Capítulo XXIII

Han pasado más de tres horas. En realidad, no sé si han sido exactamente tres, pero es lo que intuyo. Ahora estoy solo con ella en su habitación.

No tengo un reloj para controlar el tiempo y no me importa no hacerlo. Pueden pasar horas, minutos y segundos, pero todo me va a dar igual. Es más, creo que no he tocado la comida desde hace... Bueno, si no llevo la cuenta de las horas, menos voy a saber eso.

Los Goodman han estado aquí por lo que he sentido que ha sido bastante tiempo y luego se han ido a pagar las cuentas del hospital, es decir, todo lo que viene a parte del servicio básico de comidas, solo unas botellas de agua y barras de cereal. Al principio, cuando ingresaron a Alexandra, pagaban el paquete más caro, el que proporciona las cuatro comidas del día. Con el tiempo, la enfermedad que consumía a Alexandra pareció también consumirnos el apetito a todos. Pasamos de hacer las cuatro comidas a mantenernos con tres y luego con dos. Ahora sobrevivo a base de fruta, barras de cereal y las botellitas gratuitas de agua que trae el servicio a la habitación, porque en mi estómago no queda lugar para más.

El frío de las barras de metal que separan su camilla del aire hace que los pelos de mis brazos se ericen. La observo y acaricio su cabeza. Amago a decirle algo, pero luego me contengo y sonrío al acordarme de ciertas cosas.

—¿Sabes qué? —digo por fin, con mis brazos apoyados en la barra de metal mientras dibujo círculos en su mano—. Recuerdas aquel día... otra de las tantas veces que cruzábamos todo el largo del pasillo, pero en una de las primeras conversaciones que tuvimos... era exactamente aquel día que huiste de la clase de literatura casi corriendo por el pasillo, sin avisarme. ¿Lo recuerdas?

Alexandra respira lentamente, me gusta imaginar que de alguna manera sigue el hilo de mis conversaciones. A veces y por minutos pienso que es todo una locura y que estoy hablando conmigo mismo, pero también sé que ella está aquí, escucha y sabe que estoy a su lado.

Espero unos segundos para acordarme bien de cada pequeño momento del recuerdo.

—Realmente estabas muy apurada para ir a ningún lado... —sonrío, soltando un resoplido, y vuelvo a concentrarme—. La cuestión es que estábamos caminando juntos y nunca me voy a olvidar de esto, tú estabas a mi derecha y yo, a tu izquierda. La luz volvía visibles las partículas flotando encima de ti que se desarmaban a cada paso que dabas pero aún así acompañaban tu aura. Imaginé de qué color sería si fuese visible. Luego te pregunté cuál era tu color favorito, y me dijiste que era el lila más apastelado. Esa fue la primera vez que empecé a tomar conciencia de las distintas clasificaciones de los colores. A decir verdad, no tenía ese color presente en mi registro personal de colores pero, a partir de ese día, empecé a tenerlo en cuenta. ¿Sabías que las cortinas de mi casa en Manchester eran de ese color? No te estoy mintiendo. Seguro que, si hubieras tenido la oportunidad de verlas, me dirías: "Oh, James, ¡qué cosas dices! Este es un lila acaramelado" o "Este es un lila malbec"... —Me río un poco y sigo—. Ni siquiera sé si ese tono o nombre existen. Me preguntaste cuál era el mío y... ¿te soy sincero?

Alexandra continúa exactamente en la misma posición de antes, y ahora cambio el tipo de caricia. Debe ser agotador sentir siempre el mismo cosquilleo en las manos. No se me había ocurrido antes.

—No tenía un color favorito —digo en tono de confesión, bajando un poco el volumen de voz—. Me tomaste por sorpresa; como siempre, en realidad. Aún no te conocía bien, así que iba a decirte cualquier color con tal de seguir hablando contigo y de que te gustara la conversación. Entonces te observé y el primer color que noté fue el rojizo de tus labios, ese tono tuyo tan peculiar y natural. No me di tiempo para pensarlo y te dije que mi color favorito era el rojo.

Me río medio confundido, y una avalancha de sensaciones extrañas, una nostalgia que había desaparecido para dar lugar a lo importante, empieza a recorrer mi cuerpo.

