Capítulo VI
La comida está buenísima, una especie de guiso de lentejas con verduras, con una riquísima salsa casera preparada por Esther.
Esther trabaja aquí desde que tengo memoria, y antes, lo hacía allá en Francia, en casa de mi abuela. Digamos que es casi la segunda madre de mi madre y mi casi-abuela.
Cuidó a mi madre y a mis tíos. Siempre ha sido cercana a mí pero, a diferencia de mis padres, es súper simpática y la más invasiva de la casa Goodman. Si le pido que no me guarde la ropa, lo hace igual, y si le pregunto cómo van sus cosas, me cuenta toda la historia desde su venida de Lyon a París y de París a Kentucky. Es muy entrometida y me lo pregunta todo acerca de todo, hasta de lo que no le cuento. Recuerdo que después de haber conocido a James me dijo que era de los hombres más guapos que había visto en su vida. No es ninguna tonta, Esther.
—Alexandra —dice George, tratando de llamar mi atención.
Su tono parece bastante serio, al igual que su semblante. Es de noche y estamos cenando en el comedor. Siempre cenamos aquí y apenas ocupamos un minúsculo espacio de la gran mesa. Los últimos o los primeros tres lugares, en alguna de las puntas, mamá y yo enfrentadas y George en la cabecera.
—¿Qué? —le pregunto a George después de tragar agua, a la espera de algún remate de esos serios. Se le nota la incomodidad en la barbilla. George no es de esos que saben pretender. A veces me cuesta entender que no compartimos los mismos genes.
—He estado hablando con tu madre... —empieza a explicar, observa a mamá a su lado y vuelve nuevamente su atención hacia mí— y hemos llegado a la conclusión de que queremos que emplees bien tu tiempo. Es tu último año, Alexandra, y queremos que lo vivas de esa manera. Tendrás toda tu vida para seguir pintando y leyendo, lo cual no decimos que esté mal, está perfecto y nos encanta que seas así, pero sal a divertirte, vete de compras con chicas de tu edad, sal a bailar. Y, bueno, hum... también, bueno...
—Con tu padre te queremos decir —interrumpe mamá y le toma la mano— que estaría bien que distribuyeras mejor tu tiempo y que trataras de no saltarte etapas. Eso es todo.
Ambos me observan expectantes, a la espera de mi respuesta, como si tuviera que haber una. Suelto la cuchara y exhalo con fuerza.
—Es por James, ¿verdad?
Ambos se miran y empiezan a ponerse nerviosos. A George no le va bien con esto de dar discursos e imponer ideas. Nunca ha sido su fuerte.
—No, no, hija. No es por James...—objeta George, hasta que se encuentra con la mirada fulminante de mamá y vuelve a su personaje—. Bueno, en parte.
—James es un buen chico, Alex —agrega mamá—, y sabemos que lo que compartís es muy fuerte... —Ahí viene el "pero", ya lo presiento—. Pero... —Lo sabía—. Piensa que tienes tan solo dieciocho años. Tanto por delante y apenas lleváis... ¿cuánto?, ¿un mes y medio juntos?
—Dos meses... —digo por lo bajo y con los brazos cruzados.
—Dos meses, Alex. Tú misma lo has dicho, ¡dos meses y ya parece que llevarais diez años casados!
—Mamá, por favor, ¿puedes tratar de no exagerar por una vez en tu vida y dejar de obligar a papá a decirme estas cosas cuando no le importa una mierda? —le advierto, ya con poca paciencia, entrecerrando los ojos como si pudiese leerla bien adentro solo cuando me achino.
Puede ser que no exagere, pero me molesta la manera en que me lo ha planteado y que haya involucrado a George cuando es la única a quien le afecta. Me molesta que no se haga cargo de lo suyo.
Papá cierra los ojos con fuerza, y sé que por dentro tiene ganas de desaparecer de aquí. Odia este tipo de conversaciones tanto o quizá más que yo. A mi madre le encantan, y pienso en la cantidad de cosas que le habrá metido en la cabeza para que él haya dado el primer paso. Mamá es de esas personas a las que les gusta hacer nudos con el ovillo solo por diversión y George es de los que prefiere desenredarlos sin que nadie se de cuenta de que lo está haciendo.
Me encuentro con la mirada de George: quiere desaparecer y yo también, nuestras miradas lo dejan claro. Él conoce el dolor que me genera enfrentarme a mamá.
