Capítulo XI

—¿Irás más tarde al instituto? —me pregunta Alexandra al entrar en el hospital siguiendo los pasos de Florence y George.

—Depende. No tengo nada planeado aún, pero veré cuánto tiempo estamos aquí.

Nuestras manos unidas se mueven al ritmo de nuestro caminar.

Observo los carteles verdes y rojos que parecen indicar el camino a distintos departamentos médicos y especialidades. Un ambiente cargado de fatalidad golpea mi cara al cruzar esa puerta de cristal. No estoy seguro de que se parezca a los hospitales públicos de Manchester porque, ya para empezar, este definitivamente no es uno público.

Inhalo la tristeza típica de hospital y algo se retuerce dentro de mí.

Sé que Alexandra se siente más abatida por la idea de estar en un hospital, aunque debo admitir que no es un lugar desagradable a la vista. Está muy... decorado.

Le acaricio la mano cuando nos encontramos en la recepción, donde sus padres hablan con la mujer de rasgos asiáticos ubicada detrás del escritorio. Podría ser una azafata de avión, su ropa no es para nada médica.

A decir verdad, este es un hospital muy extraño. ¿Paredes y suelo de mármol blanco? Muy... demasiado lujoso. Sé que a los Goodman no les cuesta nada pagar todos estos tratamientos, además de los servicios que les proporcionará este gran hospital, pero por ser más bonito las cosas desagradables no dejan de pasar aquí. Bueno, en realidad, ese "más bonito" seguramente venga acompañado de "buen equipamiento" y "buena atención". Eso debería tranquilizarme. Por suerte, los Goodman se pueden ocupar económicamente.

Alexandra observa a nuestro alrededor con curiosidad mientras esperamos al doctor en su consultorio. Un empapelado de color amarillo claro cubre las paredes, y una alfombra crema, medio beige, recorre el suelo. Extraña elección para un consultorio médico. Claro que aquí no se atiende a ningún paciente, pero me resulta raro ver una alfombra en un hospital.

—¿No es curioso que tenga el suelo cubierto con alfombra?—pregunta Alexandra.

—Estaba pensando exactamente lo mismo.

—Deja de navegar por mi mente sin permiso—me dice, sonriendo.

—Esta vez juro que no lo estaba haciendo—contesto, imitando su sonrisa.

—El doctor Murray es un hombre con buen gusto, Alexandra. Somos amigos desde que fuimos juntos a Princeton. Por supuesto, no íbamos a las mismas clases, pero antes de asistir a mis clases de economía solía encontrármelo siempre a la misma hora en la biblioteca —cuenta George.

—Qué raro, tú en una biblioteca —advierte Florence, que observa con detenimiento los objetos hindúes sobre las repisas.

—Ahora entiendo de dónde ha sacado Alex sus costumbres literarias—digo entrecerrando los ojos.

George sonríe inmediatamente.

—Cuando Alexandra era niña le gustaba sentarse en el sillón a mi lado y leer Peter Pan, el pequeño libro ilustrado, mientras yo leía cualquier otra cosa como Dostoievski o Carver. Yo cambiaba de libro cada semana, pero ella siempre traía el mismo —dice George, mirando a Alex a través de sus gafas.

—Oh, ¡eras tan adorable de niña! —exclama Florence y trata de acariciarle la cabeza a su hija.

—Mamá, basta —la interrumpe Alexandra.

La puerta del consultorio se abre y aparece un hombre con un delantal blanco que contrasta con su piel oscura. Creo que es una de las pocas personas que he visto con uniforme de médico en este hospital, quizás sea el primer médico que veo en toda la mañana. Bueno, en los últimos minutos.

El doctor y George se saludan amigablemente dando una palmada con sus manos en las espaldas ajenas. Ahora lo recuerdo bien. Este hombre estaba en casa de los Goodman el día que fui a disculparme con Alexandra. Era uno de los que estaban reunidos con George compartiendo una bebida, el de tez oscura. Seguro que el doctor Murray y los demás rubios que estaban allí eran médicos o especialistas en cáncer y en tumores cerebrales. Eso tiene sentido.

—¿Cómo estás, querido? —pregunta el doctor y deja su mano sobre el hombro de George.

—Aquí andamos, Steve. Te presento a mi familia —le dice George y nos señala—. Esta es...

