Capítulo XVIII
Observo mi cara en el espejo del baño mientras me la seco con la toalla. Ojeras, pelo demasiado largo, párpados caídos. Parece mentira que me sienta descansado y que sin embargo mi cuerpo demuestre lo contrario.
Ya he dejado de tomar las pastillas para dormir que me había recetado Husset, no creo necesitarlas más.
Muchas cosas han cambiado al llegar otro nuevo mes, como si necesitáramos seguir la cuenta del calendario. Digamos que dejar mi hogar y mudarme a casa de los Goodman me ha ayudado un montón para mi tranquilidad interior. Estar cerca de Alexandra el máximo tiempo posible me apacigua muchísimo y es mejor que cualquier pastilla. He tomado también la decisión de dejar el trabajo, y lo hice la semana pasada. Sé que no ganaré más dinero, pero ¿realmente me interesa tanto como para desperdiciar horas en ello cuando se agotan en la vida de la persona que más me importa en el mundo? Tengo ahorros de otros meses y no me interesa darme ningún lujo. Además, no necesitaré hacer gastos grandes, más que pagar la gasolina del R4. Connor y Ronan entendieron mis motivos y me dijeron que sería bienvenido a regresar al mismo puesto cuando necesite volver a trabajar. Me resulta muy extraño y hasta me molesta el hecho de que ya se pueda planear qué sucederá después de su muerte. No me importa ni me interesa todo lo ajeno a ella, y menos "lo que pasará luego", no pienso emplear mis energías en nada que no tenga que ver con Alexandra. No puedo y no quiero.
No me arrepiento tampoco de haber aceptado la propuesta de George porque, además de necesitar un hogar y un techo para vivir, el clima que se genera con los Goodman es algo fascinante. Algo que disfruto en este hogar y hace mucho no encontraba en el mío. Disfrutamos del poco tiempo que podemos compartir los cuatro juntos en la habitación del hospital, y sé que a Alexandra le gusta mucho.
Su humor cambia notablemente al estar rodeada de su familia y, a pesar de que ella no lo admita, yo lo noto muy a menudo. La neumonía se ha ido de su cuerpo, pero al irse le ha dado lugar a la deshidratación, presión baja y esas estúpidas jaquecas. "Dolores óseos difusos" y "cefaleas", como nos dijo el doctor Murray hace unos días.
El "ingreso momentáneo", de la cual Murray nos habló en la semana anterior al cumpleaños de Alexandra, pasó a convertirse en un "ingreso indefinido". Solo Dios sabe cuánto tiempo más pasaremos aquí. Cuando Murray nos reunió a los tres para decirnos esto, le comenté a Florence que quizá sería bueno decorar la habitación de Alex en el hospital tal como la verdadera de su casa allá en Beechmont. Pensé que sería agradable para ella, ya que no hay lugar que ame más, así que eso fue lo que hicimos. Recogí tres de sus pósteres, dos juegos de luces y lámparas, los lienzos y sus pinturas favoritas.
También busqué un par de libros, el grueso y cómodo cubrecamas, las latas que contienen todas sus fotografías impresas y su cámara, de esas que sacan fotos instantáneas.
Entro en la habitación al salir del baño y me acuesto a su lado. Alexandra está pintando en uno de sus lienzos, sentada en la camilla y muy concentrada. El atril está posicionado para que ella pueda trabajar sobre el colchón y sin mucho esfuerzo.
Observo cómo su mano izquierda se desplaza por el lienzo tratando de trazar líneas casi perfectas, como las que solía hacer antes.
La afección del lado derecho de su cuerpo se está potenciando más y más. Ya carece de fuerza en su mano derecha, y ha abandonado la idea de volver a utilizarla para pintar. Como ella es diestra, se le ha dificultado aprender a usar la izquierda, pero creo que está mejorando muy rápido.
—De veras has mejorado —le digo mientras acaricio su espalda a través de su camisón—. Sabía que lo conseguirías, pero no pensaba que lo harías tan rápido.