—Comprendo que no puedas entenderlo, mamá. Ya lo hemos hablado y te he dicho exactamente lo mismo. ¿Pensabas que porque pasaran un par de semanas iría a cambiar? ¿Que me daría cuenta de que James no es para mí o algo así? ¡Si lo has pensado alguna vez, estabas equivocada porque no quiero dejar de estar con él! —hablo sin dejar de respirar un segundo y dejo que mi voz exprese mi mal humor—. Además, sabéis que no tengo amigas y que nunca las tendré, o al menos estoy segura de que no quiero eso ahora. No creo en ese tipo de amistad y no comparto nada con mis compañeros del instituto. No me gusta salir de fiesta, no me divierte ir acompañada a comprar ropa y aún menos la crítica disfrazada de complicidad escondida en "lo que me ha dicho tal que me ha dicho que no te lo diga pero te lo digo igual". Agradeced que tengo un mejor amigo y haced las paces con esa idea prefabricada de que no puede ser ser mi novio al mismo tiempo. No os pido que me entendáis, nunca lo he hecho. ¡Solo os pido que me respetéis! —Suelto con vehemencia la servilleta que se encontraba en mi falda sobre la mesa y me retiro rápidamente.
No intentan detenerme porque saben que sería en vano. Al menos en eso sí me conocen. Corro a mi habitación, cojo mi móvil y marco el número de James. Me sudan las manos.
Sé que está trabajando, y quizá pueda ser algo egoísta por mi parte, pero necesito que me tranquilice. Solo él puede hacerlo, y en este momento siento que podría hacer un gran número de imprudencias.
Malditos impulsos.
Escucho los tonos en el teléfono que indican que todavía no está en línea, y camino dando vueltas en mi habitación, nerviosa. Después de cinco intentos, me tiro rendida en la cama y grito tapando el sonido con una de mis almohadas. Trato de llorar, pero las lágrimas no salen. ¡¿No entienden estos estúpidos lagrimales que tengo que desahogarme de alguna forma?!
De pronto, me sorprende el tono de llamada de mi propio móvil y lo tomo en mis manos. James.
—Hola.
—¡Hola, Alex! —me dice en tono divertido—. ¿Qué sucede?
Me tranquilizo mucho al escuchar su voz.
—Háblame, James. Necesito que me hables —le pido, hecha un bollo en mi cama.
—¿Qué? ¿Qué ha pasado? —empieza a decir, dejando de lado su alegría.
—No, no es nada. Solo una discusión con mis padres, eso es todo.
—Ya veo...
—Por favor, James. Cuéntame algo, háblame. Necesito escuchar tu voz por un minuto al menos.
—Está bien. Eh... aquí estoy, en el bar. Como siempre. Es una noche tranquila, pocos clientes. Bueno, en un miércoles tampoco es tan extraño.
Sonrío al imaginar a James con su traje de camarero. Esa camisa blanca, el moño negro, los pantalones ajustados y oscuros. Debo admitir que es uno de los looks que mejor le quedan. Bah, en realidad todo le queda bien, pero ese conjunto en particular...
—Me acaban de dar un aumento, eso es bueno... No sé qué más contarte sabiendo que estás mal, Alexandra, ¿sigues ahí?
—Sí... —digo después de unos segundos.
—No quiero que estés mal. ¿Quieres que te hable de nuestros planes para el fin de semana? Eso siempre te pone de buen humor. He pensado que este viernes podríamos pasarlo en Louisville y hacer alguna salida de esas típicas de los novios. ¿Estás ahí?
—Sí, estoy aquí. Pero el viernes lo tengo muy complicado. Iré al médico por la mañana y luego he quedado con mi tía Lilly en que iría a su casa a ayudarla con la mudanza. Tenemos que hacer una de esas salidas, pero no el viernes... —pienso en mis padres. Sí, a ellos les va a gustar esta salida... típica.
—¿El sábado puedes? Bah, no sé para qué te lo pregunto. Si no puedes verme el viernes, deberás hacerlo el sábado... y el domingo.
Me río relajada al pensar que lo veré los dos días.
—Está bien, McOwen, si me lo planteas así, tendremos que vernos esos dos días... a toda hora.
—Serás mía todo el fin de semana. Mis reglas. El sábado te llevaré a la ciudad y haremos algo como ir a comer, a tomar algo, quizás al cine...
—No creo que nos salga —sonrío pensando en esa posibilidad.
—Es una cita —advierte James, exagerando su acento británico.