—Por supuesto, Florence. La vi la semana pasada. ¿Cómo voy a olvidarme? —lo interrumpe el doctor, estrechándole la mano a Florence.

Sí. Definitivamente era uno de esos hombres.

—¿Cómo está, doctor? —le pregunta Florence sin forzar sonrisas.

—Por favor, llámame Steve. Y esta chica guapa debe de ser Alexandra —dice el doctor, que ahora estrecha manos con Alexandra. ¿Acaba de decir "chica guapa"?

—Exacto. Esta es nuestra hija —dice George— . Y él es James. El maravilloso y también guapo novio de Alexandra —agrega, guiñándome el ojo.

Me acerco al doctor y lo miro con detenimiento. En sus manos está la vida de la persona que más me importa. No le importará que lo escanee como a un producto del supermercado...

—Vaya, todos son guapos aquí. ¿Qué les has dado a estos niños?

—¿Has visto? —responde George, sonriendo con los brazos cruzados.

Le estrecho la mano con una sonrisa un tanto fingida mientras observo sus oscuros ojos. Podría decir que son negros. No sé si existe ese color de ojos, pero creo que estos son los más oscuros que he visto.

—Un placer conocerte, James.

—Igualmente, doctor Murray.

Se ubica detrás de su escritorio y los demás tomamos asiento.

—¡Por favor! ¡Llamadme Steve!

—James no puede, es británico. Demasiada educación —dice Alexandra por lo bajo sin mirarme pero acariciando mi mano por uno de los costados de la silla.

Sonrío mientras me acomodo bien en mi sitio y espero el inicio de esta charla, que no tengo idea de cómo se planteará. Sé que, después de esto, Alexandra tendrá su primera sesión de quimioterapia, pero la verdad es que no tengo la más mínima pista de qué nos contará él, y tampoco sé si quiero saberlo.

El doctor Murray se aclara la garganta y saca unos papeles de su escritorio. La pared detrás de él está adornada con cuadros de paisajes muy pintorescos, pequeñas estatuillas de partes del cuerpo humano y pósteres con textos contra el cáncer.

—Muy bien. ¿Ya estáis todos...? —pregunta mirando a George, que asiente con pesar. Alexandra mantiene su mirada fija al frente.

El doctor Murray nos observa con sus manos juntas y con la típica cara de médico que tiene que dar malas noticias. Con la única diferencia de que las malas noticias ya nos las sabemos muy bien.

—Bien. Nos aseguraremos de tratarte para que la quimio te sea lo más leve posible, pero sabes que milagros no podemos hacer. Lo siento, Alexandra, muchísimo. —¿Qué dice?—. Entonces hoy empezará la primera sesión de quimioterapia. Esta se hará cada tres semanas en seis ciclos de cuatro horas cada uno. En un rato debería llegar Debbie, la enfermera que se encargará de asistirte a partir de ahora.

—Perdone, doctor... Steve— Florence se corrige—. ¿Esas cuatro horas de las que hablas se las pasará allí sentada sin hacer nada o...?

—No, no —se apura a contestar el doctor Murray—. Alexandra podrá mirar televisión de manera individual o leer revistas, ¡a todas las mujeres les gusta hacer eso!

Alexandra suelta un bufido. La observo con una sonrisa creciente. Alexandra con una revista de moda. Ella me devuelve la mirada abriendo bien los ojos en una especie de mueca, como respondiendo a mis pensamientos.

Aún sigo sin entender el inicio de esta conversación. ¿"Milagros no podemos hacer"?

—O puede leer un libro, jugar a las cartas, no sé.— Murray se aclara la garganta—. Lo que quiera hacer, siempre y cuando permanezca sentada en el sillón.

¿Se ha ofendido? Ojalá se haya ofendido.

—¿Podré levantarme para ir a hacer mis necesidades si lo necesito? —pregunta Alexandra.