Alexandra sigue pintando lo que parece ser un cielo estrellado y algunas manchas que poco a poco van tomando forma. ¿Estrellas fugaces, quizá? Miro el acolchado grueso, que antes reposaba sobre su gran cama, y noto que hay cabellos esparcidos sobre él. Los sacudo del colchón y observo su cabeza desde atrás. Tiene puesto un pañuelo claro, utiliza muchos de estos hace ya algunos días. Seguramente se los pone para tapar las partes de su cabeza que ya carecen de pelo No hemos hablado mucho acerca del tema, pero sé que quiere dejar de parecer tan cambiada. Los pañuelos le quedan muy bien, de todos modos.
Ya me doy cuenta de que no me va a responder y miro a mi alrededor como acto reflejo mientras mi mano sigue dibujando cosas en su espalda.
En la mesita de luz, el libro Supervivencia durante la lucha ahora fue reemplazado por Crimen y castigo de Dostoievski. Por fin. Prefiero enormemente que una historia como la de Raskólnikov sustituya a la del cáncer, por más de que no sea nada esperanzador. En realidad, ninguna de las dos lo es. Existencialismo por un lado y cruda realidad por el otro. Bueno... me parece que, al fin y al cabo, ambas son lo mismo. Aun así, prefiero cualquier libro antes que uno hecho para y sobre la enfermedad que la está matando.
Al lado de este volumen reconozco el álbum que le regalé por su cumpleaños. Solo puedo verlo de lado, pero ya está bastante gordo. Me agrada que esté trabajando en él, sé lo mucho que le gusta hacer este tipo de cosas y creo que es un buen ejercicio para su mente.
Hablando de ejercicios para la mente, la profesora Thompson ha estado viniendo últimamente. Alexandra les dijo a sus padres que necesitaba las enseñanzas de algún profesor porque sentía que su memoria y su inteligencia estaban fallando. Claramente es otra de sus exageraciones, no ha dejado de estar lúcida y lee más que nunca para pasar las horas en el hospital. Volvió a insistir acerca de esto, y no se le pudo negar su pedido.
No hay otra profesora a quien ella quiera ver más que a Thompson y, al compartir gustos, pienso que ambas disfrutan de las clases. Son cortas, y Thompson le pone deberes a veces: lectura de libros, cuentos, poesías o ensayos. Quizá Crimen y castigo sea parte de uno de esos deberes.
—¿Qué es eso? ¿Pájaros? —le pregunto a Alexandra mientras su mano se desplaza lentamente sobre el lienzo y termina de trazar esos puntos que antes no podía reconocer.
Sí. Definitivamente no son estrellas fugaces... son pájaros.
Pasan algunos segundos y Alexandra no se da la vuelta para mirarme. ¿Qué está pasando?
—¿James? —empieza a decirme por fin.
—Sí, Alex, te escucho —le digo intranquilo.
—¿Te gusta? —me pregunta.
¿De qué habla? ¿No ha escuchado lo que le acabo de decir?
Me acerco más adelante hasta quedar a su lado, al mismo nivel, y trato de ocultar mi preocupación. No entiendo por qué no me ha respondido y me ha preguntado algo que no tiene coherencia con lo que estaba pasando.
—Sí, es bonito... —me apresuro a decirle, aún poco convencido con mi respuesta. No porque no me guste su obra de arte, sino porque no tiene lógica lo que está Pasando—. Es precioso.
Observo en el lienzo un cielo cubierto de estrellas; se ven con claridad, lo cual es extraño ya que esto es bastante realista en comparación al resto de sus pinturas, que son abstractas. Los pájaros son atípicos y tienen los ojos rojos. Un color fuerte que los hace parecer poco amigables.
Trago saliva, me quedo mirando la pintura mientras un miedo comienza a hervir en mi interior, estoy muy confundido. Alexandra se recuesta sobre mi hombro después de dejar el pincel sobre el atril, y con mis dos manos la abrazo de lado. Quizá no haya sido nada... seguramente no me ha escuchado, y por eso no ha podido responder ninguna de mis preguntas. O tal vez estaba hablando muy bajo o muy rápido, y no ha llegado a entenderme. Bueno, pueden haber pasado tantas cosas...
Más tarde, voy al consultorio del doctor Murray, cuya alfombra lastimosamente está acostumbrando a mis ojos, para comentarle lo que ha sucedido con Alexandra. Él me dice que no me preocupe, que no es muy extraño a esta altura. Al parecer es algo así como una "afasia de comprensión", pero sinceramente creo que es alarmante. ¿Qué mierda vendrá después? También me dice que lo avise si vuelve a pasar. No puedo despegar mi mente de eso, no es algo que me preocupe poco. Pero no puedo hacer nada en términos médicos, así que procuraré dejar el asunto y concentrarme en lo que sí puedo hacer.
