Capítulo I
Estoy enamorado por primera vez
¿Acaso sabes si va a durar?
Es un amor que dura para siempre
Es un amor que no tiene pasado.
The Beatles 'Don't let me down' (1968)
I PARTE
Una realidad irreal.
"Último año. Último año", me repito para adentro y trato de desempañar con una carita feliz dibujada con el dedo, aunque sea un minúsculo espacio de vidrio. Saco de mi bolsillo el viejo cassette Wish de The Cure, que impulsada por mi sentido del humor irónico y fascinación por los simbolismos decidí convertir en mi pastillero de confianza, para tragarme un paracetamol. Ya aprendí a tomarlas sin ayuda de agua y claro que lo considero un talento.
Me giro hacia el lado desempañado. Ahora sí puedo distinguir los árboles que pasan rápido. Planeaba ir al instituto en bicicleta como suelo hacer, pero a causa de la lluvia mamá se ofreció a llevarme en coche. Como siempre digo, "la lluvia nos hace buenos a todos".
Cuando era niña, y a veces hasta un poco más grande, no me dejaban faltar a clase a no ser que fuera mi cumpleaños, que estuviera muy enferma o que lloviera mucho. La última opción era casi absurda, pero nunca la discutí, me gustaba faltar los días de lluvia, quedarme en la cama tapada hasta la nariz y leer alguna novela o simplemente cerrar los ojos y escuchar discos enteros hasta emocionarme.
—Alexandra, ¡¿puedes escucharme aunque sea una vez en tu vida?! —dice mamá, que me observa por el espejo retrovisor y agita su mano libre en el aire, deseosa de llamar mi atención.
Bajo el volumen de mi reproductor de música pero no me saco los auriculares, solo el último cúmulo de buena gana que me quedaba.
Exagerada. Esa es la palabra que mejor le queda a mi madre. Mis padres no son de los que quieren meterse en tu vida privada, es más, me dan mucho espacio, por suerte, para ellos... Pero cuando se trata de un consejo de esos bien típicos de madre, ella siempre lo suelta, en el momento y de la manera que se le antoja, aunque eso quiera decir interrumpirme. Creo que eso es lo único que he heredado de ella. Al final, no me llaman 'la rebelde del instituto' por nada. Los adultos son tan predecibles.
Lo que sí me sorprende es que ya estemos a unas cinco calles y quiera decirme algo. Falta poco para llegar, así que sonrío para mis adentros porque creo que no me dará ningún sermón. Eso espero.
—¿Puedes sacarte esos cosos de la cabeza mientras te hablo?
Parece molesta.
—Se llaman auriculares, mamá. Y te escucho perfectamente. No tengo la música encendida.
—Aun así, ¿puedes sacártelos? Por favor. Solo serán unos pocos segundos.
—¿Tanto te molesta? —le pregunto aún sin entenderla. En realidad, nunca la entiendo. A veces simulo que lo hago pero solo para que no se ponga mal, y menos ahora que está con el tema de la menopausia, que según leí en una de esas revistas que llegan a casa todas las mañanas, 'es la enemiga de toda gran mujer'.
Creo que solamente puedo fingir cuando se trata de ellos dos. Mi padrastro, George, mamá y yo nos mudamos a Beechmont, en Louisville, Kentucky, cuando papá murió. O bueno, por esa época. Honestamente no lo recuerdo mucho, tenía apenas unos cuatro años. Lo que sí recuerdo es que mamá decidió vivir en este mismísimo lugar tras conocer a George en uno de sus viajes. Antes vivíamos en la ciudad. Se casaron y los tres nos trasladamos a la ostentosa casa que ambos estaban diseñando en las afueras de Beechmont. Supongo que debería llamarla hogar, pero me cuesta el alma fingir que me gusta todo lo que tengo que aceptar.
George es dueño de una gran empresa textil, así que lo económico no fue ningún problema para mamá tras la muerte de mi otro padre, Thomas. De él, poseo pocos recuerdos. Me crié con George y él tomó el rol de verdadero padre. A veces llamo a mi padre por su nombre, por eso cada vez que le digo "papá", a George parece gustarle mucho. Esto me causa ternura.
