Capítulo XIII

Llevamos diez minutos esperándolo aquí adentro. El consultorio de Husset definitivamente es muchísimo más digno de un médico que el del doctor Murray. Sigue con la misma sintonía medio lujosa pero hasta parece de hospital, y no solo por el color, sino también porque no se ven ornamentos ni cuadros adornando un espacio destinado a salvar vidas y no a decorarlas. Hay instrumentos médicos y cuadros de paisajes contrastando con las paredes también blancas.

La luz que entra por la ventana, cuyo marco también es blanco, como todo en este frío lugar, tiene algo en su textura que al chocar con el rostro de Alex e invadirlo me ayuda a tratar de encontrar algunas respuestas.

¿Respuestas a qué? Uf, a tantas cosas.

Sus ojos están más abiertos y se la ve más descansada. Ayer Florence dijo que Alexandra había podido dormir varias horas durante el día. Cuando me acosté con ella, a los dos segundos volvió a dormirse. Por suerte ha tenido un buen sueño. Ninguna pesadilla, lo cual me alegra mucho.

Los labios de Alex están un poco más rosados, como si quisieran recuperar ese color tan bonito que solían tener antes de todo esto. Eso me gusta. Está sentada sobre el borde de la camilla y sus piernas se balancean rítmicamente. Me gusta verla sonreír con la boca cerrada, leyendo... ¿qué lee? Una revista... ¿de moda? ¡Ja!

Lentamente saco el móvil de uno de mis bolsillos delanteros del pantalón y le saco una foto. El sonido del efecto obturador de la cámara hace que Alexandra levante la vista.

—¿Qué haces? —me pregunta, cerrando la revista rápidamente.

—Capturo el momento llamado "Alexandra lee revistas" —le digo, sentándome a su lado sobre la camilla—. Pensaba que solo leías libros introspectivos.

Alexandra me observa con las cejas levantadas y los ojos entrecerrados.

—Te equivocas, chico británico.

—¿En cuál de las dos cosas?

—En ambas —me dice mientras toma mi mano y juega con ella—. No estaba leyendo una revista, sino que releía una nota titulada "La moda incómoda", muy interesante. Creo que deberías leerla, chico "pelo perfecto".

—Eres muy interesante, ¿lo sabes? —le digo, acercándome a ella con una sonrisa.

—Y, además... —dice, alejándose un poco de mí, tratando de continuar su frase anterior— todos los libros son introspectivos. A veces los más superficiales son los que más te hacen reflexionar.

Se acerca a mí y se apoya en mi hombro. Cogido de su mano, acomodo mi cabeza sobre la suya.

—¿Se habrán olvidado de nosotros? —me pregunta sin moverse.

—La recepcionista nos ha dicho que estaría aquí en cinco minutos...

Y han pasado diez. Alexandra exhala, cansada. Justo cuando mis ojos empiezan a cerrarse y trato de dormitar un poco, el doctor Husset entra en la habitación.

Por suerte, la consulta es rápida y eficiente. A Husset solo le hacen falta un par de minutos para señalar que Alexandra ha tenido una pequeña mejora estos últimos días. Al escuchar la frase "parece ser que estás mejor", algo se relaja dentro de mí, algo que al parecer estaba tenso, como siempre antes de llegar a estas revisiones semanales que tenemos con Husset o con Murray.

Yo soy quien acompaña a Alexandra a este tipo de revisiones, ya que suelen ser por la tarde, cuando obligo a Florence a dormir algo mientras George trabaja. George y Florence han recortado enormemente sus horarios laborales. Florence ya no coge más clientes y solo trabaja un par de horas al día en diseños por ordenador mientras que George trabaja en su despacho, también en su casa, y de vez en cuando viaja hasta la fábrica para "comprobar cómo van las cosas", como él suele decir. Tampoco es algo que debería preocuparles, ya que el dinero no es un problema para la familia Goodman, aunque sé que Florence no lo hace por obligación sino para despejarse.

Y yo, bueno, sigo trabajando en el Irish pub. Mismo salario, mismos horarios.

A pesar de estar de vacaciones, quienes no han podido irse asisten más que nunca al bar y se quedan horas y horas mirando deportes entre amigos o incluso solos, sin importar que sean repeticiones grabadas de otras fechas.

Parece mentira que ya estemos en un nuevo mes. Odio esa frase que mucha gente suele decirse entre sí cuando no sabe qué decir: "El tiempo pasa volando", pero es verdad. La falsa percepción del tiempo en este mundo transcurre rápido y se hace lenta cuando menos se lo necesita.