—"A pesar de su profunda aversión, no podía Lizzy ser insensible al halago que le procuraba el hecho de saberse amada por un hombre como él" —le leo en voz alta mientras sostengo el libro en alto entre mis manos. Estamos acostados y la tengo abrazada a mi cuerpo.
Han pasado dos días y todo sigue igual. Por suerte, no ha habido más afasias por ahora. La única diferencia es que le han colocado una cánula en la nariz.
—"Y aunque en su interior no se estaba operando transformación alguna respecto a sus sentimientos, se estremeció al pensar en lo mucho que él tendría que sufrir; pero, despertando de pronto en ella todo el resentimiento producido por el lenguaje que había empleado, desapareció, dominada por el enojo, toda compasión. Sin embargo, procuró contenerse para poder contestarle con serenidad una vez que él hubiese terminado. Darcy concluyó haciéndole notar la intensidad de su amor, que le había sido imposible vencer a pesar de sus esfuerzos y expresando su confianza en verse recompensado con su aceptación. Mientras iba diciendo esto, Lizzy pudo observar en él una seguridad absoluta en obtener una respuesta favorable. Utilizaba con frecuencia los términos 'ansiedad' y 'temor', pero su semblante reflejaba una confianza total. Esta circunstancia no hizo más que acabar de exasperar a la muchacha, que cuando él cesó de hablar manifestó, con el rostro sonrojado..."
—Dios mío, me pone nerviosa que no lo acepte tal y como es —me dice Alexandra, interrumpiendo mi lectura.
—No, en realidad Lizzy no le dice eso. Creo que en esta parte lo manda muy educadamente a la mierda, pero puedes hablar con Austen para modificar la historia —le digo divertido.
—¿A ti no te pone nervioso eso? —me pregunta sin hacer caso alguno a mi comentario y gira su cabeza completamente hasta quedar enfrentados. No me acostumbro aún a verla con este tubo puesto. Supongo que, como a todo lo demás, también me acostumbraré.
Parece estar bastante molesta, pero de una manera graciosa. Creo que nadie se enfada tanto con los libros como ella... y sin embargo no puede dejar de leerlos.
—¿Si me pone nervioso el qué?
—¡Que tarden tanto en aceptarse, James! —dice, frustrada—. Ve al capítulo cincuenta y ocho. Creo que es la página doscientos noventa y ocho o doscientos noventa y nueve... quizá trescientos.
—¿Qué? Pero ¡si solo estamos en el capítulo treinta y cuatro!
—Vamos, James. Ya has leído esta historia y la conoces tanto como yo.
Mentira, no la conozco tan bien como ella. Creo que no me sé ninguna historia tan bien como ella.
Le hago una mueca entrecerrando los ojos, y ella se muerde el labio inferior como quejándose.
—Por favor, ve a esa parte. Necesito escuchar tu voz leyendo las tan encantadoras palabras de Darcy y cómo Lizzy se sale con la suya admitiendo su amor por él. Necesito saberlo ya. —Sonrío porque no puedo hacer otra cosa—. Por favor, James, por favor.
—Necesitas saber eso ya, y sin embargo ya lo sabes. —Examino sus ojos. Brillan más que nunca—. No aguantas, ¿verdad? —le pregunto sin poder dejar la sonrisa de lado.
—No.
La miro fijamente. Ella espera mi aceptación, que es tan obvia. No puedo decirle que no.
—Está bien, entonces... capítulo cincuenta y ocho —digo mientras adelanto las páginas de Orgullo y prejuicio—, página doscientos... —murmuro y voy despegando las hojas con mis dedos
Espío a Alexandra, que ahora ha vuelto a su posición anterior, apoyada sobre mi hombro.
—Aquí está —digo por fin.
—Empieza desde el diálogo en que él le dice: "La considero a usted demasiado generosa para atreverse a burlarse de mí".
No me lo puedo creer. ¿Realmente se sabe hasta los diálogos de memoria? Me siento un idiota leyendo cosas que ella ya conoce de manera tan meticulosa. La observo sin dejar de ocultar mi sorpresa, bastante grande por cierto.