—No. Debbie, la enfermera, estará allí para asistirte con eso. Cuando sientas ganas de hacer tus necesidades, ella te acercará lo que necesites para hacerlo en tu asiento. —Es casi gracioso ver cómo actúa la personalidad de Alex con quienes no están familiarizados con ella—. Los sillones están equipados con un sistema de baño debajo, que se abre presionando un simple botón. Lo mismo sucederá cuando tengas ganas de vomitar —agrega el doctor mientras observa a Alexandra, seguramente asustada al escucharlo—. Los pacientes suelen marearse o tener ganas de vomitar durante el proceso, así que no te asustes, es muy común que pase. Lo mismo si te duele, solo tienes que avisar a la enfermera y ella te proporcionará medicación, justamente lo que buscamos con esto es que no sufras más dolores que los que ya tienes. Entonces, si te duele o te molesta algo, comunícaselo a Debbie. Es mejor evitar más dolor y ayudarte cuando lo necesites.

Un leve golpe suena en la puerta de entrada.

Mi mirada está concentrada en uno de los puntos de la ridícula alfombra beige. Alexandra, Murray, Alexandra, el tiempo, Alexandra...

—¿Te encuentras bien? —me pregunta Alexandra mientras el doctor Murray dice "adelante" en voz alta hacia la puerta.

La miro con una media sonrisa, aprieto sus fríos dedos y le acaricio la mano con la yema de los míos.

—Alexandra, te presento a Debbie Fishman —dice el doctor Murray—. Ella está dentro del equipo que te acompañará y te ayudará en todo lo posible. Será la enfermera a cargo de tu cuidado durante la quimio y demás intervenciones o estudios que debamos hacerte.

Debbie nos saluda con la mano a Alexandra y a mí, que parecemos ser los últimos en notar su presencia. Es una mujer de estatura baja con el pelo recogido. Va vestida como cualquier enfermera, pero muy arreglada y muy maquillada, a decir verdad. Debe de tener unos treinta y cinco años, quizás un poco menos.

—Bueno. Os dejo solas, entonces —dice el doctor Murray y me hace sobresaltar. ¿De qué habla?

Con Alexandra lo miramos, extrañados, sin entender bien a qué se refiere.

—No entiendo... —empieza a decir ella, confundida.

—Eso mismo, princesa —interrumpe él mientras acomoda los papeles sobre su escritorio—. Ahora irás con Debbie a la sala de quimioterapia donde tendrás tu primer ciclo —agrega, entregándole los papeles a Debbie.

—Pero... —titubea Alexandra, apretando mi mano mientras mira a sus padres.

—Vamos, Alex. Ve con Debbie —le dice Florence—. Nosotros nos quedaremos aquí un rato más y luego iremos a buscarte. ¿Te parece?

Me encanta la pregunta al final de la frase, como Alexandra tuviese el poder de elegir algo en todo este circo.

Alexandra se pone de pie, aún confundida. El terror corre por sus venas. Lo sé. Me observa por momentos sin entender del todo.

La miro para tratar de tranquilizarla. Debbie la espera en la puerta.

¿Cómo puedo tranquilizarla si el pánico resuena en mi interior?

—No me iré a ningún sitio, Alexandra. Estaré aquí cuando salgas —le digo, fingiendo seguridad, aunque aún no entiendo por qué no podemos acompañarla aunque sea hasta la puerta de la sala o a donde sea que le vayan a inyectar el suero.

Alexandra me observa sin sonreír, y Debbie comienza a hablarle mientras cierran la puerta del consultorio detrás de ellas. Pienso en el miedo que tendrá al ver esa aguja, al sentirla bajo su piel. Sigo sin entender por qué no puedo acompañarla. Quizá porque es su primera vez, pero no creo poder preguntar eso ahora. Supongo que ahora no se tomará la molestia de ahorrarse comentarios como antes por la presencia de Alexandra. Más le vale explicármelo. Quiero pero a la vez no quiero saber nada.

—Deberá entrar en reposo a partir de hoy. Es una prevención lógica, ya que la cabeza es una zona muy delicada. Que no realice actividades físicas que requieran mucho esfuerzo.

—Eso de la actividad física no será problema. El viernes pasado fue el último día de estudios en el instituto para nuestra hija, no asistirá más a clases. Hemos hablado con los directivos y también con los profesores más allegados a ella.

—Perfecto, lo importante es que no haga el tipo de actividades que le supongan esfuerzo corporal y que esté lo menos posible al aire libre.

Trago saliva. Es como prohibirle a un pájaro que vuele.

—¿Qué es lo que ya sabemos todos? —interrumpo la conversación.

Crece un silencio cargado de tensión, y sus miradas se entrecruzan como a la espera de ver quién reacciona primero.

—¿Y bien? —vuelvo a preguntar.