—A partir de ese día, el rojo se convirtió en mi color favorito, supongo. No sé por qué te cuento esto, pero creo que te gustaría saberlo. Siempre te gustó saber lo máximo posible acerca de las cosas. —La miro con una gran sonrisa—. Me temo que puedo darte más información de esa que te gusta oír, como por ejemplo... —Pienso y busco, en los ya no tan polvorientos rincones de mi mente, algo que a ella le pueda gustar escuchar—. Ya lo sé... —digo por fin con algo en mente, porque a ella le encanta oír cosas de ese día en particular—. La primera vez que te vi en ese pasillo... ¿Te das cuenta de la cantidad de momentos que pasamos en ese lugar? No sé si es el más pintoresco para recordar, pero la verdad es que hablamos bastante allí, nuestros primeros encuentros ocurrieron en ese túnel de cuatro paredes. Qué mejor manera de ser recibido en un país nuevo... contigo al final de ese pasillo. Me acuerdo de que no estaba de muy buen humor. Peleas con mi padre, lo típico. Cuando llegué al instituto Beechmont por primera vez no tenía ni idea de adónde dirigirme. La secretaría estaba cerrada, así que traté de recordar... La cuestión era que estaba perdido. Miré a los demás, cada vez menos alumnos, y todos estaban muy ocupados conversando entre sí. Entonces te vi —recuerdo, intentando retener la emoción—. Me hiciste reír y cambiaste mi humor notablemente cuando me preguntaste qué quería... hasta me dijiste que estabas llegando tarde a clases en tu "último primer día". Tan sincera como siempre, tan auténtica que hasta llegué a pensar... pensé que eras lo más real que había podido conocer en toda mi vida. Y sigues siendo así, y siempre lo serás para mí.

La emoción se transforma en lágrimas que corren por mi cara. No hago esfuerzo en retenerlas y decido no decidir para directamente decir lo que siento.

—No sé qué haré sin ti. Siento que tendré que cargar con un peso enorme. Perder a mi mejor amiga, a mi compañera de mente, a la persona que más he amado en el mundo... todo eso de golpe —suspiro y trato de hablar entre lágrimas—. Realmente no sé qué haré sin ti, Alexandra, y no es un decir. Sabes que no digo cosas de más. Ahora sé que me escuchas y que no es lo correcto, pero ¿qué más da? ¿Qué más da cuando ya sé que todo se desmoronará en poco tiempo? No sé cuánto, no sé cómo, pero me gustaría ir contigo. No sabes cómo me gustaría irme contigo y estar juntos en tu tan preciado WonderNeverland, juntos en la infinitud, para siempre.

Me desmorono y le cojo la mano con fuerza, como si tratara de arraigarla en mí. Observo el anillo que le regalé hace un tiempo, cuando nos casamos en secreto.

—Perdóname por no poder acompañarte. De verdad, perdón. Sé que no te merezco, pero no creo que nadie más te ame de la manera en que lo hago. —Respiro mientras siento temblar mis brazos y romperse mi corazón—. No tienes ni idea... de lo mucho que te voy a echar de menos —digo antes de lanzarme a su lado y hundir mi cabeza en su brazo. Agarro un trozo de sábana y lo aprieto con fuerza para liberar el dolor que me posee.

Y lloro. Lloro libremente, seguro porque por primera vez no hay nadie al otro lado que espere mi justificación.

—James... —escucho su voz.

Levanto mi cabeza rápidamente. Me está hablando, realmente está aquí y lo ha escuchado todo.

Me tranquilizo un poco, de manera repentina, pero ella empieza a toser. Le levanto la cabeza lentamente. Noto que sus ojos se abren durante unos segundos, la sostengo, nuestras cabezas están a menos de diez centímetros. Sus párpados están entreabiertos y una lágrima se le escapa. Aún la tengo cogida por la espalda y la sostengo con todo mi ser. Otro golpe emotivo sacude mi interior, y sonrío mientras las lágrimas, no sé si las últimas, caen por mi cara.

—Bésame, James —dice despacio pero con claridad.

Sin pensarlo, cierro mis ojos con fuerza y presiono lentamente mis labios contra los suyos. Siento pasar una eternidad entre nosotros, nuestras lágrimas se unen en algo que nos supera en tiempo y espacio. Mis manos la abrazan con fuerza pero con cariño, como queriendo aferrarse a ella y descubrirla más aún, intentando poseer lo que no he podido tener en las últimas semanas o meses.