Me hace tan bien esta persona. Pasan unos segundos y escucho que alguien repite su nombre del otro lado del teléfono.
—Oye, tengo que colgar, pero irás mañana al instituto, ¿no?
—Sí, iré.
—¿Estás mejor ahora?
—Mucho mejor.
—Bien, entonces ahora sí, adiós. Espera, ¿Nos vemos mañana?
—No si muero antes.—comento ya cómoda en el sarcasmo.
—¡Esperemos que no suceda!— Contesta.—Te quiero y te veo mañana, lunática.
Miro a la pantalla y leo que pone "1 minuto 00 segundos". Corto la llamada. Exactamente lo que necesitaba. Un minuto. Sonrío y apago las luces de mi habitación para descansar mi mente.
Observo la última fotografía que me falta mientras la sacudo un poco para sacarle los químicos restantes antes de colgarla.
Ya hay tantas en la cuerda... Entre las últimas que he revelado, tengo un par de Bobby y James poniendo caras mortificantes mientras buscábamos imágenes de antiguos años escolares para llenar un par de hojas del trabajo. Aquel día concluyó con un pedido de pizza en casa, y una película de esas que ni recuerdas el nombre. Algo muy poco Goodman pero muy entretenido. También hay una foto de James comiendo pollo frito y otra tocando mi guitarra, además de la de George, mamá y James sentados en el salón de casa, saludando a la cámara. Cada una de esas fotografías representa momentos de esos que puedo congelar. Hay otros que me gustaría recordar por sus sensaciones, olores, otros sentidos.
Esos los guardo muy dentro de mí y a veces los transcribo a mi cuaderno para no olvidarlos, como una fotografía pero aún más amplia. Mientras ordeno los tubos con los químicos dentro de los cajones, irrumpe en el aire la bocina del R4. Mierda, James ya está aquí.
Miro mi reloj y veo que son las cuatro de la tarde. Más mierda. Se me ha pasado el tiempo y no estoy cambiada aún. Tengo el pelo recogido en una especie de moño y estoy vestida con mi pijama. Doy vueltas por la habitación mientras maldigo en voz alta y lleno mi mochila con las cosas que necesito llevar: llaves, móvil, cartera, cámara. Miro la analógica y recuerdo que está rota desde la semana pasada. Busco con la mirada mi otra cámara Polaroid, que saca las fotografías y las imprime al instante. La encuentro en uno de los cajones de la cómoda y la meto en mi mochila. Bien. Ahora debo cambiarme. ¿Un vestido? Sí, y medias finas. Zapatos oscuros con cordones y... nada más. Lo dejo todo sobre la cama y me doy vuelta para sacarme el pijama.
—Permiso... —me interrumpe y me provoca cierta exaltación—. ¡Ey, ey, ey!
—Mierda, James, me has asustado.
—Esto es perfecto, no dejes de hacer lo que estabas haciendo, anda. Cámbiate tranquila —dice apoyado en la puerta. Me escanea de arriba abajo, sonriendo.
Termino de sacarme la parte de arriba y lo observo por el hombro. Trae un ramo de flores en la mano. Me derrito al verlo así, con sus pantalones ajustados y su camisa desarreglada. Es demasiado perfecto.
—¿Estabas revelando fotografías? —pregunta señalando con la mirada las luces rojas, las únicas encendidas en mi habitación en este momento. Vaya, no me había dado cuenta.
James se acerca hasta donde estoy y me da las flores. Son margaritas. No las huelo porque sé muy bien que el perfume de las margaritas no es perfume, pero observo mis flores preferidas y sonrío.
—Son estupendas.
Lo beso lentamente mientras hundo mis dedos en su pelo. No me importa despeinarlo más, y no creo que a él le importe. El único perfume que sí puedo oler es el de su cuello...uf, qué abrasador.
—Así que, señorita Goodman... —comienza a decirme en voz baja, sin separar su cuerpo del mío— está usted "trabajando" en un ambiente con luces rojas y en ropa interior... —advierte mirándome desde arriba—. ¿Le parece apropiado para una mujer como usted trabajar en este tipo de ambiente? —exagera su acento con su frente pegada a la mía mientras sube su mano por mi pierna desnuda.
Una sensación ya habitual en mí recorre mis extremidades hasta llegar a mi entrepierna, y se queda allí, encendiendo mi cuerpo de deseo.
—¿Apropiado según quién, señor McOwen? Es de los mejores trabajos que he tenido...
