero por caracterisitcas generales lo que se podía apreciar de la construcción a simple vista. Luego entró en detalles específicos, desde el tipo de columna a la decoración interior.

-Pero no se debe comparar con el Palais Garnier. Ese lugar sí que es una obra de arte, tributo a la música misma.

Con gran pasión comenzó a elaborar una descripción digna de ensayo de la Ópera parisina, diseñada por Charles Garnier para Napoleón III. Construida al estilo Segundo Imperio, plenamente barroco. La notoria fachada decorada con columnas de mármol rosa, frisos, grupos escultóricos y dos grandes estatuas doradas. Habló también sobre el majestuoso interior, comparable con las magnificencias del palacio de Versalles.

-Suena tal cual lo recuerdo.

-¿Has estado? Pensé que nunca habías puesto un pie en Francia.

-La primera que acompañé a mi padre a uno de sus viajes a París, pero simplemente nos detuvimos a contemplar, apenas tres minutos. Hace ya casi diez años.

-Diez años -repitió pensativo.

-Si, mi padre tenía negocios con un frances, se turnaban para reunirse, alternando entre Londres y Paris. Me llevó con él unas cuatro veces a lo largo de dos años.

-¿Y qué hacías mientras él trabajaba?

-Me entretenía con los hijos de aquel hombre. Dos hermanos, el pequeño me sacaba dos años de edad. El mayor unos cinco. Niños ricos con excelente educación, un tanto insípidos.

-Entonces serás capaz de hablar algo de francés.

-Cuatro frases contadas, ellos me hablaban en perfecto inglés, así que no tuve mucha oportunidad de aprender. Entiendo mejor de lo que hablo.

-Una pena. ¿Manteneis el contacto?

-Nuestros padres si. Se siguen mandando correspondencia, entablaron buena amistad.

-Entonces no les ves hace tiempo, ¿no?

-Unos cuatro años, el pequeño se casó joven. A la boda solo fuimos mi padre y yo de mi familia, pues mi madre no aguanta a la esposa de M.Voinchet.

-¿Y el mayor?

-Muy a mi pesar, siguió los pasos de su padre, es un hombre de negocios.

-Siendo la persona en la que la cabeza de familia puede recaer, es normal que tuviera que seguir ese camino. Imagino que deseaba ser otra cosa.

-Pintor, es un prodigio con los pinceles. En casa de mi familia está una de sus pinturas, somos su hermano y yo haciendo un fuerte con sábanas y almohadas en su habitación. En menudo aprieto nos metimos con la institutriz, por suerte yo no entedí ni palabra de lo que decía.

-Se nota que guardas esos recuerdos con cariño.

-Tengo mucho aprecio a esas memorias. Me gustaria tener el cuadro en mi apartamento, pero mi padre lo custodia como un tesoro, dice que le reconforta cada vez que lo mira, ahí colgado en su despacho.

-A veces cuesta desprenderse del retrato de alguien a quien amas -añadió con cierto dolor.

-Yo creo que le gusta tanto por cómo salgo yo. Una chiquilla sonriente, con dos larguísimas trenzas hasta las caderas. Nada le ha dolido tanto como que me cortase la cabellera.

-Me cuesta imaginarte sin este corte.

-Si me hubieras conocido hace dos años, no me reconocerías en absoluto, ni apariencia ni personalidad. Me parecia a mi hermana más de lo que gustaría admitir.

Una mueca de asco se instaló brevemente en Erik, a la vez que un escalofrío le recorría la espalda. Ella rio levemente, asintiendo.

-Por suerte me di cuenta de que estaba viviendo a su sombra e imagen. Pensandolo arduamente durante un mes, decidí ir a la peluquería de Esmeralda, y me despedí de la primera parte de mi cárcel. El pelo. Cambie mi manera de ser y vestir, a lo que siempre había querido. Mi padre entristeció bastante, incluso guarda una pequeña trenza de lo que fue mi cabellera.

-Si intentas vivir según te dictan otros, no haces más que desperdiciar tu efímero momento en la tierra.