Decido separarme de sus labios y Alexandra vuelve a respirar.

Abre un poco los ojos. Mira hacia un lado y levanta el dedo, como señalando la mesita al lado de su cama, donde están sus libros, algunos de ellos, apenas unos pocos. La acuesto sobre la almohada y camino hasta la mesita. Alexandra vuelve a cerrar los ojos por unos segundos, luchando contra el cansancio que la consume. Cojo Orgullo y prejuicio y lo sostengo en alto.

—¿Este? —le pregunto.

No levanta el dedo ni lo mueve. No creo que sea este.

—¿Este? —vuelvo a preguntarle, ahora sostengo Cumbres borrascosas.

Otra vez... No. Este no es.

—¿Este? —le repregunto con El viaje al centro de la Tierra.

Ni un movimiento, gracias a Dios.

Ya no sé cuál puede ser. En la mesita no hay más libros, solo blocs de notas, lápices y... espera, otro libro bastante gordo que no había notado antes. Lo cojo entre mis manos, pesa más de lo que imaginaba. Noto que no es un libro, sino el álbum que le regalé por su cumpleaños. Lo sostengo en alto y vuelvo a preguntarle.

—¿Este?

Alexandra levanta el dedo.

Hago el amago de sentarme en la silla, pero decido no hacerlo. Me tumbo a su lado, en el otro lado de la gran camilla. Aun estando nuestros dos cuerpos sobre el colchón, sobra un poco de espacio. La acomodo con paciencia para que esté lo mejor posible. No sé cómo, consigue apoyar su cabeza en mi costado.

Abro el álbum azul aterciopelado sobre la blancura de las sábanas y me detengo en la primera hoja:

Mi Alexandra: En alguno de los rincones de tu habitación he leído una frase que me parece muy cierta: "El arte es un acto de violencia. Trata sobre la penetración, sobre hablar con nuestro subconsciente en nuestros distintos estados de ánimo y en diferentes niveles". Y me resulta cierta porque así te veo a ti. Eres el arte que ha llegado a mi vida para pintarla con sus colores, para enseñarme tantas cosas que no creo poder retribuirte. Solo sé que puedo amarte para siempre, y eso es todo lo que tengo para ofrecerte. Te ama hasta el cielo ida y vuelta, tu James.

Paso a la siguiente hoja y siento un cosquilleo que sube por mis piernas, estoy entre nervioso y ansioso. No había vuelto a hojear el álbum desde el día que se lo regalé. Un par de veces lo vi entre los libros de la mesa, pero no tuve la oportunidad de abrirlo hasta ahora.

Las primeras dos hojas tienen garabatos y algunos dibujos hechos con pintura sobre el grueso papel. Distingo una especie de árbol de colores y arabescos y algunos pájaros.

En la tercera hoja, hay una lista. Tan típico de Alexandra. Le encanta organizarse con listas y me divierte que lo haya hecho en el álbum. Está titulada "Mis lugares favoritos" y a un lado hay imágenes de referencia.

Mis lugares favoritos

• Mi habitación. (Incluyendo mi cama con James a mi lado. El mejor lugar de todos).

• Mi sala de arte.

• El jardín y el bosque de casa.

• La casita del árbol en casa de Nanny. (Era mi lugar favorito de pequeña).

• Daniel Boone National Forest.

Las fotografías son todas hechas por ella. Se nota mucho su estilo. Estoy de acuerdo con eso que ha puesto acerca de su cama. También es uno de mis lugares favoritos.

En las siguientes hojas hay frases de canciones de Pink Floyd y de los Beatles, como por ejemplo: "Y ahora creas y ahora destruyes", "Nosotros y ellos", "Dos de nosotros yendo a ninguna parte", "Sueños dorados llenan tus ojos, te despiertan sonrisas al levantarte", "Infinito e inmortal amor que brilla a mi alrededor como un millón de soles que me llaman y me llaman a través del universo". No sé por qué, una extraña sensación, como de eterna emoción, empieza a apoderarse de mí y se va acentuando cada vez más a medida que paso las hojas.