A decir verdad creo que tengo una relación más afianzada con él que con mamá. En la simplicidad y la valoración del tiempo parecemos entendernos y no nos enroscamos tanto como ella. Suelo actuar a mi manera, sin pensar las cosas dos veces, y eso parece no gustarle demasiado a la gente. En ese aglomerado de "gente" entran tanto mamá como mis compañeros de instituto. Desconozco el motivo, pero me animo a decir que a casi nadie le gustan los impulsos. George siempre ha sido de las pocas personas que ha sabido entenderme en esto. Mamá al final, comparte conmigo esa importunidad pero la niega, de ahí el choque.
—Siempre he aceptado como eres, y no es algo que me avergüence ni que desprecie, de ninguna manera. Es más, sabes que te quiero como a nadie en el mundo y debes saber que cuando te digo algo es porque te quiero y deseo lo mejor para tu vida.
¿Estaba hablando desde antes o acaba de empezar? Sea como sea, a esa introducción apocalíptica le resta un conflicto apocalíptico. Ahí viene el "pero", ya se acerca y...
—Pero...
Lo sabía.
—Debes saber que hay cosas tuyas, de tu personalidad, que dejo que hagas aunque yo no esté cien por cien de acuerdo, como la manera en que te vistes, la manera en que manejas tus tiempos, tus ideas locas de que todo el mundo debería dejar el instituto y hacer arte, y bueno... quién sabe la cantidad de disparates más que tienes en tu mente.
Por "la manera en que manejas tus tiempos", sé que se refiere a que prefiero dormir de día y hacer actividades de noche. Siempre he disfrutado más de los silencios y el paso del tiempo nocturno que de los apuros y las pérdidas de tiempo diurnos. Y con respecto a lo del arte, es cierto. Creo que todos los seres humanos del mundo tienen imaginación y depende de cada uno el uso que le dé, a eso lo llamo "creatividad", y creo que la creatividad es lo único que nos puede salvar de nuestras propias limitaciones. Algunos aceptan las reglas de la vida sin más, gente como mamá. Y otros vivimos y vemos la vida de otra manera. Nos cuestionamos las cosas, observamos los sucesos que pasan como películas en nuestra mente, escuchamos y sentimos más allá de la percepción. Ahí, es donde los límites se rompen. Por ejemplo, la rutina...uf. Qué límite tosco y conformista. Me aburre enormemente la rutina, nunca la sigo. Suelo pasar por alto algunas cosas o agregar otras, cambiarlas de lugar y probar cosas nuevas todo el tiempo.
La verdad es que siempre me ha gustado la pintura, y me gustaría vivir pintando y no preocuparme por el dinero o de las cosas que necesito para subsistir. Sé que es algo a lo que deberé enfrentarme al terminar este año, esto de estar condenada a adaptarme al sistema, pero por ahora no quiero pensarlo. Por alguna razón no siento todavía ese futuro en mí.
La carita feliz se ha convertido en una carita triste sonriente, debido a la humedad. La borro con la manga de mi sudadera inmediatamente.
—¿Entiendes lo que te digo? —me pregunta mamá casi a gritos.
No me había dado cuenta de que ya estábamos en la esquina del instituto. Al parecer, ha estado hablando todo este tiempo y no he escuchado nada de lo que ha dicho. No le respondo y ella aparca sin paciencia, girando el volante hasta el tope. Trato de moverme para salir pero olvido que llevo puesto el cinturón de seguridad. Resoplo y me lo saco mientras mamá se da vuelta desde adelante, y quedamos ambas casi enfrentadas. Hay algo que la pone tensa cada vez que está al volante, estoy segura de que tiene que ver con Thomas.
Al igual que viajar en el asiento trasero, esta no es una regla para mí pero siempre sucede igual. Mi mirada se detiene en su pelo, quizá por la exagerada cercanía. Huele a arreglo floral exagerado. Mamá tiene el pelo más largo y lacio que el mío y lo lleva siempre muy prolijo. En cambio, yo lo llevo corto, me roza los hombros y siempre está bastante despeinado, con un corte un tanto desarreglado. ¿Perfume? Frutal.
Las pulseras que lleva puestas se mueven y hacen ruido al chocar entre sí, hasta cuando respira. Me atrevería a decir que lleva más de diez. Es casi imposible no notar su presencia. Esas pulseras son muy delatoras.
