Capítulo XIX

Hace calor en la casa Goodman, la calefacción está más alta que nunca. Supongo que cuando salga de aquí tendré que desacostumbrarme y volver al frío helado. He acompañado a Florence a su casa para preparar mudas de ropa y buscar distintas cosas. Está en la habitación de Alex mientras yo doblo la ropa limpia en la sala de estar.

Otra semana llega a su fin, y algo que ocurrió ayer no me está dejando en paz. Algo que Thompson me contó al terminar su clase con Alexandra en el hospital. Yo la esperaba fuera para despedirme y preguntarle qué tal había estado Alexandra con las actividades de ese día y cómo le iban las cosas con Verni. Esta vez estaba con George. La vi bastante preocupada y me contó que, durante esa clase, le había pedido a Alexandra que le recitara un poema de Bukowski, y no pudo recitarlo como solía. Comentó que sus palabras se entremezclaban, las decía en distinto orden y a veces tardaba mucho en decir un solo verso. Thompson aclaró que nunca antes le había sucedido algo así a Alexandra, que ella era perfecta a la hora de recitar.

Decidí hablarlo con Murray en ese mismo instante. Caminé rápidamente a su oficina y le conté el episodio. Me explicó que sufría otra de sus afasias, pero que esta no era de comprensión sino de expresión. Así que tiene momentáneas dificultades no solo para entender, sino también para hablar. Le dije a Murray que lo extraño era que no las tuviera todo el tiempo y, como he dicho anteriormente, que fueran momentáneas. A lo que él me respondió que en algún tiempo cercano empezarían a ser permanentes.

Afasias permanentes. ¿Eso quiere decir que dejará de hablar bien y dejará de entender? ¿Acaso habrá también algún tipo de afasia cognitiva y dejará de reconocerme? Eso no puede pasar. Sería devastador. Ya es suficiente, no puedo imaginar a mi Alexandra privada de controlarse a sí misma.

Salgo de la casa con Florence y volvemos al hospital. El frío trata de borrar de mí la angustia de pensar en una afasia cognitiva. Después de todo, es el presente lo que vale. Así se lo prometí y así es como debe ser.

—Deja de intentar mirar mis cartas, papá —le dice Alexandra en medio de la segunda mano de este tan original y divertido juego.

—Te recuerdo, hija mía, que este juego lo he inventado yo con mi padre, y nunca dijimos nada de "prohibir el espionaje".

Florence y yo reímos mientras George se acomoda en posición recta y Alexandra se queja con la mirada.

Estamos en la habitación del hospital y jugamos a las cartas alrededor de la cama de Alex. Le sacarán el tubo en un par de días, no debería tenerlo puesto más de quince días. Hoy también se supone que nos darán los resultados de las pruebas, Murray nos ha citado a las doce del mediodía en su consultorio para hablar ello. Son las once, así que nuestro juego puede continuar un rato más.

—Eres un tramposo —le dice Alexandra casi en un tono melódico.

—No te tenía por una persona así, George —digo entre sonrisas.

—Es que no lo soy, James. Lo que pasa es que a veces me veo tentado a saber cosas que no sé pero que están tan cerca de mis posibilidades.

—Deberías hablar de eso con tu amigo Fiodor Dostoievski, seguramente sacará alguna conclusión acerca de ese problemita tuyo —dice Alexandra, un tanto superada.

—¿Mío o de todos? Alex, sabes bien que Fiodor también es amigo tuyo. Podrías estar en la conversación si lo deseas —le responde George con una sonrisa cómplice.

—Florence, es tu turno —le recuerdo.

—George, ¿cuál era la palabra que tenías que decir cuando te quedaba una sola carta? —pregunta Florence con una voz bastante alta y muy entusiasmada.

—Querida, ¿cuántas veces hemos jugado a este juego? Más de cien seguro...

—¿Me lo puedes decir?

—No me parece lo correcto.

Todos reímos mientras Florence se queja, divertida también. La puerta de la habitación se abre de golpe y Murray entra.

—Steve. ¿Qué tal, tío? —lo saluda amablemente George.

—Necesito que vengáis a mi consultorio ahora mismo —dice Murray, más serio de lo habitual.

Un silencio se dibuja en la habitación. George se pone de pie.

—¿Ya son las doce? Creímos que a las once debíamos...

—Es... importante —dice Murray, interrumpiendo a George.

Nos mira preocupado, demostrando que lo que él sabe no es nada agradable.

—Está bien, iremos ahora mismo —responde George, mirándonos a todos mientras empezamos a ponernos de pie

—Ahora volvemos, Alexandra —dice Murray.