Después de atravesar aquella ola de frases y dibujos casi inexplicables, llego a una especie de línea de tiempo titulada "Mi vida". Están marcados los acontecimientos importantes de su vida, como por ejemplo: "Traslado de papá a WonderNeverland", "Nos mudamos con George", "Mis padres me regalaron Fahrenheit 451, primer libro que encendió la chispa de todo" —"de todo" está resaltado con color—, "Viaje a Europa en familia", "Conocí a mis primos". Hay muchas flechas, nacimientos y muertes de seres queridos, la última decoración de su habitación... Sigo leyendo a través de la línea de tiempo y encuentro: "Conocí a James", resaltado con subrayador y con un gran asterisco al lado. Me río conmovido y paso ansioso a la siguiente hoja.

Veo un gran asterisco que remite al anterior y debajo un recorte de hoja blanca pegado, con un boceto. Está dibujado y delineado en distintos tonos de rojo y el fondo es violáceo, más lila, para ser exactos. Hay amarillo también, y los dos puntos que parecen ser los ojos son color verde agua, ¿o cian? Es alguno de esos dos colores, pero no estoy muy seguro aún de la diferencia.

Me veo en el boceto y me identifico en él, por más de que haya cosas medio abstractas, como lo que se entremezcla con lo que se supone es mi cabello, el cual por cierto exageró completamente. Al lado y en letra un poco más pequeña escribió "Voz británica" dentro de un corazón. Sonrío, y hasta creo que me río un poco más.

Vuelvo a prestarle atención al boceto, a la manera en que quiso plasmar mis ojos. A veces siento que cuando habla de mí y de mi apariencia, Alexandra exagera más que nunca, pero me gusta cómo lo dice, con esa sonrisa de labios cerrados, cejas en alto y, a veces, acariciándome el cabello. Siento que el ambiente se enciende y, no sé cómo, mi interior lo acompaña. Algo se ensancha dentro de mí, como dando respuesta a preguntas que alguna vez fueron generadas.

Ahora hay un trozo de hoja impresa pegada en un lado. La abro y dice: "Si tú me olvidas", y más abajo, un poco más pequeño:

"Pablo Neruda". Inmediatamente recuerdo que ese es el autor de la poesía que ella recitó en clase cuando empezábamos a conocernos... conociéndonos. Leo algunas líneas y confirmo que es la misma que recitó en clase. Hay frases resaltadas con subrayador.

Quiero que sepas

una cosa.

Tú sabes cómo es esto:

si miro

la luna de cristal, la rama roja

del lento otoño en mi ventana,

si toco

junto al fuego

la impalpable ceniza

o el arrugado cuerpo de la leña,

todo me lleva a ti,

como si todo lo que existe,

aromas, luz, metales,

fueran pequeños barcos que navegan

hacia las islas tuyas que me aguardan.

Ahora bien,

si poco a poco dejas de quererme

dejaré de quererte poco a poco.

Si de pronto

me olvidas

no me busques,

que ya te habré olvidado.

Si consideras largo y loco

el viento de banderas

que pasa por mi vida

y te decides

a dejarme a la orilla

del corazón en que tengo raíces,

piensa

que en ese día,

a esa hora

levantaré los brazos

y saldrán mis raíces

a buscar otra tierra.

Pero

si cada día,

cada hora

sientes que a mí estás destinada

con dulzura implacable.

Si cada día sube

una flor a tus labios a buscarme,

ay amor mío, ay mía,

en mí todo ese fuego se repite,

en mí nada se apaga ni se olvida,

mi amor se nutre de tu amor, amada,

y mientras vivas estarás en tus brazos

sin salir de los míos.

De "mientras vivas", que está notablemente tachado, como otras palabras del verso, sale una fecha para el costado del poema que señala un "SIEMPRE" en mayúsculas.

Aún estoy tratando de descifrar un enigma ya resuelto, como Axel cuando su tío Otto Lidenbrock, un inteligente y sabio profesor de mineralogía, termina de descubrir el mensaje secreto tras el pergamino. No me sorprende el hecho de saberme la historia de Viaje al centro de la Tierra, pero sí me sorprende hacer este tipo de relaciones entre personajes ficticios y realidad. Alexandra suele hacerlo y le encanta, pero no es algo habitual en mí.