—Alexandra, quiero que este año sea especial para ti, quiero que sea único, que lo recuerdes el resto de tu vida. No dejes que las cosas malas entren en tu mente. Absorbe todas las cosas buenas, tantas como puedas. Llénate de experiencias como siempre lo has hecho hasta ahora, así cuando enfrentes el mundo y salgas de tu ambiente y costumbres, con prudencia podrás lograr todo lo que te propones. Y sé que puedes. Confío en ti.
Se le escapa una lágrima y le tomo la mano entre las mías para tratar de tranquilizarla. Está exagerando de nuevo. Pero es una exageración agradable, por más que nuestros pensamientos difieran constantemente. Tengo miedo de perder algún día la fuerza para fingir y terminar internada en un manicomio o, peor aún, convertirme en uno de ellos. Puaj.
—¡Estás tan grande! ¡Mírate! —dice mamá, toda nostálgica, cogiendo mis manos con mucha fuerza.
Creo que ha sido suficiente cursilería por hoy. Me despido de ella y antes de bajar del coche me pongo los auriculares, subo la capucha de mi sudadera y vuelvo a repetir para mis adentros: "Último año. Último año", como algún tipo de ayuda psicológica o mantra, ¿cuál es la diferencia?
—¡Suerte! —me grita después de bajar la ventanilla.
Le respondo con una media sonrisa, simulando cierta amabilidad mientras me alejo del coche.
Convertirme en uno de ellos... Muevo la cabeza en gesto de negación y avanzo.
Hace mucho frío. Es extraño pues estamos en verano, pero supongo que, si no tiene relación alguna con el calentamiento global, será porque después de tanto calor el cielo invariablemente explota. Al exceso le sigue siempre un estallido.
Me arrepiento de no haber traído más abrigo. La lluvia ya no cae con tanta fuerza pero empapa todo a su paso. Muchos luchan para cerrar sus paraguas en la puerta del instituto, otros se quejan mientras se sacuden algunas gotas de encima.
El Instituto Secundario de Beechmont no es una escuela conocida por su gran tamaño ni mucho menos. Es una construcción de pocos pisos y pocos alumnos, por suerte. Odio los lugares sobrepoblados. La gente suele ponerme los nervios de punta y con frecuencia tengo ganas de irme muy lejos, muchas veces. Por ejemplo, ahora. Irme o mandarlos a ellos muy lejos... eso también.
La música comienza a sonar en mi reproductor, los cuerpos estudiantiles danzan frente a mis ojos, cruzan el pasillo de un lado a otro y entran en sus respectivas clases. Veo muchas personas pero no encuentro a nadie en particular. Muchos se abrazan como si no se hubieran visto en siglos, y gritan demasiado. Algunos se reúnen en pequeños círculos, como si estuviesen en una danza frente a una fogata y murmuran utilizando sus miradas como francotiradores, como si estuviesen compartiendo secretos de estado y todos los demás fuésemos una amenaza.
Hay otros que, nerviosos, estrechan las manos con incomodidad al presentarse iniciando todo tipo de conversaciones triviales.
Me parece tan ridículo todo esto de "socializar", como suelen llamarlo. Es un acto forzoso de compromiso con otra persona a compartir ciertos ritos, como el de pasarse los números de teléfono, las cuentas de redes sociales y ese tipo de cosas, para al fin sentirse acompañados o menos solos durante un período de tiempo que suele ser bastante corto. ¿Quién realmente mantiene vínculos de la secundaria y está seguro de que no es por costumbre o compromiso? Muy pocas personas y, claro está, yo no seré una de ellas.
Claro que hay relaciones de amistad que sí perduran, pero en mi caso personal, nunca he tenido amigos de verdad. Ha habido personas con las que he compartido ciertos ritos, como ir a ver una película, conversar e ir a tomar algo, pero casi siempre han sido hombres y todos pretendían otra cosa. Ninguno me gustaba tanto como para tener una relación que a su vez no fuera más que un anhelo constante cargado de ritos. Además, ¿cuál es el punto cuando todos los hombres a esta edad solo piensan en satisfacer sus necesidades sexuales? Y no digo que eso esté mal, es más, lo creo natural dentro de las necesidades humanas, después de todo somos animales, pero somos mucho más que solo un cuerpo. Y además, no es necesaria otra persona para satisfacerse a uno mismo, pero hay quienes disfrutan de 'usar a otros' para un mero orgasmo. Nunca lo voy a poder entender, pero de nuevo, tiendo a racionalizar todo más que la media. ¿Acaso eso me vuelve demasiado humana? Apuesto a que, en su mayoría, los hombres de este instituto son más animales que humanos. Bah, no lo apuesto, lo afirmo.