—¡No! —responde Alexandra. Dos letras, tono elevado y un gran grito. Los cuatro la miramos sentada en la cama, y ella mira al doctor casi con desprecio—. No me quedaré aquí, y no me parece bien que me estéis manejando como si fuera un objeto. Soy una persona, doctor Murray, y usted parece olvidar eso de vez en cuando

—¡Alexandra! —le dice Florence, como regañándola por su comportamiento.

—Déjame terminar, mamá —le responde Alex, impidiendo cualquier otro regaño que Florence haya querido emitir—. Tengo tanto derecho, es más, tengo más derecho que usted a saber lo que sucede con mi cuerpo. Más que todos en este hospital. ¿Se cree que al ocultarme información me cura de mi enfermedad, o se cree que soy idiota y que no sé que voy a morir?

—Alexandra, por favor —insiste Florence, tocándose la cabeza.

—Déjala, Florence. No pasa nada —le dice Murray.

—¿Se cree que no puedo tolerar información médica acerca de mi enfermedad porque yo misma la padezco? No soy como el resto de sus pacientes, doctor. Hasta ahora le he permitido dejarme de lado, y quiero que sepa que yo misma accedo a todas estas pruebas por mis seres queridos. No los cuestiono, pero no me gustan. Desprecio los hospitales, y en este momento preferiría mil veces estar en el jardín de mi casa durmiendo bajo sol en lugar de estar aquí, así que, por favor, doctor, como mínimo, si es tan amable, a partir de ahora quiero saber lo que me pasa. Porque es mi cuerpo, mi cabeza y mi enfermedad. Les permito formar parte siempre y cuando lo que sepan, como mínimo, me lo comuniquen.

Alexandra no le saca la vista de encima a Murray, y parece que no piensa tranquilizarse. El doctor se mueve en su lugar de manera nerviosa y mira a Florence y a George como buscando su aprobación. George abraza con una mano a su mujer y, después de compartir algunas miradas, asienten.

Guau. Eso sí que ha sido muy Alexandra.

—Está bien —dice Murray, y cierra la puerta con fuerza.

Coge una silla vacía y se sienta cerca de la cama, todos los demás lo imitamos. Le tomo la mano a Alex.

—Bien hecho —le digo en voz muy baja.

—Gracias —me responde, reprimiendo su alegría.

Lo que me sorprende no es lo que ha dicho, sino el hecho de que haya tardado tanto tiempo. Sé que odia estar aquí y también que no paren de hacerle pruebas. Sabe lo que va a ocurrir y lo entiende más que nosotros, y por eso mismo ella no cree necesario este tipo de cosas. Yo sigo atado a la esperanza, porque eso me ayuda a seguir adelante. No creo en una esperanza ilusoria, esa ya la di de baja hace tiempo. Es una esperanza extraña, que nunca había experimentado, pero es lo único a lo que puedo aferrarme para estar en sintonía con ella.

Me alegra que por fin alguien haya puesto a Murray en su lugar; aunque no sé si yo hubiera empleado esas mismas palabras, tampoco creo que Alexandra haya tenido la intención de hacerlo sentir mal. Creo que ha dicho lo fundamental, en cuanto a que ella es más parte de esto que todos nosotros y no se la deja participar y opinar tanto como se merece.

Una vez todos sentados, Murray se dedica a observar a cada uno. Dios mío, ¿por qué siente la necesidad de hacer esto cada vez que nos va a hablar?

—Me temo que ha habido una progresión en la enfermedad.

—¿Qué es eso?

—Quiere decir que se nos está yendo de las manos.

—¿Qué ha pasado con los resultados de las pruebas? —pregunta Florence.

—Parece ser que los efectos de la quimioterapia están siendo rechazados por el cerebro de vuestra hija y, al estar tan avanzada la enfermedad en sí misma, no hay mucho más que podamos hacer.

—Eso quiere decir que ya no deberá seguir sometida a ninguno de estos tratamientos —dice George.

—No más quimioterapia —confirma Murray—. Debo prepararos para lo que se avecina, y quiero que entendáis que nos encargaremos de acompañaros y ayudaros en todo lo que podamos.

—¿Tendré que quedarme aquí? —pregunta Alexandra con la mirada alzada.

—Lo lamento, pero deberás acostumbrarte a la idea de que esta es tu casa ahora. De manera contraria, no podremos controlar los inconvenientes que vayan a haber, y necesitamos estar cerca de ti cuando ocurran.

Florence aprieta sus manos una con otra, nerviosa. Se contiene para no llorar.