La cantidad de exámenes que he tenido que hacer, después de las vacaciones que mucha gente ha disfrutado, es algo que me cuesta asimilar. Ayer hice el último antes de comenzar el segundo semestre, y eso es algo que me entusiasma. No el hecho de incorporar nuevos conocimientos, sino que ya sea el último examen por ahora.

Por fin. Me dirijo a su casa, y un aire un tanto alegre recorre mi mente al pensar que Alexandra está cada día mejor. No lo noto solo yo, sino también Florence y George, y lo dicen todos los médicos y residentes del equipo: Murray, Husset, Leslie, Fox e incluso Debbie. Admito que no los conozco a todos, pero Florence me mantiene al tanto de lo que dicen los otros médicos. La última vez que hablamos del tema me comentó: "Nos dicen muy a menudo, y muy convencidos, que puede mejorar". No he podido borrar esa frase de mi cabeza desde entonces.

Son las seis y media de la mañana, y tengo que ir buscar a Alexandra para llevarla a su ciclo de quimioterapia. Esta vez le he rogado a Florence que me dejara llevarla al hospital. Los Goodman son muy modestos y a veces ocultan demasiado bien sus propios malestares. Sé, porque me lo ha contado, que Florence está con mucho dolor de estómago esta semana, sumado al poco sueño que logra conciliar cada día. Es increíble la cantidad de horas de sueño que te consume el hecho de estar tenso y preocupado.

—Gracias por ofrecerte a llevarla, Jamie —confiesa Florence mientras espero sentado en la cocina—. Sé que es un mal ejemplo de mi parte...

—Por favor, Florence —la interrumpo—. No debes excusarte por nada. Quiero llevarla yo, y además necesitas dormir.

—Sí, pero tú también necesitas dormir. Tienes apenas diecinueve años, y ¡mírate! Pareces de treinta con el estrés que tienes encima, el instituto, las asignaturas, el trabajo... y te ofreces a llevar y traer a Alex, ¡duermes tan poco! Oh, Dios mío, me siento tan culpable.

Sí, es exagerada, y casi más que Alexandra.

—Florence, en serio, descanso mejor desde que Alex consigue dormir cuatro horas seguidas, y ayer hice los últimos exámenes de este semestre, quédate tranquila. Es un placer ayudaros y me gusta pasar el tiempo con ella, no es una molestia para nada.

Sonríe desde el otro lado de la mesa y se pone de pie al ver a su hija entrar en la cocina. Me doy la vuelta y la veo allí, con una sudadera gigante y los pantalones ajustados. Es invierno, sí, pero los aires acondicionados dentro de esta casa están en modo temperatura alta y hace bastante calor. Debe de sufrir cambios muy bruscos. Las temperaturas son tan inestables cuando se está enfermo.

—Buenos días, mi amor, ¿cómo has dormido? —le pregunta Florence besándole la cabeza.

—No viniste ayer por la noche —comienza a decirme Alexandra con el semblante serio—. Pensaba que dormirías aquí, te esperé y te llamé pero no me contestaste.

Mierda, mi móvil.

—Alexandra, ¡no seas tan exigente con James! Acuérdate de la cantidad de cosas que hace y aun así siempre está, debes tener en cuenta el esfuerzo que hace...

—Sí, sobre eso... —interrumpo a Florence asintiendo con la cabeza, me pongo de pie y miro a Alexandra, que no ha dejado de observarme con seriedad desde que ha entrado en la cocina. Ojeras, piel blanca y labios resquebrajados por la falta de vitalidad—. Me quedé sin batería y no me di cuenta, estuve demasiado ocupado en el bar como para verlo. Me quedé dormido al terminar el turno, Connor y Ronan no me despertaron porque al parecer "les daba mucha lástima hacerlo", así que pasé allí la noche hasta la madrugada. Ya era muy tarde para venir y no quería molestarte si dormías. Perdóname, sé que quizá te asustaste, pero no fue mi...

De pronto un gran abrazo de su parte me irrumpe en medio de la frase. Le devuelvo el abrazo e intento seguir con mi discurso.

—Supongo que estoy muy mal acostumbrada a dormir contigo —me dice, acomodándome algunos mechones de pelo.

Nos miramos, sonriendo.

—Bueno, id al hospital, que si no se os hará tarde —Florence se asoma desde el marco de la puerta, amagando con irse de allí.

—¿Estás lista ya? —le pregunto mientras cojo mi mochila.

—Sí, ¿y tú?

—Sí.

