XXVI


Con el amanecer que anunciaba ser el último del año, despertaba como de costumbre Erik, descansado con pocas horas de sueño.

Creando la cantidad de ruido correspondiente a un cementerio, es decir, ninguna, comenzó su mañana retirando parte de la cortina de la ventana, empleando la misma pieza de material para cubrirse de posibles miradas curiosas de algún transeúnte. Pues dormía sin máscara, dejando libre el dolor de su rostro.

La ciudad permanecía tranquila, en tal día como aquel, nadie deseaba despertar temprano, ya que la noche prometía ser larga.

Sin mayor interés por las vacías calles, se sentaba en el mueble-tocador, contemplando directamente su reflejo. Ese maldito reflejo en el que solo podía mirar sus ojos sin querer destruir todo a su alrededor.

Suspirando se colocaba lo único que ocultaba sus diferencias físicas con el resto del mundo, su máscara. Luego tomaba su ropa para la mañana y se dirigía al baño para asearse.

Mientras tanto, y en paz, descansaba Kiannah, quien había tenido ciertos problemas en caer dormida. Entre su propia mente y la desconocida cama, la noche no le fue sencilla.

La luz entraba en su habitación con intensidad creciente con el paso de los minutos, y si algo precisaba para dormir bien, era total oscuridad. Por lo que, poco a poco volvía al mundo de los vivos, donde dormir no es más que un ensayo de la muerte.

Sin ganas se incorporó y estiró, sintiéndose algo sedienta. Con la vista aún nublada, se puso de cualquier manera la bata sobre el pijama y salió a la cocina a servirse un vaso de agua.

No vio señales de su compañero, quizás porque no las busco lo suficiente.

Cuando tuvo lo que necesitaba se acercó al ventanal y observó el exterior perdiendo la noción del tiempo.

Al oír la puerta del aseo abrirse arrastró su atencion al caballero que salía con el cabello aún húmedo y la desenfadada camisa de poeta blanca sin anudar, dejando al descubierto parte de su pecho. La joven se sorprendió al verle fuera de sus elegantes trajes, tan distraído consigo mismo que tardó más de lo normal en reaccionar.

-Buenos días.

Su ojos se movían rápido por la señorita y la habitación, deseando no haberla mirado al segundo de haberlo hecho, ya que ahora no sabia que hacer.

-Buenos días, no esperaba que fueras a despertar tan pronto, ¿o ha sido culpa mia?

-No, no, ha sido culpa del sol. A decir verdad pensaba que aun dormías, no se oía ruido alguno.

-Oh, ¿has dormido bien?

-Bueno, la primera noche en cama ajena es siempre complicada para mi. Tardé más de lo que esperaba en caer dormida. ¿Y tú, has descansado?

-Si, sin problema.

Algo no iba bien, Erik apenas mantenía contacto visual con lo que no fueran sus propios pies.

-¿Seguro que estas bien?

-Si, si, ¿que te hace pensar que no?

-Quizás el hecho de que no me estas mirando mientras hablamos. No es propio de ti el perder ojo de la gente, o de mi.

Él no contestó haciendo simplemente una mueca con los labios, no se podía llevar a sí mismo a decir que la joven llevaba la bata desatada y su nightgown era un tanto revelador.

-Sabes que puedes decirme lo que sea, incluso si es que tengo las sábanas marcadas por la cara en un patrón gracioso. No me voy sobresaltar.

Aún sin articular respuesta, Erik agitó varias veces su camisa para señalizar que la ropa era lo problemático. Ella entendió con cierta lentitud el mensaje, dirigiéndose al espejo del salón, riendo cuando se dio cuenta de lo que pasaba.

-¿En serio? Simplemente me podrías haber dicho que llevaba la bata desatada.

-No sentia muy honorable siquiera mencionarlo. No quiero que pienses mal de mi.

-¿Honorable? Por favor, solo es un poco de piel vista a través de encaje. Nada nuevo, nada que no se haya visto antes.

-Nada que yo deba mirar.

-Eso es relativo.

Erik le lanzó una mirada con los iris en llamas, ella siguió sonriendo.

-Era una broma, destensa el cuerpo.

-No deberías jugar con fuego.

-Mala suerte, el fuego me fascina. En serio, no me dejes sola y aburrida con una vela.

-Eres una mujer un tanto singular.

-Rara cuanto menos. Única en mi especie.

