Capítulo IX
—¿De qué hablas? —le pregunto, perdiendo todo rastro de la serenidad que había llegado a alcanzar.
Me observa y trata de retener un gran nerviosismo mordiéndose el labio inferior. Mira hacia arriba y se da la vuelta hacia mí con más angustia que antes.
Espera una reacción por mi parte, pero no entiendo nada.
—Tengo un tumor en el cerebro. —Exhala y vuelve a observarme.
Un silencio pesado se asienta entre nosotros sin darme la capacidad de decir absolutamente nada.
—El lunes por la mañana, cuando fui al médico para buscar los resultados de las pruebas, me citaron a un sobreturno porque tenían algo "muy importante" que comunicarme. Apenas nos sentamos en el consultorio con mamá, el doctor nos informó de que tenía malas noticias, pero no me imaginaba esto. Me mostró los resultados de la tomografía y de los análisis. Tengo un tumor en la zona parietal izquierda del cerebro. Las jaquecas, los vómitos... todo tenía que ver con esto. No sé cuánto tiempo me queda, y al parecer nadie quiere hablar de eso. Solo sé que pasaré los próximos meses con mucha atención médica hasta que...
Alexandra parece derrumbarse al decir cada palabra, y yo también.
Sigo sin poder... no quiero entenderlo.
—Se puede solucionar. ¡Eso se puede solucionar!—le digo, rompiéndome y sin pensarlo.
—No, James, esto no se puede solucionar. Es inoperable, la operación es más arriesgada que la enfermedad misma, allí se encuentran todas las vías nerviosas.
Me observa, ya sin esconder nada, y luego se acurruca encima de su propio cuerpo. Miro el césped y dejo que la oscuridad se apodere de mí por completo.
Ni siquiera termino de procesarlo. Solo algunas palabras. Las demás se derriten en incomprensión. Y las que he entendido... desearía no poder entenderlas. Esto no puede estar pasando. No otra vez. No puedo... no quiero... no puede... Mi mente no sigue una línea de pensamiento racional porque no la hay. No existe.
—¿Y, sabes qué, James? —empieza a decirme, girando su cabeza hacia mí. Se crea un silencio sostenido por nuestras miradas que penetran en lo más profundo del otro—. Sé que en el fondo no debería mostrarme insegura, más que nada por ti, por George, por mamá... pero no sé cómo esconderlo. No soy una persona valiente y no sé cómo serlo. Estoy muy, muy asustada. Como has dicho, no sé enfrentarme a muchas cosas. ¿Y ahora se supone que tengo que afrontar mi propia muerte? No puedo, James. Lo siento pero no puedo mostrarme segura. Cuando te conocí, pensé por fin que el tiempo se había detenido, como en WonderNeverland. Me sentí... bien durante bastante tiempo. He sido la persona más ingenua y estúpida del mundo entero, parece que olvido siempre que vivimos en un mundo con sus reglas, y esas sí que no puedo infringirlas. Ya no sé qué pensar con respecto a nada. Tengo mucho miedo, no quiero morir —pronuncia, empapando mi hombro con su llanto.
Estamos abrazados, buscándonos cada uno en el otro, sintiendo esto que he echado tanto de menos en los últimos cuatro días. Hasta llegué a imaginarme sus abrazos y cómo se sentía su cuerpo cubierto por el mío, pero nada se asemeja a la realidad de tenerla conmigo.
—¡No quiero morir... no quiero...! —balbucea con un llanto cargado de temor—. Y sé que tampoco debería decirte que te necesito, porque quién sabe lo que has sufrido por haber perdido a toda tu familia. Y que ahora te pida que me acompañes... sé que es muy egoísta, James, pero ya te he perdido una vez y voy a perderte en algún momento, no quiero perderte tres veces. ¡No puedes dejarme otra vez, por favor, James! ¡No vuelvas a irte!
La separo de mi cuerpo lentamente.
—Alexandra, no pienso soltarte ni siquiera un segundo. Viviremos esto juntos porque somos uno. ¿Sabes que? Eres de las personas más perceptivas y sensibles que existen, y eso vale más que todas las discusiones acertadas en el mundo. Por eso me cuesta entenderte, porque te conectas de manera tan distinta con las cosas que debo admitir que me siento desplazado. Eres todo lo que no merezco, pero no puedo darme la vuelta ahora. Encontraremos la forma de estar juntos, te lo prometo.
Alexandra se me abalanza, me tira en el césped y me da un gran beso.