—Bueno, James —dice el doctor volviendo a su posición—. Estos tratamientos son eficientes en algunos casos, pero en otros no. No quiero mentir, prefiero que estéis preparados para todo. Dado el tamaño del tumor y los daños que ha generado, y los que generará en los próximos meses, tenemos pocas posibilidades de salvarla de manera permanente, pero eso no quiere decir que todo esto sea en vano, por algo estamos tomando estas decisiones.

—Pocas posibilidades —repito sin poder mirarlo.

—Casi nulas —agrega George en voz muy baja.

Florence mira al suelo. Definitivamente prefiere creerse la mentira que nos estamos montando.

—Queréis decir que morirá de todas formas, y simplemente estamos todos fingiendo que puede salvarse —hablo, ya con poca paciencia.

—Hay esperanzas, James —dice Florence—. La quimio puede funcionar.

Reprimo las ganas de romper todo lo que tengo a mi alcance y me pongo de pie observando el ventanal.

—Iremos asistiéndola en todo lo que podamos y haremos nuestro máximo esfuerzo para prolongar su vida, pero solo el tiempo dirá cuánto le queda. Después del proceso de quimio, haremos una tomografía computada y una resonancia para ver el estado del tumor y ahí podremos ver los progresos, si es que los ha habido, en los resultados de lo que hayamos hecho hasta esa fecha —explica. Me quedo mudo. No entiendo cómo se suelen manejar este tipo de cosas—. Ahora bien, es fundamental que Alexandra se encuentre acompañada por vosotros todo el tiempo. No solo físicamente, la contención psicológica es también muy importante, y más aún tratándose de un tumor cerebral. Debe saber que puede contar con cualquiera de vosotros para comentaros si algo va mal dentro de ella o con el tratamiento. Más que nada porque la confianza en vosotros es muchísimo mayor que la que logrará tener con el equipo médico. Y nosotros debemos estar informados. ¿De acuerdo? —pregunta Murray, observándonos a los tres sin cambiar su semblante serio en ningún momento.

¿Para qué entonces tanto embrollo si sabemos lo que ocurrirá? ¿Acaso eso no nos ayuda solo a nosotros y lo único que hace es quitarle a ella calidad de vida en el poco tiempo que le resta? Me resultaría egoísta si fuera así, no podría aceptarlo. Puede haber decidido esto por el bien de su familia y por mí. ¿Por eso no me lo ha contado? Es todo tan confuso...

—Cuanto menos sepa el orden de las cosas y los sucesos que le pasarán, mejor será para su propio estado emocional. Cuando tengáis dudas, acudid a mí y nunca a ella. Esto os lo aviso de manera preventiva, no porque desconfíe de vosotros ni nada por el estilo, pero siempre es mejor avisar antes.

—Por supuesto, Steve —responde George.

—Estad preparados para más jaquecas, dolores musculares, vómitos y falta de apetito, porque son comunes durante este tipo de tratamientos y es importante que no os escandalicéis, y menos frente a la niña. Llamadme ante cualquier duda y, antes de darle cualquier tipo de medicamento, preguntadme.

Vuelvo a tomar asiento, estoy cada vez menos tranquilo. El doctor Murray revisa un ostentoso móvil.

—¿Tenéis alguna pregunta, algo más en lo que pueda ayudaros?

Se hace un pequeño silencio, George nos mira a Florence y a mí.

—No, por ahora ha sido más que suficiente, Steve. Muchas gracias —le responde. Nos ponemos de pie.

—Por favor, recordad consultarme ante cualquier duda. Nos veremos a menudo, así que podreis hacerlo cuando queráis.

George estrecha amigablemente la mano del doctor.

—Muchas gracias, Steve, de verdad —le dice Florence al terminar de saludarlo.

—Ha sido y será un honor acompañaros.

Le estrecho la mano al doctor y noto que tiembla dentro de la suya. No puedo controlar el odio que siento en este momento. Me mira fijamente, yo me quedo quieto, inmóvil.

—Es tarea nuestra hacerla sentir cómoda, así que estemos cerca de ella siempre y cuando podamos. El enfado simplemente no sirve —dice sin dejar de mirarme con sus ojos oscuros.

Quito mi mano de la suya. Tener que ocultarle mis estados de ánimo a Alexandra me parece perfecto siempre y cuando le haga bien a ella, pero ¿ocultarnos hechos obvios? Mierda.