—¿Qué? —me pregunta ella al notar mi expresión.
—Eres increíble —le contesto antes de volver mi mirada al libro.
—Vamos, James, sigue, por favor —me dice tomándome el hombro y acomodándose en él.
Busco con la mirada ese diálogo. Estoy sorprendido, no sabía que le gustaba tanto este libro.
—"La considero a usted demasiado generosa para atreverse a burlarse de mí" —leo el diálogo del libro.
Vuelvo mi mirada a Alexandra.
—¡James! —exclama para obligarme a seguir leyendo.
—Está bien, está bien. Ahí va... —Me aclaro la garganta y vuelvo a acomodarme en mi sitio para continuar—. "Si sus sentimientos siguen siendo aún los mismos que me manifestó el mes de abril pasado, dígamelo ahora. Mi afecto y mis deseos no han experimentado cambio alguno desde entonces, pero una sola palabra suya me hará callar para siempre. Comprendiendo rápidamente lo apurada que era su situación, Lizzy realizó un supremo esfuerzo para hablar y, aunque no con mucha desenvoltura, le dio a entender que habían sufrido un cambio tan completo sus sentimientos desde el período al que él aludía que le era permitido tomar con profunda satisfacción y gratitud su actual declaración amorosa. Darcy experimentó la mayor alegría de su vida al oír esta contestación y seguidamente comenzó a expresarse con el juicio y la vehemencia de un hombre enamorado apasionadamente. Si Lizzy hubiese sido capaz de fijar sus ojos en los de Darcy, habría observado lo bien que sentaba en su rostro la expresión de deliciosa dicha de aquel momento. Pero aun cuando le resultara imposible mirar, podía en cambio escuchar y lo oyó referirse a sentimientos que daban cada vez más valor a su cariño, porque demostraban la importancia que ella tenía para él...". Qué mentiroso es Darcy —comento cerrando el libro y apoyándolo sobre mi pecho.
—¿Qué dices? —me desafía, exagerando su expresión.
—Sí, Darcy es un mentiroso. Me mantengo firme en mi convicción. Entiendo que quede poético que le diga "una sola palabra suya me hará callar para siempre", pero es una blasfemia disfrazada de palabras bonitas que hacen creer al lector que es todo un enamorado.
—Continúa...
—Después de todo el esfuerzo que ha hecho, pagar el casamiento de una de las Bennet con Wickham, las cartas sinceras demostrando el afecto que él sentía por ella, tomar coraje y declararse personalmente. ¿Realmente crees que vaya a darse por vencido simplemente diciendo que una palabra suya bastará para callarlo? —Alexandra no me responde y me observa reprimiendo una sonrisa—. Yo en su lugar no podría hacerlo, imagínatelo... yo mismo te he dicho que si no me amabas de la misma manera que yo lo hacía, entonces te daría tu espacio. Y ya te comenté que eso lo dije para que creyeras que tenías poder de decisión, pero yo sabía que iba a amarte como a nadie.
—¿Cómo podías saber algo con tanta certeza?
Observo sus ojos y recuerdo aquel día en que la conocí.
—Porque me habías hechizado en cuerpo y en alma, como Lizzy a Darcy. Ya te amaba sin saber que realmente lo hacía.
Alexandra me besa la mano y la acaricia.
—Pero aquel día me dijiste que si no te deseaba de la misma manera, entonces me darías mi espacio. No dijiste "amar", dijiste "desear".
—No sabía que tú también sentías lo mismo por mí, Alexandra, no podía arriesgarme a perderte si te hablaba de amor a los pocos días de conocernos. Corría el riesgo de que pensaras que soy un intenso y que me dejaras instantáneamente. La realidad y la ficción son cosas distintas... Además, no soy tan osado y poético como Darcy. —Alex me mira haciendo una mueca—. ¿Qué? —le pregunto sin entender a qué viene ese gesto.
—Por favor, James. Eres el Darcy perfecto. Que Jane Austen me perdone por decir esto, pero tu poesía sobrepasa mil veces la de él, porque no tiene que disfrazarse de palabras bonitas, para como tú dices, ''ser reflejo del alma''. —Nos reímos, y le acaricio la mejilla que está algo fría—. Te pareces él, ¡joder! Hasta podrías participar en algún casting, y apuesto a que quedarías seleccionado para hacer el rol de Darcy. Las cartas que él le envía a Lizzy... Te gustan las cartas, ¿no es así?