Pensándolo bien, creo que he tenido dos "amigas", más bien compañeras mujeres, en toda mi vida: Hailey y Anna. Ambas relaciones duraron menos de un año.
Me aburrían las cosas que a ellas las divertían, y a ellas no las divertía lo que a mí sí. Por ejemplo, preferían ir a una fiesta un viernes a la noche y yo, acostarme y mirar las estrellas en el jardín trasero de mi casa. Cuando les planteaba algo diferente a lo que acostumbraban, lo que fuera, siempre discutíamos y terminábamos peleando. Y odio profundamente el drama, lo desprecio con todas mis ganas, así que un día les dije que si no eran más simples lo nuestro no iba a funcionar; al fin y al cabo, mi orgullo se apresuraba demasiado al aceptar que un par de extrañas fueran llamadas "amigas".
Desde ese día, no he hablado más con ellas. Desde que empezamos el instituto compartimos algunas clases, como las de literatura y de física, pero eso al parecer no cambia nuestros puntos de vista... si es que ellas tienen alguno.
Avanzo por el pasillo y freno al llegar a mi taquilla. Lo abro después de unas apabulladas y típicas vacaciones de verano. El polvo me provoca ganas de estornudar pero me contengo. Guardo un par de libros para que mi mochila esté más ligera y aprovecho para sacar de ella la impresión con los horarios y clases anotadas.
Doy un vistazo alrededor como acto reflejo, el pasillo ya está casi despoblado, pero veo un grupo de chicas y, entre ellas, distingo a Hailey. Está reunida a la manera fogata junto con los demás clones que se encuentran a su lado. Todas igualmente vestidas y casi con las mismas facciones. No tardo en imaginarme una película de ciencia ficción en la que ellas son los clones que en último punto de giro, revelan ser las villanas. Sonrío por esta idea. No sé cómo lo hacen, pero parece que la moda es "socializar" con gente físicamente idéntica a uno. ¿O será parte de su ritual para pertenecer?
Noto que Hailey me observa y habla con las demás mientras cada una de ellas gira su cabeza para mirarme. ¿A todos les llama la atención la manera en que me visto? Quizá mi calzado de color lila pueda parecer algo extraño, pero ¿una falda a cuadros, medias negras y una sudadera lila? ¿Qué tiene "fuera de lo común" eso? El pelo suelto, una mochila llena de pins, nada de otro planeta. Estoy un poco desabrigada y mojada, pero en fin...
Por más que el papel en mis manos sea mi principal objeto de atención, puedo sentir cómo los clones me escanean de arriba abajo y de abajo arriba, procesando la información que conforma su idea de "Alexandra Goodman, la chica que viste de lila y no usa paraguas". Debo admitir que estoy muy acostumbrada a ese tipo de escaneos. La gente suele observarme así a menudo.
Camino a paso ligero, al pasar a su lado las voces se hacen más y más fuertes, pero no logro distinguir ninguna palabra. La música siempre es de gran ayuda. Vuelvo a consultar mis horarios en el papel y me doy cuenta de que estoy llegando muy tarde en mi último primer día de clases. Mierda. Me paro al lado de una de las tantas puertas celestes para poder leer bien mientras me saco los auriculares. —Disculpa...
Me sorprende una voz masculina con un tono bastante grave mientras me tocan educadamente el hombro. Una voz muy calma. Podría ser tanto un profesor como un alumno. Si se trata de un alumno, apuesto a que no es de los que gritaban demasiado. Normalmente quien grita mucho es quien menos atención presta. Justo en el momento menos indicado, cuando ya estoy llegando veinte minutos tarde, alguien viene a pedirme ayuda. Genial. Definitivamente quiero mandarlo a él muy lejos.
Me doy vuelta casi de mala gana y de pronto quedo a unos pocos centímetros de esta persona que me observa directamente a los ojos.
—Perdón, no es mi intención molestarte. Solo voy medio perdido, ya
sabes... soy nuevo aquí —me dice en tono de disculpa, pero aun así sonríe con aire relajado, como si el tiempo no nos apurara lo suficiente. Su acento... Claramente es extranjero. ¿Británico, quizá?