La cabeza me da vueltas mientras persigo a los Goodman a donde sea que se dirijan. Ambos hablan en voz muy baja y me hacen señas para que los siga. La luz blanca de los tubos me recuerda que me duelen los ojos. Llevo dos semanas sin dormir bien, y por supuesto es algo secundario, pero está afectando a mis percepciones en este momento.

Necesito verla ahora mismo.

—¿Adónde vamos, George? —le pregunto mientras me acerco con paso ligero.

—Nosotros estaremos en la sala de espera hasta que se cumplan las cuatro horas de tratamiento —me explica mientras Florence habla por teléfono—. Durante el fin de semana, cuando tú y Alexandra no estabais, cité a los directivos del instituto para contarles la situación completa. No nos hemos olvidado de ti, James, hemos hablado del tema con ellos y les hemos explicado que es muy importante tu compañía para Alex en estos momentos. Discutimos las opciones para que puedas seguir en el instituto y terminar este último año sin tener que asistir a clases obligatoriamente y llegamos al acuerdo común de una exención escolar. Básicamente podrás faltar a las clases que necesites pero deberás encargarte de buscar el material aprendido y enseñado en clase para poder estudiarlo en tu casa... o aquí o en tu trabajo, donde sea que estés. Deberás presentarte para entregar trabajos y realizar exámenes, pero quedas eximido de asistir a las clases. Alexandra me dejó muy claro lo importante que es para ella que estés presente, y estoy de acuerdo con eso.

¿Acaso con George también tengo ese poder de conexión? Por supuesto, no al mismo nivel que con su hija, pero me sorprende que haya pensado en esa posibilidad y que él me la esté proponiendo ahora.

—Gracias, George. En serio.

Más que agradecerle no puedo hacer. Él apoya su mano sobre mi hombro mientras esperamos el ascensor.

—Es lo de menos, hijo. —Entramos en el aparato vidriado desde donde se puede ver todo el verde de los jardines del hospital—. Tenemos casi cuatro horas de espera hasta que Alexandra termine. ¿Por qué no aprovechas este tiempo y vas a firmar los papeles de la exención?

Podría hacer eso. Después de todo, cada hora vale oro en estas circunstancias, y es mejor aprovechar el tiempo mientras se tiene. Conduciré hasta allí y luego volveré antes de que ella salga de la quimio.

Al llegar al instituto lo siento de otra manera, gris. Noto también el color azul viejo en los marcos de las puertas, cosa a la que nunca le había prestado tanta atención. Todas las puertas están pintadas del mismo tono. No sé cuál será específicamente, pero apuesto a que Alexandra sí sabe. Ella entiende de estas cosas.

Hablo con los directivos y con Bobby para recoger en su casa los papeles y apuntes que hayan hecho durante la semana. No creo que llegue a copiar a mano todo lo que escriban, seguramente termine fotocopiándolo.

En el camino de vuelta hacia la puerta de entrada, parece que coincido con un recreo. Muchos de los compañeros con los que apenas había cruzado un par de palabras me dan su "más sentido pésame" y "lo siento". Realmente no puedo entender esa estupidez. Primero, el hecho de que la noticia ya se haya propagado por el instituto en tan poco tiempo, porque luego noto cómo me observan los alumnos de los demás años, gente a la que nunca había visto en mi vida, pero que me mira como si les diera pena y como si fuéramos amigos de toda la vida. ¿Qué les pasa a todos? Alexandra está viva. Me indigna que haya gente que le preste atención a otra al pasarle algo, un accidente o, en este caso, una enfermedad terminal, cuando en realidad nunca le han dicho ni siquiera "hola". La gente puede actuar muy bien el papel de víctima, como si tuviera lástima. Vaya, eso es algo que ella incluso diría en voz alta.