Le robo un pequeño beso a Alex antes de dejar la cocina. Salimos con el R4 hacia el hospital, un camino que ya casi conozco de memoria. Definitivamente es mi tercer hogar ahora mismo.

Al llegar a la sala de quimio, nos encontramos con Debbie y Husset, que nos esperan. Últimamente, siempre somos nosotros los que llegamos temprano, así que por una vez que haya pasado al revés no creo que sea un problema, pero me disculpo igualmente después de saludarlos.

Es la primera vez que me dejan estar presente durante el ciclo de quimioterapia, y eso me resulta un poco más inclusivo. Quiero estar presente en este tipo de cosas porque me permiten entender más el proceso y acompañarla tanto como le prometí.

Me siento a su lado en el enorme sofá negro mientras Debbie acerca el suero.

—¿Recuerdas cómo era? —le pregunta a Alexandra.

Ella asiente y cierra los ojos estirando el brazo. Inhala y, después de unos pocos segundos, exhala lentamente. Vuelve a hacerlo, y Debbie, después de pasar algodón con alcohol por ese minúsculo espacio del brazo, inserta la aguja conectada al suero. Los ojos de Alexandra se mueven debajo de sus párpados y sus pestañas se entrecierran.

Sigue respirando, tratando de mantener el mismo ritmo, y Debbie le abre el puño con su propia mano.

—Muy bien, Alex, lo estás haciendo de maravilla —le dice mientras se aleja hacia donde se encuentra el doctor Husset, cerca de los instrumentos médicos.

Alexandra, aún con los ojos cerrados, abre su otra mano y la apoya lentamente en mi pierna. La cojo de inmediato, entrelazándola con la mía. Se la acaricio con el pulgar y veo que se dibuja un pequeño rastro de sonrisa en sus labios. Esos labios redondeados que alguna vez fueron muy suaves. Recuesta su cabeza sobre mi hombro y se queda allí, respirando despacio.

Husset se acerca a nosotros y me mira sonriendo después de ver la posición de Alexandra.

—¿Está todo bien? —le pregunta con su mano en mi hombro.

Alex asiente en silencio. Husset me da un par de palmadas en el hombro antes de salir de la habitación.

Me quedo quieto, asombrado por la tranquilidad de Alexandra en este momento, y aprovecho para observar bien ese tubo que transporta el medicamento hacia su vena.

¿Cómo se sentirá? Resulta muy impresionante pensar que el medicamento entra de manera rápida y continua en su cuerpo. Debo admitir que, antes de esto, había ido muy pocas veces al hospital, y creo que solo dos veces en mi vida me he hecho estudios médicos. Tengo muy poco conocimiento sobre los nombres de las enfermedades, sus causas e instrumentos de salud. Alexandra, en cambio, ya se sabe los nombres de todos los medicamentos que toma, las diferencias, los efectos, y hasta está leyendo un libro sobre cómo combatir el cáncer. No sé cómo de bueno será eso, pero a ella le interesa.

Abro los ojos de golpe y miro mi reloj. Han pasado dos horas, me he quedado dormido. Noto que mi otra mano sigue entrelazada con la suya. Subo mi mirada un poco, evito un bostezo y veo que me está observando.

—Buenos días, dormilón —me saluda, sonriente.

Vaya, me he quedado dormido durante la quimio de Alexandra, y ella lo sabe. Qué poca estabilidad tengo últimamente. Mierda, soy un desastre.

—No pasa nada, James. Todos estamos cansados —adivina mis pensamientos, como siempre—. Tienes derecho a dormir, y me ha gustado mirarte... hacía mucho que no disfrutaba de verte así.

—Perdona, no volverá a pasar. —Le acaricio la mejilla.

—Pero quiero que vuelva a pasar. Te daré somníferos cada vez que desayunes ese horrible té de jengibre que mamá te sirve en casa, así te dormirás cerca de mí.

Río mientras cambio mi posición, poniéndome más delante de su cuerpo.

—Pero ese té está muy bueno. No entiendo por qué no te gusta.

Alexandra hace una mueca de asco, y me dan ganas de besarla en este instante. No sé si está permitido besar a los pacientes durante la quimioterapia, ¿o sí? Me han dejado entrar en la habitación y no sé si eso está siempre permitido. Por si acaso, mejor me contengo.

Las próximas dos horas nos las pasamos mirando películas. No sé exactamente cuáles porque las miramos pero no les prestamos demasiada atención. Nos abrigamos con nuestros cuerpos mientras el medicamento sigue entrando rítmicamente en el cuerpo de Alex.