-Y de bastante buen humor esta mañana.

-Eso sí que es raro. Ahora, si me disculpas, voy yo a cambiarme antes de que te se te salga el corazón del pecho si se me ve una clavícula.

-Kiannah.

-Ey, eres tu el que va enseñando carne.

Diciendo esto en tono medio en burla medio seductivo señalizo su camisa sin cerrar. Luego volvió a la habitación para elegir el vestido del día.

Erik se planteó entonces, si no era él el que estaba jugando con fuego. Esa mujer no era como lo que conocía, y no tenía problemas en desafiarlo.

El también regresó a su dormitorio para terminar de arreglarse. Luego ocupó la cocina para preparar el desayuno. Dejándolo listo justo cuando la señorita acaba de vestirse.

-Ya decia yo que olía comida desde el baño. Uh, y se ve tan bien como huele.

Tomó asiento en la mesa provisionando antes ambos vasos con zumo. El enmascarado se unió tras servir los platos, reparando por primera vez en el pelo empapado de su acompañante. Ella lo notó.

-Siempre dejo que se seque tal cual. Al ser corto no me da mucho problema.

-¿Hasta en invierno? Podrias ponerte enferma.

-Si el invierno inglés no pudo conmigo, este tampoco podrá.

Su comentario les hizo reir brevemente.

-Espero que menú sea de tu gusto.

-Desde luego, gracias por tomarte las molestias.

Desayunaron en un cómodo silencio, proporcionado por la ausencia de ruido tanto exterior como interior. Retiraron la vajilla al terminar, habiendo insistido ella en encargarse de limpiar. <El que no cocina, friega> ese fue su argumento ganador.

Después se retiraron al salón con un libro en las manos, el que Kiannah le había regalado.

-Desconocía tu faceta cocinera, se te da de lujo.

-Cuando uno tiene que cuidar de sí mismo desde una edad muy temprana, aprende a hacer todo tipo de cosas.

-Lo tendré que añadir a mi lista.

-¿Si? ¿tiene la famosa lista un título?

-Quizas.

-¿Y que contiene?

-Si alguna vez lo pongo por escrito, te haré una copia.

Sin continuar la charla comenzó a leer el libro por donde tenía una marca, pocas páginas después del prólogo. Entre la falta de tiempo y la diferencia de idiomas, la lectura iba un poco lenta sin ayuda para Erik. Quien descansaba en uno de los sillones, escuchando atentamente la lectura.

Kiannah tenía una voz preciosa, perfecta para leer en voz alta. Además, como si ella misma interpretara la obra por su cuenta, variaba el tono de voz según el personaje. Sus expresiones faciales eran el verdadero teatro, tan concentrada en su tarea que no se daba cuenta de la sensación que emitia. Encantadora, prácticamente hipnotizante, así lo percibió el satisfecho escucha.

Al finalizar el primer acto decidieron oportuno intercambiar papeles, solo que en vez de leer, Erik eligió el violín para contar una historia de otra manera.

Bellamente, con virtud inimaginable, interpretó varias piezas, algunas conocidas por la joven, otras productos de su mente y creación. <El talento no puede esconderse> pensó Kiannah admirada.

Así pasaron buena parte de la mañana, hasta que se pusieron los abrigos y salieron a dar un paseo.

La ciudad contaba con más movimiento que en las horas anteriores. Los niños jugaban en las calles con sus juguetes nuevos, intercambiando historias de cómo un ser anónimo pero no menos mágico les había hecho llegar los regalos pocos días atrás.

La plaza principal albergaba un mercado de invierno con todo tipo de adornos artesanales, al igual que pastas. Los puestos de comida vendían con éxito, siendo en estos donde el dúo mismo decidió almorzar.

La nieve caía ligera, mientras un pequeño coro entonaba unos villancicos. La mezcla de cielo gris y tenue claridad daban el escenario perfecto para cualquier escena romántica o melancólica de un libro, pues donde unos enamorados se besaban a dos pasos en la esquina, un pobre hombre pedía limosna.

Por encantador que fuera, el frío persistía en recordar su presencia, y las horas en la calle le podían pasar a uno factura. Por lo que la peculiar pareja encontró más inteligente volver al calor del hogar provisional. Su burbuja conjunta por limitadas jornadas, donde se daban a conocer con mayor profundidad el uno al otro.

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