Con la única persona con quien hablo en serio fue con Bobby, además de los directivos. A él sí le creo lo que me dice y sé que le tiene cariño a Alexandra, así como ella también lo tiene por él. Lo primero que me dice es "lo siento, amigo, cualquier cosa que necesitéis, aquí estoy". Más tarde me anuncia que se mudará a Portugal tras finalizar las vacaciones de invierno por el trabajo de su padre, que es diplomático. Parece ser que su padre viajará desde Canadá hasta Portugal y le ha ofrecido a Bobby mudarse con él y con su hermano mayor. Sus padres están divorciados, por lo que nunca tuvo a su padre tan presente y el viaje parecía la opción ideal, así que a finales de diciembre viajará para Europa. Vendrá para las graduaciones. Está claro que lo echaré de menos. Ha sido un buen amigo por muy corto que haya sido nuestro tiempo juntos. Cada vez estoy más convencido de que los verdaderos amigos no se miden en tiempo, sino en acciones. Lo saludo con un gran abrazo en la puerta del instituto mientras nos recordamos la hora en que pasaré por su casa este viernes para la primera entrega de deberes y apuntes.

Vuelvo al hospital. Reviso periódicamente el reloj. Faltan veinte minutos exactos para que Alexandra salga de la quimioterapia. Uf, qué suerte.

Trato de recordar el camino hacia las salas pero me doy cuenta de que nunca he ido a esa parte del hospital. A quién quiero engañar, ni siquiera he prestado atención al camino cuando nos dirigíamos al consultorio del doctor Murray.

Me acerco a la mesa de la recepción, donde se encuentra la misma mujer asiática de antes. Le pido indicaciones y pronto me encuentro en el quinto piso, al final del pasillo a la izquierda. Busco con la mirada a George y a Florence. Ambos están cansados, puedo verlo en sus caras.

—¿Cómo te ha ido, Jamie? —me pregunta Florence con su mano en mi brazo.

—Bien. Todo en orden.

—¿Has firmado los papeles?

—Sí

—¿Te han hecho algún lío?

—No, señora.

—Perfecto —me dice sonriendo y trata de contener un bostezo—. No tengo mucha hambre, pero es la hora. ¿Tenéis hambre?—nos pregunta a ambos.

—Algo, sí —admite George.

—Puede ser, la verdad es que no sé distinguir el hambre de la gula pero en este momento mi estómago está ocupado con mi cerebro, y mi cerebro... vaya, con tantas cosas —trato de explicarme.

—Me lo imagino, James. Me lo imagino —comenta Florence mientras toma un sorbo de agua de una botella que ha sacado de su bolso.

En la sala de espera se escucha música clásica por los altavoces que cuelgan de las esquinas del perfecto rectángulo que forma el espacio. La recepción ocupa todo un sector, y al lado, hay un pasillo. Seguro que por ahí se llega a las salas de quimioterapia. Una niña en silla de ruedas sale del pasillo llevada por una de las enfermeras y acompañada por una señora mayor, y confirmo el hecho. La niña tiene puesta una cánula y está completamente rapada. Al igual que el hombre de unos cuarenta años que sale del mismo sitio acompañado por una mujer muy joven. Todas estas personas y las demás que salen en los próximos veinte minutos transmiten una falta de vida que toca algo en mi interior. Sus posiciones, las maneras de mover su cuerpo o de no hacerlo, sus caras, sus miradas, tanto las de los que sufren la enfermedad como las de los que los acompañan.

Trato de no pensar en cómo terminaremos nosotros cuatro.

—Señora Goodman... —dice Debbie del otro lado.

—¿Sí? —responde Florence.

Los tres nos giramos hacia la enfermera.

—Pueden pasar.

Nos ponemos de pie antes de que termine la frase. Los Goodman cogen sus abrigos y demás cosas mientras yo sigo a Debbie por el pasillo. Caminamos unos treinta segundos más o menos. No sé si es que yo estoy demasiado ansioso o si realmente el camino es tan largo como parece. Gente en silla de ruedas, en camillas o con bastón, todos pasan por nuestro lado, se cruzan de un lado a otro del pasillo o vienen en dirección contraria.

Debbie se detiene frente a una de las puertas y la abre lentamente.

El espacio es grande. Veo a Alexandra sentada en el sillón.

Está pálida.

Camino más rápido para llegar a donde está ella, pero una grave voz interrumpe mis acciones.

—Vaya, vaya, tú debes de ser Florence, y tú debes de ser James —dice otro doctor muy rubio con el pelo corto pero despeinado y los ojos muy claros. Lleva unas gafas cuadradas y pequeñas.

Se saca los guantes de plástico que envuelven sus manos y nos estrecha la mano.

—¿Qué tal, George?