—¿Y podrá proporcionar algún tipo de servicio para un hombre como yo? —Su mano sube dibujando arabescos hasta llegar a mi culo.
Mierda. Me está divirtiendo este juego.
—Depende...
—¿De qué depende? —Pasa el dedo índice rozandome toda, como si estuviese decidiendo por dónde empezar primero.
—De cómo me convenzas —suelto—. ¿Qué harás conmigo?
Mi cuerpo se agita con el calor que sube por él. Uf, joder. Necesito poseerlo ahora.
James sonríe y se muerde el labio. Casi puedo imaginar todas las guarradas que se le están ocurriendo. Su mano no deja de dibujar formas invisibles, recorriéndome toda.
—Dilo en voz alta.
—Antes que nada te voy a llenar de besos el cuerpo y esa boca divina que tienes. Te voy a coger los brazos desde los bíceps, y te voy a follar como tú me pidas. Mientras, con mis manos te voy a acariciar todo... —James se acerca a mi oído para murmurar—. ¿te lo puedes imaginar?
Joder.
—Justo cuando me digas 'basta', voy a ponerte boca abajo con una almohada en la cintura. —James me pone bocabajo y me acaricia imitando su imaginación—. Bañar todo tu culo y entrepierna en aceite que huela muy bien... metertela bien despacio hasta dentro de ti, una y otra vez, cada vez más fuerte y cada vez más adentro.
Su pelvis acompaña los movimientos que describe y me excita cada ves más y más al poder imagianrlo tan prominentemente.
—¿Y luego? —lucho por expresarme.
—Luego, está en mis planes tumbarte en la cama sobre las sábanas más suaves que hayan, sacarte toda la ropa despacio... —James me gira de nuevo y me saca el pijama por arriba—. Bajar hasta tus piernas y llenarte de besos y caricias con mi lengua... Me puedes tirar del pelo todo lo que quieras y no voy a salir hasta que me digas basta.
James me baja la ropa interior y empieza a lamerme. Lenta y rítmicamente. Me arqueo hacia atrás dejando que mi cuerpo reaccione de manera genuina a sus besos húmedos. Sus dedos se hunden en mis piernas como queriendo penetrarme con todo su cuerpo, ¿es que acaso no se da cuenta que ya me posee por entera? Pasan tres minutos enteros hasta que acabo.
—Basta —jadeo cogiéndolo del pelo.
James sonríe y me pone de pie.
—Luego te pondré de espaldas mientras te cuento que mi intención es tratarte como una reina por el resto de tu vida —James saca un preservativo del bolsillo de su pantalón y empieza a ponérselo—, y que no te soltaré nunca, ¿sabes? Quiero compartirlo todo contigo, mi tiempo, mis ganas, mi cuerpo. Quiero que nuestros ejes estén lo más pegados posible la mayor parte posible del día porque quiero fusionarme contigo, Alexandra.
James prosigue a metérmela mientras me agarro al mueble frente a mí.
Me coge del pelo y me gira levemente hacia atrás jadeándome al oído.
—Y me mirarás sobre tu hombro mientras hacemos el am-
—Mientras me follas —le corrijo.
—Mientras te follo —agrega. Puedo sentir su sonrisa.
—Gracias por existir, James —le digo mientras lo acerco más a mí, para que se hunda lo máximo posible en mi cuerpo. Y gimo. Gimo de verdad.
—Mierda, James. Ya son casi las cinco. ¿Te das cuenta de que nunca hacemos nada a tiempo?
Parece como si el tiempo verdaderamente se detuviese cuando estamos juntos. Salimos de mi habitación ya arreglados, como esas parejas que hacen ese ritual previo juntos. Yo vestida casi formal, y un poco maquillada, con las flores de James en la mano, y él, bueno, tan perfecto como siempre, abrochándose los últimos botones de su camisa.
—Tienes razón. Pero está claro que ha sido tu culpa, Alexandra.
Se ríe y me guiña el ojo. Lo golpeo con el codo antes de abrir la puerta.
—Hazte cargo de tu perversión sexy, ¿quieres?
Estamos a punto de cruzar la puerta de entrada, pero él se detiene antes.
—Mejor deja tus flores aquí, ¿no?
—Dijiste que deberíamos hacer una salida normal como las demás parejas, y eso voy a hacer. Presumiré de mis flores toda la noche. —Sonrío, ya fuera de la casa.
—Adiós, chicos, ¡que os divirtáis! —nos sorprende un grito.
¿¡Qué...!?