—¿Qué pasa con eso?
—¿Te gusta leer cartas que han sido escritas para ti?
—¿Qué tiene que ver eso con...? —Ella me mira con duda, como si realmente le importara—. Claro que sí, supongo.
—Genial —responde, como si hablara con ella misma—. Eso sí, estoy segura de que podrías entonarlas con tu elocuencia tan inglesa y perfecta...
—¿Qué me dices de los parecidos entre tú y Lizzy?
—¿Parecidos? —Alexandra me observa, ya no tan sonriente—. Ambas somos unas estúpidas tragalibros que creen saberlo todo... Ahí creo que está mi parecido más grande con Lizzy.
—¿De qué hablas y qué has hecho con Alex? No entiendo por qué últimamente sientes la necesidad de hundirte a ti misma. Eres increíble y deberías volver a aceptarlo, si es que no quieres entenderlo.
—Lo digo en serio, James. —Hace caso omiso a mis palabras, como pasa cada vez más a menudo. —¿Recuerdas cuando te dije que tenía miedo de enamorarme de ti? —Asiento al recordarlo y, siento que fue hace ya tantos años...—. Ahí creo que estaba actuando bastante como Lizzy, ella también tenía miedo de amar. Y pensar que ahora creo que amo ya fuera de los límites del amor... es demasiado para describir lo que siento por ti, y la palabra "amor" no basta para abarcar lo que siento.
—Es como sentir que no me basta el mundo para entregártelo todo, y que ni las palabras ni las acciones sacian lo que quiero para ti. —Intento seguir el hilo de su idea pero ahora se lo digo yo a ella, y no ella a mí, con cierto tono exagerado—. Cada vez que te miro a los ojos, encuentro a una persona que amé intensamente en otra vida. No sé como explicarlo y no tengo ni idea de lo que estoy diciendo, pero es como si ya hubiésemos estado juntos antes y esto no fuera más que otro reencuentro.
Alexandra me abraza sonriendo y se queda ahí quieta unos segundos. No tenemos nada más que decir, porque el abrazo termina de generar la idea que ambos tratamos de explicar. Una sensación de alivio y de plenitud recorre mi cuerpo y me hace sentir en casa.
—¿James?
—¿Sí? —le pregunto mientras ella separa un poco su cuerpo del mío para observarme a los ojos.
—¿Cuál era la "sorpresa de cumpleaños", esa que se supone que tengo que exigirte? No he dejado de pensar en eso. —Me mira, le acaricio la mano y veo sus cejas ya casi despobladas. Estoy algo nervioso, y no sé si es el momento indicado para estarlo. Supongo que es normal—. Creo que es el momento, quiero saber de qué se trata exactamente... si estás de acuerdo.
Me observa expectante. Trago saliva. Sí, verdaderamente es el momento ideal para la sorpresa. El momento parece perfecto. Aun así trato de dominar mis nervios... no debería estar nervioso. Mierda, James, concéntrate.
—¿Estás lista? —Alexandra asiente y sonríe. Está bien. Ha llegado la hora—. ¿Recuerdas aquella noche cuando subimos al techo de mi casa y hablamos de los cumpleaños por primera vez?
Alexandra suelta una risita y asiente, divertida.
—Aquellos tiempos...
—Bueno—digo antes de tragar saliva y juntar coraje para seguir con mi discurso—. Me contaste esa noche lo mucho que despreciabas los regalos de cumpleaños, y te pregunté qué pasaría si yo me regalaba a ti, si me aceptarías. —Alexandra asiente medio confundida, sin entender hacia dónde va tanta introducción—. Y me contestaste que ese sería el único regalo que aceptarías. Recordé tanto esa respuesta que decidí ponerlo en práctica. Verás, los otros dos que te di eran simplemente regalos, nunca aclaré si de cumpleaños, pero los aceptaste igual, después de un poco de esfuerzo, pero los aceptaste. Pues bien, como decía la tarjeta que te di con las margaritas, el verdadero regalo de cumpleaños es este que voy a darte ahora. —Alexandra está quieta en su lugar, me observa muy fijamente entreabriendo la boca como intentando leer la situación. Creo que por fin he conseguido captar su atención—. Como te decía hace un rato, me enamoré de ti en el primer instante. Al tiempo entendí que eras muchísimo más de lo que yo creía conocer y luego me di cuenta de que jamás llegaría a conocerte por completo. Me ha llegado a frustrar mucho el hecho de pensar que, por más que me llene enteramente, nunca lograré saciarme de ti. Siempre necesitaré más y más, y es el deseo que me ata a pensar que te necesito cada día conmigo. No importa si estás a mi lado física, mental o espiritualmente. De cualquier manera, solo con pensar en ti, algo se calma en mi interior, y eso lo descubrí durante esas pocas e infinitas horas que estuvimos separados.