Justamente esto es lo que necesitaba. Una muestra de cariño de su parte para terminar de levantar esa barrera. Pero aún me siento muy mal por lo que le hice.
—Me encantaría que me mintieras, ¿sabes? Que me dijeras que soy el amor de tu vida aunque ya hayas tenido otros y desconozcas si estaremos juntos durante toda nuestra vida. Que te mostraras seguro de lo que tenemos aunque en realidad no lo estés, sobre todo porque ni yo lo estoy. Es ridículo, pero que me miraras a los ojos y me hagas sentir la única mujer a la que has amado, la única en tu mundo. Suena a cuento de hadas vacío y sobrevalorado, lo sé, pero verdaderamente creo que esta es la única mentira que genera y regenera el amor que nos mueve a todos en el mundo. La mentira de que con pretender seguridad, creamos el sostén para que la inseguridad entre dos personas se borre y puedan simular ser únicos durante el tiempo que el universo decida que dure esa complicidad.
—Alexandra, eres el amor de mi vida —masculla James, mirándome a los ojos de una manera extremadamente penetrante— y no es una mentira.
Nuestras manos se encuentran con partes de nuestros cuerpos que añoraban acariciar. La incertidumbre y el miedo nos invaden, y eso lo entendemos. Sabemos que lo que se avecina no será agradable para ninguno de los dos.
Después de pasar un rato juntos recuperando el tiempo perdido en el fin de semana, almorzamos con George y Florence. En realidad, George está presente físicamente pero su mente se encuentra muy lejos. Habla por el móvil con más médicos especialistas, se pone de pie cada diez segundos y se va fuera para atender las llamadas. No puedo dejar de prestar atención a la preocupación y el miedo que emanan de él. Camina con la mano en alto frotándose las sienes y da vueltas nervioso por la galería.
Va a ser duro para todos: para Florence, para George, para mí y para Alexandra. Todavía no sé cómo mierda lo haré para entender que se irá para nunca volver. ¿Por qué no me dejan a mí irme de una puta vez en lugar de llevarse a todos los que quiero? ¿Por qué tengo que sufrir tantas muertes? ¿Tan mala persona soy? Sería mucho más fácil que me muriera yo en lugar de que todas ellas se hayan ido... o que se vayan a ir.
El alma se me desgarra poco a poco al pensar en todo lo que ambos imaginamos y jamás tendremos. No pasarán muchas cosas y otras sí, como conocer la extrañeza de saber que alguien ya no estará aquí.
La cabeza me da vueltas y vueltas pensando cada segundo en Alexandra.
Se me escapan algunas lágrimas pero intento contenerlas. Estamos desnudos en su cama, y las sábanas cubren parte de nuestros cuerpos. Yo estoy detrás de ella, de perfil, y la abrazo con todo mi cuerpo mientras entrelaza sus brazos en los míos.
El calor entre nosotros me tranquiliza y los latidos de su corazón me hacen imaginar. Los escucho atentamente, así he conseguido dormirme en los últimos minutos, y también me han ayudado a despertarme. Su respiración es lenta y pausada, y ese cálido aire recae sobre mis manos.
—James... ¿qué te pasa? —me pregunta sin darse la vuelta.
¿Cuánto tiempo lleva despierta?
—¿De qué hablas? —dudo mientras le beso el hombro.
—Te he oído llorar en silencio muchas veces. Además, es la única forma en que te he escuchado hacerlo. Tratas de frenarte arrugando la nariz, y en un par de ocasiones te he visto cerrar bien fuerte los ojos para retener las lágrimas. Sueles hacerlo de noche, y siempre cuando estamos aquí. Nunca te lo he dicho porque me gusta darte espacio para que me cuentes lo que quieras, pero en este caso y debido a mi situación...podrías decírmelo, ¿no? —Gira su cuerpo para mirarme—. ¿Qué te pasa? —repite mientras me acaricia la mejilla mojada por algunas lágrimas.
—¿Qué me pasa exactamente o qué me pasa? —le pregunto sonriendo y recuerdo aquella vez en que nos conocimos conociéndonos.
Alexandra sonríe al recordar ella también.
—Qué te pasa exactamente y qué te pasa. Cuéntame ambas.
—Espera... me acuerdo del día que nos vimos las caras por primera vez y me acerqué a ti para pedirte indicaciones, ¿recuerdas?
—Sí. ¿Qué pasa con eso?
—Que nunca me las diste...
—Tú también, siempre tan inoportuno —dice sin dejar de sonreír—. Estaba llegando tarde...