—¿Esther? No sabía que estabas aquí... —respondo cerrando los ojos seguido por muecas de "qué horror".
—¡Sí, querida! ¡Llevo en la cocina desde el mediodía! Me ha abierto tu madre antes de salir. ¿No queréis tomar un té antes de iros?
Me tapo la cara con las manos, James trata de contener una carcajada. Bueno, sí, es gracioso. Dejo escapar algunas risitas pero me muerdo los labios para no estallar de incomodidad.
—¡No tenemos tiempo! —grito sonriendo.
—¡Gracias de todos modos, Esther! —agrega él—. ¡Que pases un buen fin de semana!
Empezamos a caminar a un buen ritmo hacia el R4 mientras él suelta por fin las carcajadas.
—Por Dios, James, ¡no me habías dicho que estaba en casa!
—¿Y cómo iba a saber yo que no lo sabías?
Entramos en el coche. James pone música a todo volumen y abre las ventanillas, pronto dejamos las afueras para adentrarnos en la ciudad.
Unos treinta minutos más tarde nos encontramos en Louisville. Coches, tránsito, edificios altos, mucha gente y polución, con ninguna de estas cosas mantengo una buena relación, pero por unas horas no me molestan.
De pronto empieza a sonar una canción pop de esas viejas en la radio de James. Empezamos a cantarla, más bien a gritarla, mientras estamos parados en medio del tránsito en alguna de las calles de la ciudad. Nos reímos, y la gente nos mira como a un par de locos. Sienta genial estar loco.
La barriga de James hace ruidos y lo miro levantando las cejas.
—Veo que tienes hambre.
—¿Sabes qué? Ahora que recuerdo no he desayunado y no sé por qué.
—¡Por Dios, James! ¿Cómo puedes olvidarte de...?
—¿Qué?
—Ahora que lo dices, yo tampoco he desayunado.
Nos reímos de nosotros mismos mientras miro el ramo de margaritas sobre mi falda.
—Muy bien. Ya sé dónde haremos la primera parada.
James gira a la izquierda y continúa recto un par de calles hasta llegar a un gran lugar con una "M" amarilla.
—¿McDonald's? Tú sí eres un romántico.
—Lo sé. ¿Te gusta, no?
—Por supuesto, no conozco a nadie a quien no le guste
McDonald's.
—De esos hay muchos.
—De las pocas personas que conozco, nadie entra en ese grupo. Pero casi nunca vengo. A mis padres no les gusta la comida rápida.
—No saben lo que se pierden.
—Dímelo a mí. He traído a mi madre a la fuerza más de una vez, pero no consigo que pida otra cosa que no sea una ensalada con agua mineral, y eso no es McDonald's.
Hacemos nuestro pedido en una de las ventanillas y luego retiramos la comida en otra más adelante. James mira a su móvil y noto sus cejas transformadas en una expresión seria.
—¿Qué pasa?
—Es el trabajo... Me he olvidado de cerrar unas cuentas, mierda. Además es sábado, se supone que...
Parece bastante decepcionado.
—No pasa nada. Pasamos un momento, cierras esas cuentas y nos vamos.
—¿Estás segura? ¿No te molesta?
—¿Lo preguntas en serio? ¿Por qué tendría que molestarme? Además, conoceré el famoso Irish pub.
La señora nos entrega las bolsas con la comida por la ventanilla de James. Pagamos, le damos las gracias y nos dirigimos hacia el Irish pub.
En cierto momento saco la Polaroid y le tomo una foto graciosa a James mientras engulle su hamburguesa.
Comemos por el camino y hablamos sobre lo insólitas que son las personas que consumen la comida de McDonald's en un orden en particular; por ejemplo, primero las patatas, luego la hamburguesa y por último la bebida. Es ridículo, a fin de cuentas todo va a parar al mismo lugar, donde todo se mezcla.
Después del típico tránsito urbano a hora punta, llegamos al bar. La entrada es verde con un duende y se ve un gran trébol de neón desde el cristal exterior. Entramos, y James me presenta a sus colegas, los dueños del bar, Ronan y Connor, dos mellizos irlandeses con el pelo anaranjado. Después de saludarlos lo espero sentada en una de las mesas. Desde no tan lejos escucho a los mellizos hablar con James y noto la rapidez con la que hablan y el vocabulario que utilizan. Hay palabras que no retengo y otras que me resultan muy graciosas. Se escucha música pop-rock Inglesa desde los altavoces y unas pantallas bastante grandes muestran partidos de algún deporte. Hay poca gente porque es demasiado temprano, pero apuesto a que más tarde se llenará. «Un lugar muy agradable», pienso mientras tomo un par de sorbos de mi bebida.