—Dímelo a mí... —dice con una sonrisa triste.
—Nunca me sentí tan vacío, Alexandra, nunca de esa manera. Habías llegado a tocar y a encender cosas en mí como nadie lo había conseguido y, después de conocerte un poco, ya no podía tolerar la idea de vivir sin ti. Aprendí que vivir contigo es algo que va más allá de lo físico, más allá de lo real, de lo tangible y hasta de lo inteligible. Me has construido, me has entendido cuando nadie lo hacía, me has enseñado a ver desde tu percepción cosas que jamás había imaginado poder ver o creer. Me has transformado y me transformas todos los días.
—Tú eres el que hace eso, James, no yo.
—Alex, te da igual perder la cabeza por momentos y ser llamada loca. No te molesta acaparar tus sentimientos y volverte intelectual. No te molesta no ser aceptada por una sociedad ciega que camina autómata y se cree feliz por aceptar las cosas como están, sin permitirse ir más allá porque eso asusta. Les asusta ser llamados locos y hasta se contentan con ser solo intelectuales. Pero tú... tú eres una intelectual del alma, del arte de la vida, de la humanidad, de lo visible y de lo invisible. Conoces mi alma, mis pensamientos, mis miedos, mis deseos y mis defectos más que nadie. Y ahí es cuando me siento desnudo frente a ti. Despojado de todo lo que disfraza mi personalidad y mi exterior para que tú me penetres con tu percepción y tu intuición, y eso, Alexandra, eso es conocerme. Entenderme. En fin, eres la persona a quien más amo en el mundo y no hay nadie a quien quiera más.
Salgo de la camilla, me arrodillo apoyando una de mis piernas en el suelo y la observo. Está llorando, emocionada. Sigue mis movimientos y se asoma por la camilla.
—¿James... qué? —susurra entre lágrimas, con la voz rota.
—Ahora ha llegado el momento de hacer esto sin respetar los cánones clásicos pero sin despegarse completamente de ellos. Me dijiste esa noche que me aceptarías, pero quiero hacerte la pregunta para confirmarlo. Puedes decir que no... pero realmente me gustaría que lo aceptaras. —Rio torpemente y busco en mi bolsillo trasero una cajita aterciopelada de color azul. La abro y noto la sorpresa en su cara.
—Bueno, en fin... Mi regalo de cumpleaños soy yo, Alexandra. Me regalo a ti, me entrego a ti y solo a ti. ¿Quieres casarte conmigo?
Alexandra no me responde y se queda quieta en su sitio. El anillo dorado yace en la caja, reluciente y nuevo. Se supone que debe darme una respuesta.
—Pero, James... —Oh, mierda ¿He hecho algo mal? Quizá he sido demasiado cursi, Alexandra detestaría eso. ¿Cómo no lo he pensado antes?—. Sabes que lo que has dicho me ha hecho llorar y no puedo entender cómo lo haces para ser tan perfecto, debes saber que quiero estar unida a ti en todas las maneras posibles, no hay nada que quiera más que a ti, pero...
—Allá vamos... —digo sin retener mis pensamientos.
—No creo que merezcas algo tan horrible. No te conviene nada que venga de mí, James, ya no te convengo. Creo haberte hecho demasiado daño obligándote a permanecer a mi lado mientras atravieso esta enfermedad. Por más que todos lo disfracen por medio de aparatitos estúpidos e inútiles estudios y medicamentos, yo sé que me estoy muriendo. Lo sé, y a nadie en este maldito hospital parece importarle lo que sienta.
—¡Claro que nos importa! ¡Tú nos importas!