—¿Cómo estás, Theodore? Florence, James, él es el doctor Theodore Husset, médico del equipo.

—Así es. Un placer conoceros a los tres —habla con una sonrisa poco complaciente—. Alexandra me ha hablado de vosotros.

Trato de espiarla sobre el hombro de Theodore.

—¿Puedo? —le pregunto al doctor, acercándome a ella sin que me importe si me da permiso.

—Sí, pero con calma. Acaba de vomitar, así que se encuentra un poco débil.

Me agacho al lado del sillón hasta quedar más o menos a su altura.

—¿Te encuentras bien, Alex?

Veo que se aprieta un trozo de algodón sobre su brazo. Lentamente le acaricio la mano libre hasta que me devuelve el gesto.

Asiente y me mira emitiendo una sonrisa un poco rota. De fondo oigo al doctor Husset, que habla con los Goodman. Solo capto las frases "transfusión de corticoides" y "vía intravenosa" antes de volver mi total atención a ella.

—No ha sido tan dramático.

Está transpirada y con uno de esas típicas batas finas de hospital sobre su cuerpo. No sé cómo se llaman, pero seguramente aprenderé el nombre.

—Te he echado mucho de menos, ¿sabes? —me dice mirando nuestras manos.

—Yo también te he echado mucho de menos. La próxima vez que te arrebaten de mi lado sin avisar, se las verán conmigo.

Alexandra sonríe sin abrir la boca. Sus ojos marrón oscuro ahora parecen de color miel y están más tranquilos que antes. La luz hace que parezcan más claros de lo que son.

—Mi amor, mi tesoro, ¿cómo te encuentras? —pregunta Florence acariciándole la cabeza a su hija.

Me pongo de pie y observo la habitación mientras George se acerca a su mujer y a Alexandra. Un empapelado medio azul verdoso cubre las paredes y del techo cuelga un gran televisor.

Hay dos enfermeras que limpian y acomodan cosas donde están los instrumentos médicos mientras el doctor Husset hace anotaciones en un cuaderno. Parece un tanto carismático, demasiado para ser genuino.

Vuelvo mi atención a lo importante. Ya sin la bata blanca, Alexandra se pone de pie con la ayuda de George.

—Ayúdame, hijo —me dice él. Me acerco para ayudarlo por el otro lado.

—Estoy bien, por favor, no exageréis... —advierte Alexandra mientras se desploma en nuestros brazos y cruzamos la puerta para salir.

Almorzamos, todos menos ella, en la cafetería del hospital, que a decir verdad parece un restaurante de primera clase. Creo que es la primera vez, después de "aquel día", que me alimento con comida de verdad.

El color real de la piel de Alexandra empieza a volver a su rostro, como en efecto degradado. Poco a poco, la palidez se desvanece y el natural color rojizo revive en sus labios.

Le comento que he hablado con Bobby y le cuento que se irá a Portugal. Me sorprende lo primero que me dice:

—¡¿Qué vamos a hacer con el trabajo práctico de literatura?!

No puedo entender cómo puede pensar en eso. A veces me pregunto, ¿tanto le divierten los trabajos y deberes? Ya no irá más al instituto y ahora resulta que Bobby tampoco, es decir que el único que debería preocuparse soy yo. Y no me pasa eso, realmente es lo que menos me interesa.

—Alexandra, ¿de verdad me estás preguntando eso?

Entiendo que lo dice en serio. No bromea.

—James, es nuestro deber hacerlo. Nos comprometimos como equipo, ahora debemos terminar lo que empezamos.

—Sí, pero es un trabajo práctico y no tienes ni siquiera la obligación de hacerlo.

—Disfruto mucho con ese trabajo, y no sé si estaré para entregarlo —dice con el semblante cargado de preocupación—. Tenemos que avanzar, hace tres semanas que no quedamos para seguirlo. Además, se me han ocurrido un par de ideas para la parte de la presentación.

No es el trabajo práctico en sí, es lo que significa ese trabajo para ella. Suspiro mientras sonrío. Alexandra sigue preocupada.

—Prométeme que lo entregaras por mí si no llegamos a terminarlo, James —me dice, acercando su torso a la mesa—. Prométemelo.

La observo entrecerrando los ojos y le cojo las manos sobre la mesa.

—Eres increíble —le digo.