Ya sabes ha dicho...¿Como se supone que debería saberlo? Quizá piensa que ser guapo lo vuelve el centro de atención del instituto.
Lo observo. Es un poco más alto que yo, apenas unos centímetros. Está vestido con un abrigo largo y azul y sobre las solapas cae una bufanda de cuadros. Buena elección para un día frío como este. Tiene el pelo alborotado y un tanto afectado por la lluvia pero, a pesar de eso, parece peinado para dar esa impresión relajada que acompaña con una sonrisa perfecta como pocas. Algunas gotas permanecen en su abrigo. Registro todo esto en apenas dos segundos.
De pronto me doy cuenta de que yo misma le estoy haciendo un escaneo a otra persona. Trago saliva.
—No pasa nada. ¿Qué quieres exactamente? —le pregunto, y me doy cuenta de que mi voz suena un tanto estúpida, no solo por el tono sino por la manera en que hablo. ¿Por qué hablo como una estúpida?
Me observa sin sacar su mirada de mis ojos y ríe por lo bajo. Mierda. ¿He dicho algo estúpido además de hablar como una estúpida? Su tono educado contrasta definitivamente con su manera de actuar. ¿Por qué diablos se ríe? O quizá se ríe de mi acento. Bah, no creo ser la primera estadounidense con la que habla. Doy un vistazo a mi alrededor y vuelvo a enfrentar esta conversación tan poco común.
—¿Entonces...? —le pregunto, ya casi decidida a irme inmediatamente de allí.
—Disculpa, es que... —dice tratando de disimular su sonrisa, aunque no lo logra—. Me ha hecho gracia la forma en que lo has preguntado. ¿Qué quiero? Muchas cosas, pero ¿qué quiero exactamente? Ufff...
Su manera de decir esas palabras hace que algo se encienda dentro
de mí. Sí, definitivamente es británico. Ese maldito acento y el movimiento de sus manos son algo maravilloso, una coreografía perfectamente organizada. Me tranquilizo al saber que no se trata de mi forma de hablar.
—Mira, la verdad es que estoy llegando unos treinta minutos tarde, y si fuese cualquier día sinceramente no me molestaría, pero es el último primer día de clases, así que... ¿qué quieres... exactamente en estas... circunstancias? —le pregunto, procesando cada palabra para que no dé lugar a otras interpretaciones.
Lo miro con poca paciencia mientras sus ojos me atraviesan tratando de descifrar lo que he dicho, como si le hubiera dicho algo muy difícil de entender. Su mirada parece estar haciendo un escaneo, peor que eso, una fuerza penetrante que en este preciso momento me está poniendo un tanto incómoda.
—Último primer día... —repite con los ojos entrecerrados—. Eso sí que es nuevo. ¿Así que este también es tu último año? —me pregunta, y apoya su espalda contra una taquilla.
Esta persona debe de ser de las que "socializan" con todo el mundo. ¿Será esta una forma de socializar? No. Ni siquiera sé su nombre.
Mi expresión debe ser de importunidad, ya que enseguida sale de su posición relajada y se acomoda la mochila.
—Perdona, es verdad que llegas tarde. No te molesto más, le pregunto a otra persona —me dice en tono de disculpa. Con ese acento parece más arrepentido de lo que seguramente esté.
—No te preocupes, todo está... bien. De verdad —le digo, e intento, dentro de lo posible, mostrarme amigable—. Tengo que... irme. Pero espero que encuentres lo que estás buscando.
Me alejo de lado y trato de observarlo mientras camino por el
pasillo.
—¡Yo también! —me responde después de una corta pausa. Me saluda con la mano y empieza a caminar hacia el lado opuesto. Lo espío sobre mis hombros. Camina tranquilo, silbando por el pasillo. Qué tipo tan raro. Espero al menos dos segundos más y abro una de las puertas azules.
Al entrar noto que casi todos los asientos están ocupados, salvo algunos dispersos en la zona delantera de la clase. Los alumnos giran sus cabezas cuando escuchan el sonido de la puerta al cerrarse detrás de
mí. La pizarra está escrita con algoritmos y ecuaciones. ¿Es necesario empezar el primer día con estas cosas inútiles? Si pudiera no cursar materias exactas, lo haría. Odio los números tanto como "socializar"... a veces incluso más.