—No hablo de ti, James, sino de ellos. Se preocupan por ocultarme cosas y no aceptan el hecho de que yo soy la que está enferma y sé más que nadie que mi tiempo se agota. Soy un reloj de arena a punto de agotarse, James, con una fecha de caducidad que sin duda está por llegar, y por mucho que me cueste recordarte esto, voy a morir, y pronto. Ya no me molesta, porque he aprendido a buscarle la parte positiva y es algo que forma parte de mí. No quiero que estés atado a mí cuando abandone este mundo, no quiero que creas que me debes cosas.
—¿Qué? —le pregunto, perdiendo la cordura.
—Quiero que encuentres a otra mujer, quiero que vivas tu vida. Si no lo haces... Oh, James, si no vives tu vida de la manera que mereces, sentiré que he sido el peor error que haya cometido este universo. Y no quiero que me recuerdes así, no quiero hacerte mal. No lo mereces. Mereces lo mejor del mundo, y no puedo proporcionarte eso. Sabes que te amo más que a nada y por eso no quiero que vivas tu vida pensando en mí. No deberías hacerlo. Vive experiencias, conoce cosas, lugares, personas, todo...
—Pero, Alexandra... —la interrumpo.
Ahora su voz es más un llanto de tristeza, la felicidad en su cara se ha ido.
—Así debe ser. Debes ser libre de mí y vivir la vida como te mereces. Una mujer, dos hijos, quizá tres. Pequeñas copias de ti que hereden el precioso color de tus ojos, tu maravilloso pelo y hasta la sensibilidad tan grande que tienes. Tu capacidad de amar, tu enorme corazón y hasta tu increíble empatía. Todo eso y más.
Sigo arrodillado aquí abajo, y no me moveré hasta hacerla entrar en razón.
—Alexandra, ¿no lo entiendes?
—¿El qué?
—Tratas de pensar las cosas por mí y no escuchas lo que te digo. Piensas demasiado en estas circunstancias y no es algo típico tuyo, ya sabes... fingir. No pienses en el futuro y no pienses en el pasado, porque no podemos controlar ninguno de los dos. El presente es lo único que tenemos. Concéntrate en esto, por favor, ¿está bien?
Alexandra me observa un poco más tranquila y se seca las lágrimas con las mangas de su jersey.
—Está bien —dice con un suspiro.
—Ahora bien, escucha a eso que llamamos corazón y sin pensarlo dos veces, así como solías hacer antes, llénate de la imprudencia, la soltura que siempre te ha caracterizado y que ahora retienes en tu interior. Y, por favor, deja a un lado la modestia. Recuerda que no me gustan los modales. Desedúcate un poco, suéltate, sé tú misma. Volveré a preguntártelo, y simplemente dímelo. ¿Quieres estar unida a mí más allá de todo?
Alexandra me observa con los ojos bien abiertos. «Vamos, dilo...»
—Sí, James. Quiero estar unida a ti más allá de todo, por siempre y para siempre.
Mi corazón recupera su ritmo habitual y vuelvo a respirar como antes.
—Nos casaremos a nuestra manera, con nuestras reglas y bajo nuestra propia conciencia. No lo haremos frente a nadie, y nadie lo sabrá, solo nosotros. Pero me estoy cansando aquí abajo, así que por favor di algo...
Alexandra se ríe y me atrae hacia ella para besarme con mucha fuerza, haciendo que mi respiración vuelva a acelerarse. Pero ahora, de una manera puramente feliz.
—Sí, James. Acepto —me dice, sonriente y feliz.
Siento sus lágrimas, que empapan mi cara durante otro beso, más lento y tierno. Separo mi boca de la suya entre risas y me aclaro la garganta.
—Pues bien, demos por empezada la ceremonia, entonces. —Mi voz suena muy exagerada, y eso provoca una risa nerviosa en Alex.
—Ya hemos dicho nuestros votos a lo largo de nuestra relación y hasta hace unos minutos, así que creo que esa parte nos la podemos saltar.
—Jame s—me interrumpe Alexandra—, tú has dicho cosas muy bonitas y me he emocionado mucho, pero yo no he dicho mis votos y me gustaría hacerlo.
Me río ante la actitud que ha decidido tomar frente al asunto y le acaricio la cara. Sabía que volvería a ser ella misma.