—A tu último primer día de clases —completo su frase—. Lo recuerdo. Como si fuera nuestro primer último día.
Ya no sonreímos pero estamos muy tranquilos, mirándonos.
—¿Cuál te parece la mejor manera para encarar todo esto? —me pregunta, y espera algún tipo de respuesta salvadora de mi parte.
Sé lo que quiere, necesita mi contención, pero no estoy seguro de poder conseguirlo. Si no me siento contenido yo mismo, ¿cómo se supone que lo voy a hacer para contener a otra persona? ¿Fingir? Al menos tratar de contenerla realmente, pasando yo a un segundo y último plano. Al fin y al cabo, ella es lo único que importa.
—Creo que tenemos que seguir con nuestra relación de siempre, conservar eso hasta que... —comienzo a hablar e intento encontrar las palabras adecuadas.
—Puedes decirlo, James. Tendré que adaptarme.
—No, pero... no me resulta fácil entender cómo lo harás, Alexandra.
—Lo sé. Si no te gusta la palabra "enfermedad", podemos llamarlo de otra manera.
—Me parece bien. ¿Cómo podríamos llamarla? —Ambos nos miramos y buscamos la posible respuesta en los ojos del otro, entrecerrados para pensar con más claridad—. ¿"Obstáculo"? —le pregunto, poco convencido.
—Demasiado abstracto.
—Guau, no puedo creer que hayas rechazado algo abstracto —bromeo mientras le acaricio la mejilla.
—A veces lo connotativo es bueno.
—¿Como los clichés?
Alexandra se ríe exageradamente y después de unos segundos vuelve a mirarme.
—Ahora eres tú el que ha sacado el tema de los clichés —dice, acercándose para besarme.
—Me encantan. Necesitaríamos una lluvia en este momento —agrego en medio de otro beso.
—Y una canción... y alguna frase...
Comienzo a tararear alguna melodía y hago muecas exageradas.
Alexandra ríe. Música para mis oídos.
—¿Esto no te excita lo suficiente, Goodman?
—Ni en mil años, McOwen.
Ambos terminamos a gritos, entre risas que surgen de la nada. Un clima alegre se forja, pero unos segundos después volvemos a caer rendidos. La risa se desvanece poco a poco de su cara, y mis labios vuelven a posicionarse en línea recta.
Alexandra sigue mirando el techo, y yo a ella. Nuestros jadeos y respiraciones se van pausando.
—"No es mirando a la luz como se vuelve uno luminoso, sino hundiéndose en la oscuridad. Pero esta labor es a menudo desagradable y, por lo tanto, impopular" —cita Alexandra sin dejar de mirar hacia arriba—. ¿Y si Carl Jung tenía razón, James? ¿Y si todo nuestro recorrido juntos, conociéndonos y tratando de entendernos, es parte de lo que lleva a mi muerte y es así como ambos nos hemos enriquecido? —agrega y me mira.
Trato de entender lo que acaba de decir pero las palabras se me mezclan, y no sé adónde quiere llegar con eso.
—Quiero decir que la naturaleza es sabia y que, después de todo, nosotros no estamos juntos por azar. Ambos nos necesitamos, nos deseamos, nos elegimos y todo se concentra en mi traslación de este mundo a... bueno...
—Me parece que estás dándole demasiadas vueltas —le digo sonriendo mientras le acaricio los brazos.
Sonríe poniendo los ojos en blanco.
—¿Entiendes a lo que voy?
—Sí. Algo entiendo, aunque no mucho —le respondo acercándome para besarla—. Algo parecido que puedo decir en una frase bonita, pero más corta que la tuya, es que se necesita oscuridad para poder ver las estrellas. Y lo que empiezo a entender es que este momento debemos vivirlo de una manera distinta y que no nos traiga constante angustia para así conseguir soportarlo... Tenemos que demostrarle al universo qué tan grande es nuestro amor. Y te prometo, Alexandra Goodman, que te acompañaré y seré la persona más insoportablemente pegada a ti en estos próximos meses. Así nos burlaremos del universo. Y nuestra unión será tan fuerte que, cuando hayas dejado este mundo, nuestras almas seguirán unidas y el deseo continuará. Para siempre.
Alexandra me abraza y sonríe.
—Para siempre —agrega acercándome más a su cuerpo, como si fuera posible.