Uno todos los fragmentos subrayados y los leo seguidos:

Tú sabes cómo es esto:

si miro

si toco

todo me lleva a ti,

Ahora bien,

Si de pronto

me olvidas

Si consideras largo y loco

el viento de banderas

que pasa por mi vida

cada día,

cada hora

en mí todo ese fuego se repite,

en mí nada se apaga ni se olvida,

mi amor se nutre de tu amor,

y siempre estarás en

mí.

No sé si realmente ella quería que yo lo leyera de esta manera, pero algo me impulsa a creer que sí, y me gusta mucho.

En la siguiente hoja hay mucha purpurina de colores que forma como agujeros negros pero que no son negros. Como nebulosas y cielos estrellados... supongo que esa será la metáfora que quiso plasmar. Y si no fue eso, entonces será también mi propia lectura.

Más adelante hay fotos tomadas con sus cámaras, me encuentro en todas. Hay una en la que estoy comiendo pollo frito en un lugar de comida rápida verdaderamente increíble en algún lado de la ciudad. Recuerdo que dijimos que algún día volveríamos a ir...

Después hay una sección dedicada a fotos mías... durmiendo. En una aparezco durmiendo demasiado calmado e incluso limpio, nunca pensé que daría esta imagen al dormir. Estoy seguro de que eso pasó una sola vez, y Alex consiguió capturar justo ese momento, como siempre lo hace. En otra se me ve durmiendo en el jardín, abrigado bajo una gran colcha, esa enorme con pequeños agujeros que descubrí un día en el lavadero de su casa. Paso a la siguiente hoja y estoy yo, otra vez, haciéndole una mueca a la cámara. Vaya, le he arruinado un montón de fotografías por hacer esas caras graciosas. Suelto una sonrisa y veo una fotografía, un poco más grande que las demás, en la que aparecemos los dos. Es la que nos hizo Florence aquella vez en otoño. Se nos ve riendo, felices.

La nostalgia me invade al imaginar aquellos días, aquel en particular. Ella muestra una gran sonrisa, y yo le estoy robando un beso en la mejilla. Un momento que mi mente recuerda ahora, congelado en una imagen. Las hojas de otoño, amor despreocupado. Hasta parece poético.

Después hay una fotografía mía tocando su guitarra, echado en el césped boca arriba. Encima pone: "La fotografía artística". ¿Por qué será? Salgo riéndome y mirando hacia algún punto al lado de la cámara, es decir a ella... y ahora recuerdo por qué. Alexandra me estaba pidiendo que tocara algo que yo no conocía.

—¡James! Vamos... sí que te la sabes.

—No me la sé, te lo prometo.

—Es imposible que no la conozcas.

—¿Entonces soy el único en el mundo que no la conoce? Eso me parece un poco más imposible...

Su risa retumba en mi mente mientras el recuerdo se hace vívido en mí.

—Joder, James. No empieces a darle la vuelta a lo que digo. ¡Además, eres británico!

—Pero ¡Inglaterra no es lo mismo que Irlanda!

—¡Te digo que es británico! Que sea pelirrojo no quiere decir que sea irlandés. ¿Te das cuenta que tú solo te lías con este tipo de cosas?

—Como tú digas...

—James, si no lo conoces, al menos cállate la boca y así puedo sacar una buena foto... ¡sin caras raras, por favor!

—¿Te refieres a esto?

—¡James! Si no te sabes la canción, al menos puedes actuar como si te la supieras. Mira, solo quédate quieto y observa el cielo, si quieres. O podrías cerrar los ojos...

Ahí fue cuando me eché a reír y ella capturó el momento.

—¡Oh, sí! Lo he conseguido. No es lo que tenía en mente, pero por fin he conseguido hacer una fotografía artística de James McOwen.

Después de eso se me lanzó encima, como solía hacer.

Hay otra fotografía en la que estamos los Goodman y yo en el salón de su casa, cerca de la chimenea. Fue una tarde. Comíamos pastas recién horneadas por Esther, y sonreíamos a la cámara a petición de Alexandra. Otra página tiene una fotografía de un esplendoroso atardecer. Ya no sé si fue parte de la magia de Alexandra para sacarlo así de increíble o si realmente fue tan asombroso. Eso pasó el día que la llevé a la terraza abandonada del Irish pub. Vaya, qué bien me sentó el grito de ese día, y aún mejor escuchar el suyo.