—¿Qué tipo de inconvenientes? —pregunta antes de recibir la mano de George en la suya.

—Pueden pasar muchas cosas. Alexandra ya ha comenzado a experimentar cierto tipo de afasias. Poco a poco, esto empezará a naturalizarse en ella y dejará de hablar como siempre o de entender como ahora. Me temo que la cánula nasal y el suero serán nuestros fieles amigos. El punto de apoyo de Alexandra está dañado por haber permanecido tanto tiempo en la misma posición, pero eso es algo que no hemos podido cambiar, la situación se ha dado así, la neumonía nos tomó de improviso y, por más que ahora esté mejor, no hay nada que hayamos podido hacer para prevenir la herida que ahora tiene en su espalda. Estar acostada es lo único que podía hacer.

—¿Y qué se puede hacer con eso, doctor? —le pregunta Florence.

—Cremas y medicación, pero no podrá ponerse de pie. Para prevenir más caídas, Alexandra deberá permanecer acostada de ahora en adelante. La moveremos en camilla, y utilizaremos la silla de ruedas alguna vez, cuando el médico kinesiólogo Logan, a quien os presentaré mañana, lo permita. Conocerás a más enfermeras y a otros médicos que te asistirán en las semanas entrantes. ¿Hay algo en particular que quieras saber?

Alexandra deja de mirar el punto fijo que ha estado mirando durante toda la conversación, y lo mira.

—¿Cuánto tiempo me queda?

—No lo sé... no tengo forma de saberlo.

La abrazo y le doy un beso en la frente. La verdad es que no tengo fuerzas para pararme a pensar ni siquiera un segundo en lo que está ocurriendo.

—Me temo que eso es todo —concluye Murray, poniéndose de pie.

—Déjame acompañarte afuera —dice George.

Los dos salen de la habitación.

Florence acaricia la pierna de su hija y suspira, cerrando los ojos.

Me quedo abrazado a Alexandra, y ella se acomoda en mi cuerpo.

Bueno, creo que la charla de Murray por fin ha sido clara... Mierda. No sé qué prefiero. ¿Duele escucharlo? Otra vez y miles de veces más, sí, como todas estas cosas, pero mientras ella pueda soportarlo, yo también lo haré.

Me cuesta muchísimo entender estas cosas y por eso me las repito. Mi humanidad se desgarra al tratar de entender ni que sea una milésima parte de lo que sucederá en quién sabe cuántos días.

—Quiero raparme por completo.

—¿Qué dices?

—Quiero sacarme los mechones de pelo que me quedan, con los pañuelos y los gorros nadie advierte mi rapada, mamá.

—Pero, Alex, una vez suspendida la quimio, el pelo volverá a la normalidad.

—Ya lo tengo decidido.

—¿Estarás bien así?

—Ya... lo tengo decidido —dice, desanimada, pero aun así con firmeza.

—Está bien. Lo que decidas va a estar bien.

—¿Quieres que lo haga yo? —le pregunto, acariciándole la cara.

—Por lo que he visto en tus fotos, nunca has tenido el pelo corto al ras y nunca te has rapado por completo. Lo siento, pero dudo de tus capacidades como peluquero.

—Creo que tienes razón.

—No te preocupes, Debbie lo hará bien.

—Podría aprovechar y pedirle a Debbie que me lo corte a mí también, ya tengo el pelo demasiado largo. Me lo podría rapar igual que tú...

—¡¿Qué?! ¿Estás loco?

—¿Qué pasa?

—¡No pienso dejar que te cortes el pelo! Ni siquiera lo consideres ¡No te atrevas!

—Está bien, tranquila. Si no quieres, no lo haré. Si te gusta así, seré el hombre con el pelo más despeinado, desarreglado y largo que haya existido.

—Gracias, pero no creo que sea necesario tanto. Así... solo quédate así.

Comemos los cuatro juntos. Más tarde, Debbie le saca todo el pelo restante a Alexandra con una de esas máquinas. No estoy presente, porque sé que Alex prefiere que no esté. No le pediré que me deje ver su cabeza calva, y no me molesta verla tampoco. Si ella se siente cómoda tal y como está, así la dejaré estar.

Aprovecho ese tiempo para darme una ducha, y al volver la veo con uno de sus gorros puestos, uno de color rosa con un gran pompón en la punta. La televisión está encendida y reproduce la película animada de Peter Pan.

—¿Estás cansada? —le pregunto mientras nos acomodamos bajo el cómodo y grueso acolchado de su antigua cama.

—Un poco...

—¿Quieres dormir?