—James Scott McOwen... —empieza a decirme—. Creo que a pesar de haber demostrado ser una de las personas más exageradas relatando mis virtudes de manera tan perfecta, te amo por hacerlo. Eres tú quien disfraza de perfección lo que dice, lo que toca y lo que ama, porque eres lo más perfecto, la medida justa, el equilibrio y mi equilibrio. Eres en quien he encontrado que la perfección no quiere decir "no tener defectos", sino que desde el punto más humano logras estabilizarme y ordenarme. Te amo, McOwen, me inspiras todos los días. Todo lo que sale de ti: tus gestos, tus palabras, tus actos, tus sonrisas, tus besos, todo... son parte de la inspiración que me ha ofrecido la vida para poder crecer como persona, y yo he abusado de eso. He abusado de ti porque decidí que eras mío desde que te puse el ojo encima la primera vez que te vi. No te di lugar a elección alguna e hice que me amaras de la manera en que yo te amaba a ti. Así que, ejem... yo, Alexandra Goodman, te quiero a ti, James McOwen, como esposo y me entrego a ti y prometo serte fiel en las alegrías y en las penas... en... la... ¿salud y enfermedad? Vaya... no recuerdo más...
Alexandra me observa sonriendo y expectante.
—Oh, espera —le digo de pronto mientras saco de mi mochila los papelitos impresos con los clásicos guiones de bodas. Se los entrego y sigo buscando cosas.
Alexandra se ríe al leerlos.
—James, ¿has leído esto? ¡Tiene faltas de ortografía!
—¿En serio? Mierda... lo he descargado de Internet.
—Joder, realmente eres la mejor persona del mundo.
Saco de mi mochila la pajarita negra, que era parte de mi uniforme de camarero cuando trabajaba en el bar, y me lo pongo. Alexandra se tapa la boca asombrada y se ríe. Saco también una especie de corona de plástico con piedras de colores.
—Y esta... —le digo, entregándosela—, debes ponértela. Es parte de la puesta en escena y, dado que ya has aceptado, tienes que hacerme caso.
Alexandra se muerde el labio inferior y luego se la pone sobre el pañuelo.
—¿Ah, sí? Solo para que quede claro, yo seré el hombre de la casa —dice.
—No esperaba menos.
—... y ahora sí soy una novia real —comenta al terminar de ponerse la corona.
—No todavía. —Busco en la mochila el último artilugio que he traído para la ocasión. Saco el ramo pequeño de flores y se lo entrego—. Ahora sí
Alexandra observa las flores medio perpleja.
—James, son de color lila —me dice mientras la sonrisa crece en su cara.
—Lo sé.
—Basta. Me está cansando esto de que seas tan espectacular. —Toma en su mano los papeles y con la otra sostiene las flores—. Me entrego a ti y prometo serte fiel en las alegrías y en las penas, en la salud y en la enfermedad, todos los días de mi vida. —Se me acerca y, tomándome la cara entre sus manos, me besa tiernamente.
—¿Has tenido en cuenta también la entrega de tu anillo o...? — agrega, aún a pocos centímetros de mí.
Extiendo el anillo que he llevado suelto en el bolsillo de mi pantalón, ella lo coloca en mi dedo anular y me observa mientras sus ojos cantalean ardientes. Tomo los papeles que están sobre la cama, aclaro mi garganta de manera divertida y ella se empieza a reír.
—Yo, James McOwen, te quiero a ti, Alexandra Goodman, como esposa, y me entrego a ti y prometo serte fiel en las alegrías y en las penas, en la salud y en la enfermedad, todos los días de mi vida.
Saco el anillo de la cajita y se lo pongo en el dedo. Observa su mano y me acerco sin pedir permiso alguno para volver a besarla.
—Y más allá de ella, también te amaré —le susurro.
Siento la sonrisa de Alexandra dibujarse en su rostro, y ella me atrae más a su cuerpo, como si la manera de concluir esta unión fuera este abrazo. Este gesto que sella tanto y que más aún quiere abarcar, arraigando en él todo lo que deseo y todo lo que ya tengo. Y ambos sabemos que este simbolismo encierra tiempos que no controlamos. Pasados, futuros pero más que nada presentes cargados de tribulaciones, deseos y Alexandra. Todo se cierra en ella porque ahí es donde todo parece real.
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