Recuerdo que la vez que más grité ahí arriba fue después de enterarme de su cáncer. Grité y di patadas violentas y golpes a cualquier cosa que estuviera ahí... ahora no lo recuerdo bien, pero podría haber pasado una hora o incluso solo veinte minutos.

Por lo menos ahora, creo, puedo entender un poco más. Paso a la siguiente página, titulada "Vacaciones con James". Sonrío al mirar las fotos. Hay algunas mías conduciendo con gafas de sol, otras de la vista frontal desde el asiento del copiloto, donde ella se encontraba, y una de lado en la que se ven los árboles y el cielo en movimiento junto con su reflejo en el vidrio.

El título a continuación dice: "Nada va a cambiar mi mundo".

Sonrío pensando en lo mucho que le gusta ese grupo... y verme dormir, al parecer. Casi todas las frases son de Los Beatles. Admito que ahora me gustan mucho.

Siguiente título: "Mi cumpleaños". Guau. ¿He leído bien? ¿Acaso dice...? Sí. No puedo creer que le haya dedicado una sección de su álbum a su propio cumpleaños. Esto sí que es progreso. Claro que más abajo pone: "Sé que es difícil de creer. Además, no me pidieron permiso para hacerlo, pero eso me gustó". Entre los globos y el pastel dibujado hay una margarita ya marchita pegada sobre el papel y, a su lado, el sobre lila con mi carta asomando. Distingo el dibujo de un triángulo dividido en tres partes iguales, el del colgante que le regalé. Hay muchas palabras escritas, pero las tres que logro distinguir son "pasado", "presente" y "futuro". Ah, y también el "infinitud y para siempre" del centro. Puedo recordar la exactitud de sus palabras en mi mente: "Nosotros somos el triángulo". Acaricio la hoja. Hay una fotografía de ella abrazando a los pequeños Louis y Jeanne y otra de todos los que estuvimos aquel día, sosteniendo carteles y globos. Una flecha que sale de esa foto indica: "Fiesta sorpresa".

Casi todas sus fotografías tienen un epígrafe con la explicación o alguna frase, pero no voy a leerlo todo ahora. Tomo su mano de nuevo y se la beso. Está con los ojos cerrados y sigue apoyada en mí.

Paso otros escritos y anotaciones, prometiéndome y ya sabiendo que los leeré... solo que no ahora. Encuentro un título que me llama la atención: "Cosas que él me ha enseñado". Vaya, otra lista. Sonrío antes de empezar y empiezo a leer para adentro:

• Cómo montar tiendas de campaña.

•Un poco de coqueteo "indirecto". (A él le sale mejor, pero creo que ahora por lo menos entiendo por dónde seguirlo, y con él me funciona).

• A no tener que definirlo todo con etiquetas. No hay que encasillarlo todo. Los grises existen.

• Todos somos distintos. Tampoco hay necesidad de hacer alarde de eso todo el tiempo, de esa manera seríamos iguales a los que se creen distintos.

• A veces el orden es bueno... pero el desorden también.

• No siempre es necesario preguntarlo todo. Frecuentemente, las respuestas vienen con las acciones.

• Solo él puede cantar I Want You de manera perfecta (a parte de John Lennon).

• Sabe exactamente qué hacer y qué decir para hacer sentir bien a una mujer. (Me ha frustrado a veces cuando sé que no soy la única que lo cree, pero es solo cuestión de acostumbrarse a tener el mejor novio del mundo).

• Si le preguntas a una chica: "¿Qué es lo que más te excita en el mundo?", tienes sexo asegurado.

• A veces, las cosas simplemente suceden.

• Se puede realizar un matrimonio bajo el consentimiento de los mismos esposos. (No sé si es legal, pero ¿a quién le importa? Las leyes no existen).

• Tu mejor amigo puede ser tu novio. Normalmente, los que inventan que eso no es posible son aquellos que todavía no lo han averiguado y por eso no lo saben. (Y nunca se puede saber nada con certeza si no lo has vivido aún).

• No existe la normalidad, y que todos seamos distintos nos hace ser pequeños pero los más increíbles misterios. (Él es mi más grande e increíble misterio).

• Amar sin límites.