—No.

Nos quedamos mirando la película en un volumen bastante bajo mientras le hago mimos en las manos. Las observo. Además del anillo dorado de nuestro reciente matrimonio, tiene las uñas más cortas de lo normal, hasta parecen mordidas. ¿Estará sufriendo ataques de nervios? Nunca la he visto comerse las uñas, y sé que lo desprecia, pero sus manos están demasiado dañadas.

La película es la misma de siempre, y por momentos me olvido que está reproduciéndose. Estamos solos en la habitación, y la respiración de Alexandra suena cada vez más relajada. A los pocos minutos se queda profundamente dormida. Siento que mi cabeza da vueltas y, junto con ella, una serie de mareos pausados se abalanzan sobre mi mente. Me toco la frente como un acto reflejo y la siento transpirada, así como parte de mi pelo.

Hacía mucho que no me dolía la cabeza tanto como ahora... Abro los ojos y miro a mi alrededor. Me he quedado dormido. En el hospital. Y es de noche. ¿Qué hora exactamente? ¿Qué día es? Miro el calendario y luego el reloj despertador: 28 de marzo, ocho de la noche. No es tan tarde. Dios mío, qué dolor de cabeza. Me tomaré alguna pastilla, algo debe de haber por aquí.

Me incorporo y el mareo se acentúa, puedo sentir un malestar en los brazos, no solo en mi cabeza. La pantalla de la enorme televisión, azul y brillante, es la única luz en la habitación. Demasiado brillante. Supongo que Peter Pan ya ha terminado hace bastante.

Un sonido muy bajo sonoriza todo el silencio y casi oculta la respiración de Alex. Me pongo de pie, intentando ser lo más silencioso posible para no despertarla. Camino intentando mantener mi cabeza clara, me froto la frente con la manga de la sudadera. Salgo de la habitación, no veo a Florence ni a George, seguramente estarán en la cafetería.

No me gusta pensar en el descuido que una pareja pasa al sufrir momentos difíciles en la familia. En este día en particular, yo puedo quedarme con Alexandra y, como siempre, lo disfruto porque ella es mi pareja. Sé que George y Florence necesitan un poco de espacio a veces, y eso está bien porque esta situación es muy agobiante y demandante. Más allá de que se trate de su hija, siento que merecen un respiro para no terminar absortos en tanta negatividad. Sé que ellos no logran ver más allá de todo esto. George y Florence necesitan un espacio íntimo, más aún teniendo en cuenta lo que están obligados a vivir hoy en día. Es necesario que se tomen un tiempo para ellos, aunque eso signifique solo ir juntos a la cafetería del hospital.

Me cuesta separarme de las paredes. El pasillo está poco habitado y eso me conforta. Me tomo unos segundos para pensar adónde dirigirme y camino un poco más estable pero con una sensación de presión en algún lugar de mi mente. Juro que me había olvidado de lo que era un dolor de cabeza serio. Tuve algunos pequeños durante unos meses, sí, pero venían de la mano del poco sueño y el cansancio. Ahora estoy descansado físicamente pero abatido. Debo asimilar como algo normal en mí el hecho de sentirme de esta manera.

Pobre Alexandra. Pensar que ella siente estas cosas todo el tiempo y mil veces peor. ¿Cómo lo hace para soportarlo y ocultarlo tan bien detrás de esos ojos mentirosos? Están tan llenos de dolor, pero aun así resplandecen lúcidos como si ningún mal la dominara. Creo que, en el fondo, la respuesta es simple pero engañosa: ella es fuerte.

Termino de bajar las escaleras del tercer piso y sigo la dirección señalada por el cartel de "Clínicas". Supongo que Husset podrá darme alguna pastilla sin necesidad de receta. "Cuando necesites algo, solo ven y pídemelo, amigo", suele repetirme muy a menudo. Agradezco poder confiar en al menos un médico de todo este hospital y que sea tan abierto para hablar. Me gusta mucho haber conocido a alguien como él, ha refutado mi creencia estereotipada sobre los médicos. Bueno, no de todos. Por cierto, Murray sigue en esa vieja clasificación. Joder, qué persona tan poco coherente.

Me cruzo cada vez con menos gente. Justo en esta parte de la clínica hay pocos médicos atendiendo ahora, y el pequeño pero acogedor consultorio de Husset se encuentra casi en la punta, muy lejos de la recepción de este sector, que está igualmente vacía. Eso sí que no sé por qué es... Quizá ni siquiera Husset esté aquí a estas horas. Joder, es tarde. Seguramente esté cenando con su familia, y yo aquí esperando que me dé una estúpida pastilla. Supongo que, si él no está, cualquier otro podrá proporcionarme una.