—¡James! —me dice apurando mi respuesta, que resulta tan obvia. No puedo decirle que no. No sé cómo decirle que no.

—Si eso es lo que quieres...

—Gracias. ¿Tanto te costaba decírmelo en voz alta? —me pregunta y se relaja jugando con mis manos.

—Sabías que iba a decirte que sí, ¿verdad?

Asiente sonriendo sin abrir la boca. Esa sonrisa.

—Bueno, sabes que no puedo decirte que no. Ya que estamos con el tema tema, ¿hay algo más que quieras preguntarme? —agrego mientras meto mis manos entre las mangas de su abrigo.

Noto que empieza a moverse incómoda en su asiento a medida que las caricias suben. Florence y George están hablando entre sí, no creo que se den cuenta...

—No intentes excitarme ahora, por favor —me dice en voz muy baja.

—No puedo controlarme —le respondo imitando su sonrisa, pero claro que no se parece a la de ella... ni en mil años—. Lo siento.

—No digas que lo sientes si realmente no lo sientes —me responde mientras mete sus manos dentro de mi abrigo e imita mis movimientos.

Tengo ganas de besarla en este mismo instante, y todo lo demás también. Follarla, tocarla entera y abrazarla con todo mi cuerpo.

De pronto, Florence interrumpe mis pensamientos al ponerse de pie.

—¿Vamos? —pregunta.

Miro la mesa y de pronto los platos ya no están y una generosa propina asoma de una especie de sobre negro.

Alexandra me mira fijamente y su sonrisa se expande cada vez más a lo largo de su cara.

—Vamos —dice por fin y retira suavemente sus manos de mi abrigo.

Una vez en el trabajo, les cuento a Connor y a Ronan lo de Alexandra y les pregunto si me darían permiso para irme del trabajo en caso de ocurrir algún incidente, siempre y cuando vuelva a recuperar esas horas de trabajo en algún momento en la semana. Sorprendidos, me dicen que no es necesario, que me tranquilice, y que me ayudarán cuando algo así ocurra. Ronan hasta me dedica unas palmadas en los hombros con su mirada fija en la mía, subrayando que cuente con ellos. Siempre hemos tenido una relación muy agradable, aunque la mayoría de nuestro tiempo lo hayamos pasado viendo partidos de deporte juntos por ser el entretenimiento central del pub. Por supuesto que no falta el "avísanos si necesitas algo, te ayudaremos con lo que podamos". Noto que los más cercanos lo tienen incorporado como si fuera algo automático. A veces dudo de cómo de cierto es eso, pero esta vez no tengo forma de comprobarlo

A decir verdad no me gusta que parezca que abuso de la amabilidad de la gente, pero en este caso tan particular no puedo dejar de hacer ninguna de las dos cosas. Porque si dejo de trabajar no puedo pagar la gasolina, más teniendo en cuenta el hecho de que casi no estaré en casa, y tampoco quiero hacerlo. Y si trabajo más horas podría perderme de ayudar a Alexandra cuando se supone que debo ser más contenedor. Así que dadas las circunstancias, tomaré toda la ayuda que se me proporcione, siempre y cuando el orgullo me lo permita.

Los días que siguen son todos largos y parecidos, con náuseas y vómitos. El doctor nos cita en el hospital para comprobar si se debe a una clásica "intolerancia digestiva a la quimio". Si se trata de eso, "no hay nada de qué preocuparse".

Alex deberá permanecer tranquila en su casa esperando hasta mañana. Según cómo salgan los resultados, faltarán dos semanas más para la próxima quimio.

Anoto estos sucesos mentalmente y espero no olvidarme de nada. Pero es lo único en lo que pienso, así que no creo poder olvidarlo.

Los días ya son más fríos y en una semana empiezan las vacaciones de invierno. Esos veinte días no dejaré de trabajar, vendrán amigos de Connor y Ronan desde Irlanda a conocer su negocio, que ya lleva un año. Lo que sí haré es trabajar en horarios sumamente distintos y salteados para aprovechar esos días con Alexandra y a la vez no dejar de trabajar mientras pueda y, claro, adelantar trabajo del instituto si es que tengo tiempo.

Aunque, irónicamente, sé que es lo que menos me queda. Al menos del tiempo que quiero recordar para siempre. Inmediatamente, pienso en la sonrisa de Alexandra y me invaden las ganas de llorar.

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