Me siento abrumado. Busco tranquilizarme y tratar de sentir esa paz y esa seguridad que ella ha conseguido transmitirme y que han transformado para siempre mi manera de ver las cosas... porque los cambios son temporales y las transformaciones, para siempre. Alexandra fue mi transformación, sigue siéndolo y siempre lo será. Lo más grande que he tenido.

Confundido, trato de vaciar mi mente y ponerla en claro otra vez, como hace mucho que no hago. "Cerrar los ojos para ver". ¿Por qué a ella le resulta tan fácil hacerlo? Lo repito en mi interior con la convicción de que, al cerrar los ojos, no lo quiero pasar de largo. Y eso es lo único que creo ver con certeza.

Lloro. Pero sin angustia, no todavía. Es un llanto de emoción, aunque con tintes de tristeza.

—¿Te das cuenta de que eres la mejor persona de todo el universo? —le pregunto cerrando el álbum. Ya tendré tiempo de sobra para examinarlo y leerlo en profundidad. Quizá demasiado tiempo.

Me acerco a sus ojos cerrados y se los beso. Me quedo unos segundos con la cabeza suspendida a pocos centímetros de la suya para sentir su respiración, que suena cada vez más forzada y más débil.

—Mira dentro de ti, Alexandra. Ya no tienes que mantenerlos abiertos —digo, aún muy cerca de ella—. Ya no tienes que luchar más, has vencido la enfermedad... siempre ganas. Y esta vez el premio será el mejor de todos, aunque nadie sepa cómo es el otro lado... apuesto a que son como sublimes y continuos fosfenos, permanentes fosfenos bailando frente a tus ojos, dibujando cosas que van más allá de todo lo que conoces. Quisiera saber cómo son, Alexandra, pero me temo que el premio es solo tuyo. Te echaré de menos, pero sé que estarás donde perteneces, donde todo brilla, donde todo es magnífico y perfecto, como tú...

De pronto, una de las máquinas empieza a sonar. La alarma interrumpe mis palabras.

Alexandra está quieta, muy quieta, y los sonidos no cesan. Son muchos distintos. Continuos y desesperantes.

—Tú eres mi WonderNeverland, Alexandra. Tú eres mi infinito —le digo. Trato de sonar tranquilo y seguro, pero mi llanto se desborda.

Veo en el monitor que sus latidos son cada vez más rápidos, la alarma es cada vez más ensordecedora... No quiero escucharla más. Los chirridos me obligan a caer en algo que no deseo y no puedo entender.

Escucho las puertas de la habitación que se abren de golpe y me acerco una última vez a su oído. Mi alma se siente aplastada por el tiempo.

—Encontraremos la forma de estar juntos —le susurro, abrazando su mano pálida entre las mías, como queriendo evitar que se escape. Creo ver una sonrisa dibujarse en el rostro de Alexandra, pero ya no sé qué es real y qué no.

La habitación está llena de gente. La luz se va transformando en oscuridad, lo poético deja de serlo y todo se vuelve realidad. Ni siquiera escucho mis gritos, pero sé que están ahí, aunque no soy consciente de lo que digo. ¿Su nombre? ¿Mi desesperación? ¿Qué más da? En el fondo, todo significa lo mismo.

No dejo que su mano se suelte de la mía, por más que sepa que no puede irse a ningún lado. Quiero alcanzar más que esto, quizás su alma, pero su cuerpo inmóvil es a lo único que puedo aferrarme. La oscuridad se ensancha, invade rincones de mi alma que no creía que fueran capaces de sentirse de esta forma.

El sonido, de pronto, cesa. El silencio se escucha más fuerte que cualquier otra cosa. Un silencio que me obliga a dejarla ir, así, sin más. Las últimas observaciones a su cuerpo inmóvil son realizadas y escucho a Husset decir la fecha y el horario exactos: 18 de mayo, 7:36 p.m.

Ahora los médicos me miran a mí, y no a ella. Se alejan de la camilla poco a poco como para dar espacio a algo que ellos tanto no conocen.

Grito, sí. Más que antes, pero el llanto me obliga a callar. Suelto su mano y la abrazo, tomándola entre mis brazos mientras la oscuridad ahora nos tiñe a ambos.

Alexandra ya no está, y la oscuridad me absorbe por completo.

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