—Listo —avisa James de pie a mi lado.
—¿Ya estás?
—Sí. Espera. ¿Qué hora es? —consulta mientras muerde la pajita de su bebida. Cuánta impotencia me da ese gesto.
—No he traído mi reloj, pero supongo que todavía no son las siete.
—Vamos —dice James. Me coge de la mano con tal fuerza que me obliga a ponerme de pie con mi mochila encima.
—¿A dónde vamos? —le pregunto mientras me lleva hacia unas escaleras dentro del bar. Empezamos a subirlas rápidamente, él adelante y yo atrás—. ¿No me vas a decir adónde vamos?
—Eres tan ansiosa, Alexandra. Espera y verás.
Las escaleras están sucias y son muy angostas. Cinco pisos, diez... ¿veinte?
Llegamos. Por fin. James abre una puerta de metal y sale a la luz.
Lo imito y de pronto nos encontramos en una terraza, invadidos por la luz anaranjada del sol y los edificios que decoran la ciudad. Crecen desde todos lados apuntando hacia el sol, como si estuvieran rindiéndole culto o algo así. Hay algunas construcciones altas y otras que no lo son tanto. Ahora entiendo por qué me cansé tanto al subir. Eran muchos pisos, pero valió la pena. Se puede ver todo. El sol, las nubes y los colores cálidos que pintan el cielo decorándolo de atardecer. De los más bonitos que he visto en mi vida.
—¿Y? ¿La chica de los suburbios ya conocía las vistas?
Muerdo la pajita de mi vaso vacío, medio embobada con la grandeza de la ciudad, y saco una foto con la Polaroid. James me sorprende, me abraza desde atrás y me besa el cuello.
—Esto... es increíble —digo sin dejar de observar el cielo.
—Es bonito. Y una muy buena forma de descarga —dice y me obliga a girar para vernos de frente.
El sol tiñe su cuerpo y su cara con un filtro anaranjado, empapándolo de brillo y color. Sus ojos parecen más atentos que nunca, y su cabello juega con el reflejo del gran astro.
—¿A qué te refieres con eso?
James se aleja de mí, retrocede un par de pasos y luego grita muy fuerte.
Me río sorprendida mientras lo miro.
—A eso me refería —se aclara la garganta, acercándose nuevamente.
—¡James! ¿No pueden echarte por gritar así?
—Estás en la ciudad, Alexandra. Aquí nadie se da cuenta de lo que haces o no. Y menos si estás en el piso dieciocho de un edificio abandonado.
Dieciocho pisos. Ahí está.
—Quiero que lo hagas.
—¿Hacer qué?
—Gritar. Como yo lo he hecho o más fuerte aún, si es que puedes. Te prometo que después vas a sentirte muy descargada. A mí siempre me ha servido. Cuando estoy estresado por el trabajo o enojado con mi padre o con la vida por cualquier motivo, corro hasta aquí arriba y grito con todo el aire que tenga dentro.
—¿Y siempre te ha funcionado?
—¿En los pocos meses que llevo aquí? Siempre. Vamos, hazlo. Descárgate de lo que te molesta, de los estereotipos, del calentamiento global, de la gente superficial, de la soberbia del profesor Willies...
Interrumpo a James y grito con todas mis fuerzas. Tan alto que yo misma me sorprendo. No sabía que tenía tanto aire dentro de mí.
James se ríe y me abraza.
—Has dicho "el profesor Willies" y he querido romper mis cuerdas vocales.
—¿Te ha servido?
—Sí. Guau. Es muy efectivo.
Aleja su cuerpo del mío y me toma ambas manos.
—¿Motivo de descarga?
—Señor y señora Goodman —respondo de mala gana.
—¿Tiene que ver con la llamada del miércoles?
—Les molesta que pasemos tanto tiempo juntos porque piensan que me estoy saltando etapas.
—Quizá lo estés haciendo... —dice reflexivo.
—¿Y qué tiene que ver? No voy a dejar de hacer nada ni a cambiar porque a mis padres les moleste. Sé que te quieren como a un hijo, pero a veces siento que quizá te entiendan más a ti que a mí. Siempre he querido ser simple, bah, siempre he creído que lo era, pero después de todo este drama... pienso que simple es lo que menos soy.
—Yo creo que eres exageradamente increíble —me dice.