Es la tarde del martes, y a partir de mañana será la última semana de clases de Alexandra. La semana que viene empezará con la quimioterapia, así que estos serán nuestros últimos días juntos en el instituto. Luego seguiré solo, rogando que me permitan aprobar el curso a pesar de mis próximas y obvias ausencias.
Mientras ella duerme acostada sobre mí en uno de los sillones del salón, yo ordeno mis pensamientos. No me importa si la autoridad del instituto no me deja faltar tantas veces porque, a partir del lunes que viene, esa ya no será una prioridad para mí, si es que antes lo era. Quizá pueda pedir permiso para faltar a clase y aun así asistir a los exámenes y entregar trabajos.
Es una vaga idea que se me acaba de ocurrir, pero tal vez pueda hablarlo con los directivos.
Alexandra duerme plácidamente después de no haber podido hacerlo en los últimos cinco días. Le acaricio el pelo mientras lucho por no quedarme dormido yo también y seguir pensando en soluciones y propuestas para todo lo demás. El trabajo no podré dejarlo. Pasaré poco tiempo fuera de casa y tendré que pagar la gasolina del coche para trasladarme desde el hospital o la casa de Alexandra hasta el instituto o la ciudad para trabajar. Mierda. Mi estómago se retuerce al imaginarme a mi pequeña Alexandra ingresada en una sala de hospital.
Florence interrumpe mis pensamientos al dejar un plato con carne y verduras al lado del sillón, sobre la mesita donde está una de las lámparas.
—Tienes que comer algo, James. No queremos más enfermos en casa —me dice en voz baja, y toma asiento en el sillón de al lado.
—Gracias —respondo.
—¿Sigue dormida?
—Sí.
Me pasa un vaso de agua. Tomo un sorbo.
—¿Sabes qué? El viernes, cuando te fuiste, Alex pensó que no volverías. Se pasó todo el fin de semana encerrada en su habitación. Casi no comía y podía escucharla llorar a través de las paredes. Con George estábamos preocupados, ya sabes —dice, recordándome a mí mismo lo estúpido que fui—. Pero por alguna extraña razón, supe que sería algo pasajero. He notado la manera en que os queréis, es algo muy especial. Amor joven y puro, lleno de experiencias, y no todas son de color rosa, pero vale la pena vivirlas... Me recuerda a Thomas, el padre de Alex. Nosotros éramos así, como vosotros, ¿sabes? Nos conocimos en la universidad y estuvimos juntos desde entonces. Lo peor es que nunca imaginé que un accidente de tráfico nos separaría para siempre. Es como perderlo todo de un segundo al otro, sobre todo si construiste tu vida alrededor de tu pareja. Tienes que volver a aprender a vivir sin el otro, y es difícil... muy difícil, nadie te enseña cómo hacerlo. Si no hubiera tenido a Alexandra en ese momento, estoy segura de que habría muerto de tristeza. Ella era mi motivación, ¿sabes? Y saber que ahora se irá... —Florence observa el jardín y se abstrae unos segundos. Sus ojos están cansados de tanto llorar y sus mejillas ya no aguantan más las lágrimas—. Tú al menos tienes algo que yo no tuve. Sabes que se irá, que puede ser una de las cosas más locas y extrañas, pero al menos lo sabes. Y debes hacer lo que yo no pude: aprovecha cada instante con ella. Con George necesitamos que se sienta más que acompañada, comprendida, y sabemos que eres el único a quien acepta de esa forma. Eres lo más importante para ella, James. Solo quiero que te quedes con nosotros. Te necesitamos cerca, los tres. Solos no podemos. —Me mira fijamente, y la entiendo.
Desde que Alexandra llegó a mi vida, muchas cosas de ella se han convertido en parte mías. Sus padres, por ejemplo, son lo más cercano que tengo a una familia ahora mismo.
Le cojo la mano y se la acaricio con ternura, como mamá hacía conmigo cuando me quedaba dormido cerca o encima de ella.
—Te prometo, Florence, que esta vez no os dejaré —le digo sonriendo.
Florence me devuelve la sonrisa y abandona la sala de estar.
Thomas. Alexandra nunca habla de su padre, y ahora que lo imagino a partir de Florence, más rasgos de su posible cara vienen a mi mente. Como si cada nombre estuviera destinado a describir a cierto tipo de persona. Quizá sea una idea ridícula, pero el Thomas de mi imaginación tiene los mismos ojos marrones y la misma nariz que ella.
Por lo visto, a todos en esta casa nos han ido arrebatando a personas-pilares de nuestra vida.
Suspiro y observo a Alexandra.
Ya está oscureciendo.
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