Después de salir de quimioterapia, la acompaño hasta la puerta del baño. Otra sala de espera donde todo combina a la perfección, como cada espacio en este hospital. Aquí todo es verde, pero un verde medio pastel, como blanqueado. Hay flores en los jarrones, almohadas en los sillones y una gran máquina para servirse café y agua. Empiezo a tentarme con la idea de hacerme un café, pero justo Alexandra sale de una de las puertas y me pongo de pie para ir con ella.

Ya es el mediodía y, por más que ella no pueda comer durante unas horas, nos dirigimos al bar del hospital y me compro unos sándwiches y un par de bebidas. En lugar de sentarnos en una de las mesas, la guío hasta el R4 y conduzco hasta esa porción de verde por la que siempre paso en mi camino al Irish pub, a unas diez manzanas del hospital.

—Gracias por acompañarme a tomar el aire y por dejarme hacerlo —me dice mientras caminamos por la plaza cogidos de la mano.

Hace frío, pero hay sol. Más allá de la pequeña brisa que se escabulle entre algunos árboles que rodean la plaza, debajo de las zonas iluminadas se está muy bien. Fresco, pero muy bien.

Sonrío después de unos segundos y le acaricio la mano.

—Sé cuánto necesitas salir de ese... hospital —le digo, tratando de esconder los adjetivos poco educados.

—Dilo. Vamos, James.

—¿El qué?

—Ya sé que piensas que es muy ostentoso.

—Claro... —Bueno, creo que podemos arreglarnos con eso—. "Ostentoso" es la palabra...

Alexandra observa nuestros pies, que guían nuestros pasos, y a ella. Está muy delgada. Siempre lo ha sido, pero ahora se nota una leve succión en sus mejillas. Hace medio mes, juro que no la tenía.

Le acaricio la mano mientras damos otra vuelta por el mismo espacio verde.

—¿Has visto que estás mejor? Y esta vez no te lo hemos dicho nosotros.

—Husset siempre tratará de hacerme sentir bien. Ya sabes cómo es...

—Es verdad. Pero tú misma sabes que estás mejor.

Alexandra se detiene lentamente y se posiciona frente a mí cogiéndome las dos manos. Sus ojos buscan algo, su mirada está un poco perdida.

—James, aunque me sienta un poco mejor, debes saber que eso no significa que no me esté muriendo. No sé cómo disfrazarlo de una manera bonita, pero no quiero que pienses que las cosas pueden cambiar. —La observo medio dubitativo pero de manera nerviosa.

—Lo que intento decir es que no quiero que te ilusiones. ¿Te acuerdas de que Murray me dijo la semana pasada que al parecer los corticoides están haciendo un buen trabajo? —Asiento con seriedad—. Bueno, no quiero que te creas lo que te diga. No quiero que una falsa ilusión te haga creer cosas que no pasarán.

—Alexandra, la esperanza es buena.

—Es buena cuando presientes que las cosas saldrán bien. De nada vale una ilusión cuando sabes que el destino es un espacio oscuro, y yo sé que allí iré, James. Pero no pasa nada, porque ya no tiño esa oscuridad de negro. La ausencia de luz es oscuridad, pero la luz además de ser blanca contiene todos los colores, ¿quién sabe qué otros espectros oculta la ausencia de luz? —Alexandra exhala y me mira directamente a los ojos—. Cada día dejo de querer entender las cosas, y poco a poco se van aclarando en mi interior. No sé cómo, pero poco a poco lo hacen. Y quiero que entiendas por lo que estoy pasando sin llenarte de la parte negativa, porque eso sí resulta poco esperanzador. Quiero que tengas esperanza en nosotros, pero no en lo que podría ocurrir con mi enfermedad.

"Enfermedad." Hace mucho que no la llamábamos así, ¿cómo la llamamos normalmente? Miro hacia todas las direcciones en un intento por ocultar cosas que al parecer ella ya ha notado. ¿Por qué me entiende tanto y por qué quiere cuidarme tanto? Se supone que yo soy el que debe hacer eso, quien debe contener a Alexandra, no ella a mí.

La abrazo con fuerza porque es lo único que puedo hacer ahora. Me devuelve el abrazo con ternura. La separo lentamente y tomo su cara entre mis manos.

—"Esperanza en nosotros" —repito al mirar sus ojos una y otra vez—. Eso bastará.

Me besa sorpresivamente y pienso que quizá, después de todo, esa sea la actitud que me falta. Esperanza, pero no de la difícil sino de la fácil. Porque amarla es lo que más fácil me resulta.

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