Trato de situarme en el asiento vacío más lejano, aunque eso signifique la tercera fila del medio. El profesor Willies, que estaba apuntando cosas en la pizarra, ahora deja de hacerlo para observarme con enfado detrás de esos gruesos cristales. Camino con mucha vergüenza hasta mi asiento.
—Señorita Goodman, veo que empezamos con las imprudencias ya desde el primer día.
Debo admitir que no mantengo una buena relación con nadie de este instituto, salvo con la profesora Thompson, de Literatura, con el profesor Verni, de Arte, y con Sam, el encargado de mantenimiento. Ellos tres son los únicos a los que podría decirse que "echaré de menos" al terminar este año. A los demás, como el profesor Willies o el profesor Sullivan de Matemáticas, no los echaré ni siquiera un poco de menos, eso lo aseguro.
Willies siempre se queja de que escribo mis entregas y mis exámenes con color. Culpable. No me gusta escribir con bolígrafo oscuro o lápiz negro, me gusta tener mis cuadernos llenos de color y dibujos al margen. Una vez me amenazó con hablar con mis padres si no "entregaba los exámenes como es debido". Seguramente pensó que "hablar con mis padres" era algo que me daría miedo, pero claro que no me molesta en absoluto. Además, mis padres están acostumbrados a venir a hablar con los profesores o con el director, y no me preocupa que lo hagan. Muchos profesores me han amenazado con "hablar con mis padres", bajarme las notas finales o dejarme después de hora a causa de ser "irrespetuosa" o "maleducada".
Me escapo del aula desde que tengo memoria, al principio solo eran ausencias momentáneas de las clases más aburridas. Me escondía en el baño, de pie en el retrete para que no me encontrasen, o incluso en el cuartito de mantenimiento, así me hice amiga de Sam. Me descubrieron varias veces, pero al parecer le caigo bien al director, que siempre trata de defenderme. Saco buenas notas y no pueden echarme del instituto con la excusa de que "no les gusta mi personalidad", y el director sabe que le convengo para el estatus de la institución. Seleccionarme para las olimpíadas de idiomas y para los concursos literarios nacionales parece importarle más que hacer justicia. No me interesa recibir su ayuda, pero es divertido ver la frustración de los profesores cuando no me reprimen "como deberían". En el fondo, sé que las típicas amenazas de Willies o Sullivan son porque mi presencia simplemente les molesta.
—No tengo nada que discutirle al respecto, profesor Willies —respondo mientras saco mi cuaderno de la mochila. Por su mirada, noto que mi comentario, así como todo lo que yo haga, le ha molestado. Si le hubiera respondido "Lo siento, profesor Willies", también lo habría molestado, y me hubiera contestado: "No digas lo siento si no lo sientes", y yo le hubiera dicho: "Tiene razón... no lo siento", y ahí habría empezado otra de las tantas discusiones. Si le dices la verdad a la gente, se enfada porque lo dices, y si le mientes, se enfada porque lo haces. La gente suele ser ilógica. Por eso es mejor evitar relaciones vacías que se sostienen en estúpidos estereotipos. El profesor Willies me observa nervioso mientras se acomoda las gafas y se sube el pantalón... como si subirlo más fuese posible. La clase transcurre como cualquier otra y el día, también. La lluvia mantiene el protagonismo, y al terminar la jornada estudiantil, decido volver caminando.
Antes de salir del instituto, noto que busco algo con la mirada. Tardo unos segundos en darme cuenta de que se trata de ese misterioso chico del pelo desarreglado. Al no encontrarlo me decepciono un poco. No sé por qué, pues de haberlo visto no hubiera cambiado nada. No me habría acercado a él, ni él a mí.
Antes de abandonar definitivamente el edificio me pongo la capucha de mi sudadera y vuelvo a dar una mirada-escaneo panorámica, pero solo veo a los del equipo de fútbol que se encuentran con sus respectivas novias y a algunos estudiantes que charlan en grupo. Las copas de los árboles que rodean los laterales del instituto se tambalean un poco hacia los lados. La tormenta continúa desatada y asimilo que la lluvia no es más que gotas cayendo desde el cielo.
Salgo del porche de la entrada y me resigno mirando hacia arriba, dejando que las gotas me empapen la cara. El impacto frío que estas generan en mi piel me hace estremecer y me arraigo de esa sensación para volver a casa.
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