Nuestros cuerpos están muy cerca uno del otro. Nos abrazamos y cierro los ojos un par de segundos.
—¿Te das cuenta?
—¿De qué? —pregunto.
—Hemos venido hasta aquí para hacer una salida clásica de novios, y míranos; hemos devorado comida basura, cantado con las ventanillas bajadas y gritado desde un edificio. —Se ríe.
—Eso es lo que me gusta de nosotros, James. No nos amoldamos a nada, simplemente somos.
—Somos bastante raros para la gente que no nos conoce.
—A mí eso no me importa, ¿y a ti?
—Tampoco. Qué aburrido sería fingir ser como todos los demás, que también fingen ser como todos los demás, que también...
Nos reímos y lo abrazo desde el cuello.
—Me aburro solo de pensarlo.
De pronto me invaden las ganas de gritar otra vez. Y no sé bien por qué.
Me despierto y me vuelvo a dormir. Sé que estoy en el asiento del copiloto, que es muy de noche y que estoy cansada. Las margaritas descansan nuevamente sobre mi regazo y las sostengo con una de mis manos. Sé también que él conduce el R4 mientras tararea una canción country. La música suena tenue desde el reproductor y desde su boca. Estoy perfecta donde me encuentro, hecha un bollo y espiando de vez en cuando su mirada atenta. Nos dirigimos a casa.
Despierto en mi cama lentamente. ¿Qué hora es? ¿Es de noche o de día?
De pronto recuerdo que ayer estuvimos en la ciudad, pero... ¿me quedé dormida? ¿Cómo es que de repente he aparecido en mi cama? Y encima con mi pijama puesto. ¿Qué mierda ha sucedido?
Encuentro a mamá en el salón. Lee un libro en uno de los sillones, con sus gafas puestas. Aún muy dormida, me froto los ojos y evito la luz del sol.
—Mamá, ¿qué pasó ayer por la noche? ¿Dónde está James?
—Hola, Alex. Muy bien, ¿y tú? —me pregunta ella, mirándome de reojo.
—Mamá, vamos. Necesito que me respondas.
—Tú necesitas respuestas para todo y en todo momento.
—Por favor, dime.
—Alexandra, son las nueve de la mañana, querida. —Cierra el libro y me observa a través de sus gafas de lectura—. James te trajo ayer a medianoche y te acostó en tu cama. ¿No te acuerdas de que te despertó para que te cambiaras? Estabas muy cansada y prefirió no despabilarte.
Mierda. James me había prometido que pasaríamos el fin de semana juntos. Y ahora, por su miedo a despertarme, me he perdido la oportunidad. Un gran mal humor empieza a apoderarse de mí.
Odio esta situación. Frustrada, miro hacia fuera y noto una figura en medio del extenso parque de casa.
—¿Y George dónde está? —pregunto acercándome a la ventana para ver mejor.
—Está en casa de tu abuela. Es domingo, ¿recuerdas? ¿En qué planeta vives, Alexandra?
Sigo mirando hacia la ventana mientras me acomodo el pelo despeinado y me pregunto quién será esa persona. Si George no está, entonces ¿quién es ese?
—Oye —hablo sin despegar mi mirada del cristal—. Mamá...
Al darme vuelta, veo que ella trata de contener una sonrisa y me observa divertida.
—¿Por qué no lo averiguas tú misma? —me pregunta adivinando mis pensamientos
Abro la puerta para salir de casa y corro hacia él sin contener la risa. El día es perfectamente soleado y hace frío, pero no tanto bajo el sol. Corro descalza por el césped y me lanzo encima de él. Lo beso.
—Buenos días, Alexandra, ¿cómo has despertado? —me dice sonriente y algo exaltado por mi repentina aparición.
—Maldito británico —protesto sonriendo—, has conseguido sorprenderme.
Nos sentamos, y veo un picnic preparado a nuestro lado. Realmente, no creo poder estar más enamorada de esta persona.
—¿Qué es todo esto?
—Es un desayuno medio atípico para mi chica atípica. Después de nuestra charla me quedé pensando en lo que me dijiste. Llegué a la conclusión de que la salida de ayer estuvo muy bien para corroborar el hecho de que jamás podremos hacer ese tipo de salidas. No lo hemos logrado ni siquiera cuando nos lo hemos propuesto, así que... Cuando llegué a tu casa, George estaba sentado en el sofá leyendo. Yo te cargaba en brazos y te llevé a tu cuarto. Al salir después de un rato, él seguía allí. Le pregunté si me dejaba prepararte una sorpresa para la mañana siguiente, y me contestó que sí y que no debía pedirle permiso para hacer eso, me molestó con lo de los modales y me dio una copia de la llave de tu casa. Fui a comprar las cosas para hacer esto, que se suponía era una sorpresa...