Me toco la cabeza otra vez antes de entrar en uno de los pasillos más pequeños donde están los consultorios. Escucho un sonido parecido a la caída de algún objeto y me asusto por la sorpresa pero me calmo inmediatamente. Es solo una caída. De repente, oigo risas. Camino casi en silencio en dirección al consultorio que queda al fondo, de allí provienen las risas entre las que ahora puedo escuchar permanentes roces y algunos gemidos. Sigo caminando cada vez más confundido, como un autómata, sin permitirme pensar en nada pero a la vez pensando en todo.

Llego al consultorio 12. La puerta está entreabierta. Y a través de uno de los cristales los veo. Distingo la figura de Husset de espaldas y la de una mujer con las piernas abiertas sentada en la camilla.

Él la folla de frente. Debbie se agarra del cabello rubio de Husset. No puedo verlo a él de frente, pero eso no me hace falta para confirmarlo. Ya no puedo mirar más. Apenas dos segundos enteros me bastan para entender lo que está sucediendo en aquel consultorio que, hace un rato, me parecía muy agradable.

Corro con la sola intención de irme de allí y lo hago sin preocuparme por hacer silencio. No sé por qué, pero de alguna manera me siento culpable. ¿Porque he sido testigo de cómo Husset se follaba a Debbie o porque sé que está casado? Ha sido como ver a papá con su secretaria.

De pronto las fotografías de su cartera, la de la pequeña y el bebé de apenas diez meses, surcan mi mente. Sus dos hijos... su mujer. Al final, son todos iguales. Todos los putos padres son iguales. En realidad no todos, George no, o quizá... la verdad es que no lo sé.

Cruzo este horrible pasillo al cual espero no tener que volver nunca más y abandono la idea de tomarme una pastilla. Después de todo, no hay medicación que borre lo que acabo de ver. El mal humor que ha llegado a dominarme intenta irse poco a poco para dar lugar a la reflexión. Por fin, consigo meterme en uno de los vestidores. No le presto atención alguna a la advertencia de "solo personal autorizado", no me importa que no sea médico ni nada por el estilo, no me interesa. Me daré una ducha aquí y ahora, porque necesito pensar en esto y no puedo llevar más problemas a la habitación de Alexandra.

¿Cómo es posible engañar con otra mujer a una persona con la que te has comprometido a convivir y a entregarte a ella todos los días de tu vida? Existe el divorcio, existe el error, existe el arrepentimiento. ¿Cómo sería para mi padre? ¿Amó alguna vez a mamá?

Dejo que el agua fría se lleve el calor que recorre mi cuerpo y abandono cualquier imagen positiva que haya tenido acerca de Husset porque, en este momento, él también es mi padre. ¿Cuándo se sabe si se conoce bien a otra persona? Yo solo tengo esa certeza con Alexandra. Bueno, al menos la tengo con alguien, una sola persona. Ya no me daría el tiempo físico para tratar de entender a otra, no me alcanzaría la vida ni tampoco las ganas.

Me provoca ciertos sentimientos encontrados el hecho de que en algún momento haya llegado a sospechar de las miradas que se lanzaban esos dos. Claro que nunca pensé que alguien sería tan débil como para cagarse en su familia de esa manera. Además de mi padre, no creía que existieran más monstruos así, al menos no tan cerca de mí. ¿Y ahora qué me queda? ¿Inacción? ¿Callar frente a esto? ¿Actuar? ¿Meterme en la relación de Husset y su mujer? Seguramente esta relación lleve pasando bastante tiempo y esta no sea la primera y única vez que han estado juntos. Yo los he visto esta vez, pero seguramente ha habido y habrá muchas más.

Entonces, si están enamorados, o simplemente Husset ya no ama a su mujer, ¿por qué no acaba con el daño familiar de una buena vez? ¿Por qué las parejas no hablan sus cosas en lugar de ocultárselas? Es increíble lo rápido que puede cambiar la percepción de una persona al verla actuar de cierta manera. Y aún peor cuando es un acto oculto. "Cuando necesites algo, solo ven y pídemelo, amigo".

Amigo.

Me he visto obligado a ver y, si bien no quería sentir, lo siento porque lo he visto. Me recuerda los engaños de mi padre y, por más que nunca lo pillara de esta manera, no me ha costado imaginármelo en su lugar. Después de todo, en una familia se trata de ceder por un bien mayor y común, ¿no? Creo que fue Husset quien dijo eso.

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