-Así es. Por eso digo que me apena que Luka no decidiera seguir su sueño.

-¿Renunció a la pintura por completo?

-Eso parece, bueno, al menos es mecenas de muchos artistas.

-Ayuda a otros a cumplir lo que él no pudo. Es noble por su parte.

-Si, pero encuentro tan egoísta esconder todo ese talento que tiene. He pasado tantas horas viéndole trabajar en lo que le apasiona. Nunca se despegaba su cuaderno, donde dibujaba a carboncillo lo que fuera. Cada vez que venían ellos a Londres me regalaba un pequeño retrato mío antes de irse. Los guardo todos en una caja, junto con recuerdos de la infancia.

-En este mundo, ser un artista es complicado.

Ella asintió con gravedad, un mar de memorias se revolvía en su interior. Evocando la última vez que vio a Luka, en aquella boda de verano. Disfrazado en un traje elegante, oculto en una capa de riqueza y buenos modales, como si quisiera ocultar todo lo que era en verdad. Apenas hablaron, ya que Kiannah no se veía capaz de entender ni aguantar esta nueva personalidad. Le admiraba tanto en su forma libre, cuando se unía en perfecta simbiosis con su arte, que le dolió encontrarle atrapado, por su propia decisión, en el gris mundo de los negocios.

Erik notaba como se sumergía poco a poco en su cabeza, por lo que decio entrelazar sus manos para recordarle que no estaba sola ante la revolución de sentimientos. Ella respondió con una sincera sonrisa, volviendo a la realidad justo a tiempo.

Se encontraban a la puerta del despacho del señor Hammerstein. Este les recibió encantado, charlando un rato en privado antes de conducirles al salón donde cenaron con otros amigos de importancia del caballero.

Con un brindis para terminar, fueron llevados al palco que les correspondía, disponiendo de optima vista al escenario.

La representación comenzó tras unas palabras del director, dejando al público volcarse en la historia y bellas melodías de "Carmen".

Kiannah disfrutó de la experiencia, que se guardó como inolvidable en su memoria. La diva encargada del papel principal fue acogida por una multitud en pie, cuando el reparto salió al saludo final.

Se repartieron copas con champán para todos los allí presentes, preparados para la cuenta atrás a las doce.

¡Doce! ¡Once! ¡Diez! ¡Nueve! ¡Ocho! ¡Siete! ¡Seis! ¡Cinco! ¡Cuatro! ¡TRES! ¡DOS! ¡UNO! ¡FELIZ AÑO NUEVO!

Los momentos siguientes se sumieron en un caos de ruido y gente abrazándose. El dúo aprovechó la oportunidad para salir del edificio sin ser interrumpidos por el tumulto.

Erik guiaba a la joven sin soltar su mano un segundo. Una vez fuera soltaron un suspiro seguido de risas a causa de su mirada cómplice. Entonce fue ella quien dio el paso, abrazandole con cariño.

-Feliz año Erik.

-Feliz año Kiannah.

La unión duró casi un minuto, con los corazones latiendo a ritmo maníaco, puede que a razón del abrazo, o de la carrera que habían hecho desde el interior.

Regresaron al piso envueltos en una nube de bienestar. Nada más entrar ella se tiró en el sillón, él imitó sus acciones, sirviendo antes dos vasos de whisky.

-Oh, alcohol de verdad. ¿He mencionado cuánto odio el champán?

Erik reía, sintiéndose feliz, muy feliz, tanto que no podía terminar de creérselo.

Durante un tiempo intercambiaron comentarios sobre la Ópera, y la velada en sí.

Después ella se ausentó un momento para ponerse la ropa de noche. Su compañero tocaba el violín sin dar importancia a la hora, pues, ¿quien se va pronto a la cama el uno de enero?

Kiannah se fundía con el sillón, sumida poco a poco en el mundo de los sueños. El cansancio, la euforia, y la tranquilizante música colaboraron en el proceso de noquear a la muchacha.

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