—¿George te dio una llave de casa? —pregunto incrédula.
—Sí. ¿Qué...?
—James, ¿entiendes lo que significa eso? ¡No deberás entrar ni salir de noche a hurtadillas por mi puerta de atrás! Bueno, quizá de noche sí debas hacerlo, después de todo...
—Sí, lo sé, también lo he pensado. Las fugas nocturnas seguirán siendo fugas nocturnas.
Sonreímos mientras observo el entorno, la casa, los árboles, el césped, el picnic, James.
—¿Has dormido algo? ¿Estás cansado?
—No, estoy perfectamente bien. He dormido en la habitación de huéspedes pero creo que hasta el sillón del salón es más cómodo que el colchón de mi habitación.
Comemos al aire libre y más tarde, ya cambiada, paseamos por el bosque. Caminamos en silencio y también conversamos mientras masticamos caramelos. Nos detenemos en uno de los árboles y nos subimos a una rama.
—Ey, no me has contado cómo te fue con las pruebas médicas el viernes. ¿Te dolió mucho? O... Espera, ¿qué te han hecho en primer lugar? —interrumpe la atención que yo le estaba brindando al sol que se filtraba entre las hojas.
—Bien, supongo. Cuando llegamos al hospital, me sacaron sangre. Ya sabes lo mucho que me impresiona eso, creo que nunca voy a superarlo. Al terminar de sacarme toda la sangre que necesitaban, e incluso más de lo necesario, vomité encima del médico residente que me atendía. Quería morirme de la vergüenza, me disculpé unas mil veces, pero el pobre señor no sabía qué decirme. Después de todo, no lo pude controlar... y ya sabes cómo es mamá, montó un escándalo. La hice entrar en razón, pasó porque soy muy impresionable sumado al hecho de que no había desayunado. De todos modos, media hora más tarde teníamos turno con el médico clínico, ya lo había visto hacía una semana pero quería saber cómo seguía, por las dudas. Y después fui directa a hacerme los demás estudios.
—"Por las dudas" —repite.
—Sí, por los dolores de cabeza. Las pastillas no hacen tanto efecto como antes...
—No lo sabía —dice entrecerrando los ojos.
—James, no era relevante.
—¿Qué estudios te hicieron?
—Radiografía de tórax y tomografía computada. Te lo juro, odio los hospitales más que nada. Entiendo que son un lugar de cura, esperanza y todo eso, pero me deprimen tanto.
—Espera, no me lo habías contado, ¿estás segura de que ya estás bien?
—Fue solo un vómito por la impresión y nada más.
—Alex, me refiero a los estudios.
—Estoy bien. Me llamarán cuando tengan los resultados.
—Me alegra al menos saberlo ahora...
—No te lo conté el viernes a la noche porque sabía que, si te lo decía, ibas a ponerte muy quisquilloso y a decirme que dejáramos la salida para otro día. Conoces a Ansiedad Goodman, así que preferí callarme, no quería perderme esa noche contigo.
Mordisqueo otro trozo de caramelo.
—Me encanta la manera en que me conoces, pero no debes anticiparte y decidir las cosas por mí, Alex. —Suena bastante enfadado. ¿Le habrá molestado mucho?—. Imagina que yo hubiera estado en tu lugar, a ti te gustaría saber, simplemente para estar tranquila, que todo va bien.
—Está bien. La próxima vez te lo contaré todo con pelos y señales si así lo deseas.
Odio mentirle, pero no vale la pena.
—Muy bien. Así me gusta.
Nos quedamos allí arriba durante dos horas más. Observamos, dormitamos y escuchamos los sonidos propios de la naturaleza. Es lo que necesitaba desde hace dos meses. Ese "fin de semana en contacto con la naturaleza" que había planeado tener antes del suceso de Literatura y de James en mi habitación. Puf, qué ilusa. Creo que fue el fin de semana con menos contacto con el verde que he tenido.
Encerrada en mi cuarto con James, pensando y durmiendo con él.
Como todos los fines de semana después de aquel.
Y todos los que vendrán, también. Espero.
Bạn đang đọc truyện trên: AzTruyen.Top